‘Neorrancios’: las trampas de la nostalgia

La idealización del pasado se abre paso en el debate público español. Un libro coordinado por la periodista Begoña Gómez Urzaiz alerta de esa deriva reaccionaria.

La nostalgia puede estar llena de trampas, según el libro 'Neorrancios'. ELENA CANTÓN/FOTO: PIXABAY
La nostalgia puede estar llena de trampas, según el libro 'Neorrancios'. ELENA CANTÓN/FOTO: PIXABAY

El pasado 28 de enero, The New York Times publicaba en portada un artículo sobre Feria, la novela de debut de la escritora española Ana Iris Simón. Un libro publicado hace dos años por una pequeña editorial independiente (Círculo de Tiza), que no se ha traducido al inglés y que se centra en algo tan exótico para los estadounidenses como son las vivencias familiares en un pueblo de Castilla La Mancha. 

¿Qué diablos captó la atención del periódico más importante del mundo?

“El libro ha tocado la fibra sensible de los lectores, pero también se ha convertido en un pararrayos en el emocional debate político español, alimentado por la fragmentación y la polarización”, escribía el autor del reportaje, Raphael Minder. 

Porque, sí, Feria —que acumula 13 reimpresiones y 50.000 copias vendidas— supera la condición de fenómeno literario. Es también el centro de un encendido debate ideológico en su país. 

Con su idealización del pasado —resumida en la primera frase del libro, “Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”—, la obra de Iris Simón ha conectado en España con un discurso reaccionario que combina elementos de la derecha y de la izquierda. Un movimiento que considera que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ve con malos ojos la globalización, el cosmopolitismo y las reivindicaciones identitarias.

Igual que esta corriente maneja términos como “izquierda brilli-brilli” y “posmoprogres” para descalificar a sus críticos, desde el otro lado de la trinchera hay quien ha sugerido un nombre para identificar a los adeptos a esa línea de pensamiento: neorrancios.

Ese es el término que da título a un ensayo colectivo coordinado por la periodista Begoña Gómez Urzaiz (Tarragona, 1980), en el que autores como Pablo Batalla, Noelia Ramírez Montes, Rubén Serrano, Mar García Puig y Eudald Espluga intentan desmontar las trampas de la nostalgia.

Como Feria, Neorrancios (Península, 2022) se está convirtiendo en algo más que un simple libro. Es ya carne de batalla cultural. Desde su publicación, ha recibido críticas furibundas por parte de los que se sienten apelados por esa etiqueta, la cual ahora es empleada con soltura en artículos, tertulias y redes sociales.

La propia Begoña —colaboradora de medios como El País y La Vanguardia— explica algunas de las claves del ensayo en esta entrevista de la que, por supuesto, esperamos que se haga eco The New York Times.

Portada del libro 'Neorrancios'. PENINSULA

- ¿Quiénes son los neorrancios? ¿Cómo los definirías en una entrada del diccionario de la RAE?

- Dícese de aquel que mira hacia atrás con añoranza, ignorando todo lo que el pasado tiene de reprochable y respondiendo solo a los intereses de la propia tribu. Ya fuera de la RAE, también diría que son neorrancios todos los que se están ofendiendo y apresurándose a contestar el término antes incluso de que se lo llamen.

- ¿Y qué diferencia a los neorrancios de los conservadores clásicos? ¿Es el componente de izquierdas el factor clave?

- Para mí, un neorrancio es distinto a un conservador porque el conservador ya proclama abiertamente cuáles son sus recetas políticas favoritas. La neorranciedad tiene un punto de perversión y de amago, por eso abarca tanto al rojipardismo, que es esa izquierda a la que le molesta la diferencia, como al extremo centro, que consiste en decir cosas extremadamente de derechas y defender el statu quo de las clases dirigentes amparándose en la sensatez, o en su idea de la sensatez. Los dos grupos tienen muchas cosas en común, y por eso a veces se confunden y sus integrantes se llevan tan bien: se citan, se contestan, se presentan los libros mutuamente y se invitan a los pódcasts respectivos. Les une una serie de fobias comunes que han caricaturizado de manera bastante burda.

- En el libro se indica que hay una deriva reaccionaria en muchos países: Francia, Italia, Estados Unidos… ¿Hay unos rasgos distintivos del neorrancismo español?

- Diría que sí, en lo neorrancio hay una especificidad española. De hecho, el nacionalismo español, tan reforzado en la última década, es un aglutinador para lo neorrancio, una viagra casi. Pablo Batalla, uno de los participantes en Neorrancios, ha escrito un libro muy interesante sobre eso, Los nuevos odres del nacionalismo español (Trea, 2021). En el fenómeno neorrancio, tal y como se está perfilando ahora, detecto rasgos más globales, como el desprecio de la llamada corrección política a favor de cierto canallismo, o el antiintelectualismo, pero también otros aspectos que están necesariamente ligados a la historia de España, a la manera desaforada en la que se vivió aquí la burbuja inmobiliaria, por ejemplo, y su posterior pinchazo; al mecanismo silenciador de la Transición, etcétera.

Dicho esto, en la presentación del libro en Barcelona, el periodista Marc Giró nos preguntó si existe el neorrancio catalán —oh, i tant!—, y me di cuenta de que tendríamos que haberlo incluido. ¡Igual tendremos que hacer un apéndice!

- En el prólogo escribes que el discurso neorrancio “no tiene un electorado real esperando en casa”. ¿Por qué crees que no se ha producido todavía esa articulación? ¿Y por qué poner foco en un movimiento que parece minoritario?

- No hay un Partido Neorrancio, pero sí hay neorrancios en casi todos los partidos. En el ámbito de la izquierda, no parece políticamente muy razonable apostar por movimientos que orillen, por ejemplo, el feminismo, el ecologismo y las reivindicaciones LGTBQ+, aunque nunca faltan opinadores que exigen justamente eso. Ha vuelto a ocurrir esta semana tras las elecciones de Castilla y León. El mismo lunes por la mañana había tertulianos diciendo: “qué le importa a un señor de Soria la ley trans”. Decir eso es no entender absolutamente nada, es pensar, para empezar, que no hay personas trans en Soria, que las personas trans no forman parte del precariado ni de la clase obrera, que a una persona de izquierdas no le mueve la solidaridad con otras opresiones que quizá no padece en primera persona… Es deducir y dar por válidas una serie de supuestos que, además de erróneos, son bastante rastreros y mezquinos. Y son supuestos que hacen pasar por argumentos sensatos, que caen por su propio peso. Ese es casi el elemento de la neorranciedad que más me enerva, la usurpación del sentido común: creer y hacer creer que todo lo que no es neorrancio es excentricidad.

- Ayer mismo, en una emisora de radio conservadora, un tertuliano repitió cinco veces lo del “sentido común” en minuto y medio. La apelación a la sensatez es imbatible. ¿Cómo se sale de ese marco?

- Espero que el tertuliano añadiera también en algún momento: “…que a veces es el menos común de los sentidos”. Así haces el bingo neorrancio completo, porque los latiguillos y el refranero también son altamente neorrancios. Lo bueno es que, si hubieses hecho el ejercicio de pasar por todo el dial, te hubieras encontrado con gente que supuestamente representa a opciones ideológicas distintas diciendo la misma frase. El secuestro de la sensatez es sin duda la herramienta más perversa y bien afilada de todo el arsenal que tienen a su disposición los adalides del repliegue reaccionario.

¿Cómo se sale de ahí? Respondiendo, que es una cosa que algunos paleo y neorrancios llevan bastante mal, por otro lado. A la mínima que les rebaten cantan “¡censura!”, “¡ya no se puede decir nada!”. Hay que responder que no, que lo que ellos encuentran sensato no lo es. No es sensato añorar el modelo inmobiliario de los noventa, no es sensato potenciar el qualunquismo, el que cada cual se preocupe solo de que su pequeña tribu prospere y se desentienda de la colectividad; no es sensato inhibirse, cuando no ridiculizar, la emergencia climática; y en realidad no es nada sensato añorar un pasado que solo unos pocos pueden permitirse añorar.

- Escribes que es comprensible que lo neorrancio triunfe, porque toma elementos de distintas corrientes de pensamiento que ya de por sí tienen tirón. ¿Esa vocación mainstream es lo más peligroso?

- Bueno, hace que las ideas neorrancias tengan un gran potencial para germinar. Desde que se publicó el libro, todos los que hemos participado en él tenemos a amigos y conocidos que nos dicen, un poco apurados: “yo es que creo que soy un poco neorrancio”. Porque tienen hipotecas o porque idealizan el pueblo de sus padres o por lo que sea ¡A todos les absolvemos! Quiero decir que, verdaderamente, casi todo el mundo lleva algo de neorrancio en su interior. El problema es cuando tratas de imponer lo neorrancio como la única receta posible y cuando te olvidas de que hay otras realidades.

- La gran protagonista del ensayo es la escritora Ana Iris Simón, a la que retratáis como musa de lo neorrancio. Pero quizás ella tampoco planeaba convertirse en altavoz de un movimiento, ¿no? A fin de cuentas, Feria se publica en una editorial independiente y su éxito es inesperado...

- No tengo ni idea de cuáles eran sus intenciones. Y seguramente el éxito de Feria sí sorprendió tanto a ella, autora novel, como a su editorial. En todo caso, desde muy pronto ella ha utilizado su nueva posición de privilegio mediático para difundir un ideario muy concreto y multivectorial, que toca muchos temas, desde la religión a la patria pasando por la maternidad, la vivienda y las políticas migratorias. Lo hizo en La Moncloa y lo hace en sus columnas. Tiene todo el derecho del mundo a hacerlo, por supuesto. También lo hacemos desde nuestros respectivos rincones los que participamos en el libro. Lo que no entiendo muy bien es esa intención de algunos opinadores de desideologizar Feria, insistiendo en que se está haciendo una lectura paranoica de él. Me parece evidente que es un libro de autoficción con una carga política muy clara, que hace guiños constantes a las personas que usan sin rubor la expresión “políticamente incorrecto”.

- El discurso neorrancio se arroga el patrimonio de la familia, la amistad y los vínculos sociales. ¿Se pueden reivindicar estos aspectos desde la izquierda sin caer en lo reaccionario? ¿Cómo?

- Bueno, ¡claro! Es muy gracioso cuando los ofendidos por este discurso creen que se debe a una especie de trauma porque nuestras familias no nos quieren. En el caso de la familia, lo importante es aclarar qué familia estás defendiendo, porque si te refieres a una que pide que se amolde o disimule cualquier disidencia, a mi no me interesa defenderla. Rocío Lanchares desarrolla esa idea en su capítulo del libro de manera muy interesante.

- Tanto los neorrancios como la nueva izquierda coinciden en criticar la precariedad laboral y la desigualdad económica. ¿En qué se diferencian los dos bandos a la hora de abordar estos problemas?

- El rojipardo cree que la defensa de los derechos laborales es incompatible con las militancias identitarias, lo cual no tiene ningún sentido. Las mujeres, las personas racializadas y los integrantes del colectivo LGBTQ+ sufren desproporcionadamente la precarización también por ser todo eso, además de por la desigualdad económica sistémica. Va contra sus propios intereses no luchar por las dos cosas a la vez.

- En el libro se insiste en que el uso de la etiqueta de neorrancios no busca combatir la nostalgia. O sea, el debate importante no es sobre si el pasado fue mejor, sino para quién fue mejor, ¿no?

- Claro. Es que combatir la nostalgia es como combatir la bajona del domingo por la tarde. Es una emoción humana primordial, a la que accedemos muy pronto además. Mi hijo de tres años siente nostalgia. A veces se acuerda de cosas que hizo hace dos semanas y dice: “cuando yo era bebé…”. Es el uso perverso de la nostalgia lo que resulta peligroso.

La periodista Begoña Gómez Urzaiz. ARIADNA DÍAZ CELMA
La periodista Begoña Gómez Urzaiz. ARIANA DÍAZ CELMA

- Si lo neorrancio se puede identificar con la nostalgia de un pasado idealizado, el otro extremo puede ser la nostalgia del futuro: confiar ciegamente en que el mañana será mejor. A riesgo de que me tildes de “equidistante extremocentrista”, ¿no es ese pensamiento igual de nocivo?

- Bueno, ese pensamiento es ilusorio y diría que solo asequible para estadounidenses, optimistas antropológicos y gente que no sepa leer. Ahora mismo dudo que haya mucha gente que confíe ciegamente en el futuro, la verdad.

- El uso del término neorrancio se inscribe en un debate público muy polarizado, sobre todo en las redes sociales. ¿No crees que hay riesgo de que, con estas etiquetas, uno acabe hablando solo para su bando?

- Claro que existe este riesgo, con el uso de las etiquetas y casi con cualquier cosa. Me temo que todos hablamos para nuestro corralito. Con la recepción del libro han pasado algunas cosas que nos han sorprendido. Por ejemplo, se han publicado artículos sobre el libro con multitud de fuentes que entrevistaban solo y exclusivamente a detractores. ¡Algunos neorrancios no mencionados en el libro han hecho más promo que todos nosotros juntos! Habrá que agradecérselo de alguna manera.

- Hablando de las críticas al libro desde el sector neorrancio, ¿hay algún ataque que te haya sorprendido especialmente?

- Hay uno que nos llamó la atención, el de “catalanes” y hasta “barceloneses”, así a secas. Bueno, también “barceloninos con gafas”, que, como miope me llegó al alma. No “catalanes indepes”, por ejemplo, sino “catalanes”, ya como insulto. No todos los autores lo somos, aunque muchos sí, y el libro está hecho en Barcelona. Alguien en Twitter me puso: “¿a Madrid cuando venís?”. En plan matón de instituto. Rollo: cuándo venís a nuestra esquina del patio.

- “Casi todo el mundo puede encontrar en su repertorio de ideas una porción de neorranciedad que no le repele del todo”, escribes en el libro. ¿Cuál es la tuya?

- Jajaja, la mejor para el final. He consultado con una amiga y ha tardado 0,5 segundos en darme una respuesta, así que debe ser un rasgo neorrancio muy acusado que tengo. Ella dice que tengo poca paciencia con el ensimismamiento de la gente más joven y con menos cargas. Vamos, que estoy a dos pasos de ser ese señor que dice: “tanta tontería, tanta tontería, a plantar cebollas les ponía yo”.

Editor jefe de COOLT

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