Mientras Donald Trump enfrenta crecientes resistencias dentro de Estados Unidos y continúa siendo una figura profundamente divisiva para buena parte de Occidente, el lenguaje político que ayudó a consolidar parece expandirse con fuerza en América Latina.
Una gorra roja con la inscripción Make America Great Again. Una motosierra levantada en un acto de campaña. Una megacárcel convertida en escenografía política. Una Biblia exhibida frente a las cámaras. Una camiseta de la selección nacional utilizada como símbolo de identidad. Un apellido que regresa al poder tres décadas después.
Son imágenes de países distintos, con historias y problemas muy diferentes. Sin embargo, todas cuentan la misma historia: América Latina empezó a hablar otro idioma.
Más que palabras, cambió la forma de hacer política. Los gestos, los símbolos y las emociones empezaron a pesar tanto como los programas de gobierno. Y cuando cambia la manera de construir poder, también cambia la forma en que una sociedad entiende sus problemas y busca resolverlos.
No ocurrió de un día para otro ni comenzó con Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Abelardo de la Espriella en Colombia o Keiko Fujimori en Perú. Ellos son la expresión más visible de un cambio que venía gestándose desde hace años.
Durante demasiado tiempo interpretamos la política latinoamericana como un péndulo. Cuando se agotaba un ciclo liberal llegaba uno progresista; cuando este perdía impulso reaparecían alternativas conservadoras. Esa lógica sirvió para describir los cambios de gobierno, pero hoy resulta insuficiente. Lo que está cambiando no es solamente el signo político de quienes gobiernan, sino el lenguaje con el que se construye el poder.
La paradoja de Trump
Donald Trump pierde capacidad de convocatoria en buena parte del mundo occidental pero la forma de hacer política, que él ayudó a consolidar, encuentra en América Latina un terreno fértil. La paradoja no reside tanto en el avance de nuevas derechas como en la expansión de una gramática política que ha transformado la manera de construir liderazgo, disputar el poder y organizar el conflicto.
Lo que cruza las fronteras no es un programa económico ni una doctrina ideológica cerrada. Es una forma de ejercer el liderazgo.
Ese lenguaje posee rasgos fácilmente reconocibles: una fuerte personalización del poder, una comunicación emocional apoyada en las redes sociales -y cada vez más en la inteligencia artificial-, la confrontación permanente, la promesa de reducir el tamaño del Estado, la reivindicación del orden frente al delito y la inmigración irregular y una intensa disputa cultural donde los valores ocupan un lugar tan importante como la economía.
En el transcurso de décadas, la influencia estadounidense sobre América Latina se explicó a partir del comercio, la cooperación militar o la política exterior. Hoy conviene agregar otra dimensión: la comunicación política. En la globalización no solo circulan mercancías y capitales; también viajan símbolos, relatos y formas de ejercer el liderazgo.
Nada de esto nació con Trump. Pero pocos dirigentes comprendieron tan rápido como él que, en una época dominada por las plataformas digitales, captar la atención podía resultar tan importante como presentar un programa de gobierno. Los dirigentes latinoamericanos que mejor interpretaron el cambio no copiaron un proyecto político: aprendieron un idioma.
El continente vuelve a cobrar centralidad
La expansión de ese lenguaje también coincide con un cambio geopolítico de fondo.
Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos pensó su estrategia internacional mirando hacia el Atlántico Norte. Europa era su socio privilegiado y la OTAN el eje de la seguridad occidental. Ese esquema comenzó a modificarse con la creciente rivalidad con China, la competencia por minerales estratégicos, las migraciones, el crimen organizado y la reorganización de las cadenas globales de suministro.
La consecuencia es una renovada mirada hemisférica. América Latina dejó de ocupar un lugar periférico y volvió a adquirir importancia estratégica. Washington mira nuevamente hacia el sur, no solo por razones económicas o de seguridad, sino porque entiende que en la región también se disputa influencia política y capacidad de conducción.
Ahora bien, la geopolítica explica apenas una parte de la historia. La otra hay que buscarla dentro de la propia América Latina.
Cuando el futuro dejó de convencer
A lo largo de tres décadas, América Latina discutió cuál era el mejor camino para desarrollarse. Primero fue el mercado; después un Estado más presente. Eran proyectos enfrentados, pero compartían una virtud: ambos ofrecían una promesa de futuro.
Los años noventa prometieron estabilidad tras la inestabilidad económico-financiera. La primera década del siglo XXI, impulsada por el auge de las materias primas, prometió crecimiento con inclusión social. Ninguna de esas promesas sobrevivió intacta al paso del tiempo.
Cuando el crecimiento perdió impulso, comenzaron a acumularse las frustraciones. Persistieron la desigualdad y la informalidad, mientras la inseguridad y el crimen organizado pasaron a ocupar el centro de las preocupaciones ciudadanas. Al mismo tiempo, la confianza en las instituciones siguió deteriorándose.
La discusión dejó de ser cómo crecer. Pasó a ser cómo recuperar el control.
Ese cambio alteró la conversación pública. Una sociedad que siente que pierde el control busca dirigentes capaces de transmitir certezas, aunque las soluciones resulten más simples que los problemas.
Más que prometer un futuro mejor, estos liderazgos prometen restablecer el orden. Y ese mensaje encuentra eco en sociedades donde amplios sectores perciben que el Estado perdió capacidad para garantizar seguridad, previsibilidad y autoridad.
Las nuevas derechas comprendieron ese cambio antes que sus adversarios. Entendieron que el malestar no necesitaba únicamente un programa económico. Necesitaba un relato capaz de interpretar las emociones de una época.
Antes de ganar gobiernos, consiguieron algo más importante: cambiaron la conversación.
La política del algoritmo
Las nuevas derechas entendieron antes que nadie que, en la política contemporánea, la atención precede a la persuasión. Primero hay que conseguir que todos hablen de uno. Después llegará el momento de discutir las propuestas.
Durante décadas, la comunicación fue el vehículo de un programa político. Hoy, con frecuencia, ocurre lo contrario: el programa termina subordinado a la lógica de la comunicación.
La gorra roja de Trump dejó de ser un accesorio para convertirse en una identidad política. La motosierra de Javier Milei sintetizó en una imagen una propuesta de reforma del Estado. La megacárcel de Nayib Bukele comunicó autoridad antes incluso de mostrar resultados. Abelardo de la Espriella construyó su campaña alrededor de la recuperación del monopolio de la fuerza. Keiko Fujimori volvió a convertir su apellido en un símbolo de orden para una parte importante del electorado peruano.
Los contextos son distintos. El mecanismo es el mismo. En una sociedad saturada de información, los símbolos se trasladan más rápido que los argumentos.
La política empezó a parecerse menos a un debate parlamentario y más a una disputa permanente por captar la atención. No es casual. Las plataformas digitales premian aquello que genera interacción. La indignación circula más que la moderación; el conflicto obtiene más visibilidad que el consenso.
Los dirigentes que mejor interpretaron este cambio dejaron de hablar únicamente con sus votantes. Aprendieron a hablar también con el algoritmo.
El precio de la confrontación
Sería un error, sin embargo, confundir eficacia comunicacional con calidad democrática.
La confrontación moviliza. Los enemigos cohesionan. Las identidades fuertes simplifican un mundo complejo. Todo ello resulta políticamente eficaz. La pregunta es cuánto puede sostenerse sin deteriorar la democracia.
Cuando toda diferencia se transforma en una batalla moral, el que disiente deja de ser un competidor legítimo para convertirse en alguien a quien hay que “aplastar”. Ese desplazamiento modifica la conversación pública y empobrece la deliberación.
La democracia necesita conflicto. Lo que no puede permitirse es perder la legitimidad del desacuerdo. Sin adversarios no existe democracia, pero cuando todos se convierten en enemigos, empieza a debilitarse.
Aquí reside uno de los principales riesgos del nuevo lenguaje político. Si cada problema tiene un único culpable, desaparecen los matices. Si toda crisis admite una solución inmediata, desaparece la complejidad. Si todo desacuerdo se interpreta como una traición, desaparece la deliberación.
Curiosamente, un lenguaje diseñado para acercar la política a la ciudadanía puede terminar alejándola de aquello que hace posible la convivencia democrática.
Lo difícil empieza después
Conquistar el poder será, probablemente, la parte más sencilla del camino. El verdadero desafío comienza cuando la campaña termina.
Hasta ahora, las nuevas derechas demostraron una notable capacidad para interpretar el malestar social y convertirlo en victorias electorales. Lo que todavía está por verse es si ese mismo lenguaje puede transformarse en una forma eficaz de gobierno.
La historia reciente de América Latina invita a la cautela. Las reformas de mercado de los años noventa no fueron únicamente un triunfo político: estuvieron respaldadas por un contexto internacional favorable y por una demanda social de estabilidad tras la crisis de la deuda y la vulnerabilidad financiera. Algo similar ocurrió con el ciclo progresista de comienzos de este siglo, impulsado por el auge de China y los altos precios de las materias primas, que hicieron posible financiar políticas de inclusión y construir una narrativa de movilidad social e identitarismo.
Hoy el escenario es otro. El crecimiento económico se desaceleró. Los márgenes fiscales son más estrechos. El crimen organizado desafía la capacidad de los Estados como nunca antes y la competencia entre Estados Unidos y China reconfigura el tablero internacional.
Gobernar exige respuestas para esa realidad, no para la de hace veinte años.
Por eso, la gran incógnita ya no es si estos liderazgos seguirán ganando elecciones, sino si lograrán construir un nuevo modelo de desarrollo capaz de ofrecer crecimiento, seguridad y estabilidad en un contexto mucho más adverso.
Porque la comunicación abre la puerta del poder, pero no sustituye a la gestión.
La motosierra puede sintetizar un programa de campaña, pero no reemplaza una política industrial. La denuncia de la “casta” puede organizar un discurso, pero no mejora la productividad. La promesa de mano dura puede responder a una demanda legítima de seguridad, pero no basta, por sí sola, para desarticular organizaciones criminales que operan a escala transnacional.
Las campañas se ganan con palabras. Los gobiernos se sostienen con resultados.
Brasil, el laboratorio regional
Por eso la próxima elección brasileña trasciende largamente las fronteras del país.
Brasil no solo es la mayor economía de América Latina. Es el lugar donde hoy se enfrentan con mayor claridad dos maneras de imaginar el desarrollo de la región.
Por un lado, la tradición que sigue asignando al Estado un papel central en la industrialización, la innovación y la reducción de las desigualdades. Luiz Inácio Lula da Silva representa la referencia más importante de esa visión y, probablemente, la última gran apuesta de quienes creen que el crecimiento económico y la inclusión social pueden seguir articulándose a través de políticas públicas activas.
Por otro, una corriente que propone reducir el peso del Estado, liberalizar la economía y combinar ese programa con una comunicación política centrada en el liderazgo personal, la seguridad y las batallas culturales.
Más que una elección presidencial, Brasil pondrá a prueba dos narrativas sobre el futuro de América Latina. El resultado tendrá consecuencias que irán mucho más allá del Palacio de Planalto.
La disputa por el próximo idioma
Conviene volver a la paradoja con la que comenzó este artículo.
Mientras Donald Trump pierde capacidad de convocatoria en buena parte del mundo occidental, el lenguaje político que ayudó a popularizar continúa encontrando nuevos hablantes en América Latina.
Quizá porque los liderazgos envejecen más rápido que las formas de hacer política. Las personas pasan. Los lenguajes permanecen.
Aun así, tampoco sería correcto concluir que estamos frente a una hegemonía irreversible. América Latina ya conoció otros ciclos que parecían definitivos y terminaron agotándose cuando dejaron de ofrecer respuestas convincentes.
La verdadera discusión no consiste en determinar si el próximo gobierno será de derecha o de izquierda. Esa seguirá siendo una pelea legítima y necesaria.
La pregunta decisiva es otra: ¿quién será capaz de construir el próximo lenguaje político que interprete el malestar sin convertirlo en resentimiento, recupere la autoridad sin degradar la democracia y vuelva a ofrecer un horizonte de futuro para una región que hace demasiado tiempo dejó de confiar en las promesas?
Porque, en el fondo, ese es el verdadero cambio de época. América Latina no solo está cambiando de gobiernos. Está cambiando la manera en que habla de sí misma. Y de ese nuevo idioma dependerá, en buena medida, la calidad de su democracia durante los próximos años.
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