Ultraderecha en Latinoamérica: manual de uso

El avance ultraconservador en la región responde a un proyecto transnacional. Y supone un peligro tanto para la izquierda como para la propia derecha.

Jair Bolsonaro, Javier Milei y José Antonio Kast, ejemplos del avance de la ultraderecha en Latinoamérica. ELENA CANTÓN
Jair Bolsonaro, Javier Milei y José Antonio Kast, ejemplos del avance de la ultraderecha en Latinoamérica. ELENA CANTÓN

12 de octubre de 2020. Mientras en gran parte de Latinoamérica esa fecha se conmemoraba bajo el concepto del Día de la Resistencia Indígena, al otro lado del Atlántico se celebraba el Día de la Hispanidad. Y, en internet, un espacio en el que no existen fronteras, la jornada arrancaba con la viralización de un concepto: la Iberosfera.

La Gaceta de la Iberosfera nace de la voluntad de cambiar el rumbo que lleva a la civilización occidental a su disolución y hacia un mundo en el que no queremos vivir”, escribía el periodista y europarlamentario Hermann Tertsch en la presentación del nuevo medio digital perteneciente a Fundación Disenso, think tank del partido español de ultraderecha Vox. “Queremos movilizar a las naciones de este inmenso espacio de lengua, historia, cultura y valores comunes para organizar una defensa común de la vida que merece vivirse”, continuaba Tertsch. “Y lo fundamental para poder actuar en defensa de nuestra libertad, nuestros valores y nuestra democracia es que las sociedades de la Iberoesfera estén informadas de todo lo que la inmensa mayoría de los medios y poderes de los Estados nos ocultan porque son parte de este consenso”.

Iberosfera, el concepto con el que Vox explicitaba el tender puentes de influencia hacia el continente americano, dejaba algo claro: el crecimiento de la ultraderecha en el mundo en los últimos años es un proyecto transnacional. Casi un año más tarde, se formalizaban intenciones y ya se podía dibujar una red encima del mapa: en septiembre de 2021, la Fundación Disenso publicaba la Carta de Madrid, una declaración que diferentes personajes de la ultraderecha latinoamericana firmaron para comprometerse a detener “el avance del comunismo”, pues, según el manifiesto, “una parte de la región está secuestrada por regímenes totalitarios de inspiración comunista, apoyados por el narcotráfico y terceros países. Todos ellos, bajo el paraguas del régimen cubano e iniciativas como el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, que se infiltran en los centros de poder para imponer su agenda ideológica”.

Entre los firmantes de la Carta de Madrid figuraban desde jueces y comunicadores hasta diputados y senadoras, pasando por un político que hasta este 19 de diciembre tenía serias posibilidades de obtener la presidencia de Chile: José Antonio Kast, cuya candidatura hace pocos días fue definida por el semanario alemán Der Spiegel como un “un tenebroso viaje al siglo pasado, cuando el dictador Augusto Pinochet gobernaba a su pueblo con mano dura”. ¿Una exageración? No, según Hillary Hiner, profesora asociada de la Escuela de Historia Universidad Diego Portales y coordinadora de la Red de Historiadoras Feministas chilena, que recuerda que, desde su época universitaria, Kast fue un dirigente gremialista cercano a Jaime Guzmán, colaborador de Pinochet, y acabó ejerciendo como diputado de la formación prodictadura UDI. “Su familia también tiene cercanía directa con la dictadura, su hermano fue parte del gobierno de Pinochet y también su familia ha sido relacionada con los crímenes de Paine. Estamos hablando de alguien que viene del pinochetismo, no hay manera de refutar eso”, explica la historiadora.

Coordenadas comunes

Dentro del panorama regional, Kast ha sido comparado con Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil. Por ejemplo, ambos se definen como outsiders, aun cuando el chileno estuvo dentro del Congreso durante 16 años y el brasileño, más de 20. Pero las semejanzas no se quedan ahí. Las coordenadas que guían a los sectores representados por estas dos figuras son comunes. Una estrategia compartida es la crítica al sistema político, carta que jugó fuertemente Javier Milei, del partido La Libertad Avanza, que el pasado noviembre consiguió que la extrema derecha penetrara en el Parlamento de Argentina por primera vez desde la dictadura de Videla. “El Estado no es la solución, es la base de todos los problemas que tenemos”, decía este economista defensor a ultranza de la propiedad privada y los “valores morales correctos”.

Entrevista en el programa '+Info' al economista y político argentino Javier Milei. YOUTUBE

Estos sectores de la ultraderecha latinoamericana también plantean una oposición a conceptos como “marxismo cultural” o “ideología de género”. Pero no solo a nivel discursivo, sino también de acción, siguiendo la estela de la ultraderecha española. Los ejemplos abundan.

En 2019, Vox pedía a la Comunidad de Madrid los nombres y apellidos de las personas que impartían talleres LGTBI en los colegios. En 2021, en Chile, los diputados Cristóbal Urruticoechea (Partido Republicano) y Harry Jürgensen (Renovación Nacional) enviaron un oficio a las universidades estatales del país con el fin de que estas entregaran detalles respecto de los cursos y planes de estudio relacionados a estudios de género, diversidad sexual y feminismo. Nombres de docentes y también presupuestos destinados. “Pero, además, hicieron lo mismo con hospitales públicos que tenían programas para personas trans, y también lo hicieron con grupos de organizaciones de la diversidad”, dice Hillary Hiner.

¿El bus de la libertad? Lo recordamos. Inició su recorrido en España en febrero del 2017, en respuesta a una campaña que la Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis había lanzado: “Hay niñas con pene y niñas con vulva”. La asociación ultraconservadora HazteOír respondió con este vehículo, en el que se podía leer: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”. Estas frases recorrieron calles de otros países como Colombia, México, Chile y Estados Unidos.

¿El pin parental? Esa herramienta que responde al grito de “¡con mis hijos no te metas!”. Una medida que levantó Vox en España y que, en enero de 2020, la diputada mexicana Elsa Méndez, del Partido Acción Nacional (PAN) presentó como iniciativa para modificar la ley de educación en el Estado de Querétaro. En los últimos meses de ese año, la propuesta se había planteado en, al menos, otros 18 estados de México.

Las llamadas a la acción contra el “marxismo cultural” y la “ideología cultural” también se han vivido en el Ecuador, de la mano del presidente Guillermo Lasso, ex banquero conservador, cercano a las ideas del Opus Dei, férreo opositor a la despenalización del aborto, incluso en casos de violación, que agitó el fantasma de la dictadura comunista para atacar a su opositor durante su última campaña electoral. En el caso de Perú, habría que hablar de La Resistencia, colectivo fundado por Juan José Muñico que tiene por lema “Dios, Patria y Familia”, y también de Los Combatientes y La Insurgencia, integrados por exmiembros de las Fuerzas Armadas. Todos ellos cercanos al fujimorismo y que resuenan en el discurso público por sus acciones violentas y de hostigamiento. Recordada es la protesta que realizaron alegando fraude electoral en las elecciones de julio del 2021, mientras se esperaba la proclamación de Pedro Castillo, en la que agredieron también a ministros.

El líder de Vox, Santiago Abascal, con el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y el periodista español Hermann Tertsch. ARCHIVO
Santiago Abascal (izquierda) y Hermann Tertsch (derecha), de Vox, con el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en una foto difundida el 13 de diciembre. ARCHIVO

Otro punto en común entre los grupos de extrema derecha en Latinoamérica es el acercamiento en gran parte de los casos a sectores religiosos, sobre todo evangélicos pentecostales. “Eso es una clave. Aun teniendo diferencias en cada país, hay una articulación entre sectores más liberales, más conservadores y evangélicos”, explica Juan Elman, periodista argentino especializado en política internacional.

La historiadora chilena Hillary Hiner agrega que podemos rastrear antecedentes de esa relación incluso hasta los años treinta del siglo pasado, pero que en las últimas décadas ha habido un surgimiento de una ultraderecha con características particulares. Ese fenómeno tiene su origen en los ochenta, en Estados Unidos, con la irrupción de Ronald Reagan y la Coalición Cristiana: “Iglesias evangélicas o pentecostales muy conservadoras hicieron alianzas con grupos muy conservadores católicos, del Opus Dei y Legionarios de Cristo, para impulsar una agenda ‘valórica’”. Así, al neoliberalismo y anticomunismo de Reagan se unió la idea de impulsar el retroceso de ciertos derechos ganados por los movimientos sociales de los años sesenta y setenta. “Esto seguirá estando presente en los noventa, y se empieza a armar de forma transnacional con seminarios y congresos, donde estos grupos de ultraderecha y tanto de iglesias evangélicas como católicas se unen para combatir esta agenda progresista”, dice la historiadora.

Para Hiner, otro rasgo distintivo de la ultraderecha actual es el uso eficaz de las redes sociales y de los medios digitales alternativos, sobre todo para difundir noticias falsas. “Eso siempre ha sido muy importante, por algo Steve Bannon era tan clave en el período Trump, por eso Fox News era un aliado acérrimo de su gobierno. No olvidemos que a QAnon se le conoce hoy en día por ser el grupo que coordinó el asalto al Capitolio el año pasado, en enero de 2020. Es un grupo muy peligroso, donde hay nexos con otros grupos de gente terraplanista, antivacunas, los que tienen el ímpetu de creer en teorías conspirativas sin ningún fundamento”, afirma la investigadora, que encuentra paralelismos en la estrategia mediática y discursiva de Trump y políticos latinoamericanos como Kast.  “Lo que he visto en Kast es muy similar a lo que hacía Trump: el uso de redes, de noticias falsas, cadenas de Whatsapp, videos de YouTube difundiendo teorías conspirativas. Sienten que al final del día no hay que probar nada”.

Para la historiadora, el surgimiento de estas figuras también tiene “que ver con ciertos avances en materia feminista y de disidencias”. Según ella, el uso de la tecnología como herramienta es un gran ejemplo de hacia dónde se direccionan los ataques. “Ha surgido con mucha fuerza la figura del incel, un tipo de hombre muy misógino y violento que comete este tipo de ciberacoso o violencia de género en contexto de redes sociales que termina cambiando los parámetros de los debates”.

Un pacto roto

Según el Panorama Regional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2021, el hambre en América Latina y el Caribe se encuentra en su punto más alto desde el año 2000, luego de un aumento del 30% en el número de personas que padecen hambre entre 2019 y 2020. La conversación con el periodista Juan Elman sucede tan solo un día después de la publicación de este informe. “Es claramente un indicador del malestar a nivel regional”, dice. “Las condiciones de vida se han deteriorado al punto de que la percepción general es que estamos viviendo en una cotidianidad precaria donde el futuro se nos cae encima. Ves que la estás pasando mal en el presente y que lo vas a pasar peor en el futuro”.

Y es algo intergeneracional, reconoce el periodista: “Sentís que te rompiste el orto trabajando y que no puedes llegar a fin de mes, y al mismo tiempo tu hijo siente que no puede hacer frente a una familia, está con el culo en la mano trabajando para que sus hijos tengan para comer y al mismo tiempo, el nieto tiene 20 años y, en el caso de Chile está endeudado por estudiar. Y en el caso argentino, siente que se quebró la promesa republicana de que vivirás mejor que tus padres. Eso está roto en todo Occidente; y en América Latina es peor, porque acá se juntan condiciones de vida más precarias, más desigualdades”.

Migrantes venezolanos llegan al pueblo de Colchane, en la frontera entre Chile y Bolivia. EFE/LUCAS AGUAYO
Migrantes venezolanos llegan al pueblo de Colchane, en la frontera entre Chile y Bolivia. EFE/LUCAS AGUAYO

Elman cree que esta ruptura del pacto social ayuda a entender también por qué hay un aumento del electorado hacia los partidos de ultraderecha. Y también es útil para comprender sus estrategias. Cuando los sectores progresistas hablan de feminismos o diversidad sexual, ellos responden hablando de pobreza. “Es una estrategia discursiva de la derecha decirte a mí no me molesta que los gays se quieran casar, pero primero poneme cloacas. Enfrentan agendas. En ese juego hay un intento de promoción del discurso que dice que la derecha se preocupa de las cuestiones más cotidianas”, explica.

Un ejemplo contingente es la migración. Elman piensa que es un tema presente en toda la región, “pero no en todos es tan protagonista de la agenda como en el caso chileno, que es bastante importante”. Chile estaba por detrás de países como Colombia, Perú y Ecuador respecto a la cantidad de migrantes recibidos, pero a partir de 2019, después de que el presidente le dijera al pueblo venezolano que sería bien recibido el país, la cuestión migratoria comenzó a ganar peso en el debate público. “Creo que en general lo que varía de país a país es la atención que se le da al tema, pero me parece que podemos trazar un paralelismo de que, en todos los casos, las izquierdas no han sabido tener una respuesta satisfactoria para la gente que tiene la migración como una preocupación”, concluye el periodista.

El peligro para la derecha tradicional

El pasado 22 de noviembre, una vez conocido el resultado de la primera vuelta de la elección presidencial chilena, el mapa político comenzó a moverse y quedó al descubierto de inmediato que la derecha tradicional del país apostaría por José Antonio Kast sin miramientos. Algunos personajes más conservadores de los partidos clásicos ya habían mostrado cercanía con la candidatura incluso antes de la elección, pero los apoyos en bloque vinieron después. Durante los días siguientes se formalizó el apoyo de UDI y RN, pero también otro que sorprendió a más de uno, incluso dentro de sus militantes: el de Evópoli, una formación que se ha definido siempre como centroderecha moderna y liberal. En pocas horas, la derecha chilena confirmó que estaba más cerca de Jaime Guzmán, el artífice de la Constitución de Pinochet, que de los proyectos democráticos y modernos.

“Una de las claves para entender el liderazgo de Kast, a diferencia de otros liderazgos en el mundo —aunque en la región empezamos a ver una tendencia cada vez más parecida—, es que hay un pliego muy rápido de la centroderecha tradicional al candidato, sin que se cuestionen sus componentes más antiliberales, aun cuando la centroderecha se ha vendido como liberal”, dice Elman, que destaca que en toda la maquinaria de la centroderecha hay una voluntad de leer a Kast “como una cuestión de grado”, no como una ruptura con la tradición. “Es un tipo que en su mensaje contra el sistema político se vendió como socio, compañero de la centroderecha y eso es interesante”, dice el periodista.

El político chileno José Antonio Kast, candidato presidencial del Partido Republicano, el 18 de noviembre de 2021. EFE/ELVIS GONZALEZ
José Antonio Kast, candidato del Partido Republicano chileno, el 18 de noviembre de 2021. EFE/ELVIS GONZALEZ

En Brasil también existió este momento. En pleno ascenso de Bolsonaro, la centroderecha apostó por él con la idea de que nada sería peor que el Partido de los Trabajadores (PT) en el Gobierno. “Una buena expresión de esto la dio João Doria, actual gobernador de São Paulo. Él se hacía llamar a sí mismo BolsoDoria. El otro gran caso es el de Sergio Moro. Moro, que era el héroe de la centroderecha, el artífice del encarcelamiento de Lula, aliado de todos esos grupos empresariales, termina no solamente apoyando a Bolsonaro sino que integrando el Gobierno. Año y pico después, Moro se va denunciando un caso de corrupción dentro del Gobierno. Y Doria pasó en tres años de venderse como BolsoDoria a denunciar a Bolsonaro por ataques a la democracia”, dice Elman. 

Nada era peor que el PT, pero ahora el liderazgo internacional de Brasil está hecho añicos por su presidente. Pero, además, hay otro efecto: por una parte, las encuestas en Brasil hoy dicen que Lula ganaría la próxima elección, pero además, que Bolsonaro, con una pésima gestión, gana a toda la centroderecha. “Cuando sube el candidato de la ultraderecha, cuando es avalado por las elites, cuando la centro derecha no pone un freno, además de perjudicar al país y al empresariado, el electorado se radicaliza. Eso es un gran llamado de atención a las elites chilenas”, recalca Elman.

No es un caso aislado. El politólogo español Pablo Simón decía en la emisora SER algo sobre la actualidad de la ultraderecha francesa que inmediatamente se lee como parte de un manual:

“Hay un debate dentro del Frente Nacional tremendo entre Marine Le Pen y Marion Maréchal-Le Pen. Marine Le Pen dice que hay que seguir con esta estrategia de transversalidad para atraer a las clases obreras con programas proteccionistas y chauvinistas. Marion dice que este camino no tiene sentido, que lo que tienen que hacer es ser liberales en lo económico para terminar consiguiendo su sueño, que es reemplazar a los conservadores tradicionales, como ha pasado en Italia. Su objetivo es que no haya derecha moderada, que desaparezca, que se volatilice, que sean ellos la única alternativa de Gobierno y esto lo harán solo si mantienen el programa muy liberal en lo económico, pero duro en lo cultural. Eso es lo que a ellos más les interesa, ganar la batalla cultural, hacer retroceder los consensos sobre feminismos, sobre minorías y volverse la familia hegemónica”.

Suena a presente. Y a futuro.

Periodista especializada en música pop y feminismo. Directora de la revista digital POTQ Magazine y fundadora de la web Es Mi Fiesta. Organizadora del festival Santiago Popfest. En 2020 publicó Amigas de lo ajeno, libro que da voz a algunas de las artistas más representativas de la música chilena.

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