La dirección es Calle 11, entre 6 y 8, número 905, en el Vedado habanero. Si llegaste a la tienda CIMEX, te pasaste. Y si llegaste hasta la sede del Ministerio de Cultura, te pasaste aún más. Retrocede un par de cuadras y busca un resplandor verdoso que sale desde el fondo de un portal, en el primer piso de un edificio familiar que alguna vez fue blanco. Si solo ves penumbras, déjate guiar por el sonido limpio de una guitarra.
No te desconcierte la cercanía de los vecinos ni la figura de ese hombre alto, de acento raro, que a veces se planta en la puerta como si formara parte de ella. Tampoco busques un letrero. No hay señalización que anuncie el lugar.
¿Ya llegaste? Entonces, bienvenido a La Casa de la Bombilla Verde.
Suena la canción Monólogo de Silvio Rodríguez. Silvio no está.
Vi luz en las ventanas
Y juventud cantando
Vivo en la vieja casa
De la bombilla verde
Si por allí pasaran.
Hace calor, pero el universo que son La Habana y Cuba entera queda afuera. Por unos minutos, el caos de un país sin luz, sin petróleo y sin transporte público; la épica de una revolución inconclusa y la esperanza de los anhelantes permanece del otro lado de estas paredes blancas, abiertas de par en par por puertas y ventanas.
Tú y yo —querido lector— nos quedaremos hasta la medianoche bajo el resplandor de una bombilla verde, entre cuadros grandes, sillas disparejas que obligan a doblar la espalda y la voz del trovador de turno. Si los asientos le parecen incómodos o ya no queda lugar, tírese al piso. Juegue a ser bohemio por una noche, en un país que a veces no deja otra opción. Afuera… afuera “la cosa” es otra.
«Un pequeño oasis de cultura y sinceridad en medio de un desierto de problemas», explica ese personaje de la puerta, que sobresale no solo por acento, sino también por la altura.
En cuestión de segundos, el susodicho pasará de la entrada a la cocina: será bartender, camarero y, durante los cinco minutos del cigarro, también público. A lo largo de la noche irá mutando de un rol a otro. Les presento a Gillen, un vasco criado en la tradición del rock radical y la militancia de izquierda.
«Para mí, las noches que de verdad merecen la pena en La Bombilla son esas en las que se crea esa magia entre el artista y el público. Ves cómo disfruta el público, cómo disfruta el artista, y lo que sucede ahí (…) Han sido tantos, tantos momentos bonitos», comenta.
Gillen García nació en Balmaseda, un pueblo de clase obrera que en algún momento se dedicó a la industria del mueble, en la provincia de Vizcaya, País Vasco, al norte del Estado español. Hoy tiene 50 años, y el pueblo que lo vio nacer es otro: una ciudad dormitorio, con pocos comercios y algunos bares a los que se regresa después del trabajo.
El vasco llegó a la isla a inicios del nuevo siglo con 21 años. Casi una década después de que Fidel Castro, en un congreso sindical celebrado en el Teatro Karl Marx de La Habana, utilizara por primera vez el concepto de «período especial en tiempo de paz», tras la caída de la URSS, aliado estalinista del Partido Comunista de Cuba (PCC). La caída de una ficha que, como en un efecto dominó, marcaría para siempre la historia de la isla.
«Decidí que mi primer viaje lejos iba a ser a Cuba. Y me enamoré completamente. Sobre todo de La Habana, aunque recorrí bastante la isla. Siempre soñé con poder hacer algo aquí. Me trajo la política, pero también la música», cuenta.
Gillen, estudiante de Bellas Artes, llegó a una Habana contradictoria. La imagen idealizada de la Cuba revolucionaria, construida a partir de estampas del pueblo combatiente, chocaba de frente con calles oscuras y llenas de basura, no tan distintas a las de ahora. «Un Sarajevo recién bombardeado», dijo alguna vez en otra entrevista.
«Me encontré con una Cuba leída, culta y cultural. También con muchas contrariedades respecto a lo que uno, desde su cultura política, entendía como una revolución socialista. Enseguida comprendí que la idiosincrasia del cubano tampoco era la nuestra. Tampoco se podía mirar aquello con eurocentrismo ni por encima del hombro. Así que observé, aprendí, aporté», explica.
Casi treinta veces viajó Gillen a Cuba —como mínimo, dos veces al año— antes de asentarse definitivamente en la isla, en 2015. En ese ir y venir, entre temporadas en casas de amigos y estancias en solares, descubrió el universo de las peñas de trova que, por entonces, se concentraban en espacios institucionales como el Diablo Tun Tun o La Zorra y el Cuervo.
«No había lugares privados», dice.
La vida dentro de esos nichos y la escasa conexión a internet en la Cuba de entonces le permitieron identificar un vacío en la difusión de los espacios culturales que existían en la ciudad. De ese vacío nacería El Taburete, un blog dedicado a mapear lo que sucedía en La Habana: teatros, peñas e instituciones.
«Me dediqué mucho a promocionar, a hacer carteles para los trovadores, a darles visibilidad».
Gillen recuerda perfectamente el momento en que decidió quedarse en Cuba. El punto de inflexión, el antes y el después, llegó durante una estancia en el País Vasco. La Casa de la Bombilla Verde nació gracias al préstamo de un amigo, el amor por un país a la vez utópico y distópico, el amor a una mujer y un proyecto que le rondaba la cabeza desde 2007.
A diferencia de la década del 70 del pasado siglo, época que vio crecer al movimiento sonoro y político de la Nueva Trova, los primeros años del siglo XXI carecían de espacios físicos para reproducirse. En palabras del vasco, las peñas eran «escasas» y «desorganizadas».
«Yo quería un lugar con cierta ética, también con cierta estética. Un lugar donde no todo girara alrededor de una botella de ron; donde públicos distintos pudieran encontrarse y sentirse cómodos. Pero en aquel entonces ni siquiera se soñaba con negocios privados. Durante un tiempo intenté llevar la idea a instituciones culturales y musicales en La Habana. No fue posible», recuerda.
Tendrían que ocurrir, a nivel país, reformas estructurales —insólitas en el medio siglo de existencia del PCC— para que esto sucediera.
En septiembre de 2010, el gobierno cubano, con Raúl Castro como nuevo presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, anunció la eliminación de más de 500 mil puestos estatales —con la proyección de superar el millón— ante la existencia de «plantillas infladas y puestos improductivos». La apuesta era, por tanto, trasladar parte de esas fuerzas productivas hacia formas de gestión no estatal, bajo los nuevos Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución.
Se abrieron licencias y se autorizaron más de 170 actividades, entre ellas bares, cafeterías y restaurantes —las ya míticas paladares—. Con ello, la escena nocturna del país comenzó a mutar. La Casa de la Bombilla Verde formaría parte de ese nuevo paisaje a partir de un caluroso junio de 2016, de martes a domingos.
No obstante, la idea de Guille nunca fue abrir un bar.
«La idea era abrir un proyecto cultural. Un lugar para la promoción de la trova y de la cultura, donde la gente joven tuviera un espacio popular», señala. «El bar surgió porque necesitábamos encontrar una forma de ser autosustentable. Nunca fue para comprarme un carro o una casa. No se ganaba mucho dinero, pero nos alcanzaba para sostenernos y sostener el espacio».
En estos nueve años de existencia, la lista de músicos nacionales y foráneos que han pasado por La Bombilla Verde es larga. Desde nombres consagrados hasta artistas que apenas daban sus primeros pasos en la escena musical. Roly Berrío, Jorgito Kamankola, Frank Delgado, Pepe Gavilondo, Pedro Luis Ferrer, Yusa, Oscar Sánchez, Pedro Antonio Sánchez, Kelvis Ochoa, Robertico Carcassés, Oliver Valdés, Julito Padrón, Leonardo García y Ariel Barreiros, por solo mencionar algunos.
La casa, además, ha servido de puente entre Cuba y el País Vasco. El multifacético Fermín Muguruza —cantante, instrumentista, productor musical y director de cine— pasó por la casa de luz verde, al igual que agrupaciones como Nogen, Huntza, Radio Revolución y Kepa Aguirretxea.
En esta casi década de existencia, Cuba también ha visto pasar mucho: la llegada del primer presidente de Estados Unidos desde el 59; las oleadas migratorias; la apertura y el cierre de embajadas; la irrupción de Donald Trump en la vida del cubano; el desgaste del CUC y del propio sistema monetario; una pandemia con su posterior confinamiento; y ahora, una crisis energética que devuelve los fantasmas del Período Especial.
«La época de la pandemia fue bastante dura. Estuvimos casi dos años prácticamente cerrados. Yo, personalmente, sobreviví cocinando tortillas de patata para llevar —acababa de tener un hijo, justo en diciembre de aquel inicio de la pandemia—. Los viernes y sábados nos juntábamos varios amigos hasta la hora del toque de queda, mientras yo cocinaba por encargo. Fue un momento de mucha incertidumbre. Pasaban los meses y no solo no iba mejor, sino que iba a peor», dice Gillen. «Pero de todo se aprende».
«Creo que la lección principal que me han dejado todas estas crisis es que hay que vivir. Que esto va más de un día a día que de quedarse esperando un futuro. Hay que querer, hay que sentir, hay que disfrutar, aunque sea un poquito, todos los días. Porque nunca se sabe. De un día para otro, la vida cambia».
El momento más crítico de La Bombilla, según Guille, ha sido en tiempos recientes. El colapso del sistema electroenergético y la crisis económica se sienten en el bolsillo de la población y, por tanto, en el de los negocios. A eso se suma un cansancio en el plano personal.
A inicios de febrero de 2026, el presidente estadounidense Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14380, con aranceles ad valorem a naciones que mantuvieran comercio petrolero con Cuba, bajo la lógica de que la isla representaba una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior de EE.UU. La medida llegó para agravar una situación energética ya precaria —una combinación de déficit de combustible y fallas estructurales en el sistema de generación—.
«Estuve a punto de cerrar, pero busqué la manera de no hacerlo y, al mismo tiempo, cumplir con mi palabra de apartarme. Sentía que La Bombilla me había trascendido (...) hacía falta savia nueva, gente joven, más energía. Entonces hablé con mis trabajadores y les propuse que fueran ellos quienes gestionaran el espacio: que llevaran la batuta, programaran, trajeran nuevas ideas y otro tipo de público. Y eso es lo que hemos hecho», explica.
La falta de luz y los cortes energéticos de casi 20 horas —o más— han transmutado la vida del cubano promedio. Cambió la forma de moverse, de estudiar, de comer y, por tanto, de producir, consumir y difundir música. Son cada vez más las despedidas en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana. Y la trova, fiel a su tradición de lírica politizada y a su condición de espejo del contexto histórico en el que se inserta, no podría ser distinta.
«Ha cambiado la trova en sí misma y ha cambiado la manera de verla. Hace diez años era muy accesible. Hoy, con el nivel de precios, al público joven le resulta más difícil acceder a ella. Muchos músicos se han ido. Y los nuevos trovadores están experimentando más, fusionando ritmos y buscando nuevos públicos. La Habana musical está cambiando y los músicos se están adaptando», explica el vasco.
Pero para Guille, sin luz, aún se puede cantar y crear.
«Sí, las cosas se dificultan, pero no creo —poniéndome un poquito metafísico— que eso afecte realmente a la creación como tal, sino que quizá la transforme o la vaya adaptando. Supongo que tendremos que ir transformándonos con el tiempo también y adaptarnos a esa situación, sin perder la esencia».
«Evidentemente, todo se vuelve mucho más complicado: desde que tus trabajadores lleguen al lugar hasta poder sostenerlo económicamente, por los precios de la gasolina, etcétera. Pero creo que sí se puede».
En esa estrategia de reinvención, el equipo de La Bombilla ha optado por hacer eventos de día —aprovechando no tener que poner en marcha la planta eléctrica a base de gasolina—, donde interactúan e intercambian con otros cuentapropistas.
«La música se tendrá que ir adaptando un poquito a esas circunstancias. En este país, el disfrute de la música y del arte no debería tener hora ni verse impedido por ningún bloqueo energético», agrega.
Últimamente, le preguntan mucho al vasco por qué se queda en un país tan difícil. La respuesta es menos compleja que la situación en sí.
—Me quedo precisamente porque creo que tengo que seguir haciendo esto.
«Vivo en un país con problemas muy graves desde hace tiempo, pero tampoco soy ajeno a que el mundo está patas arriba. Vengo de un país pequeño, de tres millones de habitantes, con un producto interior bruto altísimo, en el que tampoco faltan los problemas», dice.
«Problemas habrá siempre, de todo tipo. Aquí son otros, quizá un poquito más bestias. Pero me encanta. Me encanta esta ciudad, me encanta este país. Creo que tiene lo que me faltaba en el País Vasco. Creo que, a pesar de todo, aquí hay mucha más felicidad que en muchos países ‘felices’ de Europa. Y al final, eso es lo que busco para mí y para mi familia».
La Casa de la Bombilla Verde no promete más allá de lo que da: guitarra, público, un poco de bebida y comida. Es, ante todo, un lugar sincero.
Y, ¿cómo te sentiste? ¿Tomaste una caipiroska —de las mejores de la ciudad, en mi humilde opinión—? ¿Escuchaste los dedos de un trovador que quizá no está en Spotify deslizarse por cuerdas metalizadas y traducir en lírica una realidad que ya no te resulta tan ajena? ¿Te enamoraste? ¿Fumaste en el portal de una Habana distópica? ¿Sí?
No vale la pena esperar la guagua: no va a llegar. Ahora camina lento entre los escombros de una ciudad que todavía sigue viva, aunque no lo parezca.
Por favor, no se molesten
Que pronto me estoy yendo;
No vine a perturbarles.
Y menos a ofenderlos
Vi luz en las ventanas
Y oí voces cantando
Y, sin querer, ya estaba tocando