En un mundo en el que las nuevas masculinidades aún no se instauran del todo, muchos creerían que el asunto de las flores es cosa de mujeres. Las aficiones de los hombres se inclinan más hacia los deportes, los autos y otros divertimentos que poco tienen que ver con la jardinería. En términos profesionales, es cierto que en Colombia el 60% de los 240.000 empleos formales que genera la floricultura son ocupados por mujeres, más de la mitad de ellas madres cabeza de familia, como también es cierto que actualmente son más mujeres que hombres (70% mujeres, 30% hombres) las que preservan la tradición de los silleteros antioqueños, tradición que se convirtió en una feria internacional de las flores de amplio renombre alrededor del mundo y que tiene lugar en Medellín Antioquia durante la primera semana de agosto.
Por eso resulta curioso que, en el marco de esta feria, haya otra mucho menos popular y más especializada que reúne a los ‘geeks’ de las orquídeas en el Jardín Botánico de Medellín, del 4 al 9 de agosto para componer una exposición de orquídeas con más de 3.000 ejemplares florecidos. Estos gomosos de las orquídeas, que solían reunirse en marzo para hacer una Exposición Nacional de Orquídeas desde hace tres décadas, decidieron crear la feria de orquídeas Florecer, que tiene como único propósito intercambiar conocimiento sobre orquideología y mostrar las rarezas, hallazgos e injertos de especímenes que durante todo el año se dedican a cuidar para poder llevarlos florecidos o a punto de florecer en esos días a concursar.
Como la floración de estas plantas es tan esporádica —casi que un milagro anual para muchas de ellas—, la belleza de Florecer consiste en hacer coincidir todos esos milagros en un sólo lugar. Ver florecida una orquídea es para ellos lo que para un astrónomo es ver nacer o morir una estrella. “Por eso no sólo nos reunimos los 120 integrantes de la Sociedad que fundó mi tío y que hoy dirijo, sino que vienen muchos más de otras asociaciones en Caldas, Cauca, Valle, Cundinamarca y otros departamentos. Los orquideólogos de otras latitudes se enloquecen acá, porque con los pisos térmicos y la falta de estaciones, la variedad que nosotros tenemos es inaudita para ellos”, dice Juan Carlos Sanín, director de la Sociedad Colombiana de Orquideología y organizador del evento, en el que la rareza no es sólo de las orquídeas sino de los que las cultivan. “Somos un poco de nerds enamorados. En otros eventos de la feria de las flores hay mucha fiesta y baile y trago, pero en Florecer, por mucho, hay una cervecita o un café”. Lo que sí abunda son las conversaciones extrañas o, más bien, ajenas a quienes no somos expertos en orquídeas.
—Yo sí había visto un holotipo de una cara de mono similar, hecho por un botánico holandés que vino hace años, pero cuando vi que tenía esas vetas sospeché que esta era una distinta —dice uno de los 120 miembros de la Sociedad Nacional de Orquídeas.
—¿O sea, que vos decís que no es la misma drácula simia del holotipo? —pregunta otro.
—No sé, pero en todo caso te mira como una hombre desnudo del Mediterráneo —les contesta un tercero.
—En mi finca encontré una orquídea muy linda llamada Restrepia antennifera. A esa la bautizaron en honor a José Manuel Restrepo, no el actual, sino el primer ministro del Interior de Colombia tras la independencia en el siglo XIX.

Y es que la sofisticación de este mundo es tan única, que a veces hasta se subastan ejemplares raros y hasta se paga para que una nueva especie sea bautizada con el nombre de un ser querido, aunque muchas veces se bautizan para honrar el trabajo de algún botánico empedernido, como lo es el profesor León Morales Soto, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín, por quien hace poco menos de un mes se bautizó como Lepanthes leonmoralesii a una nueva orquídea hallada en los bosques altoandinos de Santander y Norte de Santander con unos rasgos morfológicos distintos a los de su género. “No tenía ni idea de que estaban preparando este homenaje. Para alguien que ha dedicado su vida a la botánica, a los árboles, las palmas, los musgos, los helechos, las orquídeas, esto es casi como ganarse un Oscar”, dijo el profesor Morales, que hace parte de una de las 22 asociaciones que tiene Colombia nada más. Toda la información y expertise que cada asociación local produce se recoge a nivel internacional a través de la Royal Horticultural Society (RHS), que es la autoridad internacional con sede en el Reino Unido encargada del registro oficial de híbridos de orquídeas y especies naturales, aunque también se destaca la American Orchid Society (AOS), una de las redes más grandes de aficionados y científicos en América.
Las orquídeas nacen sobre los troncos o ramas de otros árboles, pero exponen sus raíces al aire para absorber la humedad ambiental a través de una capa especial sin robarle nutrientes ni parasitar al árbol que usan como soporte. De las aproximadamente 30.000 especies de orquídeas naturales, divididas en 800 géneros que existen en el mundo, Colombia tiene el puesto número uno: alberga 4.270 especies registradas, de las cuales más de 1.500 son únicas o endémicas del país. “Y el número cambia constantemente porque, en los últimos diez años se puede haber registrado unas cincuenta especies nuevas de orquídeas”. A medida que crece el universo, es cada vez más especializada la manera en que se comparan los hallazgos con las especies ya registradas. Los protocolos científicos son muy rigurosos, porque “hay que corroborar que la especie que estás buscando registrar no esté en proceso de análisis en otro país del mundo, así que no es de la noche a la mañana que se registra una nueva orquídea.”

Por supuesto que la fiebre por las orquídeas tampoco es un bicho que pica a los orquideólogos de un día para otro. “Nosotros los paisas somos todos muy materos. Vos ves un balcón y siempre hay helechos o matas colgadas, entonces el evento tiene un público general que simplemente disfruta de todas las orquídeas por igual y puede que no diferencie una de la otra, pero nosotros, los bobos de las orquídeas, somos ya la tapa de materos,” dice Sanín, cuyo expertise y devoción por estas plantas nació gracias al negocio y la tradición familias. “Muchos de nosotros tenemos cultivos para exportar, pero son pocas las orquídeas que pueden mantenerse vivas una vez cortadas. Mi familia tiene dos cultivos: uno de cattleyas y otro de cymbidiums, que son las que exportamos a Panamá y Estados Unidos. Pero es súper difícil porque ellas tienen una época del año marcada para florecer, entonces el cliente no puede pedirte la rosada si no es la época en la que la rosada florece. Le toca la que le toca, pero hay que ofrecerle variedades que florezcan en distintas épocas del año.Nuestra temporada arranca en septiembre más o menos hasta finales de marzo, principios de abril. Entre abril y agosto tenemos muy poca floración. Nuestro pico es de noviembre a diciembre”.
Y es que de las 340.000 toneladas de flores que exporta Colombia a más de 100 países, por un valor aproximado de 2.400 millones de dólares, la cantidad de orquídeas es insignificante. “Somos el segundo exportador de flores del mundo (después de Holanda) y el principal proveedor de mercados como Estados Unidos, Canadá, Japón y Corea, pero con flores de largo aliento, como las rosas, los claveles y los crisantemos”, asegura Laura Valdivieso directora de Asocolflores.

Tanto en orquídeas como en otras flores, competimos con Holanda, pero también con Sudáfrica que tiene estaciones muy marcadas y eso privilegia el número de plantas florecidas al mismo tiempo, aunque tengan menos diversidad y variedad. “Como las orquídeas están marcadas genéticamente para florecer en una época exacta del año, ellos saben con más precisión qué color van a tener en qué época. Nosotros más o menos sabemos, pero las condiciones atmosféricas varían mucho más. Entonces nos toca compensar eso con tener más plantas y ver cómo reproducimos otra orquídea que nos va a florecer en esa época que la demanda el mercado”, arguye Sanín para luego explicar que el verdadero orquideólogo no vive tan pendiente del negocio de la flores, sino de las flores en sí mismas y por pasión botánica.
“Lo de los cultivos es completamente aparte de la Sociedad de Orquideología. Ya como fundación, y como todos hemos sido siempre vistos como extractivistas —porque cogemos orquídeas de los árboles y las llevamos invernaderos o cultivos— quisimos retribuir a la naturaleza con el cuidado de una reserva de 500 hectáreas de bosque nativo que compramos para preservar más de 180 especies de orquídeas y 240 aves identificadas en el municipio de Jardín, a dos horas de Medellín”. Se trata de un corredor en la cordillera oriental que sube muy alto y luego desciende hacia el departamento del Chocó en la costa pacífica colombiana. Su biodiversidad impresionante: “Por donde tú mires hay una orquídea, así sea microscópica, y aves, las que quieras, además de guaguas, ciervos ocelotes, tigrillos”.
La paradoja es que muchas orquídeas habrían desaparecido con la deforestación de los bosques en los que crecían naturalmente si estos locos por las orquídeas no las hubieran extraído para cultivarlas y conocerlas. Uno de los más destacados orquideólogos es Daniel Piedrahíta, que comenzó su santuario, Alma del Bosque, en La Ceja, Antioquia, para rescatar orquídeas en peligro de extinción. La National Geographic lo incluyó en su famosa lista de los 33 y comparó su trabajo con la construcción de un Arca de Noé vegetal, que es a lo que casi todos los orquideólogos consagran su vida y su dinero. “Es que cada uno de nosotros es un personaje único, por no hablar de los híbridos que a veces logra alguno. De los más dedicados en Antioquia están Francisco Villegas, de Orquifollajes o María Victoria y Olga Lucía Arango. Lo bonito de Florecer es que congrega a un montón de gente a la que no le importa lucrarse y que incluso invierte de su bolsillo para llevar sus rarezas a concursar, porque esto es más una pasión que cualquier otra cosa”.

Es por ello que Florecer destina todas sus ganancias a la investigación y la conservación. “Tuvimos hasta hace unos años una revista y dictamos también cursos de orquideología, clases de cultivo de anturios y hasta talleres de flores en origami. Aparte de las 22 asociaciones, también tenemos un encuentro muy bello que se llama Barrios y veredas, en el que la gente del común puede llevar su orquídea a concursar, y también hacemos una pequeña feria con artesanías que hacen alusión a las orquídeas, pero lo que pagan los artesanos para participar lo reinvertimos de nuevo en el Florecer del próximo año o en los prediales y gastos de la reserva.”
A pesar de que los orquideólogos en el mundo con cada vez menos y requieren de un bolsillo holgado, las 55.000 personas que asisten anualmente a Florecer, tanto a sus eventos gratuitos como sus talleres o eventos especializados pagos, contribuyen tanto o más que todos los pájaros, mariposas e insectos de toda clase encargados de la polinización de estas exóticas y hermosas flores que algunas veces tienen aromas deliciosos y otras buscan atraer con olores hediondos a moscas y escarabajos para lograr la transferencia de polen. No estaría de más pensar que el miedo a los bichos de muchas mujeres ha hecho de este hobbie un asunto masculino. Habría que preguntarles a las polillas.

La feria internacional de las flores
Con una tradición de varios siglos y casi siete décadas como feria instituida formalmente, La feria de las flores de Medellín es similar a Girona Temps de Flors, al Desfile de las Rosas en Pasadena, California, o al Bloemencorso Bollenstreek de Holanda. Es quizás la muestra más representativa y emblemática de la cultura antioqueña. Su realización convoca no solamente a locales y turistas para apreciar la biodiversidad de flora de la región, sino que rememora las costumbres del pasado dándoles un nuevo significado que ponen de manifiesto la bella e intrincada geografía de la región y el talante de quienes la habitan para abrirse camino y, de paso, comercializar sus productos por medio de armazones rústicas de madera que se usaban como medio de transporte en las regiones más apartadas de la ‘civilización’ para bajar a vender carbón y leña del monte y para cargar a niños, mujeres y enfermos cuando había alguna emergencia.
Pero como el antioqueño no sólo es astuto, sino negociante, empezó también a bajar sus productos del monte para venderlos; y como además sabe que todo entra por los ojos, empezó a notar que las flores, vistosas y coloridas, llamaban la atención de las señoras acaudaladas, aunque algunas personas dicen que la costumbre de bajar llenos de flores se instauró en mayo, el mes de la Virgen, porque el propósito fundamental era el de agasajar y celebrar a la deidad católica.
Antioquia concentra el 28% del área sembrada en flores de exportación, con más de 3.170 hectáreas cultivadas, y junto con Cundinamarca reúne el 98% de la producción nacional de flores de exportación. Aunque tiene una diversidad impresionante de flores, para exportación produce principalmente hortensias y crisantemos, especies por las cuales Colombia es muy reconocida en los mercados internacionales. La preocupación por la sostenibilidad ha transformado el mercado de las flores, pero las flores frescas cortadas continúan siendo el segundo producto de exportación colombiano. El sector ha crecido cerca de un 83% en valor —de 1.300 a 2.400 millones de dólares y un 45% en volumen —de 235.000 a 340.000 toneladas— en sólo diez años, aunque hoy en día los grandes compradores internacionales exigen trazabilidad, buenas prácticas laborales, uso eficiente del agua, reducción de agroquímicos y certificaciones de sostenibilidad. Por eso en Colombia cerca del 70% del área cultivada cuenta con certificación Florverde Sustainable Flowers, un estándar de sostenibilidad reconocido internacionalmente por buenas prácticas ambientales, como el riego con aguas lluvia, el riego de alta precisión, la reducción del uso de plaguicidas químicos y el aumento del uso de bioinsumos.
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