Regalar un libro, un pedazo de mí

Escritores y editores reflexionan en el Día del Libro sobre una costumbre que implica elegir para otro y asumir su respuesta.

‘The Reader’ (Die Lesende), de Albert Anker, 1883: la lectura como gesto íntimo que también define qué elegimos compartir con otros.
‘The Reader’ (Die Lesende), de Albert Anker, 1883: la lectura como gesto íntimo que también define qué elegimos compartir con otros.

Si escribimos el prompt “Freud + Regalo” en un buscador de internet van a aparecer varias frases más propias del repertorio de Ricardo Arjona o de Andrés Calamaro, o de souvenir para colgar en la heladera, que de una línea perdida dentro de los 25 tomos de la Obra Completa del vienés, que creó una disciplina y una industria del pensamiento que se sostiene gracias a la palabra, ese bendito tesoro que reproducimos, por momentos, con indiferencia.

El resultado de la búsqueda nos lleva a confusiones del estilo: regalar es endeudarse, regalar es un modo de compensar culpas, regalar es una manifestación del yo por medio de un objeto o, la mejor, regalar es regalarse (?). Sin embargo, me avisa a tiempo mi amiga y psicoanalista Jimena Palmisano, Freud, en un artículo breve llamado “La sutileza de un acto fallido”, en el volumen XXII de sus Obras Completas, deja algunas coordenadas sobre el verbo y el gesto de regalar.

En primer lugar aclara que dar lo que sobra, lo que uno tiene, no es regalar (ojo periodistas culturales que regalan libros que reciben de los servicios de prensa); tampoco es semejante el gesto de regalar a la caridad. Por el contrario, regalar es dar algo que cuesta. Un pedacito, sea simbólico o material o ambas, que tiene un valor único para nosotros. Un petit a, éxtimo que tiene un costo singular, como dice el también psicoanalista Fernando Tarrago: “¡Qué sería un regalo que a uno no le pesara un poquito!”.

El 23 de abril, además de ser un día primaveral en España, donde “las calles están repletas de personas ligeras de ropa, con la boca roja, que es el color favorito de la vida”, como dice Guillem Martinez, mi mejor amigo español que no conozco (por favor, si alguien me puede pasar su contacto, estaré agradecido; mi sueño es invitarlo a comer un asado a la terraza de casa). Decía, en esa fecha, el 23 de abril, se celebra el día mundial del libro, en especial en Cataluña, por la fiesta callejera y de bocas rojas en Sant Jordi.

La fecha, como sabemos, es por la muerte siamesa de Miguel de Cervantes, Inca Garcilaso de la Vega y William Shakespeare en 1611 (días más días menos, al parecer Cervantes murió el 22 pero fue enterrado el 23). Y es tradición para esta fecha, además de tomar un vermú contemplando las ramas de los plátanos, regalar un libro y, en Sant Jordi, una rosa en homenaje a la sangre derramada que vuelve a brotar durante el mes de abril.

Con la excusa de la efeméride, le preguntamos a escritores y escritoras sobre el ritual de regalar libros y, en particular, sobre lo que dice de nosotros ese gesto donde damos un poquito de sí.

La inigualable fiesta editorial de Barcelona para celebrar la festividad de Sant Jordi. ALFRED COMIN
La inigualable fiesta editorial de Barcelona para celebrar la festividad de Sant Jordi. ALFRED COMIN

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Juan Bautista Duizeide se pasó la vida remando. Y leyendo. Nació cerca del mar, en Mar del Plata, en 1964. De profesión marino mercante y periodista; de oficio lector y escritor. Antes de cumplir 25 años, ya había navegado entre las olas gigantes del Banco Burdwood, por el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos; y había leído las bibliotecas inmensas de la casa de su abuelo, del Liceo Naval donde estudió la escuela secundaria, de la facultad de periodismo en La Plata y de tantas otras librerías que encontró a su paso. Libros, libros, libros, es lo único que regala, que considera regalar.

“Siempre regalo libros”, dice por mensaje de texto, desde el muelle isleño de su casa en el delta de Tigre. “Quiero decir: regalo muchos libros y sólo regalo libros. Al hacerlo, intento que el libro regalado tenga dos características que suelen ser contradictorias, a veces casi inconciliables: que se relacione con los intereses y gustos de la persona que va a ser agasajada con ese regalo, que tenga tal grado de novedad para esa persona que le resulte una sorpresa. A veces, sólo a veces, regalo libros como intentos de seguir una discusión que me interesa o como alusión irónica.”

El escritor y periodista Juan Carrá, nominado en el Premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción de género negro en español publicada en 2025 por su novela Salvate Vos, recupera la idea de que regalar un libro es abrir o sostener una conversación. Desde un subte porteño, escribe: “Con un libro uno regala el motivo de una conversación futura”. A la par recuerda que hace unos días le regaló a su hija, que está terminando la escuela secundaria, un ejemplar de Dorayaki, de Durian Sukegawa. “Hay algo de elegir según quién sea que reciba el obsequio, que tiene la magia de un juego de enigma: pensar quién es, qué mundos interpelan a esa persona, qué intereses le quitan el sueño, dónde deposita su tensión, su dolor, su alegría… y elegir un libro que sea un lugar y a la vez un momento que esa persona decida habitar. Regalar un libro es, entonces, regalar el mundo que deseo que esa persona habite al menos por el instante eterno de la lectura.”

'¿Por qué son tan lindos los caballos?', de Julieta Correa; 'Salvate vos', de Juan Carrá; 'Dorayaki', de Durian Sukegawa.
'¿Por qué son tan lindos los caballos?', de Julieta Correa; 'Salvate vos', de Juan Carrá; 'Dorayaki', de Durian Sukegawa.

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Julieta Correa era “la chica de prensa”, al menos así la conocí. La chica de prensa de Planeta. Sin embargo, todos sabíamos que detrás de la chica de prensa, o delante, no sé, había una escritora. Una escritora sin libro. Una escritora sin obra. Una escritora, en fin. ¿Qué convierte a una persona en escritora? Tengo una respuesta: Escribir, escribir, escribir, lo que sea. Publicar, también pero no necesariamente. Leer, sobre todo, quiero creer o elijo creer. Por último, un modo de estar y mirar el mundo, de calibrarlo con humor e ironía, con ternura y cinismo, de ordenarlo narrativamente. Julieta, entiendo, hasta la publicación de su primer libro, le daba el tilde de cartón lleno a tres de estas cuatro variables. Variables caprichosas, pero variables al fin. Luego publicó ¿Por qué son tan lindos los caballos?, editado en Brasil, México, Chile y España, y no quedaron dudas de que esa sensación de que Julieta era escritora, por una vez en la vida, no era una intuición errada.

La vida de Julieta siempre estuvo rodeada de libros -viene de un linaje familiar de escritoras, editores, libreros-. Por eso cuando habla de libros hace referencia tanto a lo simbólico como a lo material. “En este país, con la crisis, los libros son de las pocas cosas que se pueden regalar con alegría y entusiasmo que cuesten menos de 50 mil pesos (30 euros aproximadamente). Soy de regalar libros pero no indiscriminadamente. Le regalo a personas que son lectoras, o si son un poco lectoras entonces pienso algún libro de lectura sencilla, más comercial, que a mí me haya gustado y me parezca que les pueda enganchar. No me gusta forzar, que el libro ocupe un espacio en una casa donde nunca lo van a abrir.  En ese caso, mejor regalar velas o chocolates. Y trato de regalar libros que leí y que pueda hacer algún comentario de por qué quise regalarlos particularmente.”

Los últimos libros que Julieta regaló fueron Pura pasión de Annie Ernaux, La ola que lee de César Aira, El farmer de Andrés Rivera y Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg. Además del objeto, dice Julieta, cuando regala un libro regala “el deseo de leerlo, una compañía, la posibilidad de conocer una vida distinta o de identificarse con una vida distinta. Y también minutos, horas con algo de suerte, lejos del celular. Además me gusta pensar que se mueve un poquito la maquinaria de la facturación, esto porque trabajo en el mundo de la cultura.”

El farmer, de Andrés Rivera; Pura pasión, de Annie Ernaux; Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg.
El farmer, de Andrés Rivera; Pura pasión, de Annie Ernaux; Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg.

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¿Qué tenemos en cuenta al momento de elegir un libro para regalar? ¿Cómo lo seleccionamos? ¿Pondera nuestro gusto o el del homenajeado? ¿Existe un puente posible entre ambos?

La escritora y periodista Sonia Budassi, ganadora del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en la categoría cuentos por su libro Animales de compañía, pondera que intenta adecuarse a los gustos de los homenajeados. “No reniego de mi intención didáctica: si sé que gustan de algún género como el policial, el romántico, etcétera, elijo buenos autores porque si la persona no está familiarizada con la literatura es probable que elija best sellers quizá de no buena calidad pero muy promocionados. Si es una persona que lee, regalo libros que me hayan encantado a mí.” Y en plan defensa de trincheras, aclara: “Me gusta regalar literatura de mis contemporáneos porque los clásicos ya están instalados en librerías y en la sabiduría popular, ¡y ya no cobran derechos sus autores!”.

El escritor y poeta Gustavo Alvarez Núñez, autor de la hermosa novela Qué hago con la noche, al momento de seleccionar un regalo, va por un carril sin guardarrail.  “Me gusta más el riesgo de dar con esa sorpresa en alguien que no pertenece al núcleo duro del mundo de las letras, aunque sea de leer de vez en cuando un libro. Hay algo de empatizar con el otro en el gesto. Hace mucho, a fines del siglo pasado, había dado en una mesa de saldos de avenida Corrientes con El libro de las criaturas que duermen a nuestro lado (Editorial El Ateneo, 1997), de Arturo Carrera y Teresa Arijón. Lo regalé mucho. No defraudaba.”

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En términos freudianos, regalar queda ligado a perder. Das verdaderamente (por usar una palabra) cuando perdés. En ese sentido el regalo es simbólico. Y ese símbolo también puede representar una llave, una apertura, un territorio nuevo que se abre a los ojos y vidas de nuevos lectores.

En esa línea, las antologías cumplen con tales requisitos, según Duizeide, antologador de grandes libros pasados por agua, incluyendo Con vista al mar (Literatura en la playa), publicado recientemente en Argentina y en España. “Soy devoto practicante de las antologías y me parecen muy buen regalo. Porque se prestan a articular esas dos características que señalaba -confirmación y sorpresa-, y porque pueden funcionar al menos de dos distintas maneras: introducción a un género, asunto, temática, escuela, autor; pero también obra nueva, obra de montaje del antólogo a partir de los textos que antologa.”

Gustavo Alvarez Nuñez también da cuenta de las virtudes de regalar antologías. Cuenta: “Hace poco acompañé a la hija de mi mujer a una librería porque ella necesitaba hacerle un regalo a una amiga. Algo especial. Y en el medio, como se mudó sola no hace mucho, y se volvió fanática de las flores y las plantas, dio con una antología de Bajo la Luna: El silencio de las plantas (2022), una colección de poemas en torno a hierbas, árboles, flores y frutos, seleccionada y prologada por Elisa Boland. Ella lo hojeó y enseguida lo sumó a su compra, muy feliz. Mataba dos pájaros de un tiro: leía poesía y con aromas a flores. No digo nada nuevo, pero las antologías siguen siendo una entrada a mundos y autores desconocidos. Algo bienvenido.”

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'Ladrilleros', de Selva Almada; 'Anatomía de un instante', de Javier Cercas; 'Las indignas', de Agustina Bazterrica.
'Ladrilleros', de Selva Almada; 'Anatomía de un instante', de Javier Cercas; 'Las indignas', de Agustina Bazterrica.

Por último, si andan caminando por la rambla de Cataluña con una rosa en la mano y la billetera de cuero o virtual en la otra, van algunas recomendaciones de los últimos regalos que hicieron las escritoras y los escritores que se sumaron al coro de esta nota.

Juan Carrá regaló Ladrilleros de Selva Almada; Duizeide una antología poética de Saint John Perse, y Las tierras blancas, de Juan José Manauta; Budassi recomienda para “una persona que le interesa la no ficción que cuenta hechos históricos Anatomía de un instante, de Javier Cercas, y la reedición de Limónov, de Emmanuel Carrere”, y Las indignas de Agustina Bazterrica que le regaló hace poco a su sobrina.

Regalar, dar una parte de sí, no es un gesto sencillo. “Es más fácil regalar por culpa o por compromiso, como las señoras que le llevan un vino al médico”, dice mi amiga psicoanalista. “Cuando regalas desde el deseo seguramente la reacción del otro no está a la altura de lo que vos esperabas que le produzca. Hay que bancarse la pérdida de la reacción del otro con el regalo, hay que bancarse ese deseo ajeno”. Y siempre que se da un poquito, un pedazo de sí, hay que soportar que nada llene ese poquito ausente. Mientras tanto, hasta que eso suceda, podemos leer un libro. Quizá alguno que nos regalaron o que nosotros hayamos decidido regalarnos, para celebrar el día mordiendo una boca roja del tamaño de un libro.

Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.

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