¿Podrá la Argentina de Lionel Scaloni escapar a la maldición de los partidos debuts? ¿Sucumbirá el campeón del mundo a la presión de su primer duelo ante Austria el 16 de junio en Kansas? Como una especie de karma bautismal, las dos veces que Argentina se estrenó en los torneos posteriores a su consagración planetaria no solo perdió, sino que lo hizo de la misma manera, 1 a 0 y exhibiendo una imagen desteñida de su poderío.
El 13 de junio de 1982, la Argentina de César Menotti, que a su lustre de campeón le sumaba la irrupción estelar de Diego Maradona, decepcionó en su aparición en el Mundial de España cayendo por la mínima ante Bélgica. Ocho años después, el 8 de junio de 1990, esta vez fue el equipo de Carlos Bilardo el que perdió también 1 a 0 ante Camerún en Milan. Ambos partidos fueron discretos aunque no carecieron de tensión, como suelen ser los debuts mundialistas.
A diferencia de esos antecedentes, esta vez el campeón no es quien tiene la responsabilidad del partido inaugural del certamen. De todas formas, se trata del monarca reinante, elemento que hace inevitable que se posen sobre sus espaldas todas las miradas del ambiente. Y eso ya de por sí produce una especie de expectativa que determina que cualquier resultado que no sea un triunfo sea tomado como una desilusión o incluso un fracaso. Desde Brasil en Chile 1962 que ningún equipo campeón repite la obtención de la Copa de forma consecutiva. Quien más cerca estuvo de conseguirlo fue Francia, justamente ante Argentina en Qatar, abdicando a su trono recién en la tanda de penales, luego de una final explosiva e impredecible (3-3).
Con la apertura del torneo asomándose en el horizonte, un puñado de interrogantes se cierne sobre el alma albiceleste. ¿Cómo llega Lionel Messi a una cita que, con seguridad, marcará el final de su deslumbrante carrera? ¿Podrá a los 39 años (los cumple el 24 de junio) exhibir al menos jirones de su magia y llevar, o mejor dicho, mantener a su equipo en la cúspide del fútbol global? ¿Cuánto influirá en su nivel el hecho de participar en una liga de tercer orden como la estadounidense para alguien como él que, de forma cada vez más notable, “dosifica” energías durante los partidos? ¿Podrá Scaloni reemplazar a Angel Di María, el socio que, sin tener el carisma del diez, con su renuncia generó un vacío difícil, sino imposible, de llenar? Por último, una duda que, en parte, parece haber sido disipada pero que inevitablemente USA 2026 terminará de desentrañar: ¿podrá Scaloni conservar el fuego sagrado en sus jugadores o padecerán estos la previsible burocratización que tiene toda epopeya, ese momento inevitable en el fútbol de alto rendimiento en el que, alcanzada la gloria, comienza inevitablemente el declive, como si toda peripecia deportiva estuviera destinada a repetir la física de un columpio?
Vayamos por partes.
¿Por qué decimos que esa pregunta en parte ya ha sido respondida?
Desde Qatar hasta aquí, Argentina ha desandado un camino particular y único. Quizás como nunca antes, durante el ciclo 2022-2026 el equipo nacional pudo consolidar su prestigio luego de la obtención del título. Después de alzarse con su tercera estrella, el campeón del mundo hilvanó una serie de perfomances sólidas y contundentes, como si la Copa obtenida en Doha, contradiciendo los estándares habituales, hubiera sido un nuevo peldaño, pero no el último, de su inolvidable aventura futbolística. A diferencia de las conquistas anteriores (los ciclos posteriores a los títulos de 1978 y 1986 estuvieron plagados de claroscuros y rendimientos irregulares), Argentina no ha tenido resaca, no se ha mareado con las alturas de la cima y, mejor aún, por momentos ha alcanzado, gracias al crecimiento futbolístico de jugadores como Enzo Fernández (25), Julián Álvarez (26) y Alexis McAllister (27), un funcionamiento tan aceitado como abrasador.
Para el equipo de Scaloni ser campeón, disfrutar de sus derechos y privilegios, se convirtió en una experiencia. Si bien la palabra ha sido banalizada por los pastores del marketing (hoy “todo” es una experiencia), Scaloni y sus muchachos pudieron vivir en “estado campeón del mundo”, una especie de épica continua que, de todas maneras, como ocurre con la vida después de los 50 años, ha pasado más rápido que el tren bala.
Pese a que su capitán y figura ya no es tan decisivo como solía serlo -lejos de ser pronunciado, su eclipse es elegante y meditado-, en estos tres años y medio el equipo ha tenido actuaciones convincentes y, en un par de ocasiones, deslumbrantes. Se dio el lujo de volver a ganar la Copa América (USA 2024), de golear a Brasil como nunca antes (4-1 sin Messi y con una panzada de juego asociado) y de clasificarse primera en la eliminatoria sudamericana, con nueve puntos de ventaja sobre el segundo, Ecuador.
Pero también ha habido atenuantes. Porque tan cierto como todo esto es el hecho de que durante toda esta segunda etapa el seleccionado de Scaloni prácticamente no tuvo enfrentamientos con otras potencias (a excepción de los dos triunfos ante Brasil), y llega al Mundial no habiendo jugado con ningún equipo europeo de jerarquía. Algo del desorden institucional del fútbol argentino parece haber condicionado el organigrama del equipo nacional, cuya falta de roce en este aspecto puede ser un déficit que se revelará con la competencia ya en marcha. ¿Tendrá algo que ver esto último con el poco clima mundialista que se respiraba en Buenos Aires hasta hace unos días? ¿O esa frialdad ciudadana que los chauvinistas avisos publicitarios no lograban revertir está relacionada, sobre todo, con el hecho de que Qatar 22, con todos sus paroxismos a cuestas, sació el demorado apetito de consagración de la opinión pública?
Todo esto dispara otra pregunta que hoy parece imposible de responder. Siendo que Brasil no parece medida porque está en un momento bajo -al menos el Brasil que enfrentó a Argentina-, ¿cuál es el verdadero nivel de Messi y los suyos? A priori, se podría pensar que a excepción de Francia -cuyo colosal poderío asombra por su abundante calidad- y tal vez España, no aparecen equipos que de antemano se podría considerar candidatos de hierro. Si tenemos en cuenta que los campeones siempre pertenecen a la aristocracia de la pelota (los citados hasta aquí y, en segundo orden, Inglaterra y Portugal), está claro que Argentina puede ilusionarse con una buena actuación.
Luego está el factor Scaloni. Es probable que en toda su historia, o al menos en los últimos 50 años, el seleccionado no haya tenido un técnico con menos ínfulas de estrella que el nacido en Pujato. Históricamente, estos han sido gente preparada y, en algunos casos, hasta han rozado la sabiduría, pero también fueron divos, arbitrarios, soberbios, dogmáticos, disparatados y hasta pasados de esotéricos. Scaloni es contracultural: parece un tipo de lo más normal, un abnegado laburante que no muere por su boca, que jamás promete algo que el tiempo logrará refutar y alguien al que, en cualquier escena, es imposible encontrar por encima de sus jugadores y que, quizás por eso, se ha revelado como un estupendo gestionador de egos. Esa liturgia de la sencillez, esa versión mejorada de la idiosincrasia vernácula, también suma un elemento más en relación a las posibilidades del equipo. Entiéndase bien, no estamos diciendo que esta cualidad del DT vaya a influir directamente en el rendimiento de Argentina, pero es cierto que el mensaje suyo y el del capitán parece ser el mismo: somos campeones, sí, pero de antemano no somos más que nadie, porque en el momento exacto en el que te considerás superior dejás de serlo. Al aburguesamiento se lo combate con fútbol pero sobre todo con los colmillos del deseo afilados.
En cuanto a los nombres de los jugadores, y en relación al equipo que se coronó en Qatar, el plantel, y el fútbol argentino claro, ha sumado un puñado de apariciones interesantes. Ninguno de ellos es un superdotado, es cierto, pero gente como Nicolás Paz (21), Valentín Barco (21) o incluso Giuliano Simeone (23), todos jugando en el fútbol europeo, indican que, como la soja o el trigo, la materia prima futbolística es un manantial que no acaba. A esta altura, quizás es en lo próximo que se deba pensar, porque no hay forma de que el adiós a Messi no se viva como el fin de una era apasionante que nos sumirá inevitablemente en un período de sombras. Es lo que ocurre cuando se apaga un cometa, cuando un astro como él deja de emitir su indómita luz.