Señores y señoras, la máquina del tiempo existe y está en Uruguay. La tiene Robert Carmona (64), el futbolista reconocido por Guinness como el más longevo de la historia. Y se los voy a comprobar.
Corría el año 1976. Llegaba a Estados Unidos, particularmente al Cosmos, una de las máximas estrellas del deporte mundial: un tal Pelé. Tres veces campeón del mundo y, por entonces, el indiscutido jugador más grande que alguna vez haya existido. Mientras tanto, en Uruguay debutaba un zurdo de 14 años llamado Robert Carmona, en Doctor Pouey, de la ciudad de Las Piedras.
Una década más tarde, en 1986, Diego Maradona se consagraba campeón del mundo en México con Argentina, y el reinado parecía cambiar de manos. Pero, mientras esa historia se escribía, Carmona defendía los colores del Alto Perú, en la de la división C del país charrúa.
Muchos años después —incluso en otro siglo—, en Qatar 2022, Lionel Messi derrotaba con Argentina a Francia y salía campeón del mundo, para meterse de lleno en la historia de todas las historias. Mientras tanto, lejos, muy lejos de ahí, Robert todavía regalaba magia.
Esta vez para el club Hacele un gol a la Vida, en el ascenso uruguayo, con un izquierdazo al ángulo a los 60 años. Era el futbolista profesional de mayor edad del planeta y, en ese ancestral y flamante grito de gol, resumía casi medio siglo de vida detrás de la pelota.
“Yo tengo un don y ese don me lo dio Dios. Yo rompí la barrera del tiempo, yo detuve el reloj en la longevidad en forma activa, oficial y continua; y eso no lo ha logrado otro jugador jamás. Jugaré bien, mal o regular. No lo hice en Primera, es verdad, pero sí en el ascenso de varios países. Fui campeón, viví del fútbol más que ninguno, jugué con abuelos y nietos, y lo sigo haciendo. Logré lo que nadie. Y eso para mí es un honor enorme”.
Con esa definición, Carmona inaugura la charla con COOLT. De camisa a cuadros y abundante cabellera blanca, el experimentadísimo jugador regala definiciones como pases o poemas. “Yo detuve el reloj”, dice. Y es difícil discutirlo.
Por lo menos dentro del campo de juego. Mientras esta nota se produce, firma contrato con su club número 54: el Juventud de Melilla, de la ciudad de Canelones, al que le promete “dejar cada gota de sudor como a los 14”.
“Jamás me pasó no tener ganas de ir a entrenar o decir ‘hoy me quedaría en casa’. Obvio que físicamente no soy el mismo, pero de mente y pasión soy igual que en 1976. Podés preguntarles a compañeros, rivales y familiares”, asegura.
Medio siglo detrás de la pelota
Cinco décadas de carrera. Más de 2.000 partidos oficiales en 53 equipos de Uruguay, Estados Unidos, Canadá, España e Italia. Compartió cancha con nietos y abuelos y, desde 2014, es reconocido por el libro Guinness como el futbolista más longevo del mundo. Esos son algunos de los números de alguien que casi triplicó la duración promedio de la carrera de sus colegas.
Además, adelanta algunos proyectos: un documental, un libro y la idea de organizar un partido para conmemorar sus 50 años de carrera, aunque todavía no puede decir demasiado al respecto.
Robert nunca se queda en sus títulos, ni periodísticos ni deportivos. Su mirada, en la cancha y en la vida, siempre está puesta en el arco de enfrente. De hecho, cuando habla de su club número 54 no dice “mi último club”, sino “mi nuevo club”. El retiro no está en su vocabulario. Mucho menos en su horizonte.
En esa línea, asegura: “Si me buscan cuatro o cinco clubes por año, algo hay más allá de la curiosidad. Con mi lentitud, con mis nanas y mis mañas, tengo buen pie, ordeno, buena pegada. Todavía tengo mucho para dar. Nada me detiene”.
Si bien tiene el apoyo de su familia, Carmona sabe que la mirada ajena está siempre sobre él, como una marca pegajosa en una final. Por eso dice que “no puede regalarle un centímetro al tiempo”.
“Yo no puedo aflojar porque a mí me la hacen difícil. Están siempre mirando hasta cuándo será esto. No sé si es por rabia, envidia o recelo, pero no soportan que yo siga viviendo de esto, que no trabaje ocho horas, que el fútbol sea mi trabajo. Jamás me van a hacer bajar los brazos. Mi carrera va a terminar cuando Dios o yo lo determinemos. No otro que me mande a jugar a Veteranos o a quedarme en mi casa”, define con seguridad.
Carmona entrena todos los días de su vida. Con lluvia o con sol. De joven o de grande. No tiene gimnasio ni nutricionista, ni necesita de nadie que lo acompañe.
“Es Robert Carmona contra todos, no hay vuelta. Yo no juego con amigos, no voy a la cancha, no hago desajustes, porque sé que me están mirando todos: grandes, jóvenes y niños. Por eso lo hago con felicidad, porque sé que soy ejemplo para todos los que alguna vez soñaron con vivir de esto”, señala.
El juego que se transformó en trabajo
El lugar común diría que Robert es un apasionado de la pelota. Y no es que no lo sea, pero sus inquietudes nunca fueron solo el fútbol, al que define como “apenas su trabajo”.
Tiene una fundación y un club, Hacele un gol a la Vida, donde trabajan con casi 250 chicos a los que sacan de la calle y acercan al deporte. “Para mí es lo más importante que quiero difundir”, advierte.
No se define hincha de ningún club y dice entender cuando alguien asegura que el fútbol es su vida. Pero, para el uruguayo, es “nada más y nada menos que su trabajo” y sostiene que “existen cosas más importantes que salir campeón”.
Quizá la raíz de esa mirada tenga que ver con sus inicios. A los nueve años se quedó sin padre y no le quedó otra que ayudar a su familia para ganarse el pan. Desde entonces, la pelota dejó de ser un juguete para transformarse en una herramienta de vida.
“Iba a las plazas a hacer lo que hoy se llama freestyle. Hacía malabares con la pelota para ganarme unos pesos. Ahí es donde me vieron y me llevaron a jugar al fútbol. El problema es que yo no podía esperar a hacer inferiores en un club de Primera División. Necesitaba el pago semanal. Ese fue el comienzo de mi carrera como trotamundos de la pelota”, recuerda.
Según cuenta, su historia con la redonda tuvo dos etapas. Primero, como cualquier chico, jugaba al fútbol de la mañana a la noche. Pero todo cambió por la necesidad de ayudar a su familia a comer. A los 14 años debutó en Primera y dedicó su vida al profesionalismo.
“Recuerdo que así pagué la primera Navidad que vivimos con mi mamá y mi hermana. Salió del bolsillo mío, de jugar al fútbol con hombres”, rememora.
En ese aspecto reconoce que, quizá “por necesidad”, tomó “malas decisiones de mercado” que no le permitieron jugar en niveles más altos.
“Yo necesitaba dinero todos los días y eso quizá no ayudó para llegar a lo que muchos definen como triunfar”.
Hablemos de triunfar
¿Qué es triunfar en una actividad? ¿Hacerlo más que nadie o hacerlo poco tiempo al más alto nivel? ¿Hacerlo un rato o hacerlo toda la vida? ¿La eternidad es un instante en la memoria o cien años en el camino? Carmona tiene clara su postura y sabe, antes que nada, que la respuesta no se mide en cuentas bancarias.
Y pregunta de forma retórica: “¿Sabés por qué yo sé que triunfé? Porque hay botijas que me dicen que soy una leyenda, que sueñan con seguir mis pasos”.
Y fundamenta: “Para algunos, triunfar en el fútbol es jugar en el Real Madrid y tener millones en el banco. Como si los únicos que viven de esto fueran ellos. Bueno, no es así. Maradona no jugó la Copa Libertadores, ¿y por eso es menos Maradona?”.
“Obdulio Varela fue el capitán del Uruguay campeón del mundo y nunca tuvo un peso. Charles Chaplin fue uno de los actores más icónicos de la historia y nunca tuvo un centavo. El éxito, el reconocimiento, es otra cosa. Es algo que yo siento cuando recupero una pelota y le gano al tiempo. La gente dice cosas porque es gratis hablar, pero nadie le va a poner un cierre a la carrera de Carmona”.
Entonces, ¿qué festeja Carmona más allá de un gol o un campeonato?
“Cuando repasás una carrera, son muchas más las perdidas que las ganadas. Entonces yo festejo la salud, tener vida. Estoy feliz porque puedo salir a correr, entrenar, jugar. Festejo que doblé la carrera de un futbolista: ellos juegan hasta los 35 y yo tengo 64. Llevo medio siglo de fútbol en cancha, algo que no conquistó nadie en el mundo”.
Una pared con Miura
Aunque desde hace más de una década figura en Guinness como el futbolista más longevo del mundo, el nombre que suele quedarse con ese reconocimiento es el del japonés Kazuyoshi Miura, de 59 años.
La carrera del asiático estuvo mucho más cerca de la gramilla perfecta que de la tierra pelada de nuestro héroe sudamericano. Debutó en Brasil, jugó en Europa y fue figura de la selección de su país.
Incluso inspiró al personaje de animé Tsubasa Ozora, conocido en Sudamérica como Oliver Atom. El marketing de Miura, infinitamente superior, hace que muchas veces se preste a confusión. Pero el récord no le pertenece.
“El más grande soy yo y atrás viene él”, dice entre risas. “Obviamente está en otro nivel más glamuroso de marketing, prensa y economía, y eso lo hace más reconocido. Pero él tiene 59 y yo 64. Y en los números no hay subjetividad. Ojo, es un crack y un referente para el fútbol asiático. Me encantaría conocerlo y charlar de nuestras carreras”.
Varias veces se habló de organizar un partido benéfico entre ambos, incluso con la idea de un ida y vuelta entre Uruguay y Japón, aunque nunca terminó de concretarse.
“Con Miura estuvimos muy cerca de hacer un amistoso como los jugadores más veteranos del mundo. El problema fue económico y todo terminó medio raro”.
“Con Miura estuvimos muy cerca de hacer un partido amistoso como los jugadores de mayor edad del mundo. El problema fue que, cuando se habló de mi viaje a Japón, se manejó una cifra de dinero que lo hacía imposible para los organizadores sel evento y todo término medio raro”.
De todos modos, asegura que todavía existe la posibilidad de organizarlo a través de una empresa de eventos en España: “Ojalá se pueda hacer. Sería algo único. Incluso para ayudar: recaudar dinero para niños enfermos o adultos mayores. Eso me encantaría”.
Pelé, Maradona o Messi
Cuando los analistas de fútbol discuten quién fue el mejor de todos los tiempos, suelen encontrar un punto en común, que deja a todos mediamente felices: “No se pueden comparar porque jugaron en épocas distintas”.
Esa respuesta estándar (y bastante tibia) sirve para casi todo el mundo. Para casi todo el mundo menos para Carmona, que fue contemporáneo de los tres. Su reloj fue transversal al tridente del Olimpo. Y eso, quizá, lo convierta en una voz autorizada para elegir.
“De Pelé me cuesta hablar porque no lo vi tanto. Fuimos contemporáneos poco tiempo y en esa época no se veía el fútbol como ahora”.
“Yo compartí cosas con Diego y no puedo negar que fue lo más grande que vi… hasta que apareció Messi. Messi probablemente haya sido superior a Maradona en varios aspectos futbolísticos, pero Diego fue otra cosa. Diego era potrero, Argentina, picardía, pueblo. Eso habla del fútbol argentino: tener a los dos más grandes de la historia es tremendo”.
En los días por venir, Robert tiene un objetivo pendiente: conocer a Messi. Pronto viajará a Miami, ciudad en la que jugó durante los años 80 y donde, según cuenta, vivió su prime. Allá tendrá la oportunidad de ver al que considera el jugador "más perfecto" que vio.
Días Maradoneanos
A quien sí conoció fue al Diez de Fiorito, en una de sus visitas a Argentina. Principalmente gracias a un amigo en común: el intendente de Ezeiza, Gastón Granados.
“Tuve la oportunidad de conocer al Dios del fútbol. Compartimos un tiempito en Tristán Suárez y fue de las cosas más grandes que me pasaron en este camino. Gastón, un gran amigo que era presidente del club, fue quien nos presentó”.
“Diego frecuentaba el club y yo estaba haciendo tratativas para jugar ahí, aunque al final no se dio. Pero gracias a ese vínculo conocí al Diez: jugamos picados, comimos asados, etcétera. Hermosas anécdotas con Diegote, amado por todos y odiado por algunos”.
La velocidad de la pausa
La charla con Robert siguió por WhatsApp mucho más allá del final de la videoconferencia. Sus anécdotas y conceptos hacen que la entrevista, lejos de terminar, comience a acompañar las rutinas del entrevistador y del entrevistado, de los dos lados del Río de la Plata.
De esa forma se aprende mucho más de su historia: cómo se cuida con las comidas, cómo recibe felicitaciones de los vecinos, cómo recuerda que jugó con padres, hijos y nietos, o cómo se fue transformando con la edad como jugador.
Al principio era un diez explosivo y los años lo fueron convirtiendo en un doble cinco mucho más pensador. Sabe que las pausas están en todos lados, aun donde parece que todo es apuro. La experiencia le enseñó a susurrar con pases milimétricos en un lugar de la cancha donde todos gritan.
La pegada está intacta y se nota en algunos pequeños videos que se anima a mandar. Incluso tiene sus propios stickers. “Carmona atemporal”, dice uno, con su imagen a toda velocidad y su melena al viento.
Carmona y el tiempo. Dos viejos amigos que aprendieron a respetarse en un sticker, en la cancha y en la vida.