‘Un poeta’ o la precariedad del artista

Simón Mesa Soto convierte su nueva película en un espejo en el que cuestionarse como creador y como hombre. "Muestra la peor versión de mí", dice.

El director colombiano Simón Mesa Soto estrena 'Un poeta', una tragicomedia premiada en Festival de Cannes y Festival Internacional de Cine de San Sebastián. CORTESÍA
El director colombiano Simón Mesa Soto estrena 'Un poeta', una tragicomedia premiada en Festival de Cannes y Festival Internacional de Cine de San Sebastián. CORTESÍA

En Un poeta, su segunda película, Simón Mesa Soto (Medellín, 1986) se interpela a sí mismo. No quiere hacer crítica, sino conversar con el reflejo que le devuelven los espejos que se pone en frente como creador, también como hombre, consciente de lo inevitable del contexto de Medellín, con sus luces y sus sombras. También sabedor de la importancia de la relación que mantiene con su madre, una figura que materializó de manera consciente en su primera película, Amparo. Antes hubo otras dos progenitoras, en dos cortos multipremiados, a las que llegó de manera involuntaria.

Ahora, con Un poeta, que se estrena en los cines de toda España el próximo 17 de abril, ha querido cambiar de escenario para validarse en lo distinto. La cinta resultó ganadora del Premio del Jurado Un Certain Regard en Cannes 2025, donde fue estrenada mundialmente, y del Premio Horizontes Latinos en San Sebastián 2025. Ha sido un éxito de taquilla en Colombia, donde más de 250.000 espectadores han seguido con interés, y mucho cariño, las penurias y desventuras de su protagonista, Óscar Restrepo (en las carnes del fantástico debutante Ubeimar Rios), un humilde y desafortunado poeta que, a pesar de los vaivenes a los que la vida le tiene sometido, persiste en creer en un mundo benevolente. No ha sido capaz de estar a la altura de sus prometedores inicios en la literatura y sobrevive como puede mientras cuida a su madre. Hasta que encuentra un espíritu afín en su estudiante Yurlady (la también primeriza Rebeca Andrade), una adolescente a la que ve como un diamante en bruto de la poesía.

Te estrenaste con Leidi, que se llevó la Palma de Oro al Mejor Cortometraje en el Festival de Cannes 2014. ¿Esto hizo que se disipara un poco el miedo al fracaso que abordas en Un poeta?

No, yo creo que en ese momento se acentuó más, porque Leidi era un cortometraje académico. Yo estaba estudiando cine, explorando, y tuve una transformación muy radical con este corto que me llevó a un premio que era muy inesperado en ese momento y que me generó ciertas responsabilidades. Estos premios, a veces, te suben de una manera muy abrupta, pero creo que en el cine es bueno tener un ascenso en tu trabajo un poco más sutil, hacer las cosas con calma, y siento que tenía mucha presión en ese momento. Tal vez eso fue lo que me hizo hacer esta película, pero de forma opuesta. Creo que la película también era una necesidad de relajarme y de tranquilizarme.

¿Te cuesta hacerlo?

Creo que, a veces, soy muy obsesivo con el trabajo y, a medida que uno se hace más adulto, tiene que encontrar un camino para olvidarse un poco de sus propias ambiciones y buscar la paz y la calma en los elementos que antes no veía, como mis matas, mi café o mis cosas más habituales, que son las que de verdad llenan la vida.

Después de un segundo cortometraje [Madre], llegó Amparo, una ópera prima ambientada en Medellín en 1998 que retrata la lucha de una madre soltera por salvar a su hijo adolescente de ser reclutado por el ejército. ¿De dónde nace tu necesidad de enfocarte en las grietas del sistema para hacer política desde lo cotidiano?

Bueno, como dicen por ahí, todo es político. Cuando uno retrata a un personaje, hasta su forma de vestir es un entramado político y social. Incluso yo soy eso también. Vivo en Medellín, habito en la ciudad, crecí allí. Me interesaba hacer una película política, porque a veces la ciudad que amas también te expulsa. Te genera algo muy áspero y sentía que era como una necesidad de retratar esa parte tan oscura, habitual del día a día de Medellín, a través de esta película. Y a través de una madre, porque yo había hecho dos cortos donde había una figura materna muy fuerte, y hacer cine es una suerte de terapia. Los hice abordando el tema de la maternidad de una manera no deliberada. Después me pregunté por qué y sentía que era por mi propia madre. La relación que tengo con ella es importante para mí. Tal vez fue ella quien me aportó la sensibilidad para hacer lo que hago hoy. Entonces, quise empezar por ahí mi primera película. Pero Un poeta es irme, no quedarme en un solo lugar. No me interesa quedarme en una visión, ser ese cineasta que se queda en un punto y que hace esas películas, sino que me interesan muchas cosas. Y ese salto me pareció importante para mí, para no quedarme en un espacio cómodo o algo así.

En Un poeta abordas con ironía y ternura la mediocridad artística, los sueños rotos y la frustración. Hay un tono tragicómico. ¿La historia lo pedía?

Para mí era imposible hacerlo de otra manera. Es un poco como una forma de ver el mundo. Uno expresa sus dilemas y sus cosas a través de sus películas, de lo que hace. Es mi forma de sacudirme muchas cosas, como una forma del mundo que ya no me interesa tanto, de tumbar mis propios paradigmas y estereotipos.

¿El cine es un ejercicio de autodescubrimiento?

Sí, cuando uno hace películas, se está descubriendo. Es como ir a un terapeuta que te hace hacer un dibujo en el que encuentras cosas que no veías, pero que la gente ve en ti desde afuera. Entiendes muchas cosas de ti. La escritura es un proceso tan racional como irracional, tan subjetivo que uno va hallando cosas a las que el cerebro, en sus caminos, les encuentra racionalidad. La película parte de lo que yo quería que existiera. Creo que todos los personajes soy yo. Siempre he sentido cómo el poeta, Óscar Restrepo, soy yo, pero Yurlady [la adolescente con talento literario que “apadrina”] es también esa necesidad que tengo de adónde quiero ir. Y Efraín [Guillermo Cardona], ese otro poeta mercantil, es mi peor versión. Cuando hago esta película no me interesa tanto el tema de la crítica o de señalar a otro, sino de ponerme espejos y ver cómo hacemos las películas, la poesía, los libros, cómo hacemos arte y qué implicaciones tenemos.

El director Simón Mesa Soto, ganador de la Palma de Oro por 'Leidi' y autor de 'Amparo', estrena ahora 'Un poeta'. CORTESÍA
El director Simón Mesa Soto, ganador de la Palma de Oro por 'Leidi' y autor de 'Amparo', estrena ahora 'Un poeta'. CORTESÍA

El protagonista se aferra a ser poeta de una manera que el mundo no valida y esa obsesión se convierte en una especie de autoengaño para no afrontar la realidad. ¿Qué demonios son los que gobiernan al protagonista?

¡Yo tengo también esta actitud obsesiva!  Si tú me miras sentado en un café, soy una persona normal. Yo creo que uno tiene un Óscar adentro también. El artista es obsesivo, narcisista y tiene en su cabeza este relojito constante que está haciendo tic-tac sobre el arte y la creación. Es un poco loco. Por ejemplo, yo tiendo a pensar mucho en el futuro y me olvido del presente en lo que hago. Es como que no me importa si ahora tengo hambre porque algo va a salir. O no me importa si no estoy viviendo de una manera tranquila porque estoy en pro de algo que va a suceder después. Y eso es un círculo vicioso, eso nunca va a llegar a nada. Eso le pasa al poeta también, y nunca llegó a nada. Es esa obsesión en torno al arte que parece sumamente irracional. Obviamente, necesitaba que el poeta tuviera un trazo de locura, de inestabilidad mental, para que la gente entendiera o creyera que estaba un poco chueco. Pero, en realidad, en diferentes niveles, estamos locos todos. Bueno, hay gente que es mentalmente funcional al cien por ciento, pero creo que casi todos tenemos algún dilema. Es como sacar, como exacerbar mi obsesión con el arte a través de Un poeta. Como te digo, la peor versión de mí.

Borracho, loco y mal poeta, pero noble y bueno. Al personaje de Óscar se le compadece y quiere…

Yo quería y necesitaba quererlo. Era algo personal, porque… es como ser hombre. Para mí ser hombre es un tema también muy importante dentro de la película. Los hombres estamos a la baja, llenos de problemas. En ese sentido, deseaba tener fe en mí. Con todos los problemas que puedo tener, puedo buscar ser una mejor persona. A pesar de que Óscar fuera un constante problema errático, quería tener fe en él y que fuera una persona intentando ser mejor. Cambiar es muy difícil. No puedo saber si Óscar puede cambiar, pero lo intenta y eso es suficiente por ahora. Y lo mismo para mí en mi proceso como ser humano: siento que estoy reflejado, es como encontrar luz, saber que puedo intentar ser una mejor persona.

Cuando el poeta se topa con su brillante y vulnerable alumna, desea vivir su sueño a través de ella. Pero esta encarna una forma de arte más pura y libre: no quiere ser poeta. ¿Qué obtiene Yurlady de este encuentro?

Pues un dinerito [risas]. En la película, el personaje principal es Óscar y esa capacidad de cambiar de Óscar es también a través de ella. Obtener algo sería, por ejemplo, un reconocimiento o un tipo de beneficio, que es lo que él busca en ella, pero me parece que para ella está bien el lugar donde está. Incluso desde esta idea de los estratos socioeconómicos. Nosotros, en el cine, retratamos objetos sociales como si hubiera una necesidad salvadora de gente. Hay muchas necesidades y Colombia es un país muy desigual. Como Yurlady dice, ella necesita lo básico, y eso es lo que no existe: un estado que te dé lo básico para estar tranquilo en tu vida. Eso es, tal vez, lo que nos hace falta en Colombia. No se trata tanto de salvar a alguien a través de la poesía o buscar ese reconocimiento, porque ese reconocimiento, esa validación, no es tampoco necesaria. Al final, lo que tiene es lo que ella siempre tuvo. Tiene su familia, tiene su vida. Y no busca esa idea que buscamos muchos cuando hacemos cine de validación.

El debutante Ubeimar Ríos interpreta a Óscar Restrepo, protagonista en 'Un poeta'. CORTESÍA
El debutante Ubeimar Ríos interpreta a Óscar Restrepo, protagonista en 'Un poeta'. CORTESÍA

En esa relación entre los dos personajes, se evidencia la fuerte desigualdad social. Vuelves a recurrir al entorno como destino, a poner la lupa sobre la diferencia de clases…

Cuando yo voy a dar una clase a la universidad, tengo que tomar un bus y recorrer una parte de la ciudad, no puedo evitarlo. Es parte de mi personaje en mi vida. Yo no puedo evitar parar en las estaciones donde me detengo. Eso es hacer una película: saber que tienes unos personajes y que esos personajes tienen que pasar por cosas porque es el contexto cultural y social que habitan. Es la realidad. Medellín es una ciudad donde el narcotráfico siempre ha sido muy fuerte. Tanto, que somos súper sensibles, exageradamente sensibles, y no nos gusta que nos toquen ese tema. Pero es la realidad, no podemos hacer nada. Incluso a mí me hablan mucho los colombianos cuando ven esta película: “qué bueno que no tocaste ese tema”. A mí me parece que está muy bien hacer cine de cualquier cosa, del tema que quieras, no puedes salirte de la realidad. Yo habito la ciudad, nací y crecí en ella. No puedo simplemente desconectarme de ella. Tengo los dilemas que tiene un ser activo en ese contexto.

Después de Un poeta, ¿qué será lo próximo?

Voy con calma… Ahora me ha tocado viajar mucho, estoy haciendo proyecciones por todas partes. Quiero llegar a mi casa… Tengo algunas ideas que quiero concretar sin pausa, pero sin prisa, como dicen por ahí. Ando tratando de conservar la calma para hacerlo como a medio ritmo.

Periodista cultural. Colaboradora de medios como Cinemanía, La Vanguardia, Viajes National Geographic y El Confidencial

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