Viaje al ‘Delirio americano’

El ensayista Carlos Granés explora las relaciones entre cultura y política en Latinoamérica. “Somos como somos para diferenciarnos del que está enfrente”, dice.

Detalle del cuadro 'Manifestación', de Antonio Berni (1934), artista que Carlos Granés menciona en el ensayo 'Delirio americano'. COLECCION MALBA
Detalle del cuadro 'Manifestación', de Antonio Berni (1934), artista que Carlos Granés menciona en el ensayo 'Delirio americano'. COLECCION MALBA

¿Qué es Latinoamérica?

Numerosos intelectuales y artistas intentaron dar respuesta a la pregunta a lo largo del siglo XX. A menudo, con consecuencias nefastas para la región: los sueños de los poetas, pensadores y pintores que intentaron desentrañar el enigma latinoamericano acabaron alimentando los delirios de unos gobernantes que tendieron a convertir la utopía en pesadilla.

La historia de esos intercambios entre cultura y política es el eje del nuevo libro de Carlos Granés (Bogotá, 1975), considerado uno de los ensayistas más agudos de su generación. En Delirio americano (Taurus, 2022), el autor despliega todo el catálogo de corrientes artísticas e ideológicas que han dado forma a la Latinoamérica actual: modernismo, arielismo, fascismo, comunismo, muralismo, indigenismo, populismo... No queda ismo por mencionar. Ni nombre propio: en el texto aparecen desde José Martí hasta Pedro Castillo, pasando por Diego Rivera, Juan Domingo Perón, Gabriel García Márquez, Fidel Castro y Roberto Bolaño

En definitiva, un ejercicio de erudición apabullante, producto de años de estudio: Granés explica a COOLT que ya fantaseaba con este proyecto en 2009, cuando empezó a escribir su premiado El puño invisible, donde trazó la evolución de las vanguardias europeas y estadounidenses. Pero tardaría ocho años en retomar la idea, que fue creciendo hasta materializarse en el monumental ensayo que ahora llega a las librerías: más de 500 páginas que resumen un siglo de arte y revoluciones en Latinoamérica.

Un delirio.

El ensayista colombiano Carlos Granés, autor de 'Delirio americano'. FIORELLA BATTISTINI
El ensayista colombiano Carlos Granés, autor de 'Delirio americano'. FIORELLA BATTISTINI

- Delirio americano empieza con José Martí, el apóstol de la independencia cubana. Él aglutina las figuras del poeta y del revolucionario, y forja un arquetipo que en gran parte marcará el destino de Latinoamérica en el siglo XX. ¿Su huella es más profunda que la de Bolívar?

- Bolívar marca el siglo XIX. Es el gran figurón de esa época, con sus luces y sombras, que no son pocas; y encarna el sueño romántico latinoamericano. Martí da fin a esa era, la de los libertadores y los poetas de prosa inflamada, e inicia una nueva sensibilidad: el modernismo latinoamericano. Él es el que se da cuenta con mayor claridad de las nuevas amenazas a las que se enfrentará América Latina en el siglo XX: la potencia imperial que maltrata los sueños de los latinoamericanos ya no es España, sino Estados Unidos. Y Martí también es el primero que reclama a los intelectuales que vuelvan su mirada hacia América Latina, que les dice que ya es hora de dejar de imitar las leyes y costumbres extranjeras y que hay que empezar a conocer la realidad latinoamericana para producir soluciones acordes a nuestros rasgos. Entonces, sí, el siglo XX viene muy marcado por Martí, aunque la figura de Bolívar no desaparece; muchos grupúsculos rescatarán su figura, sobre todo sus rasgos autocráticos. Ahí está, por ejemplo, Chávez, que instrumentaliza el mito del Bolívar revolucionario y emancipador para sumir a la gente en esa pesadilla colectivista que es la Venezuela actual.

- Tras el desastre español de 1898, América Latina empieza a formular su identidad en contraposición a Estados Unidos, país que además interviene activamente en el devenir de la región. ¿No existe Latinoamérica sin Estados Unidos?

- No. Al menos en el siglo XX, es clarísima la importancia que tiene la amenaza yanqui sobre la sensibilidad e imaginación política de los latinoamericanos. Es gracias a esa amenaza imperial que muchos poetas empiezan a fantasear con una identidad latinoamericana, y es gracias también a esa amenaza que se empiezan a inventar cierto tipo de virtudes latinoamericanas que nos diferencian del sajón, que funcionan como cordón sanitario para frenar la influencia de Estados Unidos. De hecho, el juego de las identidades funciona como antítesis a algo: somos como somos para diferenciarnos del que está enfrente. Y eso en Latinoamérica se ve con toda claridad. La identidad no solo se define contra Estados Unidos, sino también entre regiones. En Perú, la misma reivindicación andina se plantea como antítesis de la identidad costera.

- El big bang del delirio americano es el arielismo, corriente que toma su nombre del libro Ariel de José Enrique Rodó, publicado en 1900, y que plantea la identidad latinoamericana en oposición a la sajona. Es un movimiento que desprecia la democracia liberal, y que además nutre a izquierdas y derechas. ¿Es el pecado original de la región? 

- Desde luego, el Ariel de Rodó ha sido uno de los libros más influyentes en la historia intelectual de América Latina. Es un libro muy corto, menos de 100 páginas, planteado como un sermón laico dirigido a la juventud. Y fueron los jóvenes quienes lo leyeron de forma apasionada durante décadas. Es un libro con mucha vida, y el texto fundacional del latinoamericanismo moderno. Ahí se establecen las virtudes del latinoamericano frente al sajón. Mientras el sajón es un tipo pragmático, utilitario, encandilado con la riqueza y la medianía, los latinoamericanos somos seres espirituales, profundos, que entendemos el misterio divino, el don de la poesía, los secretos del erotismo; que estamos emparentados con la idealidad, lo elevado. Los latinoamericanos somos capaces de crear, mientras los sajones aplican el conocimiento ajeno: nosotros tenemos a Galileo y ellos, a Edison. El gran problema de esa visión fue asumir que la democracia liberal era la tiranía del número, un sistema que apelaba a la vulgaridad; y que lo latino debía ser el gobierno de las élites. Así, desde inicios del siglo XX lo latinoamericano se identificó con una forma de democracia distinta a la liberal, y de ahí en adelante la región experimentó con modelos de democracia que nunca lo han sido, o que lo han sido a medias.

- En Europa occidental, las vanguardias se suelen identificar con la idea de disidencia. En cambio, en Latinoamérica enseguida se aliaron con el poder. ¿Cómo se explica ese fenómeno?

- En Latinoamérica, ese acercamiento de la vanguardia al Estado se produce muy pronto: hacia 1914, en México, gracias al Dr. Atl, que fue el primero que encarnó el espíritu de la vanguardia latinoamericana. Él participa en la Revolución mexicana y pone a los estudiantes de arte a trabajar en proyectos propagandísticos. El arte se convierte así en acción transformadora. Y esa es la clave de las vanguardias en Latinoamérica: el arte no es una fuga de la realidad, sino una herramienta ideológica.

Por otro lado, la gran pregunta que se hizo la vanguardia en el continente fue la identidad latinoamericana, la búsqueda del personaje vernáculo: el indígena en Perú o Bolivia, el tupí en Brasil, el negro en Brasil, el gaucho en Argentina… El arte que se hizo en función de estos personajes típicos tenía un componente identitario muy fuerte. Y en 1930, después del crack y el debilitamiento de las oligarquías tradicionales, en Latinoamérica se produce un cambio de élites. Llegan nuevos personajes, por lo general militares muy nacionalistas, que imponen un sistema de gobierno nuevo, no liberal. Estos caudillos, muy inspirados en Mussolini, ven que ya hay forjada una cultura nacionalista donde se reivindica lo propio, lo autóctono, y cooptan esos símbolos artísticos para darle a sus gobiernos —que no son nada amables con los personajes vernáculos— un tinte revolucionario y progresista. Así se dan casos como el de Maximiliano Hernández Martínez, etnocida de El Salvador, un monstruo que adopta una fachada de amor al pueblo. 

'Zapatistas', de José Clemente Orozco (1931), un referente del muralismo mexicano. MOMA
'Zapatistas', de José Clemente Orozco (1931), un referente del muralismo mexicano. MOMA

- Esa estrecha relación entre cultura y política que se produce en Latinoamérica contradice la idealización de la cultura como ámbito libre de injerencias. La cultura, escribes, también puede ser catalizador de destrucción, una forma de justificar el odio al otro...

- Ese es un fenómeno típicamente vanguardista y del siglo XX: la contaminación del arte con preocupaciones políticas y revolucionarias. En América Latina, el tránsito es muy claro. Los modernistas como José Martí y Rubén Darío se enorgullecían de vivir en una torre de marfil, de hacer una poesía bella, que no se manchaba con el lodo de la actualidad, de la política. Eso cambia cuando Estados Unidos se ve como una amenaza. La presencia del imperio yanqui politiza la poesía. De repente, en la poesía de Darío aparecen menciones a Roosevelt, al uso del inglés. Este proceso se acelera a medida que llega la influencia del cubismo, del dadaísmo y, sobre todo, del futurismo, que tuvo una gran presencia en América Latina.

- ¿Por qué ese éxito del futurismo en Latinoamérica?

- El futurismo surge en Italia en parte por el odio de Marinetti —mezclado con temor— hacia el Imperio astrohúngaro. Por eso el futurismo es un canto a la virilidad, a la violencia, a la actitud masculina de penetrar en territorio ajeno. El futurismo supone una reivindicación identitaria tremenda, y por eso convivió tan bien con el fascismo. Y en América Latina tuvo una influencia fortísima justamente por eso: el futurismo era un dóping identitario, preparaba los ánimos para el inevitable combate con Estados Unidos. Un ejemplo claro es Puerto Rico, donde los atalayistas identificaban vehemente a su país con América Latina, separándolo así de lo sajón. Esa actitud derivó en acción, en asesinatos entre las autoridades coloniales y los poetas atalayistas, en masacres. 

Portada del libro 'Delirio americano', de Carlos Granés. TAURUS

- Antes explicabas cómo en Latinoamérica la vanguardia acabó fomentando visiones localistas: el andinismo, el criollismo… ¿Es la visión cosmopolita, que aúna tradición con experimentación, la gran perdedora del siglo XX?

- La mayor parte de la vanguardia latinoamericana tuvo ese componente identitario: muchos quisieron encontrar el ADN de América Latina y acabaron defendiendo al personaje que mejor representaba a su región, fragmentando así esa posible unión latinoamericana. Pero hubo otra vanguardia, la mestizófila, que tuvo un pie en las identidades nacionales y que no tuvo miedo a incorporar influencias extranjeras. La antropofagia brasileña, sobre todo, que en los años sesenta fue rescatada por el tropicalismo. Esa actitud es la que ha dado a América Latina sus productos culturales más ricos, más innovadores.

- Argentina, 1945. Llega Perón e inaugura la era del populismo. Viendo el auge actual de los populismos, ¿es la mayor aportación latinoamericana a la política internacional?

- Sí, y es un regalo muy envenenado. Perón se inventa una forma específica de populismo, que es la vigente hoy en día: aquella en la que la democracia no se destroza con los tanques entrando a palacio, sino desde palacio destrozando las instituciones. En 1945, el final de la Segunda Guerra Mundial fuerza una ola democratizadora en América Latina. Hasta esa fecha, la región estaba llena de fascistas, pero ahora toca reciclarse como demócratas. El ejemplo paradigmático es Perón. Él venía de la tradición filofascista, era un admirador de Mussolini, y tiene que quitarse el uniforme militar, ponerse traje y corbata y ganarse a los electores. Después de ganar las elecciones de forma aplastante, inicia la demolición de las instituciones. Primero reforma la Constitución para controlar el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo. Después convoca una Constituyente y cambia el artículo que impide la reelección. Así modifica toda la legalidad para ponerla al servicio de un proyecto personalista.

Y luego pasan cosas estrambóticas, que ahora no nos resultan tan lejanas: peroniza la sociedad. Coloca a peronistas en la universidad, incluye referencias peronistas en los textos escolares y los parques infantiles, las asociaciones deportivas pasan a ser peronistas… Todo el mundo tiene que bajar la cabeza ante el peronismo: ya no se respira oxígeno, se respira peronismo. Y los lemas peronistas acaban entrando en la Constitución, de forma que no es posible disentir del peronismo sin disentir de la patria, del pueblo, de Argentina. El peronismo se hace incriticable.

 Juan Domingo Perón y Eva Duarte, retratados por Numa Ayrinhac hacia 1948. MUSEO CASA ROSADA
 Juan Domingo Perón y Eva Duarte, retratados por Numa Ayrinhac hacia 1948. MUSEO CASA ROSADA

- En el peronismo conviven derecha e izquierda y, al mismo tiempo, el nacionalismo. ¿Es el culmen del arielismo?

- En efecto, es la obra maestra del arielismo, y la prueba de que el nacionalismo puede ser muy camaleónico. Si al nacionalismo le das un toque aristocrático, elitista, contrario a la anarquía, tienes un nacionalismo de derechas. Si a ese mismo nacionalismo le das un toque horizontal, reforzando lo popular, el personaje vernáculo, tienes un nacionalismo de izquierdas. Lo más chistoso es que los populistas juegan con las dos caras a la vez para seducir a dos electorados antagónicos. Son verticales y autoritarios y, al mismo tiempo, populares y justos. En ese sentido, Perón confundió a todos: a los castristas, a los fascistas... Los tuvo a todos comiendo de su mano mientras se mataban entre ellos. Es la cosa más absurda que ha pasado en Latinoamérica: los montoneros y la Triple A se mataban, pero rendían culto a Perón, estaban unidos por el nacionalismo.

- Después de Perón, la otra gran figura política de Delirio americano es Fidel Castro, quien desde Cuba inicia la ola de revoluciones comunistas en el continente. Pero explicas que Castro no era comunista, sino un nacionalista.

- Claramente. Hay un historiador italiano, Loris Zanatta, que dice que Castro fue un nacionalista latinoamericano muy influenciado por el hispanismo y los jesuitas. Razón no le falta. Cuba es un sistema comunista, pero el referente más claro es una misión jesuítica, donde nadie entra ni sale sin la autorización del líder. La obsesión de Castro es la moral, purificar las esencias nacionales. Abominaba del dinero, hablaba de limpiar Cuba de los vicios, de la prostitución, del juego. Su comunismo fue algo estratégico que le permitió sobrevivir en un mundo polarizado por la Guerra Fría. En otras circunstancias, jamás se le hubiera ocurrido convertirse en un marxista leninista. Su visión se acercaba a la del Doctor Francia en el Paraguay del siglo XIX: un caudillo ilustrado con poderes despóticos que decide el destino de la nación en sus detalles más mínimos, que mantiene en estado de pureza a su país, al margen del trapicheo comercial mundial.

- A Castro le acompaña el Che Guevara, personaje clave para que Latinoamérica se convierta en una fábrica de utopía, sobre todo para Europa y Estados Unidos.

- El Che Guevara es un personaje que fascina a Occidente. Su muerte coincide con el Mayo del 68: Guevara muere en La Higuera y renace en París en camisetas y pancartas. Y a quien más le hubiera ofendido eso es al mismo Guevara, porque no hay dos revoluciones más distintas que la que él propuso y la del Mayo del 68. Él era un asceta con la misión de matar, no un libertario o hedonista que reivindicaba el goce y la individualidad. Su ideal era el guerrillero, que era lo más alto a lo que se podía aspirar. Nada más opuesto al espíritu del 68. Y eso es algo que Europa no ha entendido, ni siquiera hasta el día de hoy. Fue por culpa del Che que en Latinoamérica no hubo una revolución cultural sesentayochista. Fue él quien se cargó la posibilidad de una apertura hedonista, libertaria, porque todos los poetas que podían reivindicar eso acabaron en las guerrillas. Pero en Occidente solo se ve el carácter utópico y antiyanqui, y no que una generación perdió la vida de forma estúpida en las montañas latinoamericanas.

El Che Guevara y Fidel Castro, líderes de la Revolución cubana. ARCHIVO
El Che Guevara y Fidel Castro, líderes de la Revolución cubana. ARCHIVO

- La explosión comunista en Latinoamérica coincide con el boom literario. ¿Cómo se relaciona con el poder?

- Los escritores del boom recogen elementos de la tradición cultural latinoamericana, con el añadido muy novedoso de que no le tienen miedo a la influencia anglosajona. El boom coincide en el tiempo con la Revolución cubana, y los dos fenómenos se retroalimentan. Gracias a Castro, América Latina es un tema de interés mundial por primera vez desde 1898. Y Castro intenta cooptar a esta nueva generación de escritores muy talentosa para que se conviertan en guerrilleros de la cultura. Ese juego funciona hasta 1968, cuando Castro apoya la intervención de la URSS en Checoslovaquia, algo que causa mucha sorpresa entre los autores del boom. Y ya el caso Padilla en 1971 certifica que la utopía de un socialismo con libertad de creación está condenada al fracaso. Ahí se acaba el idilio. Después, García Márquez seguiría muy vinculado a Castro, atraído por su poder. Mientras, Vargas Llosa adoptó el rol de pope del liberalismo: se sintió con la misión de orientar a los poderosos de Latinoamérica, de hacerles entender qué carajos es el liberalismo. 

- El boom, explicas en el libro, se vuelve una losa para los escritores latinoamericanos posteriores, que han sido prisioneros de ese legado.

- Es la suerte y la maldición de haber convivido con tus clásicos, que son faro y sombra a la vez. La maldición se produce sobre todo en el campo internacional. El público se ha hecho una idea de lo que puede esperar de la literatura latinoamericana gracias a los referentes del boom, y darles algo distinto es muy difícil. Ha habido intentos para deshacerse de esos abuelos incómodos, incluso renunciando a la misma idea de Latinoamérica, desechando el cliché, haciendo literatura de cualquier temática. Han sido experimentos interesantes, pero al final el peso de América Latina es muy grande, y parece que al escritor latinoamericano le toca enraizar su obra en su continente, en sus traumas, sus preocupaciones. Hoy, la literatura latinoamericana es muy europea, retoma la tradición del gótico, pero lo hace para explicar el mal latinoamericano, la patología latinoamericana.

- En estos últimos años, dices que se ha producido una latinoamericanización de Occidente, tanto en la política como en la cultura.

- Por un lado, está el fenómeno del populismo, que a Europa llega clarísimamente a través de Podemos, con sus contactos con el neozapatismo y el chavismo. Pero lo más desconcertante es que el populismo llegue también al mundo anglosajón, que parecía más refractario a esos fenómenos.

Por otro lado, en la cultura se produce un auge del victimismo. En el arte latinoamericano, la víctima había tenido un papel importante desde los años veinte. El muralismo mostraba en primer plano cuerpos dolientes, indígenas llorando, gente masacrada... El indigenismo también adoptó en parte esta visión. Esto siempre estuvo ahí, no se fue del todo. Y hacia los noventa, en Occidente, empieza la fascinación por las identidades minoritarias, en gran medida debido a la globalización y los efectos del neozapatismo, que promueve la idea de que la identidad local nos va a salvar de la homogeneización. Así, el personaje no blanco occidental se convierte en un actor relevante, y eso se refleja rápidamente en el arte. El enfermo de sida, el negro, el migrante, el queer pasan a ser materia prima de reivindicación artístico-política. Tú ahora vas a un museo y te encuentras víctimas. 

- Llegamos al siglo XXI, y Latinoamérica parece que sigue atrapada por muchos de sus viejos mitos. ¿Eres optimista con el futuro?

- Lo que veo no me da pie al optimismo. Hay una polarización absoluta: en Perú, Chile, Bolivia, Colombia… Hay muchas amenazas. Y culturalmente se ha reforzado el victimismo latino con el yanqui, por lo que tenemos un victimismo al cuadrado que convierte la cultura en una forma de señalar lo virtuoso que eres y lo malo que es el resto del mundo. No me parece que haya mucho camino ahí.

- Y, después de haber investigado tanto al respecto, a la pregunta de qué es América Latina, ¿qué respondes?

- Que es uno de los lugares más sobreinterpretados, ¡yo no quiero interpretar más América Latina! Y que es un lugar donde gente muy diversa tiene que poder convivir, donde todos tenemos que caber. La historia de América Latina siempre ha sido la de ver quién tiene más legitimidad para ser latinoamericano. Y eso ha degenerado en políticas de enemigo interno, de odio y exterminio, que han hecho imposible que podamos vivir en paz. De ahí va mi reflexión, obvia a morir: todos cabemos.

Editor jefe de COOLT

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