El coro de los segundos

¿Por qué tantos países latinoamericanos creen tener el himno más bello del mundo, solo por detrás de 'La Marsellesa'?

Manifestantes mexicanos entonan el himno nacional con el brazo en alto durante una movilización en Ciudad de México. ENEAS DE TROYA
Manifestantes mexicanos entonan el himno nacional con el brazo en alto durante una movilización en Ciudad de México. ENEAS DE TROYA

En una de esas charlas mundanas entre estudiantes extranjeros reunidos en un país ajeno, la revelación de un entusiasta colombiano sorprendió a Christian Escobar. ¿Cómo era posible que su compañero reprodujera con exactitud lo que él había aprendido de sus padres y maestros en Ecuador? “Nuestro himno es el segundo más hermoso del mundo” sonaba extraño y profano en el acento del país vecino.

Mayor fue la sorpresa cuando vio que chilenos, peruanos y mexicanos reclamaban también la distinción. Lo que parecía una verdad absoluta se manifestaba ahora como un bulo expandido en buena parte de la región. Señalándose entre sí, todos asumían el engaño histórico.

En ningún país se alude a una fuente histórica fidedigna ni se porta documentación que avale el pretencioso enunciado. Para justificar la leyenda se citan concursos apócrifos, como un supuesto certamen patrocinado por Unesco después de la II Guerra Mundial, o una competencia de Viena a fines del siglo XIX. Lo único concreto es una coincidencia inquietante en cada versión: el primer lugar siempre está ocupado por La Marsellesa.

“Puede entenderse como una muestra de la influencia francesa en la construcción de las repúblicas latinoamericanas”, refiere Escobar Jiménez, actualmente filósofo y profesor de la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, uno de los académicos que más ha reflexionado sobre este mito compartido.

Efectivos militares entonan el himno nacional durante una ceremonia oficial en Perú. MINISTERIO DE DEFENSA
Efectivos militares entonan el himno nacional durante una ceremonia oficial en Perú. MINISTERIO DE DEFENSA

Después de la lucha independentista, los nacientes Estados atravesaron una etapa de anarquía que vio en el orden que propugnaba el positivismo francés un ideal. En búsqueda de certezas, las clases dominantes latinoamericanas del siglo XIX abrazaron las ideas de Auguste Comte.

En esa fijación con Francia también se colaron signos y estandartes culturales. El himno francés —nacido un poco antes (1792) en el fragor de la revolución y la Ilustración— se instalaría como una referencia a la cual reverenciar. Esta admiración fue transmitida generacionalmente y, aún hoy, encontramos marcas de ella.

En la celebración por los 90 años de radicación del Liceo Francés en Bogotá, en 2024, después de los cánticos protocolares, el presidente Gustavo Petro tomó el micrófono y exteriorizó sus elogios a la pieza más representativa del país galo. “Cuando se escucha el himno colombiano, al lado del himno francés, tengo que confesar que no sé cuál me emociona más”, expresó.

Durante la previa del definitorio partido entre Perú y Francia del mundial de Rusia en 2018, saliendo del análisis futbolístico, diversos medios peruanos destacaron la excepcionalidad del encuentro porque “los dos himnos más bellos del mundo” coincidirían por primera vez en un Mundial.

Varios influencers llevan la discusión sobre el mito a sus redes para amplificarla sin límites territoriales. Ahí las nacionalidades se entrecruzan y después del choque terminan solidarizándose ante la desilusión colectiva.  

Escobar trata de mirar en frío un tema caliente. Señala que en el empate masivo en el segundo escalón del podio puede interpretarse una autoconciencia, un impulso a reconocerse copias del modelo. “Los latinos no somos segundos en el sentido ordinal, sino que todos nos asumimos como segundos al ser una falsificación, una segunda versión del original”, sostiene.

En los años de colonización, junto con buscadores de fortunas, comerciantes, científicos y religiosos, a las Américas llegaron también músicos europeos. Algunos a dar clases, otros a producir nuevas piezas. En los albores de las nuevas repúblicas, por su experticia, varios de ellos fueron requeridos para componer las melodías que sintetizarían el sentir patrio.

Los españoles Blas Parera y Jaime Nunó en Argentina y México respectivamente, el italiano Leopoldo Benedetto en Bolivia y su compatriota Oreste Sindici en Colombia, el francés Antonio Neumane en Ecuador o el húngaro Francisco Debali en Uruguay fueron algunos de los compositores que escribieron las partituras para la posterioridad.

En muchos himnos latinoamericanos es posible identificar matices de la ópera italiana, el patrón sonoro dominante de la época en que fueron compuestos. Estos rasgos se conjugan con los ritmos de marcha heredada de La Marsellesa.

Antes que sonora, Escobar precisa que la principal influencia del himno francés es ideológica. Desde su primera línea, La Marsellesa, con "marchemos, hijos de la patria", instala la urgencia de lo colectivo. Aparece un patrón: la canción nacional debía representar a todas las voces de la nación naciente. No sólo eran un llamado a la unidad, sino su materialización real. Esa identidad colectiva prontamente les da un aire sacro que se exacerbaría en el continente americano. 

El himno nacional de Ecuador suena durante una sesión del pleno de la Asamblea Nacional en Quito. FERNANDO SANDOVAL
El himno nacional de Ecuador suena durante una sesión del pleno de la Asamblea Nacional en Quito. FERNANDO SANDOVAL

Cantos de batallas contemporáneas

En la víspera de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, el diario británico The Telegraph produjo una de las mayores afrentas al orgullo colombiano al incluir al himno de este país dentro de los diez peores del mundo. En esa infausta lista también aparecía el canto uruguayo.

La revancha llegaría para ambos algunos años después. En 2017, la revista The Economist ordenó a los himnos patrios por su carga emocional y complejidad musical. La versión uruguaya aparecía en el tercer lugar, siendo la mejor latinoamericana del ranking.

Al año siguiente, en pleno Mundial de Rusia 2018, The Telegraph se corrigió y ponderó al colombiano como el segundo mejor himno del torneo, después, cómo no, del francés. En las redes, los usuarios colombianos celebraron este hecho como la validación histórica de la creencia con la que habían crecido.

Cada tanto, un país latinoamericano hace eco de algún recuento que deja bien posicionado a su canto sagrado. En 2024 Argentina festejó la selección del periódico estudiantil estadounidense Central Times y en otros casos se ha buscado la validación en revisiones de la Inteligencia Artificial.

Bernat Castany Prado, profesor de la Universidad de Barcelona, ha revisado el corpus de los himnos hispanoamericanos bajo una perspectiva estética. Considera que es difícil y hasta contranatural establecer jerarquías entre ellos. “Son piezas que están cargadas de una emocionalidad grande y en las que predomina la identificación pseudo-religiosa con una comunidad. No se está hablando de belleza en términos estéticos”, argumenta.

Un grupo de matemáticos de la Universidad de Jyväskylä (Finlandia) sometió 176 himnos a modelos computacionales para analizar patrones rítmicos que permitan predecir sus características emocionales. Después del análisis no lanzaron un ranking, pero sí encontraron que los himnos latinoamericanos poseen niveles significativamente más altos de excitación y tensión. Identificaron que los bruscos cambios armónicos de estas composiciones, a modo de óperas épicas, contribuyen a la sobrecarga de estímulos. 

Las grandes citas deportivas suelen generar el clima para las discusiones y el florecimiento de los chauvinismos. Sobre las canchas también aparece la urgencia por refrendar el estereotipo del apasionamiento latino. La televisación del canto de los himnos expone a los deportistas, quienes terminan siendo los responsables de proyectar el sentir patriótico al mundo.

La selección femenina de Argentina entona el himno antes de un partido de baloncesto en 2014. LUIS ASTUDILLO
La selección femenina de Argentina entona el himno antes de un partido de baloncesto en 2014. LUIS ASTUDILLO

“La capacidad de movilización de los himnos no es algo secundario en los países latinoamericanos. En el fútbol eso es clarísimo”, dice Escobar.

En 2015, Lionel Messi tuvo que dar explicaciones por qué nunca entonaba el himno argentino. “No lo canto a propósito, es una boludez esa crítica. Cada uno lo vive a su manera, no me hace falta cantarlo para sentirlo”, expresó en una entrevista que echó más nafta a la polémica. En aquel momento la relación con la afición, que le exigía resultados, no atravesaba su mejor momento.

En los cuartos de final de la Copa América 2019, el 10 sorprendió a la hinchada acompañando por primera vez la letra escrita por Vicente López y Blanes. La prensa vio un punto de quiebre en ese gesto. Un líder más visible empezaba a asomar. A partir de ahí, la postal de un Messi cantor se tornó habitual, y los posteriores logros deportivos difuminaron cualquier miramiento.

Un caso extremo sucedió a inicios de siglo, cuando el director técnico de la selección peruana sub-23, Teddy Cardama, desafectó del equipo a dos futbolistas titulares por no haber cantado el himno en el protocolo previo a un partido. En aquellos silencios el entrenador-comandante leyó algo más. Entendió que dos soldados habían desertado simbólicamente de la escuadra. El canto de guerra era el primer examen de lealtad. Y ello no era cosa de juego.

Periodista. Corresponsal de El Comercio en Argentina. Colaborador de medios como Mongabay Soho. Codirector del documental Prueba de fondo (2018).

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