Óscar Martínez anda en el aire. Un día recorre el cielo desde Santiago de Chile hasta Buenos Aires, al otro vuela hacia Guatemala, a la semana despega rumbo a Colombia, previo un paso breve por México, donde se encontró con su familia, en una casa que, en parte, no es su casa. Al igual que más de 50 periodistas de su país —según registros de la Asociación de Periodistas de El Salvador—, Óscar Martínez vive en el exilio, en esa patria limitada por fronteras invisibles, forzadas, paranoicas. Esa patria, ese no lugar que, en palabras del escritor Osvaldo Soriano, “te pone entre paréntesis”.
Como lo cuenta a cuatro manos con su hermano Carlos Martínez, también periodista, en la maravillosa crónica El exilio nos alcanza, reciente ganadora del primer premio de la Fundación Gabo, el boleto de despedida se los hizo llegar la dictadura de Nayib Bukele. El motivo o, mejor dicho, la gota que rebalsó el vaso de mugre del dictador, como lo llama desde la primera línea del ensayo Bukele, el rey desnudo (Anagrama), fue la publicación de una serie de entrevistas en video a dos pandilleros. En un clima de cordialidad sin condescendencia, los hermanos Martínez entrevistan —en una clase abierta e involuntaria de periodismo— a dos líderes que narran en primera persona los hilos del pacto que mantuvieron con Bukele desde que era alcalde de Nuevo Cuscatlán hasta los primeros años de su presidencia. Desde entonces, lo que empezó como una medida preventiva se transformó en un modo de vida.
Los trabajos salieron publicados en El Faro, fundado en 1998 por Carlos Dada y Jorge Simán. Si bien la bajada del medio subraya que es el “primer periódico digital latinoamericano”, sus principales características son las investigaciones periodísticas de largo aliento, el rigor en el chequeo de datos, la pluralidad de fuentes valiosas, además de una curiosidad entrenada en temas silenciados y relevantes para su país y la región y, por último pero no menos importante, la calidad narrativa y estilística en cada texto.
Un virus invernal impidió que nos encontremos en Buenos Aires, cuando estuvo de visita. La entrevista la postergamos una semana. Cuando se despertó, Óscar Martínez ya no estaba aquí; se conectó desde Guatemala, “lo más cerquita que puedo estar de mi país”, dice por la pantalla de la computadora, en un plano cerrado que solo permite ver una pared blanca detrás suyo. Parte de la gira internacional que estuvo haciendo Óscar Martínez se corresponde con la publicación del ensayo breve Bukele, el rey desnudo. No es su primer libro. En su obra se encuentran ya clásicos del periodismo narrativo como Los migrantes que no importan, La bestia, El Niño de Hollywood y Los muertos y el periodista, un libro necesario para cualquier hombre o mujer que quiera pasar sus días prendiéndose fuego por el oficio.
A partir de sus libros se pueden leer las preguntas que dejó la historia reciente de El Salvador al cerrar el ciclo de la lucha armada. ¿Qué sucedió después del proceso de paz? ¿Dónde fue a parar la mano de obra desocupada de la guerra? ¿Por qué El Salvador es el epicentro de las pandillas? ¿Cómo un chico se convierte en pandillero? ¿Cuál fue la relación de las pandillas con los partidos políticos? ¿Quiénes son los inmigrantes invisibles? ¿Cuántas vidas pagan los que migran por la ilusión de cambiar sus vidas? Entre muchas otras. Y, desde hace varios años, se viene preguntando cómo el proceso de “democracia raquítica” de su país derivó en la dictadura y en el apoyo popular a Bukele.
Óscar Martínez y Nayib Bukele pertenecen a la misma generación. Ambos nacieron en los primeros años de la década de los ochenta, a poco de rodar el conflicto armado en El Salvador que dejó alrededor de 75.000 muertos y 15.000 desaparecidos. Sin embargo, en un comienzo, los caminos se bifurcaron. “Bukele no era un personaje en la vida pública cuando yo empecé a tener trabajo periodístico. Tampoco cuando El Faro ya tenía hartas denuncias de corrupción contra el gobierno de aquel momento de derecha. Bukele no existía en el entorno político nacional cuando las pandillas ya nos habían amenazado de muerte en 2012. Bukele era un hijo de padre rico. Un muchacho que nació en una familia acomodada. Un muchacho clásico que estudiaba en un colegio bilingüe, que tuvo los privilegios de que su familia invirtiera (mucho dinero) en comprarle una discoteca en la zona más fresa de El Salvador”, dice Óscar con son y velocidad, como si estuviera juntando semicorcheas en un pentagrama vacío.
Bukele es hijo de la burguesía nacional de El Salvador. Su familia tiene múltiples negocios. En su acervo se cuentan desde bienes raíces hasta fincas de café, pasando por la concesión de motocicletas Yamaha y por una agencia de publicidad fundada por su padre Armando Bukele Kattan.
“La agencia es uno de los negocios con los que se acercan a la política. Así lo decidió el padre de Nayib, que murió en 2015. Hacían campañas publicitarias. En concreto, el padre tenía mucha afinidad con algunas figuras históricas de la izquierda como Jorge Schafik Hándal”, dice Óscar. La agencia a la que hace referencia es Obermet, de la cual Nayib Bukele también fue presidente. Entre sus principales clientes estaba el Gobierno del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la antigua guerrilla de izquierda que, dos décadas después de terminada la Guerra Civil, gobernaría el país por 10 años.
La agencia fue el trampolín para que Bukele iniciara su carrera política como miembro del FMLN. Fue alcalde por ese partido de un municipio ubicado a 8,5 kilómetros de San Salvador de 2012 a 2015. “Un municipio con cero importancia, Nuevo Cuscatlán, que es donde él vive. Siendo el alcalde de ese pequeño municipio logra que muchos medios le presten atención. Era un joven que hablaba diferente, se vestía diferente, hacía promesas grandilocuentes, anunciaba proyectos completamente fuera de lo concebible dentro de ese partido político que se había quedado en la Guerra Fría”.
En su gestión, según cuenta Óscar, Bukele logró crear algún servicio de salud en Nuevo Cuscatlán relativamente eficiente. También concluyó un par de obras de servicio público. No mucho más. “Lo que pasa es que Bukele es un hombre con muy poca planificación estratégica”, dice Óscar. “Suelo decir la frase de que más que ideas tiene ocurrencias. Entonces Bukele lo que dejó es una alcaldía en bancarrota. Nosotros lo demostramos. Como casi todos los políticos centroamericanos, del 100% de las cosas que promete, el 10% terminan siendo funcionales.”
Arturo Jauretche, pensador emblemático del campo popular argentino, solía decir que “los intelectuales argentinos suben al caballo por la izquierda y bajan por la derecha”. La frase podría describir el recorrido político de Nayib Bukele, marcando la parábola que lo llevó de ser una joven promesa de la izquierda centroamericana hasta transformarse en una figura aspiracional de la extrema derecha internacional. Esta mutación no sorprendió a Óscar Martínez.
“Bukele no es un hombre con ideas sólidas. No es un hombre con una estructura ideológica estricta, nunca lo ha sido. Es un hombre que tiene un proyecto mesiánico de ubicarse en el poder. Siente que él debe estar en el poder, que él es una especie de Mesías. Bukele es alguien que no entiende, de ninguna manera, de críticas. Entiende de adversarios. No tardó mucho en decir que la solución de Centroamérica era el modelo del dictador Ortega y terminar luego dando discursos en la Heritage Foundation. Bukele es un hombre que va reaccionando para mantenerse en el poder absoluto”.
Suele decirse que para gobernar un país solo es necesario resolver un problema, una inquietud, un conflicto que atraviesa a los ciudadanos de ese lugar desde que se despiertan hasta que se van a dormir, si es que pueden. En Argentina, la aparición y sobrevida de Javier Milei se justifica por la relativa baja de la inflación y el control del valor del dólar (todo atado con alambres). En El Salvador, el problema que causaba terror y horror en su protodemocracia fue la expansión de las pandillas, con su control extorsivo del territorio y su poder de fuego, crueldad y muerte sobre compatriotas. A fuerza de violaciones masivas de los derechos humanos, campañas publicitarias faraónicas y pactos criminales, Bukele logró borrar del mapa cotidiano a estas organizaciones criminales.
“Cuando nosotros estábamos en El Salvador él estaba en la cumbre de su popularidad. La gente lo adoraba. El método Bukele tiene una regla no democrática: todo el poder para una persona. Hay una gran parte de la población a la que yo como periodista no puedo sino entender. Entiendo que nunca vivieron en una democracia porque vivían bajo el gobierno de las pandillas. Entiendo que no tenían ninguna obligación de salir a defender algo que no conocían. Entiendo que estaban asfixiándose como alguien que se ahoga en el mar y que si pasa un tronco te agarrás de lo que sea. Y ese tronco fue Bukele.”
El tronco, como lo llama Óscar, se encargó de perseguir al fiscal general que lo puso en jaque por corrupción (entre otras yerbas), alentando una remoción judicial en 2021 para suplantar a jueces de la Corte Suprema y al fiscal general por magistrados afines al poder ejecutivo. También modificó la Constitución Nacional para hacer posible la reelección presidencial indefinida; a lo que se suma la persecución de ciudadanos mediante el régimen de excepción que suspende las garantías constitucionales y judiciales, las detenciones masivas y arbitrarias bajo la figura estimativa de “pandillero” y la censura a la libertad de expresión y la persecución de activistas, fiscales y periodistas catalogados como enemigos del régimen.
En estas condiciones, Óscar y sus compañeros de El Faro siguen haciendo periodismo sobre su país, desde el otro lado de la frontera. Su presente lo asume como una condición no deseada del oficio que ejerce y comparte con sus dos hermanos, Carlos y Juan José Martínez. Son hijos de una madre trabajadora social y de un padre sociólogo, ambos “involucrados con los movimientos de izquierda”, según sus palabras. La decisión de los tres hermanos de dedicarse al periodismo no fue azarosa. En sus palabras, “la generación nuestra de periodistas surge de una inquietud. Los medios mediocres de la posguerra no nos explicaban lo que nos estaba pasando y si no lo empezábamos a explicar nosotros mismos no íbamos a tener respuestas”.
Tal inquietud es la que guía su trabajo, al igual que el de sus hermanos y sus compañeros de ruta en El Faro. “Una de las cosas que nosotros hemos hecho con más eficiencia es estorbar la dictadura de Bukele. Yo sé que suena mal, pero yo creo que a las dictaduras hay que estorbarlas”, dice desde la pantalla.
Y luego, con pena pero con el orgullo de sentir que tomó la decisión correcta pese a los golpes, agrega: “El periodismo me ha quitado un país. Pero, ahora, también me ha dado una aventura maravillosa, una vida que nunca ha sido aburrida. No digo que haya sido fácil, pero yo nunca me he aburrido. Me he frustrado, sí, me he enojado, sí, he tenido miedo, sin duda alguna, pero todo eso son elementos de una aventura”.
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