El 1 de octubre de 1993, un nuevo canal se encendió en dos millones de hogares de Latinoamérica. En los primeros segundos al aire, tres jóvenes distendidos le propusieron al continente una fantasía: una programación de 24 horas de música.
Desde un set de Miami, la argentina Ruth Infarinato, el chileno Alfredo Lewin y el mexicano Gonzalo Morales se convertían así en los rostros de la sucursal latina de MTV, la señal que había reformulado la relación entre imagen y sonido en el mundo anglosajón.
Tras un breve prólogo, se dio lugar al videoclip inaugural, que mostró a otro trío juvenil en un set, algo más precario. Parodiando por ratos a The Clash, en otros a Bill Haley, o gritando “Elvis, sacúdete en tu cripta”, en esta pieza audiovisual Los Prisioneros (Chile) reclamaban un sentido de pertenencia local.
La selección del video de We are Sudamerican Rockers fue una declaración de principios y también una promesa: el rock en español exigía un lugar protagónico en la pantalla global y MTV Latinoamérica se lo iba a dar.
Al llamado a una identidad regional, la señal le sumó la construcción de una cultura visual propia. Vestuarios coloridos, piezas de animación breves y absurdas, logos intervenidos, tipografías disidentes, series hilarantes y, principalmente, los variados videos musicales, plantearon un combo estético a la juventud latina.
Rápidamente la señal se convirtió en uno de los principales atractivos de los operadores de cable. MTV creó una necesidad juvenil. No tenerlo en casa, en muchos casos suponía quedar fuera de la conversación cultural.
Para 1998, el número de suscriptores se había quintuplicado. Y de dos anunciantes originales, cinco años después había un centenar de marcas publicitando en el canal. Todos querían aparecer. No sólo los músicos, también los realizadores.

“Me pasaba toda la noche mirando. Era un vicio”, recuerda así el chileno Carlos Moena al director veinteañero que anhelaba poner en pantalla a sus músicos favoritos.
En esos años iniciáticos, Café Tacuba lanzó el álbum Re, Los Fabulosos Cadillacs presentaron su Vasos vacíos, Aterciopelados irrumpió con El Dorado, entre otros discos plagados de hits cuyos correlatos audiovisuales fueron ampliamente difundidos en el nuevo canal.
En esa expansión, Lucybell fue una de las bandas chilenas que pudo subirse a la ola gracias a sus videoclips. Además de Los Tres y La Ley, la propuesta santiaguina de pop oscuro encontró eco regional en MTV.
“La MTV latina fue importante porque internacionalizó la movida. Y subió el estándar. Para salir ahí había que filmar en cine, tener una buena producción, ser original. Había que hacer las cosas bien”, refiere Moena.
1996 lo encontró al frente de una cámara rodando en 16 mm el video musical de Mataz, el single promocional del segundo disco de Lucybell. Las semanas previas al lanzamiento, un zócalo sobre la pantalla del canal servía como recordatorio para la audiencia, pero también cargaba de ansiedad a Moena. “Estaba muerto de nervios, aún estaba verde como director. Felizmente, ese video reventó”, recuerda. Poco después, la banda subía a un avión para su primera gira promocional en EE.UU. Mientras que Moena grabaría también con Los Prisioneros y Javiera Parra.
Una pieza artística antes que publicitaria
En simultáneo, en Buenos Aires, el peruano-argentino Gianfranco Quattrini ensayaba técnicas de actuación con los integrantes de Tintoreros, una emergente banda hardcore de descendientes japoneses. El realizador adaptó el cuento El biombo del infierno (Ryūnosuke Akutagawa) sobre un pintor obsesionado con el horror, para el videoclip de Suficiente, el single promocional de la banda.
Con la rotación de esta pieza en MTV la banda logró notoriedad y él también. Así como Quattrini descubría ahí directores que lo atraían por sus estéticas, verse citado en la pantalla le abrió más puertas.
“Esa decisión editorial del canal de poner el nombre del realizador en cada video reconocía que en este medio había una expresión artística, no sólo era un vehículo de marketing”, apunta.
Poco a poco fue engrosando su portafolio. Trabajó con Luis Alberto Spinetta, Kapanga, Divididos, Vicentico, Catupecu Machu. Nombres pesados del rock argentino. Con el videoclip de Y lo que quiero es que pises sin el suelo (2000) de Catupecu ganó el premio a Mejor Video Latino de MTV. “A ellos les abrió el crossover a toda Latinoamérica. Salir en MTV era como viajar antes que ir a dar un show”, asegura.
Además del alcance, Quattrini valora la experiencia de dirigir a músicos que aún no habían sido saturados por los reflectores. En la preparación del videoclip debía prestar atención el vestuario, los colores y los entornos en los que se movía la banda para ser fiel a esa estética. “Estaba buenísimo ese ejercicio, porque colaboraba en darle una identidad visual al grupo. El video completaba la experiencia de la escucha”.
Roberto de Zuribía hace un esfuerzo por recordar la grabación del videoclip de Bolero Falaz. Se ve 30 años atrás, en el centro de Bogotá, siguiendo con una cámara a los jóvenes Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, los líderes del grupo que se convertiría en el buque insignia del rock colombiano.

Ve una atiborrada calle que ya no existe (la vieja troncal de Caracas) y ahí sobrevienen más recuerdos. “Ese video de Aterciopelados se hizo con las uñas”, menciona. Como resultaba muy costoso rodar en película, usaron la cámara de cine para sólo grabar fotogramas e insertarlos sobre el registro hecho en video.
El arriesgado collage animado llamó la atención. Fue una apuesta suya y de José Rugeles, con quien compartió la dirección. Como sucedió en varios casos, la banda les dio libertad creativa para construir el producto.
“Para muchos realizadores el videoclip fue la posibilidad de hacer cosas artísticas o experimentos que si trabajabas en un programa de televisión no iban a tener cabida”, menciona.
La rotación del producto en MTV contribuyó a que el sugerente Bolero falaz se conviertiera rápidamente en un hit latinoamericano. Y de paso Aterciopelados se convierta en uno de los referentes del nuevo sonido “alternatino” que buscaba acuñar la cadena. “Fue un momento en que la música latinoamericana ya no copiaba los sonidos gringos o europeos, sino que apostó por uno propio de una forma más potente”, afirma.
Epílogo anunciado
Ninguno de estos tres realizadores continúa grabando activamente videoclips. Moena desarrolla documentales e investigación, Quattrini ha construido una carrera fílmica en la ficción y De Zuribía encabeza un estudio de postproducción. Recuerdan con orgullo esa etapa de exploraciones y descubrimientos, donde todo parecía estar por inventarse. Bajaron la intensidad porque, en algún momento, vivir de videos musicales se tornó poco viable en términos económicos.
Al verlo en perspectiva, a ninguno le sorprendió que Paramount haya decidido apagar definitivamente los contenidos musicales de MTV el 31 de diciembre de 2025. En la práctica esa función de curaduría y legitimación sonora el canal la había perdido mucho tiempo atrás. Ya en 2008, la señal latina emitía sólo tres horas diarias de programación musical priorizando realities y otros formatos de entretenimiento.
En tiempos de algoritmos que alientan consumos homogéneos, Moena extraña el eclectismo de MTV. La convivencia orgánica de estilos, permitía que los televidentes conozcan, incluso, lo que no les gustaba. “Echo de menos lo lindo y educador que era cambiar de género totalmente. Pasar de Oasis a Eros Ramazzotti. MTV te educaba sin que te dieras cuenta”, sostiene.

Quattrini rememora con nostalgia las horas que pasaba frente a la pantalla anotando nombres de directores y descubriendo nuevas bandas. “Era un consumo, por un lado, más pasivo, pero al mismo tiempo más atento”, dice.
Sentarse a ver cuáles eran “Los 10 + Pedidos”, o las novedades pop en “Conexión” o metal en “Headbangers”, o trasnochar para ver las propuestas más under, eran hábitos que se perdieron ante la aparición de YouTube y otras plataformas personalizadas.
“Se fue haciendo irrelevante el formato del canal. Se fue esfumando lo ritual en la experiencia de consumir videoclips”, reflexiona Quattrini.
Cuatro décadas después, la promesa de música ininterrumpida en TV se desgastó y quedó anacrónica. Al salir del broadcasting, el ecosistema musical mutó hacia los nichos, y en ese escenario MTV quedó sin juego. En Latinoamérica, esas tres letras condensan el recuerdo de un momento donde un continente sonoro fue pensable.
