En el 2008, en pleno baby boom de los blogs de escritores, con Fernando Krapp hicimos una revista en papel. Gastamos los pocos pesos argentinos de una indemnización por despido en una librería y salimos a buscar diseñadores y escritoras y escritores para llenar 24 páginas en blanco y negro. La revista se llamaba Diez Pinos. Aún no habíamos abandonado nuestras casas de diez pinos y ya añorábamos un pasado que nunca existió. Publicamos autores que admirábamos y otros aspirantes que con tozudez soñaban la pesadilla de convertirse en escritor. Para el primer número, Fernando acercó un texto que se llamaba Zona bruta. Trataba de una coreografía sensual, de mordiscos, insectos, golpes y cedés que pronto terminarían baleados en un rincón. Es de Maga, me dijo, una amiga de la facultad.
Fue la primera vez que escuché el nombre de Magalí Etchebarne. Luego publicamos otro texto suyo en el segundo número, nos ayudó a contactar a escritores para que colaboren en el tercer número que nunca imprimimos y vino a alguna reunión al departamento donde nos juntábamos, en el noveno piso de las torres de Temperley, en un edificio musicalizado por murciélagos y por el sopor del tren acercando y alejando gente de la zona sur de la provincia de Buenos Aires.
Desde entonces nos vimos poco. Cada tanto sabía de ella por Fer. Como el discurrir de una prima lejana, me iba contando en qué andaba Maga. Entró a trabajar en Random, me decía. Publicó Los mejores días en Tenemos las máquinas (que acaba de reeditar Páginas de Espuma en España), me decía. Sacó un libro de poemas que está bueno, me decía. Acompáñame a la presentación, no seas paja, insistía.
En el 2024 Maga obtuvo el Premio Ribera del Duero de narrativa breve por su libro La vida por delante. Fernando me mandó un mensaje: “un pinillo para los pinos, Maga ganó el Duero”, decía. Supongo que respondí con un emoji de corazones o varios de caras sonrientes o algún sticker de gente bailando o brindando. Después fui a buscar las revistas donde había publicado Maga y no las encontré. Mejor, pensé. Lo próximo que iba a leer de Maga estaba por delante.
Varios años y libros y noches después nos volvimos a encontrar. Fue en el patio de la librería JB, en una zona conocida como la Siberia de Buenos Aires, por la lejanía con los centros neurálgicos y nerviosos de la ciudad, no por los gulags. Fue en el marco del ciclo "Escritoras y escritores en la Siberia". La charla, como no podía ser de otro modo, empezó con la voz de la literatura. En esta ocasión, con versos de su libro de poemas Cómo cocinar un lobo:
Ella por las noches leía y él por las noches se iba.
Así, mi madre me enseñó los libros,
mi padre, a escapar.
Los dos, a su manera, a vivir sola.

¿Qué leía esa madre?
Mi madre era una ama de casa. No era una casa con una gran biblioteca, pero a ella le gustaba mucho leer. Tenía una biblioteca compuesta por best sellers, como una típica casa del conurbano, de clase media y media baja. Pero tenía curiosidad y lectura literaria. Leía a Borges, Cortázar, Sabato. Ella estaba suscrita al Círculo de Lectores. Una vez por mes llegaba un libro a mi casa. Yo era chica, supongo que me dio curiosidad esto que hacía por las noches. Verla cuando se apagaban las luces de la casa, cuando con mi hermana nos íbamos a dormir. Mi papá por lo general no estaba. Ella prendía la luz de su velador y leía.
¿Por ella te acercaste a la literatura?
Leer era la única actividad privada, íntima y placentera que yo le vi hacer a mi mamá. Sobre todo lo hacía cuando nosotras no estábamos pidiendo atención, pidiendo cosas. Leía cuando no era una madre. Ese fue el principio, una suerte de flechazo que tuve con la lectura. Entendí que ahí pasaba algo, que era placentero, y ella esperaba el final del día para hacerlo. Entonces me dio curiosidad leer. Leía Elsa Bornemann. Mi mamá vio mi interés y me compraba libros en el Círculo de Lectores, que era lo que llegaba mensualmente a mi casa.
¿Y a la escritura cómo llegaste?
Escribir fue medio en simultáneo a leer. Me gustaba hacerlo. Empecé a hacer el ejercicio de contar la soledad de mi casa mediante la escritura. Era una casa con mucha gente grande. Mi madre me había tenido a una edad no habitual en esos años. Yo era la más chica. Pasaba mucho tiempo sola, mirando al resto, las vidas de los grandes.
¿Alguna de esas vidas te llamaba la atención sobre las del resto?
La que me enseñó los libros, la primera escritora que conocí, era mi tía Nora, la mujer de mi tío. Yo nací en Remedios de Escalada, en el conurbano de la provincia de Buenos Aires. Ella escribía sobre la casa de mi familia, sobre integrantes de mi familia. Usaba sus características y se las iba poniendo a sus personajes. Eso me volvió loca. Ver que se podía usar lo que éramos o lo que teníamos a mano —nuestra casa, la abuela, el jardín—, para contar una historia. Ahí se habilitó una suerte de permiso que me decía que podía usar lo que tenía a mano, lo que conocía. Incluso que podía robar a los que me rodeaban. Considero como un permiso que fue mutando, tomando otras formas, que luego, cuando me fui transformando como lectora, entendí que ya se hacía. Me acuerdo la primera vez que leí a Cortázar, el cuento “Los venenos”, que sucede en Banfield, cerca de casa. Me volvía loca reconocer el paisaje familiar en un libro.
En ese mismo poema, donde decís que tu padre es la escritura, también decís que tu madre es el tema o tu tema. ¿Por qué la madre, tu madre, se volvió tu tema?
No me di cuenta que mi madre era mi tema. Cuando me puse a escribir los cuentos de La vida por delante siempre había tenido en la cabeza la idea de que fueran cuatro cuentos, no muy largos, que completaran una suerte de capítulos de una vida. Pensaba que esa fuese la medida, y más o menos sabía de qué iban a ir. Lo que tenía eran personajes y emociones sobre todo. Cuando lo volví a escribir, otra vez me di cuenta que lo que tenía escrito lo iba escribiendo de otra manera. Y ahí me frustré. Dije, bueno, estos son mis temas. Los poemas y los cuentos están marcados por el duelo. Yo estaba atravesada por la muerte, por la muerte de la madre, y de alguna manera iba a entrar en ese libro. El inconsciente me iba a traicionar. Por eso lo hice consciente, era un tema que volvía.

Hace poco leí una entrevista a la poeta Maggie Smith, donde decía que escribir poemas sobre su vida personal es un poco menos expuesto y menos aterrador que en prosa. ¿Pensás parecido? ¿Qué te permite la poesía?
Los poemas me permitieron esa cosa opaca que tiene la poesía, que te permite decir algo muy íntimo y oscuro. Yo creo que el libro de poemas es lo más autobiográfico que escribí, si bien en los cuentos aparecen cosas de mi vida. Como decía Juana Bignozzi, “la poesía es la palabra de la muerte”.
En Cómo cocinar un lobo, en diferentes poemas, aparecen hipótesis sobre por qué se escribe. Incluso si se recortan y aíslan los versos, se puede armar un cadáver exquisito con diferentes respuestas: Escribir para conquistar la paz / sacar la tristeza / para no olvidar / con impunidad / escribir para no responder la preguntita que planta en el origen cada familia.
Pregunto: ¿por qué se escribe?
La escritura y la literatura son pensar y atravesar el dolor y la incomodidad de vivir. Estar acá en el mundo es extraño. Vivir es extraño. El arte en general es una pregunta sobre qué es esto, por qué sentimos, cómo sentimos, por qué hacemos lo que hacemos. En general pienso eso, para qué escribo y por qué escribo: la incomodidad, los sentimientos, algo de intentar diseccionar de qué están hechos. Y después para pensar esas cosas que pasan en la vida, y son espantosas o espectaculares, y uno dice qué es esto, qué es esto que está pasando acá. Cómo me lo voy a guardar; a ver si yo puedo hacer que vos —a través de lo que escribo— accedas a una forma de lo que imagino que pasó. Lo que sucede está todo el tiempo compuesto por una imaginación. Los problemas de la emoción me dan ganas de escribir. Como decía el psicoanalista de Pizarnik, “la intimidad no da respiro”. La vida menos.
Trabajas como editora en Random House. Te la pasás leyendo, frente a la pantalla. Nada muy parecido a lo que nos imaginamos que es un artista, como dice uno de los personajes de tu libro. ¿Sos muy dura con vos misma como editora?
En eso estoy cambiando. Creo que porque estoy grande, soy una señora, y no es lo mismo que cuando escribí Los mejores días a los 20 años. Me hubiese pasado aunque no hubiera publicado ningún libro. Mi forma de escritura iba a cambiar. Porque ya no soy tan ingenua, entiendo otras cosas que antes no entendía. Ahora te vas volviendo más consciente de lo que hacés, de cómo lo hacés, de qué estás hablando, qué estás haciendo. Es como en la vida. Y lo que sirve para escribir sirve en la vida.
