Una multitud vestida de blanco espera al maestro de ceremonias al son de la percusión de atabaques y timbales. La música surge poderosa por las puertas abiertas del lugar, una sala de paredes azules y decoración floral, directa a estrellarse con una calurosa noche en Lauro de Freitas, un humilde suburbio de Salvador de Bahía, en el noroeste de Brasil.
Quienes cantan y danzan son creyentes de candomblé. En el cuello portan su collar de cuentas, un objeto sagrado que funciona como conexión espiritual con los orixás, las deidades ante las que profesan su fe. La práctica totalidad de ellos son afrodescendientes, como lo es también su religión, practicada por una porción de los brasileños y en crecimiento en las últimas décadas.
Los fieles se excitan cuando surge por un pasillo la figura del Pai Aristides Mascarenhas, el babalorixá de la congregación, un sacerdote septuagenario consagrado desde hace décadas a las deidades. Viste un penacho de plumas verdes y amarillas, colores compartidos con una falda que se ha anudado sobre unos pantalones con motivos tribales. Camina lento, abriéndose paso entre las palmadas rítmicas del gentío. Pronto comienza una hipnótica danza, seguida por los fieles a los que toca con la punta de una flecha que porta en la mano.
Es parte de un rito que mantiene unida a su comunidad, creada en torno a un terreiro, el lugar donde se reúnen y en el que custodian cuidadosamente imágenes de los orixás, cada una en su propio cuarto y con su propio fiel al cargo.
El Ilê Axé Ajagunã, como se llama el espacio dirigido por Mascarenhas, es un predio con varias edificaciones, salas reservadas para las divinidades y lugares donde los fieles se reúnen y algunos también viven, incluidas familias humildes que se alojan de forma temporal.
Decenas de lugares como ese han sido atacados en los últimos años a lo largo y ancho de Brasil. Algunos de ellos han sido destrozados completamente. Es la muestra más palpable de una intolerancia religiosa que se está visibilizando recientemente en el gigante sudamericano.
El avance de la intolerancia
Los reportes aumentan. En 2023 se presentaron ante las autoridades hasta 2128 denuncias por intolerancia religiosa y en 2024 subieron a 3.853, un 80% más que el año anterior. Se denuncian, además de asaltos a centros religiosos o sucesos físicos, hechos de discriminación, especialmente laboral, impedimentos para acceso a servicio público y al transporte, además de situaciones de acoso.
Los Estados más afectados son São Paulo, Río de Janeiro y Bahía, cuna de las creencias afrodescendientes y donde en 2023 se produjo el asesinato de Mãe Bernardete, una sacerdotisa lideresa tanto de un terreiro como de un quilombo, las tierras que quienes descienden de aquellos trasladados forzosamente desde África reclaman como propiedad ancestral.
“Quienes nos atacan tienen que entender que tienen que respetar nuestra religión para poder respetar la suya propia. Cada uno tiene derecho a profesar la fe que desee. No pueden obligarnos a ser católicos ni a ser evangélicos”, comenta Mascarenhas antes de salir a reunirse con sus fieles, sentado, tranquilo, en un balcón del terreiro, entre los zumbidos de los mosquitos propios de esa parte del trópico.
Es una autoridad en su religión. Preside la Federación Nacional del Culto Afro-Brasileño y ha estado en países como Cuba y Nigeria. Fue también vicepresidente de un comité internacional de la cultura orixá, llegada a Brasil con el esclavismo durante el periodo colonial y que combina elementos de las tradiciones africanas, el catolicismo y el espiritismo.
Su congregación tiene más de 800 fieles y le duelen los casos de intolerancia porque generan, asegura, autocensura. “Mucha gente se esconde y no dicen que son de religiones de matriz africana”.
De hecho ya hace siglos los afrodescendientes intentaron preservar sus tradiciones religiosas a menudo sincretizando sus deidades con los santos católicos para evitar la persecución de los colonizadores portugueses.
Vivir con miedo
En el Ilê Axé Ajagunã profesa su fe Angélica Fexoia, una veterana creyente de candomblé. Ella ha sufrido de frente la intolerancia religiosa hasta el punto de que su casa fue rodeada por fieles evangélicos.
“Yo tengo un lugar que funciona como espacio de orixás. Entonces el vecino, que es evangélico, se quejó. Hubo después una situación agresiva de intolerancia, en el sentido psicológico porque llegaron varias personas en moto, paseando por los alrededores, al ver que yo profeso el candomblé, e hicieron una manifestación. Pasaban constantemente por mi puerta diciendo que eso es de Jesús”, describe Angélica a COOLT.
“Sentí miedo, sentí mucho miedo, y tenía miedo de continuar, pero yo creo que nuestro país es un país laico, y tenemos que seguir luchando por nuestro espacio”, añade la candomblesista.
Son situaciones más comunes de lo que parecen, a juzgar por los reportes en manos de las autoridades. Quienes profesan candomblé y umbanda, los dos credos afrodescendientes más extendidos en Brasil, son una minoría de la población, entre el 0,3% y el 2%, pero sus víctimas por intolerancia son mayoría entre las denuncias registradas en el país sudamericano. Las cifras fluctúan dependiendo de cómo se categoricen las denuncias pero las fuentes son unánimes en señalar un impacto desproporcionado y sistemático contra estas comunidades.
“Tengo la certeza de que cada uno de nosotros, dentro de la religión matriz africana, ha sufrido algún tipo de agresión. La agresión no tiene por qué ser solo física. Hay agresiones emocionales, psicológicas, que nos remueven todo nuestro ser, y nosotros tenemos que hacer resistencia, porque nosotros vivimos de ella”, destaca Angélica.
El 60% de las víctimas de intolerancia religiosa en Brasil son mujeres, como ella, y también la mayoría de los afectados son negros o mulatos. Las denuncias bajaron levemente en 2025, hasta las 2.774, pero la cifra sigue siendo superior a la de 2023.
Angélica no es por supuesto la única en el terreiro de Lauro de Freitas que ha sufrido discriminación. Una joven candomblesista, Naiade Carneira, dice que los malos gestos son constantes.
“Mi experiencia con la intolerancia ha sido muy intensa desde que me confirmé en 2013. Si vas a la calle con un collar de cuentas te expones a eso. Una vez tuve una muy mala experiencia en un autobús, cuando una persona que estaba detrás de mí comenzó a perjurar, y mi madre se dio la vuelta y discutió con esa persona”, asegura.
No es algo que ocurra simplemente con gente del común. La reputada cantante Anitta denunció el año pasado haber sufrido acoso por redes sociales después de mostrar al público sus creencias candomblesistas. Perdió 300.000 seguidores en redes sociales en un breve lapso de tiempo.
Otros sucesos han sacudido al país recientemente. Una joven seguidora de la umbanda fue apuñalada por sus vecinos en un municipio del Estado de São Paulo. Previamente habían arrojado heces a su casa y pintado insultos en su muro, exigiendo que se marchase del lugar por su religión.
A finales de 2025 la policía militar ingresó con armas largas en una escuela de São Paulo después de que el padre de una alumna denunciara al centro porque su hija había llegado a casa con un dibujo que representaba una imagen candomblesista. La directora asegura haber sido coaccionada por los agentes durante 20 minutos. Dijo que no había enseñanza religiosa en su centro pero sí un currículo antiracista. Finalmente la situación se ha dado la vuelta: el padre de la menor, también policía militar, afronta una denuncia por intolerancia religiosa.
“No se trata solo de intolerancia religiosa. También es racismo”, asegura Náiade en el terreiro de Lauro de Freitas. “Estamos hablando de una religión de personas negras que vinieron de la madre África, se instalaron aquí en nuestro país y no es solo intolerancia, es racismo religioso, porque la religión es una religión de negros”.
Entre la fe y la ley
A unos 30 kilómetros del terreiro, en el imponente y monumental centro histórico de Salvador de Bahía, se alza la iglesia católica de Nuestra Señora del Rosario de los Hombres Negros, sede de una hermandad tricentenaria que aglutinó a los fieles negros y mulatos del catolicismo desde una época, durante la colonia, en la que tenían restringido frecuentar los templos de los blancos.
La iglesia, revestida de pintura azul, y erigida por los mismos miembros de la congregación, mantuvo vivas tradiciones africanas dentro de la estructura católica.
Allí recibe a COOLT, de brazos abiertos, el padre Lázaro Muniz, miembro actual de la hermandad y arduo defensor de la tolerancia religiosa que propugna todos los días ante sus fieles.
Confirma que hay racismo religioso porque él mismo lo ha sufrido entre sus pares. “A veces no se entiende que podamos ser sacerdotes por causa del color. En ciertos lugares siempre sufrimos discriminación”, asegura.
Destaca la discriminación de quienes profesan candomblé y umbanda. “Los hermanos y hermanas de seguidores de religiones de matriz africana siempre han sido maltratados con esta perspectiva, justamente porque a nosotros, los cristianos, y aquí hablo en nombre de la fe cristiana, católica, en nombre de los cristianos en general, muchas veces nos han enseñado a tratar la religión que no conocemos siempre como algo que viene del paganismo, como una cosa demoníaca, como una cosa del infierno”, añade el sacerdote.
“Olvidamos que Dios está presente en su totalidad, en todos los pueblos, y que muchas religiones son anteriores incluso a la nuestra. Entonces, esto es señal de que Dios está manifestándose a la humanidad desde hace mucho más tiempo de lo que pudiéramos imaginar”, puntualiza.
Muniz trabaja desde hace tiempo en un consejo interreligioso creado en Bahía y formado por personas de los distintos credos para evitar situaciones de intolerancia. Trabajan desde la perspectiva del respeto y colaboran con las autoridades.
“Para cada persona que manifiesta un acto de intolerancia, nosotros, además del proceso de educación, de formación, del diálogo con esa persona, en algunos momentos decidimos también que se necesitan algunas sanciones más serias, más graves, y acudimos a la Justicia realmente, porque no podemos aceptar que las personas sean discriminadas o maltratadas por causa de su opción religiosa”, desvela el sacerdote.
Destaca, eso sí, que ahora hay más herramientas para denunciar que antes. En el Estado de Bahía, por ejemplo, existe una delegación de policía especializada para combatir el racismo y la intolerancia religiosa.
“A veces algunas personas solo aprenden a medida que son forzadas judicialmente y tienen que responder a un proceso. El ideal sería que no necesitáramos de eso, que todos nosotros nos respetáramos como hermanos y hermanas”, subraya.
La respuesta del Estado
A nivel estatal también hay nuevas herramientas para evitar el flagelo. Una ley de 2023 promovida por el Gobierno de Lula da Silva amplió la protección jurídica para la libertad religiosa e incluyó la intolerancia por credo como forma de racismo. Se fortalecieron asimismo los canales de denuncia, como un número telefónico por medio del cual se han realizado buena parte de las denuncias y se han creado programas para concientizar sobre la problemática.
“La intolerancia que vivimos es sobre todo fruto de la desinformación. Vivimos un discurso de odio muy fuerte en los medios digitales”, reflexiona en entrevista con COOLT la funcionaria Luizi Borges, directora de Políticas Públicas para los Pueblos Tradicionales de Matriz Africana y Pueblos de Terreiro.
Su departamento está inscrito en un nuevo ministerio de Igualdad Racial creado por el Gobierno en 2023. “Como el problema es la desinformación, nosotros estamos haciendo mucho hincapié en la educación. El mensaje es que el laicismo es un derecho de todos y el Brasil es un país democrático”.
La lucha contra la intolerancia es clave para la convivencia en un país tan diverso como Brasil y en esa tarea están inmersos líderes de diversas religiones y las autoridades. Quienes profesan su fe al son de los atabaques en terreiros como el de Lauro de Freitas buscan garantías democráticas para evitar la discriminación.