Por mucho tiempo, al hablar del piedemonte llanero de Colombia —esa franja donde la selva andina se abre en sabana y los ríos bajan buscando llanura— se ha intentado dibujar una imagen plana: la de una tierra “de paso”, donde conviven el vaquero romántico, el campesino rudo y el guerrillero invisible. Una tierra fértil, sí, pero marcada por la violencia, el abandono y la promesa. Lo que no se cuenta, o se cuenta mal, es quiénes han llegado, qué traen consigo, y qué monstruos —propios o ajenos— cargan en la espalda quienes caminan este suelo. Bestiarium nace como una rebelión contra esas narrativas simplificadas.
En Villavicencio, capital de este borde entre montaña y llano, conviven cientos de miles de personas, muchas de ellas desplazadas de otras geografías: del Caquetá profundo, del Guaviare militarizado, de un Meta herido por masacres. Lo que traen no es solo dolor, sino mitología: un modo particular de habitar, de contar el miedo, de construir familia, de resistir. En ese sentido, Bestiarium es un archivo vivo: un ensayo visual que se niega a etiquetar y que busca, más bien, ampliar la mirada.
Este bestiario, casi como siendo un catálogo de criaturas que pueden sentirse fantásticas donde el cemento va reemplazando los rastrojos y las casas de madera levantadas por manos que llegaron sin nada. Allí, en el ir y venir cotidiano, se observan cuerpos, rostros, estilos y símbolos que no corresponden a un solo linaje cultural. Hay una diversidad brutal, bella y conflictiva. Una pluralidad que no ha sido nombrada, salvo cuando es criminalizada.
¿Quiénes habitan esta tierra realmente? ¿Y qué bestias imaginamos cuando intentamos definirla? La respuesta se siente como una epifanía: hay un bestiario oculto, uno que no vive en los libros coloniales ni en las versiones académicas del folclor. Este Bestiarium es mestizo, plural, lleno de contradicciones. Está compuesto por cuerpos desplazados, por mujeres que cuidan, por hombres rotos, por adolescentes que rapean sobre memoria, por niños que ven ríos secos donde antes sus abuelos pescaban. Bestias, sí, pero no en el sentido peyorativo del término: bestias como símbolo de resistencia, como expresión de aquello que no se deja encasillar. Campesinos, indígenas, jóvenes y viejos.
Las imágenes del proyecto no buscan ilustrar lo obvio, ni reproducir el exotismo. Por el contrario, apuntan a desmitificar lo que desde afuera se dice de los territorios estigmatizados: que son salvajes, que su gente es peligrosa, que la cultura es escasa, que la violencia es natural. En cada retrato se revela lo contrario: complejidad, ternura, arraigo, reinvención. Se muestra lo que el lente oficial ignora.
Las bestias del Bestiarium no pertenecen a un pasado mítico ni a un mundo fantástico. Son figuras reales atravesadas por el desarraigo, la búsqueda de identidad y la disputa por la representación. La reinterpretación que propone este proyecto no es estética solamente: es profundamente política. Se trata de disputar el sentido común, de poner en duda lo que creemos saber sobre el piedemonte y sobre quienes lo habitan.
Durante años, desde Bogotá o desde otras capitales, se ha hablado de esta región como un lugar periférico, casi como una frontera entre la civilización y la barbarie. Esa dicotomía aún sobrevive en la forma en que se narra el conflicto armado, la migración, el narcotráfico. Por el contrario, estas imágenes lo que hacen, es reventar esa lógica binaria. Nos dice: aquí hay vida, aquí hay mundo, aquí hay cultura, aunque no sea la que tú esperas.
Y en medio de esa vida, hay también una pulsión creativa. Porque si algo caracteriza a los pueblos que han sobrevivido a la violencia, es la capacidad de imaginar de nuevo. En cada poblador de esta zona, hay un gesto de invención. Esa hibridación no es un accidente. Es un testimonio de la migración interna forzada, de los encuentros entre culturas, de las luchas por mantener algo de lo propio mientras se abraza lo ajeno. El piedemonte, entonces, aparece como un territorio simbólico en disputa: un cruce de caminos, un laboratorio de nuevas identidades.
Bestiarium no ofrece respuestas definitivas. Más bien, plantea preguntas incómodas: ¿quién tiene derecho a contar la historia de un territorio?, ¿cómo romper con los estereotipos sin caer en nuevas idealizaciones?, ¿qué significa pertenecer a un lugar cuando ese lugar está en constante transformación?
Al final, Bestiarium no es un archivo de rarezas, sino un acto de justicia visual. Una forma de mirar con otros ojos y de reconocer que en los bordes de Colombia —donde la selva se hace llano y la historia oficial no llega— hay belleza, fuerza y sentido. Que allí también se inventa el país.