En la frontera colombo-venezolana, entre Cúcuta y Villa del Rosario, en el departamento colombiano de Norte de Santander e irónicamente casi en la frontera entre dos municipios, clavada en la parte alta de una montaña desde la cual se divisan los dos territorios, se encuentra La Esperanza. Este asentamiento es conocido como uno de los lugares con mayor concentración de población migrante en las cercanías de la frontera.
Esta loma empinada, donde en las tardes pega fuerte el sol, está ubicada a pocos kilómetros del Puente Internacional Simón Bolívar, el paso fronterizo más importante y principal punto de conexión con Venezuela, hacia San Antonio del Táchira. Desde la parte alta de La Esperanza, justo frente a la casa de Anabel, se divisa el municipio de Villa del Rosario. Al fondo, sobre la montaña en el horizonte, se ven casas de varios colores. Allí, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo, se extiende San Antonio de punta a punta.
Desde la puerta de su casa, a veces Anabel ve a lo lejos su país y rememora sus días allí. Hace ocho años tuvo que migrar hacia Colombia y desde entonces llegó a La Esperanza. Luis, Camila y Luisa, sus hijos, cursan noveno, sexto y primer grado, respectivamente. Luisa, la más pequeña, llegó a Colombia con apenas unos meses de vida en brazos de su madre. En el momento en que arribaron a Colombia, un pequeño apartaestudio con apenas una habitación y un baño fue el primer hogar que tuvieron en la parte baja de La Esperanza, un sector donde hay vías pavimentadas y servicios públicos. En esa sola habitación, hacinados y expectantes, vivieron casi tres años.
Hoy, Anabel limpia bodegas y oficinas cuatro días a la semana con dos empresas distintas. Así, produce doscientos cuarenta mil pesos, lo que le significa mensualmente novecientos sesenta mil pesos, aproximadamente 265 dólares. Hoy, en 2026, significa menos de la mitad del salario mínimo vital en Colombia. En Venezuela, ostentaba el título de licenciada en administración de empresas agropecuarias, profesión que aquí no puede ejercer. Pese a intentarlo, toda empresa le exige una homologación de su carrera, la cual no ha logrado por los altos costos de las apostillas para iniciar los trámites. A su vez, mientras Anabel trabaja en el rubro del aseo, su esposo trabaja en construcción, empleo que encontró gracias a la congregación religiosa a la cual pertenecían en Venezuela. Uno de los pastores migró a Colombia y fue quien ayudó a recibirlos y conseguir trabajo al momento de su llegada al país.
Anabel llegó a La Esperanza sin nada más que el deseo irrevocable de huir de su país y al llegar a ese apartamento pequeño en el que vivieron un tiempo, empezó a germinar el deseo de buscar lo propio. Fue así como allí mismo empezaron a buscar lotes en venta y asimismo a buscar las maneras de negociar para comprar alguno. Fue así que preguntando y caminando, caminando y preguntando, en la punta del cerro desde donde se divisa toda Villa del Rosario y se puede ver en su extensión San Antonio del Táchira, encontraron su hogar.
Unos cien metros antes de la casa de Anabel, hay una pequeña calle, también de barro amarillo y piedras grandes. Por esa calle y al costado izquierdo se encuentra una casa de rejas blancas, un antejardín amplio y frente azul turquesa con un letrero que reza “Helados de Yogurt”. Allí vive Adelette. Ella llegó desde Puerto Ayacucho, en la Amazonía venezolana, y desde allí viajó con Hellen, Antonela y Charlotte. Adelette limpia casas en varios puntos de Cúcuta. Dejó a su esposo en Puerto Ayacucho, pues la vida con él no era tranquila ni para ella ni para sus hijas. Así dejó atrás todo y decidió llegar a Colombia. Aquí conoció a Alfonso, un colombiano que trabajaba en obras de construcción en Cúcuta, Villa del Rosario y en algunas construcciones de San Antonio del Táchira y San Cristóbal. Con él conoció, así como el nombre del barrio en el que tiene su hogar, la esperanza.
En noviembre del 2025, mientras Adelette estaba en su casa cuidando a sus hijas y su esposo trabajaba en San Cristóbal en una construcción, entró una llamada a su teléfono. Su pareja, en medio de la jornada y de forma inesperada, sufrió un ataque cardíaco y falleció. Un infarto fulminante se llevó a Alfonso y la comunidad rodeó a Adelette. Vecinos y vecinas de La Esperanza se movilizaron y la ayudaron a recolectar el dinero necesario para los trámites de repatriación de su cuerpo y de gastos funerarios. Finalmente, se le dio sepultura a Alfonso en un cementerio de Villa del Rosario, Colombia.
La comunidad de La Esperanza es justamente eso, una comunidad. Desde el génesis del éxodo, no solo habitan y comparten territorio, no solo son vecinos. Son un grupo pujante de personas que atravesaron situaciones similares y entre unos y otros no se dejan desfallecer. Asimismo, como barrio, La Esperanza es un conjunto de paisajes particulares. La parte alta es una loma de apariencia interminable, por momentos se divide en dos. La primera parte es atravesada por una vía principal de asfalto y dos carriles. Al terminar, inicia la segunda, la loma con vías sin pavimentar y partes complejas. Las casas allí son opacas, armadas casi con remiendos; difícilmente se ven casas construidas todas con un mismo material. Son casi como una representación del Guernica. Una mezcla de formas, texturas y colores que juntas hacen del barrio casi un performance arquitectónico. Este asentamiento es una conjunción de situaciones, de condiciones, de una pujanza colectiva por sobrevivir con el deseo ferviente de, a pesar del arraigo que hoy existe, retornar al país y a las vidas que hace cinco, ocho, diez años, muchos se vieron obligados a dejar atrás.