Artes

Fabien Pisani y la música como un cristal

El cineasta retrata a Pablo Milanés y Candyman en dos documentales que, desde generaciones y estilos distintos, reflejan las aspiraciones y contradicciones de la sociedad cubana.

Pablo Milanés con sus hijos en el Parque Lenin, una de las escenas familiares que recupera el documental de Fabien Pisani. ZOE ÁLVAREZ

Con la tozuda voluntad de proyectar en su tierra, a sabiendas de los tejemanejes que esto traería consigo, el cubano Fabien Pisani, músico y documentalista, se enrumbó hacia el 46.º Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

Cargaba en su espalda con los testimonios y la reivindicación de dos figuras importantes para la historia de la cultura cubana contemporánea. ¿Qué tendría de raro volver a casa para contar historias? Aunque en esta isla no tiene que ser malo, ni raro; basta con que sea una verdad de las que incomodan.

La Habana de 2025 a la que llegó estaba sumida en la supervivencia energética. El comité organizador del Festival, aferrado a la épica de los grandes sacrificios y contra toda lógica, celebraría el certamen. Los cortes de corriente ya omnipresentes hicieron estragos en la cartelera. Se suspenderían algunas proyecciones y otras serían reprogramadas. Los días del evento transcurrirían entre incertidumbres y la diezmada afluencia de público, en comparación con otros tiempos.

El primer percance para las propuestas de Fabien estuvo con la selección. Los organizadores entendieron pertinente darle cupo solo a una de sus películas, En la caliente: Historias de un guerrero del reguetón.

La decisión rayaba en lo irrisorio por la estatura del personaje que trataba de eclipsar. El veto se lo llevaría el largometraje Para vivir: El implacable tiempo de Pablo MilanésFF. Por esos absurdos que suelen darse acá, prefirieron ponderar al reguetón por encima de la trova, a un cubano por encima de otro igual.

Candyman, pionero del reguetón cubano, conversa con niños de su barrio. JUAN CARLOS ALOM

En la caliente

La película, que entró en la sección Latinoamérica en perspectiva, se proyectó finalmente en la sala 1 del Multicine Infanta, que cuenta con 160 butacas y donde en otras ocasiones han ido a parar obras controvertidas de temática social. A su vez, coincidió con la llegada de un frente frío que agrisó la tarde del 9 de diciembre con una lluvia pertinaz, algo que en Cuba es sinónimo de parálisis total.

Anteriormente, la puesta estuvo prevista para el cine Riviera —de 1.200 butacas—, donde no se pudo proyectar. Vino una seguidilla de suspensiones en los días siguientes, hasta recalar en la pequeña sala de la avenida Infanta.

El orador encargado de hacer la introducción nunca llegó. Unos minutos más tarde de la hora del comienzo, al director le tocó presentarse a sí mismo y a su trabajo. Dijo estar muy contento de que esta película fuera vista en La Habana, a pesar de lo azaroso que estaba resultando. Agradeció a los presentes, alrededor de 50 personas.

El largometraje, de unos 85 minutos de duración, está construido a retazos; un cuidado remix visual de videos caseros: fuera de foco, frescos, crudos, como advertencia de que «estamos en la caliente, Cuba, la caliente», según uno de los personajes.

Los primeros fotogramas son hermosos. En la cresta de una loma, el movimiento de la yerba alta crea una textura, y la cámara va al encuentro del personaje que avanza machete en mano, desafiando los obstáculos tras un propósito muy concreto: la música.

De este modo, captando las señales de radio desde una altura, se introdujeron los ritmos provenientes de las emisoras de Jamaica, que luego reproducían en los llamados pum-pum (fiestas) de Santiago de Cuba. Así se plantó la semilla. En el habla casi en copla de los entrevistados, la audiencia puede adentrarse en el ADN de un estilo grasoso y la vivencia de sus cultores primigenios.

En la actualidad, el reguetón es la sonoridad imperante en cualquier esquina. En cambio, por aquella época, solo en contadas ocasiones este ritmo aparecía en medios o espacios públicos institucionales.

La película En la caliente: Historias de un guerrero del reguetón es una especie de justicia poética al fenómeno Candyman. El sobrenombre alude a Rubén Cuesta Palomo, uno de los artistas más influyentes y, por momentos, difuminado, en la Cuba contemporánea, de quien apenas hay memorias fílmicas. Este pionero del reguetón arrastró a las masas sin pedir permiso. Su música se irradió de Santiago a casi toda la isla, llegando a competir en popularidad con las grandes orquestas.

El Multicine Infanta durante una de las funciones canceladas de En la caliente en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana de 2025. FABIEN PISANI

Apañado en el juego con la resignificación de símbolos, Candyman, sin proponérselo, provocó toda una revolución que tomó por sorpresa a las instituciones culturales. Su arte se propagó veloz por el underground, logrando lo más difícil: la simpatía popular.

Sus contemporáneos lo recuerdan como una fiebre. Algo bonito que se vivió. Y hasta la fecha, cuando suenan las introducciones de aquellos temas, el vitoreo de añoranza se funde con la voz del cantante.

Aquel ascenso vertiginoso duró lo que pudo, hasta toparse con la censura en la radio y la televisión. Discográficas como la EGREM se negaban a grabar y firmar este tipo de música con el argumento de que la difusión debía estar en consonancia con la política cultural aprobada. Sin embargo, el trasfondo de estas posturas era esencialmente clasista y racista.

La irreverencia del reguetón y sus letras llenas de lances sexuales fueron demasiado provocativas para algunos. Entre tantas restricciones, el cuerpo, la posesión más inalienable, usa la música como rebeldía y liberación.

«Aquí es donde no se finge (la) conducta, aquí es donde las cosas son como son, y así fue lo que yo reflejé en mis canciones», dice Rubén mirando a la cámara. «Y eso chocó, porque los medios quieren arte, pero yo digo que el mundo marginal también tiene su arte, su idiosincrasia, y tiene también una forma de sentir la canción», remata.

Candyman durante uno de sus multitudinarios conciertos en Santiago de Cuba. JUAN CARLOS ALOM

Una noche Rubén era un suceso popular, y al día siguiente lo habían silenciado. Con ello, vino la búsqueda de alternativas para encarar lo que no se entiende pues no tiene explicación. Las artes marciales que ya practicaba por entonces le sirvieron de refugio al guerrero.

No era la primera ocasión en que las autoridades fijaban una posición intolerante. Una vez más, pagó la música los platos rotos, como en los años 70, cuando escuchar bandas de rock anglosajonas estaba prohibido y se acuñó el término «diversionismo ideológico».

Tampoco sería la última vez que los sueños de un joven músico quedarían tronchados, dejándole una marca de frustración y rencor. Lamentablemente, la censura de artistas con poder de convocatoria es un método sin caducidad, que trasciende al protagonista y a este género. Ello reafirma el valor del documental para entender un fenómeno que marca la cultura cubana hasta nuestros días.

La cinta, estrenada en abril de 2024 en el Festival Internacional de Cine de Panamá, es una coproducción entre Cuba y Estados Unidos. El proyecto demoró 15 años para completarse. Ante la carencia de material audiovisual, Pisani tuvo el reto de construir desde cero un archivo, con el apoyo de las colecciones personales de casetes VHS, CD, DVD y discos duros de las personas participantes en el documental.

El largometraje tiene pasajes desafiantes y veraces cada dos por tres. De manera muy acertada contrasta el discurso manido de los representantes oficiales con grabaciones de la realidad descarnada.

En julio de 2025, En la caliente: Historias de un guerrero del reguetón ganó el Premio Gabo en la categoría Imagen. El jurado del premio más prestigioso de periodismo iberoamericano lo consideró «una historia brillante y auténtica», y elogió su narración equilibrada, la cual se apoya en la música como elemento para explorar el autoritarismo, la libertad y la censura.

También ostenta el premio a Mejor Dirección y Mejor Sonido en el 34.º Cine Ceará - Festival Ibero-americano de Cinema, Brasil; y el Premio Lobo Marino a la Mejor Película en el 27.º Festival Internacional de Cine de Punta del Este, Uruguay. Antes de llegar a La Habana, el filme completó un periplo por Estados Unidos, México, Alemania, Dinamarca, Puerto Rico e Italia.

Hoy día, Candyman vive en Estados Unidos, en Miami. Allí, asentado entre la numerosa comunidad cubana, se enfrenta al reto de ser migrante y un cantante proscrito que, mientras el género urbano cambió, continúa su carrera ya bordeando los 50 años.

Pablo Milanés canta junto a sus hijos pequeños, los gemelos Rosa y Pablo. ERNESTO PARDO

Para Vivir

Muchos jóvenes creyeron en el futuro conmovidos por aquellas canciones. Otros las tomaron como himnos de resistencia ante un nefasto presente. Así de tremendo fue el calado de las voces de la Nueva Trova en los 60. A Pablo Milanés lo recordamos con una cabellera algodonada, poniéndole voz a esas creaciones suyas.

La cita fue también en diciembre, en la Embajada de Noruega en Cuba, como parte de su espacio Cine Bajo las Estrellas. Un grupo limitado de público asistió a ver el documental Para vivir: El implacable tiempo de Pablo Milanés, bajo la intermitencia de una llovizna tímida. La condena de silencio y negación a la memoria del cantautor solo así pudo ser burlada.

En una cinta que aborda la vida de un músico, cualquiera esperaría que las canciones conduzcan la propuesta. Mejor que eso, el filme nos permite sentarnos a su lado, en su núcleo, acompañándolo entre casa, hospitales, viajes y conciertos. Allí estaba él, sereno, en sus últimos años de vida, batallando contra la leucemia; y, a petición de su hijo —por momentos, a regañadientes—, reflexionaba para la posteridad.

La mirada a su figura es muy cercana y melancólica. Pisani nos regala una experiencia inmersiva de la familia, un boleto VIP a lo más sagrado para el artista, por encima de su música y su mata de mango en Cuba.

Pablo fue un hombre que amó mucho. De otra manera no podría impregnar de tanto sentimiento sus canciones. Cada nuevo comienzo en su andar se fundió a los anteriores formando un bloque compacto: el mosaico variopinto de los testimonios de sus compañeras de vida descubre esta arista invisible a los ojos del gran público.

Descubrimos también esa faceta de padre que prodiga afectos por igual entre hijos biológicos y adoptivos. A pesar de su protagonismo en las épocas intensas que vivió, cuidaba activamente de los suyos, como una necesidad que trasciende al deber.

Aún más ajeno nos resultaba el símbolo de su peinado afro. Todo adquiere otra dimensión cuando se le oye contar lo impresionado que quedó con Angela Davis en su visita a Cuba, en 1972. De la mano de la estética asumió además una postura activa ante las desigualdades raciales. La decisión de dejar crecer su cabello, así como era, junto a su imagen de persona racializada y exitosa, se volvió un referente al cual otros podrían aspirar.

Impulsado por las mismas inquietudes sociales, puso su influencia y su propio bolsillo en función de crear, a principios de los 90, la Fundación Pablo Milanés. Esta organización no gubernamental encontró un resquicio en la restrictiva legalidad cubana, y se planteó el propósito altruista de ofrecer oportunidades a creadores de todo el espectro del arte, incluidos, esta vez de verdad, los artistas negros. Bajo su tutela material vieron la luz discos, conciertos, giras, revistas, libros y coloquios relevantes dentro y fuera del país.

Fidel Castro recibe a Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en Casa de las Américas tras su gira por Argentina de 1984. CASA DE LAS AMÉRICAS

El documental hilvana con acierto momentos controversiales del artista. Pablo defiende con estoicismo el derecho a pensar diferente; cuando menos, a cambiar de opinión. Mirando a la cámara, reconoce que en su momento creyó en el proyecto colectivo que se soñaba construir, de ahí la implicación total de su quehacer en ese período gestacional.

Aun así, subraya que, a su entender, el proceso revolucionario terminó por convertirse en otra cosa. Este viraje de pensamiento se plasma sin mayor afán que el de dejar constancia. No hubo de su parte ni una queja que pudiese tachar su coherencia.

El filme contó con entrevistados de lujo, quienes arrojaron luces sobre los confines de una personalidad tan magnética. Figuras como Fito Páez, Joan Manuel Serrat, Chico Buarque, Harry Belafonte, la antropóloga Natalia Bolívar y el cineasta Juan Pin Vilar subrayan escenas de la historia codo a codo con el protagonista.

Pisani tuvo la audacia de convocar para que dijera su verdad a Silvio Rodríguez, la mancuerna creativa en aquellos tiempos, de quien se distanció en los últimos tiempos. Cada testimonio sumó un matiz invaluable al gran lienzo que el realizador busca construir.

Una de las partes más reveladoras del metraje son las escenas relacionadas con el último concierto que dio Pablo en La Habana antes de morir, en 2022. Se había establecido en España algunos años antes debido a sus problemas de salud, pues en Cuba se habían agotado las alternativas para tratar su enfermedad.

Pablo Milanés en los camerinos del Town Hall de Nueva York antes de su concierto de octubre de 2021. LUIS MONTALVO

Por eso, aquel retorno movilizó a la ciudad. La planificación tras bambalinas se volvió una batalla campal con las autoridades pertinentes. En el Teatro Nacional, donde tendría lugar el concierto en un inicio, se puso a la venta un número limitado de entradas para el público; el resto, al parecer, serían asignadas a otros «invitados».

Después de mucha negativa por parte del artista ante tal arbitrariedad, se resolvió cambiar de sede. El Coliseo de la Ciudad Deportiva, con capacidad para 15.000 personas, terminó por acoger el espectáculo histórico. Cinco meses después, moriría Pablo Milanés.

Lamentablemente, no llegó a ver el documental terminado. Casi como una premonición, le reclamaba en cámara a su hijo por lo dilatado del proceso. Quizás esta es la razón que espolea al director. La meta personal que vuelve el proyectar en Cuba un objetivo simbólico, una deuda con su padre y los cubanos todos.

Se impregna en la memoria el fragmento donde Pablo, en la comodidad del hogar, rasgaba su guitarra entonando una canción para deleite de sus invitados. Al fondo del plano, lo observaba un hombre sobrecogido por la emoción. Era el actor cubano Luis Alberto García, quien con la voz entrecortada le habló al público reunido en la Embajada de Noruega sobre el significado que para él tenía la película. Hacía tres años que no escuchaba la voz del amigo, dijo.

El filme tuvo su estreno mundial en Sheffield DocFest, en Reino Unido, y luego transitó por Colombia, Alemania, México, Argentina, Perú, Chile, Italia y Noruega. En su andar ha obtenido el premio a Mejor Documental en el Festival Internacional de Cine de Santa Cruz, Bolivia, y en el décimo Houston Latino Film Festival, Estados Unidos.

Proyección de 'Para vivir' en la Embajada de Noruega en La Habana, después de que el documental quedara fuera del Festival de Cine Latinoamericano. FABIEN PISANI

Canción de vuelo popular

De la mirada del realizador Fabien Pisani, uno de los codirectores de la reconocida película 7 días en La Habana, salieron dos documentales cargados de humanidad. El autor puso el foco al interior de los protagonistas. Esto hace de cada testimonio un mazazo estridente de justicia.

Como dos caras de una moneda, a ambos artistas los restringe el mismo fenómeno. No importa tu compromiso o qué tan excelso sea el vuelo poético de tu canto, tampoco tu rebeldía o el calado popular de tus coros. Porque solo tiene cabida dentro de la revolución lo que esta circunscriba; y fuera de eso, nada.

Pisani comentaba en una entrevista: «La música es un cristal que refleja las aspiraciones, las contradicciones fallidas de un pueblo». Este es otro nexo entre dos artistas de expresiones tan diferentes.

Los documentales invitan a reflexionar y mirarnos como nación, como una guía ilustrativa para quienes intenten conocer las consecuencias de la crisis de las últimas tres décadas en Cuba. El realizador no pierde la esperanza de que sus películas se pongan en cines y en la televisión nacional.

Al tiempo que en el exterior estas historias de cubanos se presentan y reciben premios, la respuesta de las entidades nacionales sigue inmutable. Mientras, parafraseando a Pisani, el reguetón es la banda sonora de los jóvenes que no se identifican con las vivencias de sus padres, aquellos que sacrificaron sus vidas por un proyecto social que sonaba a Nueva Trova.

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Diseñador e ilustrador. Aborda temas de infancia, racialidad y sátira política. Ha colaborado con Unbias the News y Cambia la Historia. Escribió para la revista de música cubana Magazine AM-PM.