La imagen no reproduce el mundo: lo interpreta, lo distorsiona, lo inventa. Sin embargo, seguimos confiando en su aparente transparencia, como si mirar no fuera ya una toma de posición. Fue en el siglo XX cuando aprendimos, tarde, que observar también es un gesto político. Visionarios como el escritor cubano Edmundo Desnoes (La Habana, 1930 – Nueva York, 2023) lo entendieron desde siempre y lo dijo con la calma del que ha visto pasar revoluciones y exilios, y con la obstinación de quien, incluso en el desencanto ideológico, sigue mirando.
En el libro Mirando y dejando (Editorial Renacimiento, 2025), el periodista gaditano Alejandro Luque reúne, por primera vez y en un solo volumen, los textos del escritor cubano sobre arte, imagen y cultura visual. El resultado es un archivo heterodoxo, tan literario como ensayístico, donde se despliega otra dimensión del autor: la del observador crónico que aprendió a mirar antes de decidirse por la escritura, cuando se hizo famoso con la novela Memorias del Subdesarrollo, más conocida por su adaptación cinematográfica, pero que el periodista también ha impulsado a reeditar este año bajo el sello Cátedra.
El escritor que quiso ser pintor
Desnoes nunca ocultó que soñó con ser artista plástico, nos cuenta Luque. Pero entre los trastos del óleo y los gastos del lienzo, prefirió el lápiz. Era una herramienta menos costosa, igual de peligrosa. Lo que quedó de aquella vocación frustrada fue una obsesión por la imagen, una lectura en clave visual de Cuba, la Revolución y la historia del arte en la isla.
Su vecindad con Wifredo Lam en Marianao no fue un detalle menor en esta configuración de su forma de mirar y en ese deseo por la pintura. Lam no solo le abrió las puertas al universo pictórico, sino que lo entrenó —como si se tratara de un oficio secreto— en el arte de mirar. No de admirar, sino de ver críticamente. Y fue eso precisamente lo que estructura veintitrés textos reunidos en Mirando y dejando: una mirada amplia que se atreve a escribir sobre lo monumental y lo cotidiano con el mismo rigor.

Descolonizar la mirada
Luque, en su tarea como editor y prologuista, subraya lo evidente: Desnoes entendió el arte como un campo de batalla cultural. La Revolución Cubana no era solo un giro geopolítico; era una oportunidad para construir una sensibilidad visual propia, no subordinada a París ni a Nueva York.
El desafío, por supuesto, era monumental. Cuba seguía viendo el mundo con ojos europeos. Desnoes, con sus ojos azules de Betty Davis, como asegura en el prólogo del libro Alejandro Luque, propone entonces algo radical: alfabetizar el ojo. Así como se enseñó a leer y escribir en las campañas de 1961, él reclamaba una pedagogía visual para que el pueblo pudiera leer una pintura, entender una foto, descifrar un cartel político. No mirar era otra forma de sumisión, mientras que, mirar bien, podía ser una forma de emanciparse.
La selección abarca ensayos sobre figuras canónicas como Wifredo Lam, Mariano Rodríguez, René Portocarrero o Antonia Eiriz. Pero también se detiene en lo que otros críticos ignoraban: los murales callejeros, el humor gráfico, el arte de los niños que pintaban en los parques habaneros.

Para Desnoes, no había arte mayor o menor, etiquetas que hoy día se siguen terriblemente, afianzando sino niveles de lectura. En una Cuba donde todo se politizaba, incluso un dibujo infantil podía ser subversivo. De ahí que sus textos respiren una libertad crítica que, incluso en su etapa revolucionaria más fervorosa, nunca llegó a sofocarse del todo.
Sus lecturas sobre artistas como Lam son especialmente iluminadoras. Según Luque, Desnoes rechaza el cliché del “mestizaje biológico” como clave de lectura para Lam —hijo de chino y mulata— y lo sustituye por una comprensión más profunda, compleja y respetuosa de su estética. Esa precisión, siempre agazapada entre digresiones, es marca de la casa.

Arte para entender el fracaso
El último ensayo del libro titulado Las dos cartas de la luna está dedicado a la artista Tania Bruguera y en él, Desnoes escribe, una de sus frases más memorables: “Tania Bruguera, con las muchas derrotas de la Revolución, ha transformado el revés en victoria; ha convertido las derrotas de nuestra isla en victorias artísticas”. Esa línea resume no solo a la artista, sino también al propio Desnoes, cuya vida fue una coreografía entre el entusiasmo revolucionario y la decepción histórica.
Desde Nueva York -donde se exilió sin renunciar del todo a Cuba y a la ideología-, Desnoes siguió escribiendo, coleccionando revistas de la basura, haciendo collages como quien intenta reconstruir una historia rota. Para alguien que escribió Memorias del subdesarrollo en 1965, el tiempo no le dio la razón, pero sí le otorgó vigencia. Su obra dejaría de tener valor solo cuando la realidad cubana cambiara. Se equivocó en lo primero. No se equivocó en lo segundo.

La compilación de ensayos en Mirando y dejando no es una antología decorativa. Es una propuesta crítica, una pedagogía para tiempos de saturación visual en redes sociales. En una era de imágenes infinitas, Desnoes nos recuerda que ver sigue siendo una actividad política, y que no basta con consumir imágenes: hay que pensarlas, cuestionarlas, atravesarlas. Dudar siempre.
Y en ese gesto de mirar, dejar y volver a mirar, tal vez esté la única forma de resistir sin perder el asombro.
