A los pocos días de arrancar el festival de Cannes, Valentina Maurel recordaba sobre el escenario de la sala Debussy –el segundo cine más grande del Palais des festivals, epicentro del festival de Cannes– cómo Siempre soy tu animal materno, un verso de su madre, la poetisa Ana Istarou, se había quedado como el título de la que iba a ser su segunda película como directora durante una entrevista. Modestia aparte, tal y como nos confirmó más adelante, fue durante la entrevista que mantuvimos para este mismo medio. Luego vino la película que, en parte, completa un díptico con la precedente Tengo sueños eléctricos –un título extraído de un verso de su padre, César Maurel–, y, en parte, es completamente distinta.
Hay una continuidad entre las dos películas porque Daniela Marín Navarro, una estrella en potencia, vuelve a ser el alter ego de la cineasta que llega a San José, esta vez para arreglar un tema de papeles, y pasar unos días con su excéntrica familia. Reinaldo Amien vuelve a encarnar al padre, aunque esta vez la narración se dispersa cediendo protagonismo a la madre (encarnada esta vez por la mexicana Marina de Tavira) y a la hermana (Mariangel Villegas), que ha caído en una suerte de misticismo religioso. La cámara también se muestra más nerviosa captando el ruido de las calles con una actitud más punk, a tono con los personajes con los que se va encontrando la protagonista. Otro puente entre las dos películas, además de la localización y la autoficción familiar, es el rol, muy a lo Bret Easton Ellis, que juegan los grafitis. Son mensajes escritos por no se sabe quién que sin embargo parece que les estén hablando directamente.
Muy merecidamente, el elenco de Siempre soy tu animal materno acabó regresando al escenario de la Debussy, en el penúltimo día del festival, para recoger el premio a la mejor interpretación de la prestigiosa sección paralela Un Certain Regard, donde era una de las pocas películas latinoamericanas que participaba. Apenas han pasado cuatro años desde nuestro encuentro por Tengo sueños eléctricos, porque, tal y como cuenta Maurel en uno de sus encuentros con la prensa en una de las múltiples terradas del Palais des festivals, “fue todo muy rápido. Entre el momento que escribí y que acabé Siempre soy tu animal materno, ha pasado un año y medio. Empecé a escribirla a finales de 2024, poco después de que naciera mi hija, y la terminé a principios de 2025, justo a tiempo para obtener un fondo de Bélgica, que logramos. No logramos más fondos, y en vez de esperar decidí filmarla de una vez. Por eso fue rápido”.
¿Siempre tuviste claro que iba a haber esta continuidad entre las dos películas?
No, no estaba segura desde el inicio de que iba a trabajar con los mismos actores, pero como tengo una forma un poco desorganizada de hacer las cosas y de escribir, pues todo termina siendo algo que no controlo totalmente. Como uno tiene una cierta opacidad con sí mismo, tampoco sabe muy bien cómo llega a un lugar. Pero terminé trabajando con los mismos actores y creo que eso es algo que me va a volver a suceder.
¿En qué ves más diferencias entre las dos películas?
La diferencia es que también solté un poquito algo con respecto a la necesidad de centrar la película en un personaje. Me molestó mucho que, a la primera, la llamaran “coming of age”, aunque lo era. Pero no me gustó porque es un género con sus reglas y yo sentía la película como algo diferente. Quizás por eso quise hacer esta vez una peli más coral. Esa fue la mayor libertad que me di a nivel de estructura.
El personaje de la dulce Daniela parece el más cuerdo de San José, aunque hacia el final de la película, su madre le recrimina “capaz que vos sos la más enferma”, ¿por qué?
Escribí la escena y acabó calzando ahí y se volvió como un giro dramático, sin que fuera esa la intención. De una manera más general, quería mostrar la tensión que surge cuando un latinoamericano que pasó por el primer mundo se siente desfasado en su lugar de origen, que se vuelve periférico, porque por complejo de inferioridad ha adoptado la idea de que Europa es el centro del mundo. En mi caso particular, también soy francesa, y eso tampoco es fácil. Por eso quería hacerle eso al personaje. Es alguien que vuelve, que quiere arreglar las cosas, que piensa que puede hacerlo, aunque sea una gran pretensión condescendiente. También quiere adoptar un rol materno, el mismo que su misma madre ya no quiere, porque quiere retomar su libertad. Entonces creo que con esa escena le digo al espectador ‘suelta un poco el personaje’, a ella misma le digo ‘suelta un poco a tu hermana’ y al latinoamericano que pasó por Europa le digo ‘suelta un poco ese sentimiento de superioridad que tienes cuando llegas a tu casa’”.
Es curioso porque en las otras películas latinoamericanas, caso de El deshielo, de Manuela Martelli, o Cenizas en la boca, de Diego Luna, el latino que viene de Europa también es el elemento perturbador.
No lo sé, porque llevo dos años sin ver ninguna película. Tengo una hija de dos años, y ver películas me intimida un poco cuando escribo. Además de esta, también filmé otra película en este tiempo, con los mismos actores, que tenemos que acabar. Pero hay una tensión evidente entre Latinoamérica y Europa. Aunque es aquí a Cannes donde venimos a tener nuestro éxito…
La película también se abre a las tensiones entre Costa Rica y Nicaragua...
Sí, yo quería hablar más de esa relación y no lo logré. Pero sí, los costarricenses, que somos como los blancos de América Central, somos muy racistas con los nicaragüenses, que son los inmigrantes económicos en Costa Rica. Soy muy sensible a eso porque tengo amigos nicaragüenses exiliados que llegaron en el 2018, incluida una de las actrices. Aunque no quería hacer una peli frontalmente política, sino como que, por accidente o de forma periférica, como ocurre en la vida, descubres realidades políticas porque conociste a alguien o porque la señora que trabajaba en tu casa te contó algo. Cuando venís de una clase media protegida así es como percibís cositas de la realidad. Y también quería que la hermana se fuera a Nicaragua porque es como hacer lo contrario de lo que se espera cuando venís de la clase media de allá. Te vas a Estados Unidos o a Europa, pero no a Nicaragua.
La primera vez que hablamos, ya enumeramos a unas cuantas cineastas costarricenses como Nathalie Álvarez Mesen o Carolina Arias, pero en la presentación citaste unas cuantas más, ¿cómo explicas que haya tantas y cómo os lleváis entre vosotras?
La lista es larga, hay que añadir a Paz Fábrega, Alexandra Latishev Salazar, Antonella Sudasassi, Sofía Quirós o Kim Torres. Todas ellas tienen películas que han circulado en festivales y que son muy distintas a las mías. Esas sí que las he visto. Entre nosotras hay sororidad, que además es sincera, no de fachada. Creo que si hay tantas mujeres cineastas en Costa Rica es porque el oficio todavía no está muy bien considerado. Los hombres tienen que estudiar derecho, mientras que a nosotras nos dejan tranquilas y podemos ser directoras. Cuando se den cuenta de que es importante, que vine acá, quizás habrá más hombres haciendo eso. De momento, hay una cierta libertad, sin rivalidad, como que hay campo para todas.
¿Cómo explicas la parte “animal” del título?
Yo intento no pensar los personajes desde una perspectiva muy psicológica. La palabra animal me intimida porque es algo que no entiendo y que tampoco idealizo, porque vengo de un país demasiado tropical y demasiado hippie, y yo soy una mujer muy urbana. Pero es un verso de un poema de mi mamá, que es muy diferente al personaje de la película, ya que, en realidad, escribió poesía toda su vida. Escribió en particular sobre la maternidad, con la que tiene una relación muy orgánica. Mi relación con la maternidad es más reciente y está mucho menos sublimada. Mantuve el título, pero creo que porque la parte animal representa la parte misteriosa de las dinámicas de la maternidad. Las que no entiendo, que me son oscuras y que por tanto me interesan.
Nicolás Wong vuelve a ser tu director de fotografía, y ya hablamos de Julio Hernández Cordón, ¿sigue siendo una fuente de inspiración?
Sí, me gusta el cine de Julio porque tiene una dulzura con sus personajes masculinos y rompe con estereotipos como el personaje de patinetero. Hay una cosa como queer en su cine, y yo quería hacer eso también. Me gustan los personajes ambiguos, que no sabes si son peligrosos o no. Creo que es muy costarricense eso también, porque somos una latinoamericanidad más suave. A veces casi que nos da vergüenza, por eso uno siempre dice que tiene un amigo sicario, aunque luego no de miedo ni nada, como ocurre en la película.
¿Es posible que San José sea todavía más protagonista que en Tengo sueños eléctricos?
Quería filmar a San José como si fuera una peli de los años 70 en Nueva York para que se sienta para que se sienta cool. Luego le pedía al fotógrafo que estuviera más cerca de los personajes y también quería una peli más grunge, no sé por qué. La filmamos en orden cronológico durante muchas horas para darle mucha libertad a los actores, y todo eso se siente en la forma de sostener la cámara, que era más ligera. Esas cosas también influyen en el resultado final.
Cambiando de tema, ¿cómo está Costa Rica ahora mismo? Creo que han cambiado las cosas.
Sí, cambió. Hace unos años que tenemos un gobierno de derechas que quiere militarizar el país. Antes había una clase media artística muy fuerte, que es en la que yo crecí, y está desapareciendo. Quizás por eso la retrato. En Costa Rica, eras de clase media si venías de la burguesía y habías decidido ser artista y romper con esquemas de autoridad. Mis papás eran como esa generación que quisieron todos ser comunistas y haber ido a Nicaragua a hacer la revolución. Ahora son adultos muy desestructurados que quieren abrazar la libertad individual, y por eso, en la película, les cuesta tomar en mano la situación de la hermana menor. La libertad a veces roza con la negligencia. Hay también una burbuja de la izquierda que se protege de la realidad.
Es curioso porque los hijos de esta generación suelen ser más conservadores. En la película, en cambio las hermanas parece que quieren ser más punks que los padres.
Discutible. Puede que no sea así porque, para la hermana pequeña, la rebeldía es creer en Dios. En el mundo de la posverdad, puede existir Dios lo mismo que la Tierra puede ser plana porque la internet siempre te va a decir que es posible. Quizás esa es la nueva radicalidad. Hay una cosa muy paradójica ahí que no quiero juzgar. Luego creo que hay una especie de lucha en las dos hermanas por controlar su sexualidad, pero hay marcas dentro de la película, como la pintada de ‘Puta’, que aparece una y otra vez frente a su casa, que van en contra de esa emancipación. Creo que se siente una sociedad costarricense como muy conservadora en ese sentido, que no deja que esas mujeres puedan controlar del todo su sexualidad. Si en la primera película, Daniela era una adolescente que se convertía en mujer metiéndose en el hocico del lobo, aquí creo que no logra acceder a su propio deseo porque quizás le tiene miedo, mientras que su hermana lo logra, pero teniendo que darle como una dimensión mística. No sé sabe muy bien a quién va dirigido el grafiti de ‘Puta’, aunque creo que es a las tres, porque creo que, si ellas tienen dificultades para acceder a su placer, también tiene que ver con que la madre escribió unos poemas altamente eróticos que, en un país tan pequeño, dejan su huella. O sea ser hija de una mujer artista no es fácil, y menos en una sociedad tan conservadora como la de Costa Rica.