Las olas, el viento, la arena y los libros

Marino mercante, periodista y escritor, Juan Bautista Duizeide reúne a clásicos y contemporáneos que hicieron de la playa un territorio literario.

El escritor Juan Bautista Duizeide, cuya antología 'Con vista al mar' (Adriana Hidalgo) reivindica la playa como un territorio literario. CORTESÍA
El escritor Juan Bautista Duizeide, cuya antología 'Con vista al mar' (Adriana Hidalgo) reivindica la playa como un territorio literario. CORTESÍA

Juan Bautista Duizeide no tiene recuerdos de su primera vez en la playa. “Imposible tenerlos: para mí, siempre estuvo”, dice el escritor, marino mercante y periodista sentado en un banco de madera, en el muelle de su casa en la isla de Tigre, mirando el agua marrón y calma del arroyo Gambado.

Recuerda, sí, Duizeide, que aprendió a caminar sobre la arena, junto al Atlántico Sur. También recuerda que era sobre todo su madre quien lo llevaba a la playa. Y también, como si estuviese sacando granos de conchilla pegados en los pies, recuerda largas caminatas junto a su padre, a su primo Flavio y a su perro Bulldog, Martín, por la costa marplatense. Pero, sobre todo, recuerda que fue la playa el lugar desde donde empezó a desear el mar. “A soñar navegaciones. A querer cruzar el océano. Ir más allá”, dice.

El más allá que nombra Duizeide incluye, por un lado, las olas gigantes del Banco Burdwood, por el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos; las aguas bravas del Atlántico Sur y el Báltico; y la amplía la Bahía de Paita, a orillas del Pacífico en los confines del norte de Perú, entre otras aguas bravas que recorrió trabajando como piloto de buques de carga general, petroleros y graneleros. Y ese más allá, por otro lado, se amplía con su literatura. Duizeide lleva publicados más de una docena de libros, entre novelas, cuentos, antologías y ensayos en los que se destaca la vista al río, su prosa barroca y maximalista, y sus ideas argumentadas y locuaces, a contramano de los discursos y lenguajes que reproducen las coordenadas gruesas de la época.

La editorial Adriana Hidalgo acaba de publicar en Argentina y España la antología Con vista al mar, (Literatura en la playa), compilada por Duizeide, quien no solo supo estar en el mar con el agua al cuello, sino que también se formó mirando olas y espuma con los pies enterrados en la arena. La antología incluye obras maestras y voces que a golpe de remo se van haciendo un lugar en la literatura; autores que nombran aguas que ya no existen, con crónicas de vidas que dejaron huellas endebles en la arena.

Duizeide no compiló un libro de historias sencillas, para relajarse frente al mar, sino que sumó firmas sensibles, complejas y, varias, con gracia, para que la playa sea un espacio de aventuras como el mar que la completa.

Juan Bautista Duizeide navegó durante décadas como marino mercante, una experiencia que marcó su literatura. CORTESÍA.
Juan Bautista Duizeide navegó durante décadas como marino mercante, una experiencia que marcó su literatura. CORTESÍA.

*****

Duizeide se considera ante todo un lector. Sin embargo, las primeras representaciones de la playa que frecuentó eran pinturas. Óleos y pasteles del pintor leonés, y afincado desde su juventud en Mar del Plata, Severino Reyero Alonso: su abuelo materno, al que solo conoció por sus obras, dado que murió en 1962 antes de que él naciera. Fue un pintor marinista dedicado sobre todo a pintar las barcas de pesca y el mundo portuario. Pero también pintó mucho las playas: tropillas de caballos a la carrera por la arena, barcas a vela que aún salían desde lo que hoy son Playa Grande o Playa Bristol en Mar del Plata, filas de carpas multicolores vacías, “como una especie de Raoul Duffy metafísico”, dice su nieto.

Luego, cuando Duizeide tendría unos siete años, la playa continuó ampliándose desde las páginas de libros que su abuela, Emelia Braña, le compraba en una librería situada en una galería de la ciudad costera de Necochea. Con su abuela tenían un pacto de temporada: ella lo dejaba en la librería y se iba a jugar al casino, mientras él elegía libros. Los dueños de la librería, jóvenes, la cubrían. Duizeide se quedaba hojeando libros entre turistas y noctámbulos. Al rato, su abuela pasaba a buscarlo. Para sellar el pacto, le compraba todos los libros que él había seleccionado: “Drácula”, “Frankenstein”, “La madriguera del gusano blanco”. Y, claro, la Isla del Tesoro.

El libro de Robert Louis Stevenson lo leyó en una pieza del hotel costero de su familia. “Me produjo una especie de éxtasis por identificación: leí esa novela mientras vivía en el Hotel San Carlos, de Necochea, a menos de doscientos metros del Atlántico. Me sentía igual a Jim Hawkins, el joven narrador protagonista, que vivía en la posada Admiral Benbow, situada en la costa de Bristol, suroeste de Inglaterra”.

La playa continuó apareciendo en otras lecturas, en libros que “notablemente pertenecían casi todos al género policial”, dice Duizeide antes de enumerar obras claves de la literatura universal que aún tiene presentes. Y, como si estuviese repasando un índice, nombra: Los que aman odian, de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo; “Cavar un foso”, de Bioy Casares; Arena en los zapatos, de Juan Sasturain; El faro, de P.D. James, Al faro, de Virginia Woolf (que, aclara, había leído hacia el final de su adolescencia, pero lo había impresionado menos que Orlando). Y, más acá en el tiempo, a Chesil Beach, de Ian Mc Ewan, y El faro de Blackwater, de Colm Toibin.

“Los espacios en los que transcurren esas narrativas son instancias de suspensión de la cotidianeidad, hiatos que propician una desnudez no limitada a lo físico”, dice.

Luego, entusiasmado, como si estuviera conversando frente a un auditorio en la Universidad Humboldt de Berlín, donde recientemente fue invitado como escritor residente por el seminario de estéticas fluviales, continúa:

 “El devenir de la literatura británica resulta de lo más instructivo para ejemplificar la diferencia entre las escrituras del mar y las de las playas”. Según Duizeide, originalmente, el dominio marítimo británico impulsó historias épicas de aventuras imperiales con autores como Defoe y Byron, donde el viaje servía para enriquecer al protagonista. Joseph Conrad marcó un punto de quiebre al usar el mar para explorar la ética y la psicología humana. Con el tiempo, el género declinó y se dividió. Surgió la naval fiction, con autores como Patrick O’Brien, que se enfoca en la nostalgia por las hazañas de la Royal Navy y los detalles técnicos de los barcos. En contraste, aparecieron novelas modernas de autores como Virginia Woolf o John Banville, que abandonaron los grandes océanos para situar sus relatos en las playas británicas, priorizando la complejidad psicológica y la innovación formal sobre la aventura imperialista. Precisamente, de este último territorio, está hecha su última antología: Con vista al mar.

'Con vista al mar' reúne una selección de clásicos y contemporáneos compilada por Juan Bautista Duizeide. ADRIANA HIDALGO
'Con vista al mar' reúne una selección de clásicos y contemporáneos compilada por Juan Bautista Duizeide. ADRIANA HIDALGO

*****

A Duizeide nada de lo que sucede cerca del agua le es ajeno. Antes de armar Con vista al mar, Duizeide hizo otras dos antologías: Cuentos de navegantes (2008), y Abordajes literarios (2020). Dos libros compuestos por textos en torno a barcos, navegantes, navegaciones, naufragios, alucinaciones marinas, monstruos, puertos.

 “Luego de publicados, me di cuenta de algo: había una inmensa cantidad de textos en los que aparece el mar como espacio material, si bien participando de otros espacios simbólicos, que no eran comprendidos por esa mirada lectora, por esas selecciones. Tal la causa para que decidiera, prácticamente, inventar un género: no la literatura para leer en la playa —habitualmente considerada como algo menor, liviano, pasatista, casi como las canciones del verano—, sino textos que dan cuenta de la playa”.

Duizeide estuvo trabajando cuatro años en la compilación de Con vista al mar. Hizo lecturas, relecturas, traducciones. Lo primero que hubo fue un gran corpus de textos. “Tantos textos como para armar al menos tres antologías de la misma extensión”, dice. Luego, tuvo que elegir de todos esos cuáles le parecía que dialogaban mejor entre sí. Y, finalmente, surgió la idea de dividirlos en diferentes secciones.

En el prólogo del libro, se cuenta que los títulos adoptados para tales secciones aluden a dos obras musicales de la escuela francesa ubicadas entre el romanticismo tardío y el impresionismo, compuestas durante la belle époque de los balnearios europeos. La mer, de Claude Debussy, un habitué de playas a uno y otro lado del Canal de La Mancha, como atestiguan numerosas fotografías, siempre con una copia de La gran ola de Hokusai en alguna pared de su cuarto de trabajo. Y Poème de l'amour et de la mer, de Ernest Chausson: Del alba al mediodía, Juegos de olas, Diálogos con el viento, Del mar y del amor.

La primera parte se relaciona principalmente con el mar y la infancia. La segunda, con el goce de la playa. La tercera, con los conflictos que se dan en las playas. La cuarta y última con la playa como territorio de encuentros amorosos.

En la antología hay un equilibrio entre clásicos y contemporáneos, entre maestros y escritores vivos que están publicando sus primeros libros. El cruce, la mezcla, la complejidad de esa convivencia fue naciendo de la cantidad, explica Duizeide. “Buscar, o acaso inventar, algún dibujo posible, armar una constelación textual, digamos, me facilitó la selección y el montaje, porque entiendo a las antologías como obras de montaje, como gestos autorales tan definidos como una novela o un libro de cuentos. A partir de montar elementos producidos por otros autores, crear algo distinto. Marcelo Metayer, uno de los narradores antologados —autor de ´Cartas sobre la arena´— comparó la antología con un mosaico que integra fragmentos de distintas formas, texturas, colores, procedencias y estilos, que sin embargo termina creando un ámbito. En él conviven Joyce, Proust, Balzac, Maupassant, Whitman, Dylan Thomas, Blasco Ibañez, Pérez Galdós, Pardo Bazán, Matsuo Basho, Kawabata, Jack London y muchos más autores.”

Duizeide, como muchos de los nacidos y criados a orillas del mar, no soporta las playas en temporada alta. En cambio, dice, adora pasear junto al océano cuando hay poco o nada de gente. Y meterse entre las olas en kayak. Su máximo acercamiento a las playas en estos días es a través de la ficción: el inicio de su maravillosa novela Sobre un cuerpo ausente, por ejemplo. Y, también, desde la ficción de otros escritores y escritoras, como sucede en Con vista al mar; un libro que, semejante a los caracoles marinos, al poner el oído cerca de sus páginas nos devuelve el sonido de las olas en la orilla, el roce de los cuerpos en los médanos, los golpes de pelota en la arena, y el silencio de la noche interrumpido por la voz de una boca que solo podemos intuir a partir de la literatura.

Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.

Lo más leído
Newsletter Coolt

¡Suscríbete a nuestra 'newsletter'!

Recibe nuestros contenidos y entra a formar parte de una comunidad global.

coolt.com

Destacados