La primera vez que Gladys Díaz vio a Miguel Krassnoff fue en medio de una sesión de tortura. Las preguntas volaban por la sala al mismo ritmo que los golpes de electricidad cuando la periodista se dio cuenta de que alguien más entraba en la habitación. ¿Dónde están las armas? Dame los nombres de otros militantes. ¿Dónde viven? ¿Cuándo te encuentras con ellos? Ella no podía distinguir si las voces que la interrogaban eran las mismas que la habían sacado a rastras de su casa unas horas antes, pero sí vio que la persona que se sumaba iba vestida con un mono de aviador verde. Era él.
Como ella no había contestado nada de lo que le pedían, Krassnoff comenzó a gritar: “¿Qué crees, estúpida? ¿Que te van a condecorar tus cenizas, que le van a poner tu nombre a una calle? ¿Que te van a levantar una estatua? No señora, nadie va a saber qué pasó con tu vida y a nadie le va a importar”. Luego anunció: “Pasen la maquinita, yo sí que la voy a hacer hablar”. De inmediato, ella sintió cómo la electricidad, que ya laceraba su piel, se extendía por su cuerpo como puñales afilados. El militar había subido el voltaje al máximo para causarle un dolor que no se pudiera describir. No recuerda si la sesión duró dos o tres horas, pero sí que él se ponía cada vez más eufórico a medida que apretaba la Gigí.
Fue el primero de varios encuentros con uno de los personajes más temidos de la dictadura y su estreno en el centro de detención y tortura de Villa Grimaldi. Era febrero de 1975 y ella llevaba varios meses en la clandestinidad porque dirigía El Rebelde, el medio de comunicación oficial del movimiento más perseguido, el MIR. No sabía en ese momento que pasaría tres meses en ese lugar siniestro y además encerrada en la torre donde recluían a las personas que estaban destinadas a ser ejecutadas o a desaparecer. Tampoco que de todos los prisioneros con los que coincidió en unas celdas de un metro cuadrado, sin ventanas ni orificios, y a las que se entraba reptando por una puerta de guillotina, solo sobreviviría ella para encararlo en un tribunal.
Hay pocos personajes más controvertidos en la historia reciente de Chile que Miguel Krassnoff Martchenko. Hijo y nieto de cosacos del Don que lucharon con las fuerzas unificadas de la Alemania nazi y murieron a manos de los soviéticos, llegó a Chile en 1948 cuando tenía solo dos años. El viaje lo hizo con su madre y su abuela y los primeros días los pasó en los camarines del Estadio Nacional que acogían refugiados, los mismos que se convertirían en 1973 en celdas para los presos políticos que serían recluidos allí. A los 14 años ingresó en la Escuela Militar a la que sumó una formación en la Escuela de las Américas, en Panamá, el lugar donde se entrenaron muchos de los condenados por crímenes de lesa humanidad del Cono Sur. El 11 de septiembre de 1973 fue uno de los militares golpistas que participó en el asalto a la residencia presidencial de Tomás Moro, donde vivía Salvador Allende, algo que le allanó el camino para convertirse en escolta personal de Augusto Pinochet y luego en jefe del grupo Halcón de la DINA, la policía secreta del régimen.
Su nombre es un hilo conductor que atraviesa centenares de testimonios de sobrevivientes de los centros de ejecución, desaparición y tortura de la DINA, que lo recuerdan dirigiendo interrogatorios y sesiones en Villa Grimaldi, Londres 38 y en el cuartel José Domingo Cañas. También vincula las declaraciones de los agentes que han confesado cómo funcionaba el aparato represivo y que le recuerdan por sus alias de Caballo loco y Capitán Miguel y por los “vuelos de la muerte” en los que se lanzaban al mar los cuerpos de los opositores políticos. No es casualidad que Gladys Díaz lo viera aquel día vestido de aviador. Desde 2005, Miguel Krassnoff cumple condenas por delitos de lesa humanidad que suman más de mil años en el penal de Punta Peuco.
Este historial no ha impedido que haya contado siempre con personas importantes que le han defendido. El actual presidente electo, José Antonio Kast, es uno de ellos. “Yo conozco a Miguel Krassnoff y, viéndolo, no me imagino todas las cosas que se dicen de él”, señaló después de una de las visitas que le hizo en el penal de Punta Peuco en las que puso en duda los crímenes que la justicia le atribuye. En la última campaña eludió pronunciarse frente a un posible indulto, pero cuando no tuvo más alternativa que decir algo, defendió un proyecto de ley impulsado por la derecha que busca facilitar el arresto domiciliario a personas de edad avanzada. Si antes le defendía con el argumento de que primaba la venganza sobre la justicia, ahora dice que es un tema humanitario.
El destino que tendrá Krassnoff y los 139 militares que cumplen penas por los crímenes de la dictadura es una de las cuestiones que se desvelará a partir del 11 de marzo, cuando asuma el nuevo gobierno de extrema derecha. El anuncio de que dos abogados defensores de Pinochet se convertirán en ministros y uno de ellos, Fernando Rabat, en la cartera de Justicia y Derechos Humanos, es una señal bastante explícita sobre las decisiones que podría adoptar Kast sobre esta materia y sobre su visión de la memoria histórica y democrática del país, una que sigue a medio construir después de 35 años de democracia.

Fernando Rabat, que sería el hombre encargado de buscar la fórmula de la liberación, se formó con uno de los fundadores de la organización paramilitar de extrema derecha Patria y Libertad, que participó activamente en la desestabilización del gobierno de Salvador Allende. Como abogado, fue parte del equipo que defendió en 2004 al exdictador en el llamado caso Riggs que reveló cuentas secretas de Pinochet en el extranjero. Se le considera una persona vinculada al grupo de fieles que buscó blindarlo jurídicamente, como lo es también la persona que será ministro de Defensa, Fernando Barros, que fue uno de los abogados que defendió al exdictador durante su detención en Londres.
Cuando en enero de 2005, Miguel Krassnoff fue notificado de su ingreso a prisión, entregó a la prensa una carta de seis páginas en la que calificaba de ridículos e inexistentes los crímenes atribuidos por la justicia a la cúpula de la DINA. “Hoy el destino nos castiga injustamente, a través de manos que no han sabido comprender cabalmente su misión ni sus responsabilidades propias. Pero el destino es esencialmente modificable, todo cambia y todo es transitorio”, aseguró entonces. Sus palabras adquieren ahora una connotación amenazante, de mal augurio, que extiende una sombra sobre sus víctimas y sobre las organizaciones de defensa de los derechos humanos que nunca imaginaron que la derecha pinochetista pudiera volver al poder por las urnas.
Los testimonios de las personas que sobrevivieron a Miguel Krassnoff permitirían escribir decenas de libros. Unos cuantos fueron testigos de cómo él y su jefe, Marcelo Moren Brito, acabaron con la familia Gallardo Moreno al completo en Villa Grimaldi el 18 de noviembre de 1975. Lo recuerdan porque sucedió en el patio, a modo de escarmiento para el resto de los prisioneros. A todos los colgaron del árbol Ombú del jardín y a uno de ellos de los testículos. A las mujeres las rociaron con agua y aceite hirviendo y los que sobrevivieron a los golpes y las torturas fueron liquidados con cables de alto voltaje. El historiador Gabriel Salazar, que estaba presente aquella noche, dice que él fue uno de los pocos que no pasó por la parrilla de Villa Grimaldi, pero Krassnoff ordenó en medio de un interrogatorio que le cambiaran la venda que le cubría los ojos por una vieja y podrida. La infección ha dejado las marcas de la DINA en sus párpados hasta el día de hoy.
Gladys Díaz ha publicado recientemente un libro sobre su paso por Villa Grimaldi y dice que aún no se explica cómo salió con vida. En varias ocasiones estuvo al borde de la muerte por las golpizas y las torturas, pero su cuerpo siempre se recuperó acurrucado en el suelo de una celda en la que ni siquiera podía estirarse. Mientras a otros se les gangrenaban las heridas, ella resistía. Actualmente es posible visitar una reconstrucción de la torre en la que estuvo recluida en el Parque por la Paz Villa Grimaldi, en el mismo lugar donde estaba la original que fue demolida por los militares. Se llega caminando por un sendero de guijarros en el que se siente la fragancia de las rosas, la misma que acompañaba a Gladys Díaz cuando la conducían vendada al baño o a los interrogatorios. Además de la rosaleda, quedan algunos restos de la piscina que de lunes a viernes servía para torturar y los fines de semana se convertía en un sitio de recreo para los oficiales y sus hijos, también para las hijas de Krassnoff de seis y ocho años.

Cuando recién había vuelto la democracia, en 1992, Gladys Díaz tuvo la oportunidad de enfrentar a su torturador. Fue en un careo a petición de la jueza Gloria Olivares en el que participaban otras personas que habían sufrido prisión política y tortura. Su turno llegó de noche, al final de una jornada maratoniana a la que Krassnoff se había presentado con su uniforme y sus medallas y cargado de arrogancia. Llevaba horas insistiendo en que solo desempeñaba labores de analista en la DINA y que nunca había visto a las personas que lo interpelaban, pero a ella sí aceptó conocerla. “Muy buenas noches, señora Díaz”, le dijo al verla entrar. La jueza levantó los brazos y exclamó: ¡Es la primera vez que reconoce a alguien!
En vez del hombre que daba órdenes sin pestañear en Villa Grimaldi, Gladys Díaz se encontró un personaje inquieto, con temblores esporádicos en las mejillas y un parpadeo constante. Otros le habían insultado, pero ella se limitó a recordarle frente a la jueza las sesiones de tortura en que él manejaba la situación y aumentaba el voltaje de la parrilla, cada vez más, cada vez más. También la ocasión en que, estando a punto de ser liberada, él intentó ejecutarla, o hizo el amago de hacerlo. Le puso una pistola en la sien y accionó el percutor mientras se burlaba de su palidez, pero unos golpes en la puerta interrumpieron la escena. Nunca supo si alguien había intervenido a su favor o era una última forma de torturarla.
En Villa Grimaldi quedan hoy pocos vestigios de aquellos días. La rosaleda se ha convertido en un memorial a las mujeres que continúan desaparecidas y en un muro construido en piedra se han grabado los nombres de las personas que fueron asesinadas aquí, unas 241 de un total de 4.500 que pasaron por este lugar. Donde antes estaba la vieja casona que servía para oficinas y las celdas de madera, ahora hay jardines, árboles, esculturas y fuentes de agua que simbolizan y recuerdan a las víctimas. Muchas placas están en el suelo para mantener la perspectiva de las personas detenidas que permanecían siempre vendadas y solo podían ver sus pies, las baldosas rojas, la gravilla del jardín. El antiguo portón de acceso, que era el lugar por el que ingresaban todas las personas detenidas, fue clausurado para simbolizar que esta puerta nunca más sería transitada por persona alguna. Solo sobrevive intacto, como testigo silencioso del infierno, el Ombú del que colgaron a la familia Gallardo Moreno.






