Reza. Cada mañana pasa metódico las cuentas de madera de su tasbih mientras murmura despacio, casi sin voz, los mil nombres de Alá. El trajín de la tripulación se desarrolla a su alrededor como una música asordinada mientras Alpha D. se traslada mentalmente a la Kaaba. Los preparativos para la misión 18 están en marcha. Un pequeño ejército de voluntarios dispuestos en fila india pasan de mano en mano paquetes de fideos, arroz, legumbres, chocolate, galletas, garrafas de aceite, de agua, cajas con cebollas, con papas, con tomate triturado, con latas de atún. También, gasas, vendas, catéteres, botellas de oxígeno y mantas térmicas. Alpha supervisa. Asiente o niega a las preguntas de los voluntarios nuevos sin soltar su collar de cuentas de madera. Reza, mecido por las olas tranquilas del Puerto de Valencia, a la espera de un permiso para poder zarpar que nunca llega. Reza y espera. Es una presencia silenciosa e imponente, de edad indefinible y cuerpo espigado y fibroso. Es un rescatista que apenas ayer fue un rescatado.
El Ramadán es el mes sagrado en el que los musulmanes de todo el mundo purifican su espíritu a través de la autorreflexión, el ayuno, el ejercicio de la paciencia y la solidaridad con los más necesitados. Alpha piensa en ello mientras revuelve lentamente un té de hibiscus con hierbabuena para compartir con la tripulación.
–Quita el mareo, asegura mientras ofrece, brusco pero amable, una taza humeante. La oscilación suave y continua del barco mueve el líquido espeso, oscuro, muy dulce, dentro del recipiente de lata. Bebe despacio, saboreando el mejunje en su hora permitida para consumir alimentos, paladeando los instantes previos a salir a navegar. Afuera el mar está bravo. Hay viento y hace un frío punzante a pesar de que hace varios días que ya es oficialmente primavera.
Durante la misión, Alpha es uno de los responsables de establecer contacto con los refugiados. Desde la lancha de aproximación trata de tranquilizarlos. A gritos les explica que estamos aquí para ayudar, que venimos de Europa, que no somos guardacostas libios. Habla inglés, francés, wolof y algunas variantes del árabe levantino, además de castellano y algunas palabras en euskera. Los rescatistas más veteranos explican que es importante que sea negro como la noche, porque los refugiados se ponen nerviosos si ven a un blanco en proa. Se arrojan al agua, se desesperan, intentan escapar del bote precario en el que navegan a la deriva y pueden terminar por ahogarse. Durante los meses en que no está embarcado se dedica a colaborar como voluntario en Cruz Roja y a cuidar de su hija Sara, que acaba de cumplir un año y tiene los ojos más redondos y despiertos del mundo.

Pertenece a la etnia fulani. La comunidad nómada más grande del mundo, compuesta por más de 40 millones de personas que viven repartidas en 18 países, entre ellos Senegal, donde nació Alpha.
–Mi familia se dedicaba al comercio. Los fula venimos de la Arabia de antes de la conquista. Somos grandes comerciantes y mercaderes desde siempre, explica, mientras mastica un palo de regaliz. Poco después de cumplir 38 años Alpha se cansó de la vida aldeana y decidió probar suerte intentando llegar a Europa. Ahorró varios años y finalmente logró un contacto que a cambio de unos 1200 dólares le permitiría zarpar desde Libia en una patera hasta aguas internacionales donde, con suerte, sería rescatado por alguna organización humanitaria.
–¿Y sin suerte?
–Game over, ríe.
El viaje desde su Casamance natal hasta Libia duró casi dos meses. Cruzó todo Senegal hasta la frontera con Mali escondido en el cajón de una Range Rover destartalada hasta Burkina Faso. Esquivó como pudo a las milicias islamistas y a los tratantes de personas hasta que logró llegar al desierto inmenso de Níger. Buses, motos, trenes y al final, caminando llegó a Libia en plena guerra civil, donde las tropas regulares de Gadafi detuvieron a su compañero de travesía y lo encarcelaron por ingresar ilegalmente en el país. Lo condenaron a dos años de prisión. Él se libró porque decidió dormir al raso, lejos del paso fronterizo. Cuenta que su amigo confió en quien no debía y en esa frase resume una realidad cotidiana para los migrantes africanos: pagan grandes cantidades de dólares a quienes prometen hacerlos cruzar y finalmente los entregan a las autoridades o los abandonan a su suerte en el desierto.
La patera en la que se embarcó era de goma. Apenas un barquito de escasa flotabilidad que salió una noche tranquila de una playa solitaria con 120 personas a bordo. La luna llena iluminaba en silencio la salida desde un suburbio del Trípoli sitiado y bombardeado, la esperanza de llegar vivos a aguas internacionales y allí, la espera.
–Afortunadamente no tardaron mucho. En 20 horas nos interceptó el Geo Barents de Médicos Sin Fronteras y nos llevó hasta Italia. Dejé dos amigos en el camino.
La espera en puerto se eterniza. Un mal sueño de lluvia, viento, frío y humedad viscosa nos acompaña como una presencia perenne y hace la vida a bordo todavía un poco más tensa. Por momentos insoportable. En el rancho de proa vivimos seis. Los camarotes tienen el tamaño y la forma de un ataúd: una cápsula de madera de pino por tres costados cerrada con una cortina de hule que no deja pasar la luz ni el aire, “para mayor intimidad”.
–Hasta 2019 este barco se llamaba Stella Maris. Era un atunero que faenaba bonitos y verdeles en el Mar Cantábrico. La organización lo compró antes de que fuera al desguace y lo transformamos en un buque de rescate, cuenta Íñigo Mijangos, el capitán del Aita Mari.

Donde ayer se almacenaba la pesca hoy vive la tripulación. En esta misión somos catorce en total: seis marineros, dos oficiales, un cocinero, dos maquinistas, dos médicos voluntarios y un periodista. Mijangos también es el presidente de la ONG Salvamento Marítimo Humanitario, responsable de la compra y readecuación del barco que antes pescaba atunes y ahora pesca gente que huye del horror y de la miseria en el mediterráneo central. Como su capitán, el barco es un cuerpo recio, de metal, que navega lento pero seguro, con el objetivo fijo en su misión. Imperturbable y cansino pero sin desmayo; como una reminiscencia flotante de su identidad ineludiblemente vasca. Terco, templado, silencioso. Hay en él un punto anodino, falto de energía para la tarea que le espera. Íñigo mira el mundo a su alrededor con aire ausente, mientras alguien cuenta que una noche de fiesta en Gipuzkoa quiso entrar en una discoteca y el portero sudanés que debía impedirle la entrada por su falta de glamour se echó a llorar cuando reconoció en él al hombre que lo había salvado de morir ahogado en Túnez dos años antes. Que usted es el mejor hombre del mundo, dicen que dijo aquel muchacho que todavía guarda la puerta de una discoteca pija en Zarautz.
–El pueblo vasco sabe lo que es la migración, sabemos lo que es el exilio y lo duro que puede ser llegar desamparado a un lugar lejano y hostil, explica Amaia Iguarán, la directora de proyectos de la ONG mientras fuma su tercer cigarrillo de la mañana y deambula por la cubierta de popa donde está reunida la tripulación de la Misión 18. Tiene sesenta y pocos años y mantiene una actividad frenética y constante que le generó una leve hipertensión que trata con café y vino tinto.
Hiperkinética, pasa de reuniones con ministros, autoridades portuarias y gobiernos autonómicos a charlas con otras ONG y formaciones educativas en colegios secundarios. Surca el territorio del estado mientras enciende uno y otro y otro cigarrillo. Amaia se queda en tierra para custodiar la derrota del Aita Mari desde su puesto de mando en Euskadi, pero esta tarde trajo consigo el ansiado permiso para salir de Puerto. Se asoma un inesperado sol de primavera que no llega a calentar del todo los huesos entumecidos y las ropas húmedas de la tripulación. Sin embargo, hay un íntimo sentimiento de júbilo que se apodera de todos.
El 25 de agosto de 2025 fue un día soleado. Pasado el mediodía, en algún punto incierto del mar, una patrullera de la Guardia Costera libia abrió fuego contra el Ocean Viking, uno de los buques de rescate más conocidos entre los muchos que operan en el Mediterráneo. Aunque no se registraron heridos, el barco sufrió graves daños en el casco y se vio obligado a regresar de inmediato al puerto de Ancona, en el norte de Italia, suspendiendo su misión. La ONG SOS Mediterrané, propietaria del barco, estima que ese mismo año murieron alrededor de 1.700 personas en naufragios mientras intentaban llegar a Europa. Nadie llegó para rescatarlos. Al llegar a puerto los miembros de la tripulación del Ocean Viking declararon a la prensa italiana que no era la primera vez que los guardacostas libios amenazaban con abrir fuego, y que en ocasiones anteriores se habían efectuado disparos de advertencia.

Las tensiones entre los barcos de rescate y las autoridades marítimas norteafricanas son cada vez más insostenibles. Todos los años, la Unión Europea destina varios miles de millones de euros para evitar que los migrantes alcancen la denominada zona SAR (Search and Rescue), donde, en virtud del derecho internacional marítimo, deben ser rescatadas y trasladadas al puerto seguro más cercano, que casi siempre es Lampedusa, una isla diminuta de soberanía italiana que flota solitaria entre África y Europa. Así es como, quienes logran sobrevivir, consiguen finalmente llegar al llamado primer mundo.
El mar de noche es un lugar tenebroso. Una negrura infinita que emite una vibración constante y tectónica. Apenas una estela de espuma fosforescente es todo el rastro que deja el Aita Mari como testimonio de nuestra infinita pequeñez. El frío es intenso, el cielo una extensión del oscuro infinito. Un escalofrío me recorre el espinazo mientras, atado por la cintura a la baranda de popa, me dirijo a los camarotes del rancho de proa, en los pocos segundos que tarda otra ola en sacudir el casco metálico del barco. Ponemos rumbo a Libia.
Guillermo es el jefe de máquinas del Aita Mari. Es redondo, macizo y cubano. Pasó los últimos 42 años a bordo de distintos barcos de pesca y recuerda con especial cariño sus años a bordo de un arrastrero clase Camagüey de la Flota Cubana de Pesca. Trabajó en Angola durante los años de la guerra de liberación en los que la Cuba de Fidel impulsó la Operación Carlota, que consolidó la independencia del país africano. A pesar de que hace tiempo cumplió la edad para retirarse, se niega a abandonar el mar. Dice que no está hecho para vivir en tierra firme. También dice que nunca, en sus más de cuatro décadas de servicio, navegó con una mujer.
–Da mala suelte, explica sin mirar mientras limpia una tubería de la sala de máquinas donde, desde hace algunos meses trabaja –muy a su pesar– con una oficial segunda de nombre Cynthia, una chica que se define como bisexual, feminista y de izquierdas, oriunda de algún lugar de la periferia de Madrid. Son las diez de la mañana de un viernes trece aunque el día no le trae a Guillermo ningún mal fario, probablemente porque hoy cumple sesenta y seis años. La tripulación compró un cheesecake antes de zarpar de Valencia para festejar, aunque el jefe de máquinas huye de las velas y las guirnaldas y se esconde a dormitar por los rincones.
– Puente para tripu, puente para tripu ¿me copian? Todos a popa, preparamos maniobra para protocolo de rescate.

La voz de Íñigo se impone al sonido estático de las radios portátiles que llevamos encima en todo momento y anuncia el inicio de la maniobra. La luz naranja fosforescente del walkie titila en la oscuridad del rancho de proa mientras la luz de uno y otro camastro se van encendiendo. Hay caras de sueño; nadie durmió esta noche. Son las cuatro y media de la madrugada y el Aita Mari se balancea sobre el vacío que dejan las olas de varios metros que golpean en plena oscuridad. Proa hacia la negrura, avanzamos en dirección incierta. El aviso ha llegado de un avión sanitario de Cruz Roja que sobrevuela los puntos calientes de la costa libia y tunecina.
–Se trataría de una embarcación pequeña, avistada varias horas atrás, con entre veinte y treinta tripulantes aproximadamente. Por los cálculos de derrota, viento, tiempo y velocidad podríamos interceptarlos en las próximas horas. Todo el mundo a sus puestos.
Alpha termina de rezar mientras intermitentemente observa el horizonte. Otea a uno y otro lado del barco con unos enormes prismáticos. Pasan horas de frío y fuerte marejada hasta que tímidamente el sol asoma por el este. No calienta los huesos húmedos y helados, pero al menos permite algo de visibilidad. Son pasadas las siete y media de la mañana cuando da la voz de alarma por radio.
—A menos de 1.000 metros a babor. Una embarcación neumática. Bajamos al agua.
Es apenas una mancha incierta sobre la negrura del mar, castigada por el viento y todavía abrazada a la oscuridad de la noche. Una lancha se desprende del Aita Mari mediante una grúa y avanza hacia la frágil embarcación, aproximándose con cautela para leer sus signos, medir el grado de urgencia, contar cuánta gente hay a bordo, evaluar si hay fallecidos. Cargada con sacos llenos de chalecos salvavidas, la lancha Donosti avanza a toda velocidad en dirección a la embarcación, esquivando un oleaje que nos empapa y que, por momentos, nos impide mantener el rumbo. Los ojos desorbitados de pánico y agua salada. Arrebujados en mantas empapadas, el motor dejó de funcionar hace quién sabe cuánto, tienen la pasividad de los que ya no albergan esperanzas de ser rescatados.

– Donosti para puente, Donosti para puente de mando, hay treinta y dos personas a bordo de las cuales siete son menores. Hay una embarazada. Urge traslado. La barca está por colapsar. Solicito permiso para iniciar transfer.
La voz de Alpha suena como un trueno en medio del océano. Se impone al ruido del motor y a las voces de auxilio. Se comunica con los refugiados en wolof, en árabe, en francés. Cada segundo que pasa es una eternidad tensa y mojada. Los ojos de una menor de dos años se me clavan en el cerebro. Me mira tranquila y sonriente, con unos ojos redondos y muy abiertos, a pesar del caos que la rodea, como sabiendo de algún modo, que todo va a salir bien.
– Puente para Donosti, afirmativo el traslado, procedan con el transfer. Traigan a los refus al Aita Mari compañeros.
Llevan dos días a la deriva. Apenas les queda una garrafa de agua que se turnaban para beber de a pequeños sorbos. Muchos tienen quemaduras químicas producidas por la mezcla de agua marina con el gasoil del motor. Una vez en el Aita Mari les asignamos un número y les damos ropa seca y comida. Todos vomitan. Algunos se abrazan, lloran, repiten alhamdullillah mirando al mar y agradecen en sus respectivos idiomas. La médica de a bordo advierte que evitemos tocarlos porque algunos muestran síntomas de malaria y sarna. Vienen de Camerún, Eritrea, Mali, Burkina Faso, Nigeria, Ghana, Somalia y Costa de Marfil. Algunos declaran haber sufrido torturas y violaciones en el camino a Libia. Nadie va a pagar por eso. Nadie va a investigar nada. A pesar de la burocracia, de la guardia costera, de la extrema derecha, ponemos rumbo a Italia con treinta y dos rescatados. De camino a aguas europeas, cruzamos un destructor que va camino a Irán. Es jueves y sale el sol.
