Ideas

Sebastián Ceria, el matemático pragmático

Hizo fortuna en la tecnología, intervino en la política sin cargos y hoy es el propietario del Racing de Santander. Una obsesión recorre su trayectoria: reconstruir comunidad.

Sebastián Ceria, matemático argentino y empresario tecnológico, es actualmente el propietario del Racing de Santander. CEDIDA

Hay biografías que parecen escritas en línea recta y otras que avanzan como un río, desviándose, ensanchándose, volviendo sobre sí mismas. La de Sebastián Ceria pertenece claramente a esta segunda categoría. Empresario, filántropo, matemático formado en la universidad pública argentina, inversor tecnológico, creador de un think tank influyente y hoy propietario del Racing de Santander, Ceria es uno de esos personajes cuya trayectoria no se explica sólo por los hitos visibles -una empresa vendida por 850 millones de dólares, un club de fútbol rescatado de la quiebra, una fundación dedicada a pensar el desarrollo argentino-, sino por una obsesión subterránea que atraviesa todas sus decisiones: la necesidad de reconstruir comunidad en un mundo que, a su juicio, la está perdiendo.

Nació y creció en Buenos Aires, en un departamento de Recoleta de cien metros cuadrados con dos dormitorios, uno para sus padres y otro para él y su hermano. Su padre era ingeniero; su madre, asistente social. Una combinación que, observada ahora, en retrospectiva, parece anticipar el cruce permanente entre técnica y sensibilidad social que ha marcado su recorrido vital. 

Fue siempre a escuela pública y luego ingresó a la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de matemático. No hay en su relato una épica de carencias extremas ni tampoco una nostalgia elitista. Más bien una reivindicación serena de un ascenso basado en la educación, la curiosidad y la planificación.

“Toda mi vida estaba planificada desde el inicio”, sintetiza él. “Yo sabía que quería ser académico, pero también que eso era un medio para convertirme en empresario. Mi idea siempre fue montar una empresa, hacerla exitosa, venderla y después dedicarme a la transformación de la Argentina”. La frase condensa una forma de pensar poco frecuente: la academia no como refugio ni fin en sí mismo, sino pensada como etapa de una estrategia más amplia.

Entre la empresa, la política y el deporte, Sebastián Ceria explora formas de reconstruir comunidad. CEDIDA

Contra el mito del éxito individual

A los 23 años se fue de Argentina. Se estableció en Estados Unidos, donde, según su propio diagnóstico, tuvo la oportunidad que su país de origen no supo -o no pudo- ofrecerle. Allí fundó Axioma, una empresa de software financiero que terminaría vendiendo a Deutsche Börse por 850 millones de dólares. Para Ceria, ese recorrido no confirma el mito del self-made man individualista, sino algo mucho más incómodo para ciertos discursos que hoy están muy en boga: el papel decisivo del Estado en la creación de valor.

Estados Unidos, sostiene con firme convicción, es una potencia no por la ausencia del Estado, como fantasean muchos, sino por su rol activo: “Tiene unas universidades increíbles, un gran sistema de ciencia y tecnología con gran participación del Estado. Contrariamente a lo que cree mucha gente, es un país que es lo que es gracias al papel del Estado”, afirma. La diferencia, subraya, no está tanto en cuánto interviene el Estado como en cuándo se discute el reparto: “Si alguien crea algo en Estados Unidos, no hay una gran pelea por ver cómo se reparte. Primero se crea y después se ve cómo será el reparto. En Argentina, en cambio, la pelea por cómo se va a repartir empieza incluso antes de iniciarse el proyecto”, compara. “Y el resultado suele ser que no se crea nada”, concluye.

Ceria destaca las que considera las grandes virtudes de la cultura estadounidense -la ambición, el ingenio optimista, la obsesión por encontrar soluciones-, pero también enumera sus sombras: la violencia armada, las cárceles, la falta de protección a los más débiles. Aun así, insiste en que es un país que funciona y que permite escalar ideas. “Si haces las cosas bien, si tienes buenos productos para ofrecer, es un buen lugar”, resume.

España, donde está radicado hoy con su familia, ocupa un lugar más ambiguo en su mapa emocional. “Yo me siento, primero y antes que nada, argentino”, asevera, aunque también siente que se vive mejor en España que en casi cualquier otro lugar del mundo: resalta los costos relativamente bajos y la centralidad de la amistad y la familia de un país que lo hace sentir cómodo desde que llegó. “Lo único negativo que veo es que me recuerda demasiado a la Argentina”, dice entre risas. “España funciona bien -insiste-, pero detecto una falta de ambición, una cierta complacencia. Con un poco de ese ingenio estadounidense del que hablaba antes, podría crecer al seis por ciento anual sin sacrificar su modelo de bienestar”, calcula. 

Inglaterra fue una escala de cuatro años entre su vida en Estados Unidos y su llegada a España. Aparece en su relato como una potencia en declive. “Un país en decadencia, que vive de las grandes glorias del pasado”, dispara sin rodeos. “El Brexit fue un acto de autolesión estratégica -opina-. Incluso la legendaria retórica británica, que yo tanto admiraba en los debates de la Cámara de los Comunes, me parece hoy vaciada de contenido. He leído que muchos discursos ya son generados por Inteligencia Artificial. Un síntoma de una pérdida más profunda…”.

Sebastián Ceria es una figura atípica del empresariado argentino contemporáneo. CEDIDA

Cuando la tecnología no alcanza

Ese diagnóstico sobre algunos problemas de un presente por momentos caótico y degradado también se refleja en su mirada sobre el papel de las redes sociales, “una tecnología muy negativa”, según su propia definición. Además, Ceria observa con preocupación un futuro de “marginación creciente donde grandes sectores de la población quedan atrapados en empleos precarios o directamente expulsados del mercado laboral”. La inteligencia artificial, advierte, “agravará tensiones en el corto plazo”, aunque no comparta los discursos apocalípticos sobre los peligros de la aparición inminente de una superinteligencia: “Eso podría ocurrir dentro de doscientos años -analiza-, pero me parece que lo importante es, más que frenar el avance tecnológico, pensar cómo usarlo para acelerar el desarrollo de los países periféricos y reubicar a quienes quedan desplazados”.

Esa preocupación por los marginados, por los excluidos del sistema, conecta directamente con su decisión de crear Fundar, un think tank orientado a diseñar políticas públicas para el desarrollo argentino. La idea surgió cuando ya sabía que vendería Axioma. Pensó incluso en dedicarse a la política, pero desistió muy pronto: “Después de hablar con mucha gente que conoce cómo funciona la política argentina decidí que no era sano ni para mi salud ni para mi familia”, recuerda. Fundar se convirtió entonces en su forma de intervención: un acercamiento a la política sin ningún cargo específico, pero con impacto concreto.

Desde allí impulsa una visión basada en el pragmatismo, una palabra que repite como antídoto contra lo que considera como “ideologización extrema”. Cree que Argentina necesita estabilidad macroeconómica, transformación productiva, un Estado eficiente y una inclusión social real. También reivindica la colaboración público-privada, el rol del Estado como inversor de riesgo y la necesidad de abandonar la lógica de destrucción del adversario. “Argentina va a tener un proyecto exitoso cuando contemple incluir a todos”, sostiene, convencido de que no se construye nada sobre el odio y los conflictos permanentes. 

Esa convicción -la de que no hay desarrollo sin comunidad- es el hilo invisible que une todas sus decisiones. Y también la clave para entender por qué, contra todo pronóstico, un matemático argentino formado en la UBA terminó encontrando en un club de fútbol del norte de España el laboratorio más inesperado de su tesis social.

Sebastián Ceria, al frente del Racing de Santander, en una jornada institucional del club. CEDIDA

El fútbol y la obsesión por la comunidad

Sebastián Ceria no llegó al Racing de Santander por una vocación futbolera clásica ni por el deseo de ocupar un palco, un lugar de poder. Como otras veces en su vida, respondió a una intuición intelectual que terminó convirtiéndose en una experiencia vital. “Nunca imaginé que iba a comprar un club de fútbol”, admite ahora. Lo hizo, sin embargo, con una idea clara: probar si el fútbol podía funcionar como un dispositivo de reconstrucción comunitaria en una época marcada por la fragmentación.

Cuando su grupo desembarcó en Santander, el club atravesaba uno de los momentos más oscuros de su historia. “El equipo había descendido a Tercera y había un gran desorden”, rememora. La bancarrota no era una metáfora: algunos dirigentes habían terminado presos, la institución, que había sido la primera sociedad anónima del fútbol español, había padecido una sucesión de administraciones fallidas. Ceria subraya que muchas de esas catástrofes hoy serían imposibles por las regulaciones que implementó LaLiga, pero en todo caso el daño ya estaba hecho cuando él llegó al club de Santander. 

“Me encontré al Racing en su peor etapa”, dice. Aunque formalmente estaba en recuperación, la gestión anterior carecía de ambición, de proyecto, de horizonte. Se había logrado el ascenso de Tercera a Segunda, pero a costa de vender buenos jugadores, de no invertir, de pensar en el corto plazo. El resultado fue devastador: la pérdida del apoyo social, la erosión del orgullo, la sensación de que el Racing ya no representaba a nadie.

La reconstrucción no fue solo deportiva. Fue, sobre todo, discursiva y ética. “Creo que manejamos las cosas de una manera muy honesta, muy transparente”, explica. En lugar de promesas grandilocuentes, se escogió un mensaje austero: “Estamos aquí, sabemos que muchos prometieron antes y no cumplieron, así que vamos a demostrar con hechos”. La clave fue recuperar el entusiasmo, la motivación, la ambición colectiva: “La gente necesitaba recuperar la ilusión”, recalca.

Los resultados comenzaron a llegar y el efecto fue multiplicador. Al final de la temporada pasada, aunque el desenlace deportivo fue doloroso, el proceso ya era irreversible. Los números del segundo año de gestión hablan por sí solos: 18.000 abonados, récord de ventas en la tienda oficial -de 700.000 euros anuales a tres millones-, sponsors interesados, El Sardinero colmado una decena de veces, gente de Santander viajando por toda España para acompañar al equipo de visitante. “Conseguimos recuperar la ilusión de los aficionados”, resume Ceria, que no oculta su satisfacción por los logros pero mantiene la prudencia: no disfruta del palco, confiesa. Le resulta rígido, ceremonial, ajeno a la emoción popular. “No me divierte su dinámica, digamos”, dice. No suena tan exótico entonces que haya terminado rompiendo el protocolo: el gol contra el Granada que aseguró el ingreso del Racing a los playoffs lo encontró de pie, gritando, alborozado. Fue un gesto involuntario, puro acto reflejo, pero profundamente simbólico.

Ese ingreso a los playoffs no fue solo un logro deportivo; fue la prueba empírica de su tesis. “Espero que esta experiencia del Racing de Santander sea escalable”, afirma hoy. Ceria ve su gestión al frente del club como un espacio para generar pertenencia, ante todo. Él mismo es hincha de Racing en Argentina y reconoce que ese vínculo afectivo cruzado -dos Racing, dos países- tiene algo de espejo emocional.

Pero el club no es solo fútbol profesional. La fundación del Racing se convirtió en una herramienta de intervención social con impacto real en Cantabria. Programas de salud con el Hospital de Valdecilla, trabajo con la ONCE en discapacidad, acciones con niños en situación de abandono y con adultos mayores afectados por la soledad no deseada. A eso se suman políticas de sostenibilidad, inversión en cantera y la incorporación del fútbol femenino, inexistente hasta su llegada.

El proyecto es ambicioso: ampliar o trasladar la ciudad deportiva, sumar otros deportes, repensar la infraestructura. El estadio, propiedad del Ayuntamiento, introduce la dimensión política: negociar, convencer, articular intereses... Ceria no quiere “romantizar” el proceso. Sabe que el fútbol es un negocio difícil. “No es sencillo generar beneficios anuales”, explica. El verdadero valor aparece con los ascensos o la venta de jugadores. Como flujo de caja, revela, un club no es un proyecto seguro. Como activo social, en cambio, “es incomparable”, manifiesta.

Por eso precisamente rechaza la idea del fútbol como simple plataforma de poder personal y lo propone como inversión social. “Estoy obsesionado con la creación de comunidad”, repite una y otra vez. “En un mundo donde la política se ha vuelto tóxica y la religión ha perdido centralidad, el fútbol aparece como uno de los pocos espacios capaces de unir a ricos y pobres, a izquierda y derecha, bajo un mismo sentimiento”, expone. 

Esas convicciones también explican por qué Fundar ocupa hoy un lugar importante en su vida cotidiana. El think tank reúne a sesenta personas y trabaja en cuatro grandes ejes: macroeconomía estable, transformación productiva, modernización del Estado e inclusión social. Ceria explica que comenzaron con un enfoque académico, pero viraron hacia la acción concreta: productos mínimos viables, soluciones escalables, datos, tecnología aplicada. La tecnificación del Estado en Catamarca es uno de los ejemplos que menciona con orgullo.

Radicado en Europa, Sebastián Ceria mantiene un vínculo activo con los debates argentinos. CEDIDA

El pragmatismo como método

Sus diagnósticos políticos son matizados. Reconoce virtudes y defectos en casi todos los actores. Del presidente argentino Javier Milei, por ejemplo, rescata “la valentía de decir verdades impopulares”, pero también lo define como “un economista menor, un provocador que transmite odio y cuyas ideas no funcionaron en ningún lugar del mundo”. Asegura que le duele que personas inteligentes lo apoyen, “muchas veces por puro antiperonismo”. A Mauricio Macri le critica “la falta de orgullo nacional”. Y de Axel Kicillof destaca “la honestidad y la capacidad de trabajo”, además de puntualizar que “parte de su mala reputación es un lastre injusto”.

Ceria insiste siempre en la necesidad de pragmatismo. Cita a Eduardo Duhalde como ejemplo de “realismo forzado”, defiende la estatización de YPF como un paso necesario para aprovechar Vaca Muerta (formación geológica en la Patagonia argentina, principalmente en la provincia de Neuquén, que alberga la segunda reserva de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional más grande del mundo) y reivindica un Estado eficiente, con métricas, escrutinio y vocación transformadora. Cree que los progresistas deberían ser los principales defensores de la eficiencia estatal, porque un Estado que funciona es el mejor antídoto contra quienes quieren destruirlo.

Al final, todas las capas de su vida -la matemática, la empresa, el fútbol, la política, la filantropía- convergen en una misma idea. Ceria no es alguien que busque denodadamente récords ni consagraciones simbólicas. Se define, más bien, como alguien que quiere resolver problemas. Quizás por eso su proyecto más ambicioso no tenga forma de empresa ni de partido político, sino de algo mucho más frágil y a la vez más poderoso: una comunidad que se reconoce a sí misma, que se abraza en un estadio, que vuelve a creer que compartir un destino común todavía es posible.

Periodista. Redactor jefe de Ciclosfera y colaborador de la emisora de radio El Destape y de La Agenda de Buenos Aires, ha trabajado en medios como Agencia Télam, Clarín y Radio Nacional y publicado en revistas como Los Inrockuptibles, Rolling Stone y El amante. También ha codirigido la película Ocio (2010) y escrito diversas obras teatrales.