Perder la casa no es perder la casa nada más. Y aunque fuera tan sólo eso, sería igualmente horrible. Como bien dijo la socióloga Saskia Sassen: «La casa es el refugio de la vida. Perderla no es solo perder cuatro paredes, es perder el centro de gravedad del mundo». Un terremoto no se mide por las edificaciones que se van al suelo y que son tan sólo el primer conteo que permite empezar a medir la magnitud de un desastre. La escala de Richter tampoco nos permite dimensionar lo que significa vivir un terremoto de 7,4 ni existen medidas o escalas para promediar el trauma y las afectaciones emocionales que sufren quienes viven en carne propia la tragedia.
Por supuesto que lo fundamental en un desastre natural es preservar la vida y que todos nos dolemos por las muertes humanas, que al momento de entregar este texto sumaban 294 y que hora tras hora seguían creciendo, según se van encontrando los cuerpos sin vida entre los escombros o mueren quienes fueron rescatados con vida pero en estado crítico. Son doscientas noventa y cuatro personas de carne y hueso que respiraban, hablaban, comían, bailaban, reían, trabajaban, amaban…
Doscientas noventa y cuatro personas que se despertaron un lunes cualquiera para tomarse un café antes de salir al trabajo, o que retozaban aún en sus camas y que de un momento a otro resultaron sepultadas bajo toneladas de cemento y escombros diversos, junto con todo lo que componía sus vidas: su camiseta favorita, una mesa de noche con el libro que aún no terminaban de leer y con chécheres que sólo cada uno de ellos guardaba en el cajón, un cepillo de dientes intransferible, la taza preferida, un perro que los amaba como a nadie, la gabardina que el abuelo les había heredado, un hijo al que ellos amaban infinito, un gato con nombre propio que ronroneaba sobre su pecho, una familia con apellido particular, unos afectos personales concretos… Doscientas noventa y cuatro maneras únicas de habitar el mundo que hoy ya no habitan más.
Pero un terremoto no sólo arrasa con la vida de quienes mueren, sino también con la de quienes sobreviven y que forman parte de otras cifras que intentan darnos una idea de lo que representa un desastre como éste: 4.187 heridos, 143 desaparecidos, 185.016 personas afectadas… Números que se pueden encontrar actualizados fácilmente en Google. El consolidado de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) reportaba hasta la mañana del domingo 16 de agosto que son 120.238 las familias damnificadas en 450 municipios de 15 departamentos del país, concentradas sobre todo en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y Caldas. Todas las cifras dicen mucho, pero que en el fondo no dicen nada, como tampoco lo dicen las 26.945 edificaciones destruidas, porque 127.557 de las que siguen en pie tienen algún tipo de avería y en total son 154.000 las afectadas por el sismo.

No importa cuándo lean este artículo, esas cifras solamente ascenderán a medida que el shock nos permita reaccionar a todos los colombianos, empezando por quienes recién asumen sus cargos en un gobierno cuyo presidente, Abelardo de la Espriella, se posesionó tan sólo tres días antes de la catástrofe y pasando por quienes dejan sus puestos, luego de cuatro años de un gobierno que prometió cambio y dejó pocas cifras razonables de mejoría y muchas de desfalcos y corrupción. El presidente saliente, Gustavo Petro, uno que decepcionó con creces, trina sobre sus relaciones amorosas —como si a alguien le importara—, mientras la periodista que también fue precandidata presidencial hace videos diciendo que lo van a dejar volar, y el locutor radial más importante les pregunta a sus enviadas especiales que si almorzaron rico de camino al cubrimiento de la tragedia. Como ellos, otros periodistas muy comedidos les preguntan a las víctimas en vivo y en directo que ahora qué van a hacer, mientras que otro gurú de la radio interroga a uno de los topos mexicanos para saber si tiene permiso del gobierno colombiano para rescatar gente atrapada en los escombros. ¡Imaginen uno estar ahogándose con un pedazo de carne en un restaurante y que un médico presente corra a socorrerlo para que un imbécil lo detenga para pedirle credenciales!
Lo que sí importa es ver la movilización inmensa de personas de a pie que, lejos o cerca, donan lo que tienen, mucho o poco, y hacen turnos voluntarios para empacar y clasificar las ayudas en los centros de acopio o para hacer una cadena humana en la que se van recogiendo escombros en un balde. Mientras que eso sucede, el presidente entrante llega a atender el siniestro lanzando besos y sonriendo como si fuera una reina de carnaval, al tiempo que un par de figuras serias y comprometidas se paran a su lado con solemnidad para comenzar a gestionar la emergencia: el nuevo vicepresidente y el ministro del Interior… Aparecen las mujeres, no sólo las esposas de los mandatarios, sino otras lideresas determinadas y siempre capaces de encargarse de eso que, cuando no hay una emergencia, se considera una misión nimia para señoras que toman el té: la caridad.
Mientras tanto, varios políticos y muchísimos activistas politizan la hecatombe. Los salientes alegan por la transferencia de cuatro billones a la UNGRD que el Consejo de Estado reversó antes de que acabara el pasado mandato. Los mamertos señalan con razón el sinsentido que resulta de dejar entrar a unos rescatistas y a otros no —los de México se enfurecen porque visibilizan ayudas de gobiernos de reputación genocida que llegan a colaborar con tropas de soldados y, para más INRI, justo en medio de la tragedia nos enteramos —por declaraciones del secretario de guerra de Estados Unidos— de que Colombia hará operaciones militares conjuntas con el imperio yanqui, como si para ello no se necesitara autorización del Congreso.
Vemos también a los expertos que ya no fungen de nada criticando en público las medidas de los que acaban de llegar, en lugar de ofrecerse en privado a asesorar o a sugerir desde su expertise. Critican a Bruce McMaster, director de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) por no suspender el congreso anual, pero luego lo aplauden porque, estratégico y pragmático, convierte el evento en el GoFundMe más exitoso de la historia ($201.637 millones de pesos en donaciones en tiempo récord, equivalentes a 55 millones y medio de euros, aproximadamente).

Abundan los banners para colaborar o donar hechos con IA, todos idénticos, todos empezando a volverse paisaje, todos deshumanizados a pesar de la humanidad que hoy nos aboca a actuar de afán y con premura. Una andanada de influencers movilizan y movilizan gente del común con mucho carisma, pero no sin cierto protagonismo innecesario y vergonzante. Y entonces llega mi parte favorita de la humildad y la entrega de todos esos virtuosos altruistas: la vanidad. Hay una línea muy delgada entre visibilizar la solidaridad y alimentar nuestros egos de ella. Parece que no cuenta como solidaridad si no te tomas fotos ayudando y las publicas en Instagram. Pero bueno, ¡qué carajos! Todos hacemos lo que podemos. Y si ayudar es contagioso, ¡bienvenido el daño colateral de la vanidad!
Todos donamos, todos hablamos, todos opinamos, todos grabamos, todos queremos ser reporteros sin serlo, y sin tener la más mínima idea de la discreción que debe aprenderse antes de cubrir un drama como el que acaba de sucedernos. Porque es cierto que nos está sucediendo a todos y que nos afecta de formas distintas y respetables, pero también es cierto que la prudencia hace verdaderos sabios. Y cuando, desde otras latitudes, los amigos nos preguntan si estamos bien, decimos que estamos bien porque estamos a salvo, pero no estamos del todo bien. Decimos «no les pasó nada a los míos», pero tenemos ganas de decir que sí les pasó algo a los nuestros, porque todos en Colombia son de los nuestros.
Un desastre natural pone de manifiesto lo que muchos quieren ignorar: en este mundo nadie puede declararse elegido por Dios. Pero en momentos así es que uno se da cuenta de que creer en algo superior, sea lo que sea, es clave para sobreponerse a una tragedia y armarse de aceptación y de valor, dos conceptos que parecen contradictorios pero no lo son. Veo a Luis Piña, un venezolano que con su camiseta del Once Caldas ayuda de sol a sol a los damnificados de Manizales que tienen pocos minutos para entrar a edificios al borde del colapso para sacar sus pertenencias. Dice que piensa en todos los compatriotas a los que no pudo ayudar en el terremoto de La Guaira. Vemos los aplausos y los gritos de júbilo cuando se registran leves sonidos de ultratumba que dan cuenta de un sobreviviente más. Vemos la angustia de los familiares que no quieren que comiencen las labores de las retroexcavadoras porque, a pesar de que ya las esperanzas de encontrar a alguien con vida son mínimas, se niegan a que una retroexcavadora despedace los cuerpos de quienes no han sido hallados.

Y luego de alejarnos de las redes y llorar un rato, llega el silencio y, con él, uno entiende que no tiene que protagonizar nada, que quizás la mejor manera de honrar a las víctimas sea seguir con el trabajo que hace cotidianamente, seguir cuidando de los suyos. Seguir respirando hondo, porque continuar existiendo también es sostener, y es suficiente, digno e importante. Podemos seguir con nuestras vidas e intentar disfrutar de ellas sin cometer la imprudencia de ignorar el dolor de los otros ni publicar con crueldad las fotos de un cumpleaños o de cualquier otra celebración cuya alegría aún permea la congoja colectiva. Podemos hacer silencio, ese mismo que tanto se requiere en las zonas del desastre para poder oír los llamados de auxilio de las víctimas. Podemos replicar la información necesaria sin volvernos comentaristas del dolor, con la serenidad para aceptar lo que no puede ya cambiar, valor para cambiar lo que sí se puede y sabiduría para reconocer el sufrimiento ajeno sin convertirlo en propio. Ojalá evitemos decirle a cualquier víctima «tranquila, ya pasó, lo material se recupera». Ojalá sepamos dolernos con ellos y validar su profunda tristeza. Nada de «Dios sabe cómo hace sus cosas, piensa en otros que están sufriendo más, pudo ser peor, tienes que ser fuerte». Dios o el universo o quienquiera que desató esta tragedia no se detuvo a pensar en qué hemos hecho bien o qué hemos hecho mal, ni en si somos de izquierda o de derecha, blancos o negros, judíos o palestinos. Si así fuera jamás les habría caído a los más pobres y desamparados de Colombia: los habitantes del Chocó.
En aras de buscar lo bueno de lo malo, me pongo a pensar en que todo pudo suceder para que al fin los colombianos nos acordemos del departamento del Chocó, para que al fin nuestra raza negra del Pacífico se sienta vista y querida y los ojos del mundo se posen sobre sus costas llenas de manglares y de música de arrullo. Pero es probable que no haya una sola razón para que sucedan putadas como ésta, y yo simplemente esté pensando con el deseo en la gran oportunidad que se presenta para construir lo que ni siquiera estaba construido y para resarcir lo que ya estábamos en deuda de procurarles a tantos pueblitos paupérrimos del país. Lo que es innegable es que hay muchas putadas que hemos hecho como especie y que sí dan cuenta del porqué suceden putadas como ésta. De nuevo busco el silencio y encuentro en él la manera más respetuosa de honrar a todo aquel que esté sufriendo, incluida yo misma, y me digo: amanece, que no es poco.
Al cierre de esta entrega, el presidente electo se paseaba en camioneta blindada regalándoles a los damnificados balones que sobraron del merchandise de su campaña, como si en Colombia no hubiera, además de la emergencia por el terremoto, treinta y dos incendios forestales masivos activos y más de 2.245 hectáreas afectadas por el fuego. Y el ministro de Vivienda (leyeron bien: vi-vien-da) descansando el fin de semana en las playas de Santa Marta.
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