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Massa y la magnitud de la materia

Última esperanza del peronismo, el ganador inesperado de la primera vuelta electoral en Argentina es un animal político de trayectoria zigzagueante.

Buenos Aires
Sergio Massa habla tras ganar la primera vuelta de las elecciones argentinas, en Buenos Aires, este 22 de octubre. EFE/ENRIQUE GARCÍA MEDINA

Habituada a la excepcionalidad, Argentina volvió a desafiar las ciencias sociales, los manuales de historia electoral e incluso su propia dinámica reciente con el triunfo que Sergio Massa (San Martín, 1972), ministro de Economía de un país con una inflación que supera el 130% anual, obtuvo el domingo en la votación general a presidente. El candidato del peronismo se impuso al ultraderechista y, hasta la víspera, fenómeno electoral Javier Milei (Buenos Aires, 1970), con quien disputará la segunda vuelta (balotaje) el 19 de noviembre. Massa arañó un 37% de los votos, por sobre los casi 30 puntos de Milei y el 23% de Patricia Bullrich, la gran derrotada de la compulsa, candidata de Juntos por el Cambio, la fuerza de derecha que lidera, al menos hasta el momento, el expresidente Mauricio Macri.

El triunfo de Massa, que en las primarias había quedado tercero detrás de sus dos oponentes de este domingo, adquiere ribetes cuasi-milagrosos no solo por la implacable inflación, una de las más altas del mundo, sino porque por momentos hizo su campaña basada en críticas, oblicuas y no, al Gobierno del presidente Alberto Fernández, al que pertenece desde su inicio. Fernández lo nombró ministro de Economía hace poco más de un año para tratar de estabilizar los números en rojo de la Administración. Massa, que no consiguió domar a la gran bestia negra inflacionaria, descalificó los términos del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que firmó su predecesor, Martín Guzmán, azote financiero que, de acuerdo al candidato de la coalición Unión por la Patria, es una de las tantas razones —indirectas— del aumento imparable del costo de vida y de la cotización del dólar.

Sacudida y crispada, la opinión pública argentina asistió el fin de semana a un inesperado repunte del candidato-ministro, luego de que ninguno —o casi ninguno— de los estudios de opinión y consultoras políticas lo dieran en la previa como triunfador. Por abrumadora mayoría, las encuestadoras daban como segura la victoria de Milei, el arrollador, extravagante y sorprendente ganador de las primarias. Así lo dejaron en claro los más importantes editorialistas políticos del país. Histórico columnista del diario Clarín, el periodista Eduardo Van der Kooy escribió en estos días: “Convendría detenerse en el optimismo patológico de Massa. Está convencido de que ingresará al balotaje (...) ‘Todo puede ocurrir. Diría que solo descarto la chance de una victoria del ministro-candidato’, confió uno de los consultores más respetados”. Exactamente lo que ocurrió.

Las razones por las que Massa consiguió tres millones más de votos que en las primarias de agosto seguramente se irán decantando con el correr de los días. A priori, se mezclan motivos que tienen que ver con algunas fortalezas propias por su condición de integrante estelar del Ejecutivo, como las medidas económicas concretas (préstamos, devolución del IVA, abolición del impuesto a las ganancias) que tomó en el último mes y que aliviaron el día a día de la castigada ciudadanía. Su discurso, además, se centró en las propuestas —así lo dejó en claro durante el debate presidencial— y evitó confrontar con sus contrincantes, que sí lo atacaron. Por el contrario, y aunque parezca casi un absurdo habida cuenta de su actual condición de ministro, Massa buscó esperanzar al electorado seduciéndolo con la tierra prometida del 2024. De acuerdo al ganador del domingo, el año que viene la economía argentina se verá beneficiada con dividendos récords producto de su cosecha, además de una baja de la inflación de hasta un 70% interanual y una recuperación de la actividad económica en el orden del 2,7%.

También lo ayudó la estrategia comunicacional del partido. Como si fuera antimateria, la presencia del presidente Fernández en la campaña se redujo a la nada, por su altísima imagen negativa y su nula ascendencia sobre las audiencias. Adorada aún por una enorme porción de la patria peronista, pero también resistida y despreciada por el votante anti-K, Cristina Kirchner también se dejó ver poco y nada. Preocupada por su destino judicial, sin embargo, la exvicepresidenta tuvo, y tiene, contacto cotidiano con Massa, de quien espera que supere al presidente Fernández en su (des)trato hacia con ella. Alberto Fernández, de este modo, redondeará un ciclo presidencial dominado por la permanente contradicción semántica, la inoperancia y una paradoja difícil de entender y mucho más de explicar: la disconformidad de sus propios partidarios, pero la conservación del poder a través de su ministro estrella. 

Massa, con Alberto Fernández, en Buenos Aires, el 26 de septiembre. EFE/MARIA EUGENIA CERUTTI/PRESIDENCIA DE ARGENTINA

Más sorprendente aún, Massa salió indemne del escándalo que se desató tras la aparición, horas antes del primer debate presidencial, de unas mediterráneas fotografías del dirigente peronista, e intendente del partido de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, exaltándose en un yate en Marbella junto a una modelo. En un país asediado por la inflación y la pobreza, las fotos, que no poseen el atributo de la discreción ni el del buen gusto, provocaron que los medios de comunicación gastaran horas y horas de su programación exhibiéndolas en toda su obscenidad, con llamados a la indignación colectiva.

En cuanto al origen territorial del voto, una enorme cuota del triunfo de Massa le pertenece a la gran performance del peronismo en la provincia de Buenos Aires, médula dorsal del movimiento, espacio donde el gobernador Axel Kiciloff logró la reelección con casi el 45% de los votos.

Otras razones para el repunte del candidato oficial tienen en cambio que ver con la debilidad de sus rivales. En el caso de Milei, pasado el aluvión inicial, superada la excitación de convertirse en el nuevo “sabor del mes” de la política y ser el advenedizo anti statu quo que viene a renovar la anquilosada escena nacional, para una parte del electorado que no lo abrazó de entrada lo que quedó al desnudo fueron sus crepitaciones emocionales, su liturgia económica incendiaria (quemar el Banco Central o vender órganos) y una proliferación de lugartenientes cuyas intervenciones no hicieron más que potenciar la sensación de disparate, como una candidata a diputada —electa— que promueve la renuncia a la paternidad por parte de los varones.

Bullrich, en cambio, se vio perjudicada por sus propias limitaciones discursivas y persuasivas, déficit que le impidió enamorar por fuera del núcleo duro de sus votantes. Desarticulada, intentó hasta último sostener su competitividad, pero no contó, entre otros, con el apoyo granítico de Macri, que durante buena parte de la campaña se mostró algo ausente o no del todo convincente. Los rumores, siempre desmentidos, sobre su cercanía con Milei alimentaron ese clima enrarecido. Negros nubarrones se ciernen sobre el futuro de ese fragmentado espacio político.

Javier Milei, el pasado domingo, tras saber que Massa le superó en votos. EFE/JUAN IGNACIO RONCORONI

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Hijo de inmigrantes italianos y animal político, la plasticidad ha sido uno de los atributos más salientes de la carrera de Massa, que tuvo sus inicios en el partido de San Martín, provincia de Buenos Aires. Crecido bajo el paraguas protector de la dirigente peronista Graciela Camaño, Massa se posicionó como un joven ambicioso y brillante a comienzos de la primera década de este siglo, cuando de la mano del entonces presidente provisional Eduardo Duhalde llegó con poco más de 30 años a la presidencia de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES). Allí fue construyendo su reputación de dirigente pragmático, hiperquinético y con una compulsión fanática y a veces excesiva por tejer redes de contactos y aliados. O sea, por armar y acumular poder, sobre todo en las sombras. “Organismo que se te ocurra, organismo en el que Sergio tiene un hombre suyo. No hay lugar donde no ha metido la cuchara”, le dice a COOLT un exfuncionario que trabajó codo a codo con él durante más de 15 años.

Tras la llegada de Néstor Kirchner al poder, en 2003, Massa afianzó su trabajo en el ANSES, desde donde comenzó a ser considerado por el matrimonio Kirchner como un posible ministro y hombre de confianza. Cuatro años después, se postuló para ser intendente de Tigre, populoso partido de la zona norte del Gran Buenos Aires, cargo que obtuvo y que detentó durante dos años, hasta que los Kirchner volvieron a convocarlo para ser jefe de Gabinete. Eran tiempos de crecimiento económico a tazas chinas. Tras dos temporadas en el cargo, en 2010 volvió a Tigre para ser nuevamente candidato a intendente y ganar la elección. La decisión llevaba en sus pliegues el aroma de la gloria personal, pero para Kirchner, quien fallecería poco tiempo después, tuvo el tufillo de la traición. En 2013, alejado definitivamente del kirchnerismo, Massa creó el Frente Renovador para postularse como candidato a diputado nacional. En las elecciones de medio término derrotó al peronismo y se convirtió, casi de inmediato, en presidenciable. Por entonces, se lo podía intuir envanecido, y ensimismado, por el tamaño de su propia y trepidante aventura. En las elecciones presidenciales de 2015 terminó tercero, lejos de los dos candidatos principales, Daniel Scioli por el Partido Justicialista (PJ) y Mauricio Macri, el ganador. Fue un golpe, del que asegura que aprendió. Al tiempo, se lo vio acercarse al espacio de Macri, para luego volver a aproximarse al peronismo.

Su zigzagueante trayectoria lo ha hecho acreedor de cierto hálito de oportunismo a su alrededor, sobre todo en la consideración del electorado. Con escasa tropa propia entre las multitudes, su mayor cualidad es su capacidad para hundir sus raíces de contactos y hombres de confianza en las blandas profundidades de las elites y de la Administración pública. Banqueros, CEO’s, economistas, financistas, funcionarios y operadores mediáticos constelan en silencio en la galaxia Massa, y esa capacidad constituye, por lejos, su mayor fortaleza. Nada parece escapar a sus intereses: el fútbol —es amigo del titular de la AFA, Chiqui Tapia—, la diplomacia, la industria y los negocios. Su cerebro hiperalerta lo controla todo.

“Tiene un grado de locura que, en un punto, resulta casi imprescindible para hacer política en Argentina”, agrega el funcionario que compartió despacho con él en otros tiempos. “Es más, ser candidato a presidente en estas condiciones te habla a las claras no solo de su ambición, sino de su arrojo y su locura. Con todo en contra y tapando miles de agujeros, se cargó una campaña”, concluye.

Cartel de la candidatura de Sergio Massa en Buenos Aires, el 21 de octubre. EFE/JUAN IGNACIO RONCORONI

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¿Cómo se comportará el electorado y qué buscará cada contendiente en el balotaje de noviembre? El objetivo de Milei quedó establecido el domingo mismo a la noche, en la conferencia de prensa posterior al escrutinio: buscó, por momentos de manera vulgar, seducir al votante de Bullrich, la gran perdedora, con un discurso que fustigó al kirchnerismo con agresividad en pos de capturar rápidamente a todo aquel que se opusiera a ese espacio.

Bañado nuevamente en las aguas del movimiento creado por Perón en 1945, Massa apareció como la última y unánime esperanza de un partido que, ganando o no, parece iniciar, y necesitar, una nueva fase de renovación. Desencantado con el presidente Fernández, el llamado “kirchnerismo puro” aceptó y abrazó la candidatura de Massa, pero intuye que lo que viene no es sencillo. Hay una dimensión de la elección del domingo que refleja este posible punto de quiebre. Si la perspectiva es inmediata, lo de Massa fue una epopeya, por la magnitud de una crisis que indicaba que era imposible ganar. Si se ajusta la mirada en relación a la larga historia del PJ, fue la elección con uno de los porcentajes más bajos de votos. Acaso por eso, Massa volvió a declarar que, de obtener la victoria, su Gobierno será un mandato de unidad, que la grieta ideológica pertenece al pasado y que lo que viene es un tiempo nuevo. Sin aludir a Cristina Kirchner, su discurso sereno no descolló por exclamaciones encendidas, sino que buscó el encuentro. En las cuatro semanas que restan hasta el balotaje, su temple, su inabarcable red de dominios y sus mensajes hacia dentro del partido serán puestos a prueba de forma definitiva.

Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018) y de la recopilación de artículos Nada sucede dos veces (2023).