Finales de los 90. La fiesta ya había empezado en Mamá Rumba, una discoteca cubana ubicada en Ciudad de México. Ya el lugar estaba repleto de personas, ya la salsa estaba sonando, ya los mojitos estaban saliendo de la barra. Los músicos habían invitado a unos amigos que más adelante darían de qué hablar: Buena Vista Social Club.
Un conjunto de músicos cubanos ya veteranos fue reclutado en 1996 por Nick Gold, Ry Cooder y Juan de Marcos González, dando origen a Buena Vista Social Club, una agrupación musical que en 1997 se dio a conocer con un álbum del mismo nombre. Fue un fenómeno internacional: renovó el interés en la música caribeña a nivel global, inspiró documentales, tuvieron giras en ciudades de América, Europa e incluso Asia. Esa noche, ya cuando su fama había empezado a crecer, los integrantes de la banda que tocaría en Mamá Rumba los recibieron como invitados.
No estaba planificado, solo se contemplaba que ellos serían oyentes. Pero el ritmo contagioso y el ambiente festivo los obligó a subirse al escenario. Se dio un concierto improvisado. Dicho en términos cubanos, un palomazo. El público quedó fascinado. A partir de ese momento, tres integrantes del grupo de Mamá Rumba se unieron a Buena Vista Social Club. Y en 1997, ganaron un Mejor Álbum de Música Latina Tropical Tradicional. La fama de la banda, y de la discoteca, se consolidó. O al menos, eso cree Luis Tukio, el gerente del establecimiento.
Entre la variada y muchas veces destacada oferta recreacional de Ciudad de México, Mamá Rumba destaca en iconicidad entre los establecimientos de su tipo. Allí, por insólito que parezca, la música mexicana, no es protagónica. Se ha convertido en una embajada involuntaria de la comunidad cubana, pero no por eso cerrado a visitantes de todas las nacionalidades.
En Mamá Rumba es posible escuchar a los músicos tocar bolero, salsa o el cha-cha-cha. Todos los fines de semana el ambiente se vuelve multitudinario. En sus dos pisos, los tragos, la comida cubana, las conversaciones y los bailes ocupan espacio. Es difícil moverse en sus instalaciones. En ese entramado, se han ido tejiendo una serie de historias que, a la hora de la fiesta, se vuelven tiempo presente. Han estado desde 1991.
¿Quién puede contar la historia de Mamá Rumba?
Mamá Rumba se distingue entre otras discotecas por haber tenido un gerente estable durante un período largo de tiempo: treinta años. En todo ese tiempo, ha estado Luis Tukio encargándose de los asuntos internos y externos del establecimiento. Él sonríe cuando recuerda cómo empezó buscando trabajo por necesidad en su momento, estando recién llegado a México. Consiguió un puesto como barman. Pero al mes, se convirtió en gerente. Tenía sentido su decisión: es técnico en Turismo, especialidad en Servicios Gastronómicos egresado del hotel Sevilla, en La Habana. En su ciudad natal trabajó siete años en el restaurante El Polinesio, del hotel Habana Libre.
La Mamá Rumba de principios de los noventa que Luis conoció era más pequeña que la actual: apenas disponía de una porción del establecimiento que tiene hoy en día. Era un restaurante en el día, y en la noche, un bar con música en vivo. Las primeras ampliaciones se hicieron en 1997, las segundas, en 2001.
Luis hace el acto de recepción con mucha cortesía. Muestra en la pared imágenes de la variada clientela que ha tenido. Están Eros Ramazzotti, Forest Whitaker, Ron Perlman, Brendan Fraser, Javier Sotomayor, Soraya Jiménez, Sergio Sarmiento y Ricardo Rocha, Diego Luna, Leonardo Padura, Carlos Monsivais, Elíseo "Lichy" Diego, Natalia Laforcade, Julieta Venegas, Ana Luisa Pelufo, Raquel Bigorra, Edith González, y muchos más. Todos ellos han pasado por Mamá Rumba, algunos más de una vez. Apenas es una pequeña selección, pues han estado muchísimos más allí. ¿La razón? Cree el gerente que ha sido la difusión boca a boca. En los noventa y principios de los 2000, la discoteca recibió cobertura mediática de todas las radios y todas las televisoras de México. Siempre eran los productores los que llamaban, jamás se trató de un acuerdo publicitario.
"El lugar ha tenido mucha aceptación por parte de la clientela por lo sabido de que México y Cuba siempre han tenido un acercamiento cultural. Una característica que ha tenido es que es muy variado en cuanto a edades: vienen muchos jóvenes, pero también gente madura. Se ha pasado de generación en generación; ahorita tenemos clientes hijos de los viejos clientes. Nunca sé quién va a entrar por esa puerta".
Luis ha mencionado motivos a los que le atribuye el éxito de Mamá Rumba, pero no tiene una explicación concreta para la fama de Mamá Rumba. A veces, eso es algo que lo tomaba por sorpresa. A mediados de los 2000, Lufthansa, una importante aerolínea alemana, hizo un video sobre los lugares a visitar en Ciudad de México para transmitir en sus vuelos. Entre Xochimilco, Teotihuacán, el Zócalo y Coyoacán la discoteca cubana tuvo un lugar. Eso dejó a Luis boquiabierto.
Cuando Luis va a Cuba, que lo hace tres o cuatro veces al año, Mamá Rumba lo acompaña. Una vez, disfrutando con sus hijos en la piscina de un hotel habanero, escuchó al barman hablar de la discoteca. En otra ocasión, sus parientes estaban viendo un programa de presentaciones musicales. Al día siguiente, Luis les dio una sorpresa: llamó por teléfono al cantante de timba y salsa Paulo F. G, uno de los participantes. Ya sabrán donde lo conoció. También menciona entre risas que grupo de jazz y soul Earth, Wind & Fire ha venido tres veces, y en las tres ocasiones, les han regalado entradas para sus conciertos en México.
"Mi frase personal: yo no soy el mejor gerente, pero hago lo mejor que puedo. Estamos al pendiente del gusto de la clientela, de los años como van pasando, de las nuevas tendencias, de los grupos, de dar la mejor atención posible. Es una fiesta para ellos, pero no para mí, no para mi equipo. En el momento es estresante".
¿Por qué su clientela es tan fiel?
Entre los clientes de Mamá Rumba, hay uno que es conocido por todo el personal por una fidelidad sin comparación: Jorge Hernández, mexicano, quien asiste una vez a la semana desde hace treinta y tres años. Él es administrador financiero. Cuando se le pregunta por los primeros años del establecimiento, él menciona que, cuando solo era la esquina de un local, primero era un restaurante. En un principio, llegó porque quedaba cerca de su trabajo y sus compañeros le dijeron para comer allí.
"Lo digo de manera personal: hay una conexión con la cultura cubana y con el personal. Se volvió un foro único, primero por la comida, y después se volvió un referente para los cubanos, los mexicanos y los extranjeros mismos. Para empezar, los tragos, la música, esta parte de que es un lugar familiar, te dan una familiaridad con los clientes. Acabas haciéndote familia del personal. La música es un referente. La gente, poco a poco, lo ha adoptado como un emblema de la vida nocturna en México".
Jorge, con un trago en la mano, comenta que siente total confianza en el personal. Una vez dejó su tarjeta de crédito en una mesa: fue Luis Tukio quien le avisó al día siguiente. Ni siquiera hizo la diligencia de ir a recogerla: al siguiente sábado, cuando hizo su visita semanal, se la devolvieron. Aunque mexicano, allí se siente en su hogar. Es parte de una comunidad que “se ha vuelto un referente de la cubanía en México”.
¿La coctelería es parte de su encanto?
La barra de Mamá Rumba tiene a su barman designado: Orlando Fraga Matos. Apenas tiene treinta y un años. Llegó a México hace veintiséis. Dado que fue criado entre cubanos, su acento se conservó. En un principio, pensó que su vocación estaba en la rama tecnológica: se encontraba estudiando Ingeniería de Sistemas. Para complementar ingresos comenzó a trabajar en el área de coctelería de la discoteca. Ya han pasado trece años desde que ingresó en el equipo como asistente de barra, un año antes de entrar en su puesto actual.
"El trago estrella de la casa es el mojito, que está rico y refrescante, y se complementa con el Cuba libre, el daiquirí, el cubanísimo, la paloma, la margarita, la mezcalita. Y como el ambiente es de fiesta, gente bailando, se necesita algo para refrescarse".
Orlando cuenta que, al principio, tenía algunas dudas. Había probado algunos tragos cubanos en reuniones sociales, pero la preparación era algo que desconocía. Le enseñaron el procedimiento: mezclar azúcar, hierbabuena macerada, gotas de angostura —como un licor de hierbas—, jugo de limón, hielo, dos onzas de ron Habana Club 3 años y agua mineral. La primera se sintió intimidado: una enorme cantidad de personas pedían un trago, una tras otra. Nunca había visto algo así. Pero le gustó.
Comenzó un proceso de aprendizaje. Youtube, gracias a sus tutoriales, se convirtió en su maestro. Una vez al año, Orlando va a Cuba con su familia para visitar a sus parientes que aún viven en La Habana. Decidió aprovechar la ida de ese año para profundizar en sus conocimientos. Tocando puertas, el bartender del famoso hotel Habana Libre lo recibió para transmitirle enseñanzas. Al finalizar el encuentro, le regaló un recetario completo de recetas cocteles que había aprendido durante décadas.
"Aquí viene gente que siente amor por la cultura cubana: baile, fiesta, tragos, comida. Es muy común que pregunten qué trago recomiendo. Mucha gente que no estaba acostumbrada a tomar me dice que mis mojitos les recuerdan sus viajes a Cuba. Me quedé sorprendido de ver el gusto y el amor que tienen por la cultura cubana".
Lo que comenzó como un intento por complementar ingresos mientras estudiaba se convirtió en el descubrimiento de su verdadera vocación. Orlando decidió dejar de lado su carrera como ingeniero de sistemas para dedicarse a la coctelería.
Nuevas generaciones vienen
El músico Alejandro Varela, nacido en Sagua la Grande, acepta ser entrevistado mientras disfruta de un mojito. Tiene poco tiempo en México: apenas dos años. Cuenta sin rodeos por qué emigró. En un principio, cursó una licenciatura en Cultura Física (deportes), para después inaugurar una empresa de mantenimiento constructivo. Realizó muchos trabajos para hoteles.
Su economía marchaba bien. Pero de repente, a medida que la crisis fue intensificándose, comenzaron los pagos incompletos. Cuando se acercaba el quinto cumpleaños de su hijo, le preguntó qué quería que le regalara. El niño solo pidió una manzana. Por más que buscó, no fue capaz de encontrarla. Decidió emigrar. Entonces viajó en avión hasta Nicaragua, y de allí recorrió Centroamérica a pie hasta llegar al sur de México. Trabajó en una discoteca en Cancún.
En todo ese proceso estuvo acompañado de su pareja, Legna, a quien conoció un par de años después de convertirse en padre. Se vieron por primera vez en Camagüey, cuando Alejandro se encontraba haciendo un encargo en un hotel. Ella bailaba en el Ballet Folklórico de Camagüey, donde aprendió varios estilos locales. Después de sus primeros meses en México decidieron probar suerte en la capital. Allí no tardaron en encontrar un espacio para el canto y el baile en Mamá Rumba.
"En Mamá Rumba conoces a personas maravillosas, hay una energía muy positiva. Yo, como cubano, me siento en Cuba. Acá te respetan, te valoran. Esto es la pura realidad, la pura salsa cubana. Es un lugar donde hay de todo tipo de comunidades. Cada vez que cruzo esa puerta y veo cómo me saludan, cómo me miran, me siento un gran artista. He cantado en varias discotecas, pero ninguna como Mamá Rumba".