Libros

Una familia contra el olvido

La dictadura argentina hizo desaparecer a sus padres y los separó cuando apenas eran bebés. Los hermanos Bonetto reconstruyen en un libro el hogar que les fue arrebatado.

Buenos Aires
Ana Julia y Martín Bonetto reconstruyen en 'Hubo una vez un patio' (Planeta) la historia familiar que la dictadura intentó borrar, a partir de fotografías, cartas y recuerdos. CORTESÍA

«El amor más grande que conocí
sin querer un día pasó por mí
por la Vía Láctea se encontrarán
en algún planeta, en algún lugar.
Donde va la gente y su corazón
donde van los años y este dolor
y donde voy yo no me importa ya
vengo de dos ríos que dan al mar.»

Fito Páez (Parte del aire, 1986)

Martín tenía 15 meses y Ana Julia apenas dos cuando la última dictadura argentina cívico-militar les arrebató a sus padres. El 1 de julio de 1977, José Roberto Bonetto y Ana María Mobili, ambos de 33 años, fueron secuestrados y desaparecidos, y sus hijos quedaron separados, creciendo en ciudades distintas: uno en La Plata y la otra en Olavarría.

Durante años compartieron una misma ausencia, pero casi ningún recuerdo en común. En Hubo una vez un patio, Ana Julia y Martín Bonetto emprenden un viaje íntimo para reconstruir la vida de sus padres y también ese tiempo juntos que nunca pudieron vivir. A través de entrevistas, fotografías, poemas y testimonios, el libro recompone una historia fragmentada por el terrorismo de Estado y convierte la memoria en un puente capaz de reunir, décadas después, los rastros de una familia que la dictadura intentó borrar.

Ejemplares de 'Hubo una vez un patio', el libro de Ana Julia y Martín Bonetto publicado por Planeta. CORTESÍA

Aquella tarde de julio

Fue la hora de la cena, eso lo sabemos. Se estaban preparando para comer. No sabemos el tono de la calma previa al huracán. Si charlaban y reían despreocupadamente. Si había olor a comida. Si vivían ese último instante con la paz de la rutina, con ese gusto a eternidad que tienen los pequeños encuentros felices, o si, muy por el contrario, esperaban que, de un momento a otro, un grupo de tareas rompiera la puerta. Si la tensión en el aire solo se cortaba con el ruido de los platos y se miraban tratando de ocultar el miedo a sus pequeños hijos. Nunca lo sabremos.

Luego del secuestro, los hermanos fueron entregados a una vecina, como quien deja un paquete en una casa equivocada. En ese momento, la familia tuvo que tomar una decisión que imaginaban (o soñaban) temporal: separar a los hermanos hasta el regreso de los padres.

Ana Julia fue criada en Olavarría con la familia paterna. «Tenía apenas dos meses, era muy chica y no iba a extrañar», pensaron. Martín, en cambio, se quedó en la capital bonaerense con su tía materna, ya que ya conocía a parte de su familia. En ese momento se dio un enroque. Los tíos se convirtieron en padres y los primos fueron hermanos. La verdad siempre estuvo arriba de la mesa, pero el tiempo hizo su proceso y los vínculos, su adaptación.

Casi medio siglo después, los Bonetto reconstruyen su historia desde ese momento. Desde esos silencios, corren los escombros del ruido y encuentran un punto cruzado en el tiempo, donde los cuatro retoman su pasado sustraído.

Lo hacen a partir de poemas, escritos, dibujos y objetos de sus padres. Pero, además, con entrevistas a amigos, compañeros de militancia, vecinos, exparejas y familiares.

«La idea de este libro es poder volver a un lugar que nos fue arrebatado, que fue desgarrado. Un lugar lejos de los que decidieron por nosotros. Esta es nuestra forma de decidir por los que decidieron, ¿entendés? Entonces podemos decir: "Bueno, a nosotros nos sacaron de esta casa, pero volvimos. Mirá cómo volvemos a traer a papá y a mamá y cómo volvemos los cuatro a esa casa"», asegura a COOLT Ana, docente de Artes Plásticas, en una videollamada desde Olavarría, provincia de Buenos Aires.

En ese punto, Martín, desde La Plata, agrega: «Lo que buscamos es volver a estar juntos y a recuperar todo lo que desmembraron. Gracias a todas estas voces que nos acompañan y nos ayudan a poder armar y reconstruir, a través de todos los recuerdos que quedaron en papel, que quedaron en dibujos, que quedaron en fotos, que quedaron en cartas, en letras».

Una de las últimas fotografías familiares de Anna María Mobili, José Roberto Bonetto y sus hijos, Ana Julia y Martín. CORTESÍA

¿Cómo nace la idea del libro?

Martín Bonetto: Toda la idea es de Ana Julia. Todo, todo el libro, todo de Ana Julia (ironiza).

Ana Julia: ¡Callate! Él me carga porque yo digo que fue así. Pero así fue (risas).

Ana Julia: Nos dimos cuenta de que, gracias a Kela (tía, mamá de Ana Julia), que es la persona que me crio, y gracias a Ale (tía, mamá de Martín), que es la persona que crio a Martín, habían guardado cartas, fotos y documentación. Había mucho material gráfico impreso, tanto de mi papá y de mi mamá como de mi hermano y mío.

Entonces dije: «Che, ¿por qué no nos podemos juntar los cuatro a través del arte?». Porque a los cuatro nos gustaban la literatura, el dibujo y la fotografía, ¿por qué no mezclamos todo eso y nos juntamos? Para resumir la idea, yo buscaba encontrarnos en los lenguajes comunes que teníamos.

Martín Bonetto: Al principio lo veíamos más desde el lado artístico. De encontrarnos en un lugar de arte donde estuvieran las fotos, las cartas, los poemas y los dibujos. Pero, a medida que fuimos armando los relatos con familiares y amigos, junto con el biógrafo Roly Villani, fuimos construyendo una especie de mapa. Y armando ese rompecabezas que fueron sus vidas como militantes, padres, hijos y amigos.

¿Ustedes crecieron, uno en La Plata y otra en Olavarría, pensando que sus padres en algún momento volverían y podrían volver a vivir juntos, o siempre tuvieron la sensación de que nada iba a volver a ser como fue?

Martín Bonetto: La verdad es que tengo conciencia de toda esta situación, de preguntar por qué estábamos separados y por qué nos visitábamos, pero, si me pongo a pensar, en ningún momento imaginaba que me iba a volver a juntar con mi hermana para vivir.

Ana Julia: Si lo pensábamos, lo pensábamos desde el hecho de decir: «¿Cómo hacemos para entrar todos juntos?». O sea, porque yo no me quería separar de mi familia, que para mí era María y Gabriel, y él no quería separarse de sus hermanos y de su familia. En todo caso era vivir todos juntos, no sé cómo íbamos a hacer.

Pensando en ese reencuentro hipotético, ambos coinciden en las dificultades que se hubieran presentado. ¿Cómo reconstruir eso que habían destrozado? ¿Cómo volver a armar un rompecabezas que ninguno había visto jamás completo? En ese aspecto, Ana Julia explica:

«Cuando la dictadura viene, no viene solo por los que se lleva, sino por todos los vínculos destrozados que quedan en el medio. Por familias divididas, desarmadas y un montón de otras cosas más que quedan por reconstruir, que a veces se logra y a veces no».

«Para mí —agrega Martín— ir a Olavarría era todo un acontecimiento. Me gustaba estar con mis tíos, hacer fotos, estar cerca de ellos. Había algo que se me movía ahí y a Ana no le pasaba eso con La Plata. Cada vínculo funciona de diferente manera».

Separados desde la infancia, Ana Julia Bonetto creció en Olavarría y Martín Bonetto en La Plata. CORTESÍA

Cuando fueron reconstruyendo la historia, supongo que lo que fueron descubriendo del pasado empezó a chocar con lo que habían idealizado de esas ausencias, ¿cómo fue eso?

Ana Julia: Tuvo etapas. Como todo, tuvo etapas de acuerdo con las edades que una iba transitando. Por momentos estuve peleada con la historia, diciendo: «Che, mirá, estábamos nosotros chiquititos, ¿qué hicieron? ¿Por qué no se fueron a la mierda como se fueron tantos otros?». O sea, tuve mis momentos así.

Después contextualizás la época en general y entendés que ellos estaban detrás de un proyecto de cambio. Realmente creían que era por ahí. Ellos eran Montoneros, esa era su militancia, esos eran los pasos a seguir. Y, bueno, si se hubiesen ido, capaz que volvían con la contraofensiva y los reventaban a todos también, porque estaban muy metidos y muy seguros de que ese era el camino, que esa era su forma de amarnos y de cuidarnos.

Martín Bonetto: Lo que yo admiro de mis viejos es que se la jugaron por algo y nunca vendieron sus ideales. Digo, eso es como lo más grande que puede hacer alguien como ser humano.

Lo que hicieron mis viejos, para mí, estaba bien. Lo que estaba mal es lo que estaba pasando alrededor: que una persona, por sus ideas, pudiera ser desaparecida y que sus hijos crecieran separados habla de un mundo horrible y de un mundo que mis viejos querían cambiar.

La verdad es que yo no preguntaba ni me contaban demasiado. Yo sabía la historia, pero nunca profundizaba, quizá para cuidarnos, para no abrir una herida. Entonces hay un montón de cosas que aprendí sobre mi papá y mi mamá: cómo eran, cómo eran como amigos, en su trabajo, en su militancia, en este libro. Y descubrimos eso: dos personas que eran hermosas, fascinantes, que estaban a la altura, que hacían todo bien; eran lindos, líderes, agradables, todo el mundo les prestaba atención.

Ana Julia y Martín Bonetto sostienen los retratos de sus padres, Anna María Mobili y José Roberto Bonetto. CORTESÍA

En ese punto, Ana Julia siempre fue mucho más curiosa que su hermano platense. Desde los 20 años investigó y buscó reconstruir una imagen de esos padres, que habían vivido la vida, la pasión y el amor tan fugazmente.

Tanto que llegó a hablar con Adriana Calvo de Laborde, quien compartió el cautiverio con Roberto y Anna, tanto en el Pozo de Arana como en la Comisaría Quinta, y fue el último eslabón que encontraron de alguien que los vio con vida.

Ese encuentro se dio cuando ella tenía apenas 20 años y fue acompañada por una prima (o una hermana). Para Ana, encontrar a esa compañera fue como acercarse lo más posible a la última imagen de su mamá. «Estaba muy nerviosa. Recuerdo que quería que me viera como ella. Que viera en mí un pedazo de ese ser tan inteligente, hermoso y sensible que había sido ella. Obviamente no lo iba a poder lograr nunca», rememora.

La imagen del patio como lugar de resguardo, seguridad y paz, en la que vuelven a ser una familia de cuatro, es simbólica, pero poderosa. Esa escena rompe la idea del libro como un registro y la transforma en un hogar, donde todo vuelve a darse como siempre debió ser.

¿Cómo nace la idea del título? 

Martín Bonetto: Eso salió de un poema que tiene mi mamá. Pero es como re depre en comparación de lo que significa un patio para nosotros. Pero es como decís vos, yo lo veía como un lugar en el que se cruzaban las historias y los cuatro podíamos estar seguros y relajados. Me parece una metáfora hermosa de donde nos queríamos encontrar todos juntos.

Ana Julia: En el libro entró todo. Entró música, historia, fotos, cartas, otras voces, entraron muñequitos, entraron recuerdos, sueños, arte… Todo entró en el libro. Por eso digo, es como realmente todos esos recuerdos que se van armando en una casa a través del tiempo, ¿viste? Bueno, eso lo pudimos meter todo ahí.

Martín Bonetto: Es que no es solo nuestra vida. Es una foto de un momento. Es mostrar cómo abajo del militante y el desaparecido había un ser humano que transcurría su vida, y el libro viene a mostrarlo.

Martín Bonetto tituló «Selfie con papá» esta fotografía tomada durante la identificación de los restos de su padre. CORTESÍA

«Selfie con papá» y un punto en 2010

Corría el año 2010 cuando un nuevo suceso volvió a alterar temporalmente esta historia. El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) había identificado los restos del padre, más conocido como Beltra. Avisaron por teléfono a su casa de Olavarría. La tía madre, Kela, fue quien recibió la noticia de que habían encontrado los restos de su hermano, más de tres décadas tarde.

Los hermanos se prepararon para ese momento nodal de sus vidas. Martín, uno de los fotoperiodistas más importantes del país, preparó su equipo. Vive de eternizar instantes con su lente, esos instantes que, a veces, paradójicamente, se pierden en su memoria. «A veces hay cosas que, si no las tuviera en fotos, no sabría que las viví. Se me olvidan automáticamente. Recuerdo cuando fuimos con Ana Julia a reconocer el cuerpo de papá; si no tuviera registro fotográfico, eso estaría completamente borrado. De verdad que no recuerdo nada de eso».

Lo cierto es que Martín hizo muchas fotos ese día. De su hermana esperando la llegada de los restos, de las rutinarias y grises oficinas. Hay una que se destaca en sus redes y muestra el humor negro y ácido que lo caracteriza. Una autofoto, con los restos de su padre de fondo, en la que escribió: «Selfie con papá».

Para Ana Julia, ese momento en el que por fin podía tener contacto con su papá estaba demasiado cargado de emoción como para imaginar, como su hermano, una forma de narrarlo más adelante. Por lo menos no en ese momento, quince años antes de Hubo una vez un patio. Sin embargo, define ese momento como un «punto fundamental para cerrar una parte del pasado».

Ana Julia y Martín Bonetto junto al archivo familiar que convirtió la memoria en un libro. CORTESÍA

Más allá de las diferencias, donde Martín parece un poco más frío y dueño de un humor muy ácido, mientras que Ana Julia parece más sentimental y tiene una curiosidad desbordante, si llega alguien que no conoce la historia y los ve charlar, no tiene dudas: son hermanos.

Y no por una cuestión física, sino por la complicidad que existe entre los dos. Solo quien tiene hermanos de edad parecida puede entender el tono de sus interacciones, principalmente cuando hablan de cómo nació la idea del libro. Quizá para ver quién asombra más al recuerdo de mamá y papá.

Cuando se les marca ese punto, ambos sonríen. Ellos no lo saben porque no se pueden mirar a los ojos en ese momento, aunque creo que, si estuvieran en el mismo lugar, lo harían.

Martín dice: «Siempre nos llevamos así. Por más que ella cuente que cuando iba a Olavarría era llorón, siempre nos entendimos, aunque la relación sufrió idas y vueltas con los años, como cualquier pareja de hermanos».

Ana Julia agrega: «La verdad es que hoy te puedo decir que con mi hermano siento que fuimos y somos, en este proyecto, un gran equipo. Nos complementamos muy bien».

Los hermanos Bonetto, a pesar de no estar en el mismo lugar, vuelven a sonreír al unísono. Siguen conectados a pesar de la distancia. A pesar de los tiranos, los asesinos y la mala conexión. Ellos siguen conectados y, en algún lado, Beltra y «La Brujita» Anna deben estar orgullosos de eso. Y es que no toda la arena se la lleva el viento, por más fuerte que sople.

Periodista. Ha colaborado en medios como Vice, Noisey, Página 12, Infobae Rock.com.