Ocho años han tenido que pasar para que podamos ver el segundo largo de Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992), que se dio a conocer con A estación violenta (2017) en plena efervescencia del Novo Cinema Galego, movimiento al que se asocian directores tan dispares como Oliver Laxe, Ángel Santos, Eloy Enciso, Alberto Gracia, Diana Toucedo o Jaione Camborda, entre otros. La espera ha valido la pena. Las líneas discontinuas, precioso y evocador título, habla del inesperado encuentro entre Denís (el debutante Adam Prieto), un joven chico trans que trabaja en los astilleros de Vigo y no sabe qué hacer con su vida, y Bea (Mara Sánchez), una productora musical que ha pasado la frontera de los cincuenta y se enfrenta a sus propias encrucijadas. Del encuentro, saltan chispas, que no clichés.
Las líneas discontinuas es una hermosa película que evita los lugares comunes y se acerca a las personas con una mirada delicada y renovadora, desprovista de prejuicios. La cuestión ya no es lo trans en sí, sino en cómo implica pararse a pensar y tomar decisiones sobre la propia vida, una aproximación que da a la película, descubierta en la pasada edición del festival de Gijón, un carácter netamente universal. Como A estación violenta, vuelve a tener una frondosa banda sonora compuesta por grupos indies gallegos y del resto del territorio –Triángulo de Amor Bizarro, The Rapants, Pálida, Russ...–, además de alguna que otra sorpresa. En España, llega a los cines este 20 de febrero.

Tú, que has vivido en Vigo, y que también has hecho una película sobre el mundo de la droga en Galicia como A estación violenta, ¿qué te parece Romería, de Carla Simón?
Pues me parece muy interesante, creo que su aproximación es muy sincera y honesta, porque el punto de vista es el de una persona que llega de fuera a la ciudad y lo mantiene durante toda la película. Hace un fantástico retrato de Vigo y de su entorno. El paisaje, la luz… Realmente es así cuando sabes ver la ciudad. Es así de hermosa. Me parece genial que haya gente como Carla que venga a rodar a Galicia, aparte de los que ya producimos allí. Aunque espero que no se ponga demasiado de moda, ya que estamos de turistas hasta arriba. Hay un poco de miedo en ese sentido.
A estación violenta era una adaptación de la novela de Manuel Jabois, aunque ya se detectaban temas que ahora se ve que son muy tuyos. Los cuerpos, por ejemplo, vuelven a estar muy presentes en esta nueva película, como lo estaban en la anterior.
Sí, son dos películas muy distintas. En la primera partía de un guion y de una novela que ya existían. Era un encargo, pero un encargo de autor. Daniel, el productor, me dijo: “tienes que hacer la película tuya, reescríbela, haz lo que quieras. Tiene que ser tu peli”. Conecté con la novela y con el guion, pero también sentí que podía aportar algo y convertirlo en mi película. También era muy joven, y me tiré a la piscina sin miedo, con una inconsciencia muy positiva. Han pasado ocho años, y ahora soy otra persona. Siento más el peso de la responsabilidad. Hay más miedo, mucho más respeto a todos los procesos, y eso es bueno y malo a la vez. Es distinto, crecer simplemente es algo distinto. Al mismo tiempo, es verdad que las dos películas están temáticamente muy conectadas: La música, los cuerpos, la sexualidad, el género, las despedidas, las relaciones íntimas. Son mis temas, siento que tiendo siempre a interesarme por esas conexiones y desconexiones entre las personas.
Aquí aparece el tema trans, aunque no es el eje principal de la película, ni mucho menos. ¿Crees que podríamos decir que es la primera película postrans?
Sí, para mí era muy importante reflejar la realidad trans de ahora mismo. Por un lado, cuando empecé a escribir coincidió con que me estaba dando cuenta de cómo era la realidad trans y de que no existían representaciones realistas que las describieran como personas que tienen una vida como la de cualquier otra persona. Son personas normales y corrientes, hasta ahora las películas tendían a mostrarlas como personas más complejas de lo que en realidad son.
Hasta ahora, el cine solía centrarse en la asimilación de la identidad trans, en la propia persona y en su entorno, así como en el proceso de transición. Aquí eso queda atrás.
Era lógico porque el proceso de transición tiene muchas problemáticas propias y también es interesante que existan muchas pelis que hablan sobre ello. Pero es verdad que yo sentí muy rápido que era importante contar la historia de una persona trans que vive otra aventura, y que el foco no estuviese necesariamente en su identidad trans. Aquí su conflicto personal es el de muchos jóvenes: la falta de oportunidades laborales, el qué hago con mi vida, quiero viajar a un lugar y no sé si voy a conseguirlo. Esa crisis de los veintitantos, con la que me identifico perfectamente.
¿Conoces a muchos trans?
Hay bastante gente trans a mi alrededor. Creo que es porque, en los últimos años, hemos empezado a cuestionarnos la construcción de género. ¿Qué significa? ¿Cómo te relacionas con él? Y tomar decisiones sobre eso, igual que decidimos sobre otros aspectos de nuestras vidas. Muchas cosas nos vienen dadas y corremos hacia adelante con ellas: vivo en esta ciudad, vivo en esta casa, mi familia es esta, y no me hago preguntas. Pero yo soy muy de hacerme preguntas. Vi que la identidad de género es algo que se puede cambiar, igual que cambias de casa o que decides tirar unos tabiques. Se puede decidir dónde quieres vivir y en qué cuerpo quieres vivir. En la película hablo de las dos cosas. Las personas trans sólo son personas que se han parado a hacerse preguntas y han tomado decisiones. Siempre es interesante hablar con ellas, porque se han construido.
¿Cada vez hay más porque cada vez tienen más referentes?
Sí, muchas veces he oído eso de “no hice mi transición hasta los 30 o 40, porque no tenía referentes”. Y ahora la gente que sí tiene más referentes es capaz de tomar la decisión antes. Por eso quizás sentimos ahora que hay más gente que está tomando esa decisión.
Es interesante, porque, en el mundo de hoy, cada vez es más complicado pararse a pensar y tomar decisiones. Todo va a toda velocidad. Y creo que es ahí cuando la película se vuelve más universal. Más allá del tema trans, puede llegar a toda clase de personas, y de alguna manera incitarlas a pensar y tomar decisiones sobre su vida.
Claro, por ejemplo “llevo toda la vida con este señor. Pero igual no es la persona que quiero” o “igual llevo toda la vida con este trabajo y quizás lo que me gustaría es hacer otra cosa” o “vivo en esta ciudad que se está turistificando un montón y quizás no me gusta vivir aquí”. La película habla de la necesidad de aceptar el cambio o de tomar las decisiones para el cambio. Habla de parar a mirar, de ese permitirte encontrarte con las cosas que te apasionan un momento. Eso es lo que hace que la vida valga la pena. Y sí que siento que en nuestro presente hay muy pocos momentos para esa pausa y para esos encuentros entre personas, con la música, con el paisaje, con lo que sea. Es como darte cuenta de cuántas cosas puedes tener cerca que son transformadoras. La gente que tienes a tu alrededor o cualquiera que te puedas encontrar de repente por la calle puede ser una persona fascinante y no lo sabes, pero también tus pasiones abandonadas. Si te gustaba la música, si te gustaba la fotografía... Si nos paramos a conectar con todo eso hay mucha riqueza.
En la juventud sueles dejar las decisiones para más adelante, porque sientes que te queda toda la vida por vivir, te dejas llevar por el torrente de la vida, y luego, a los cincuenta, darte cuenta de eso puede ser como una última oportunidad. La película conecta esos dos momentos como un auténtico puente o un diálogo intergeneracional.
Sí, hay como un traspaso entre los dos personajes. Es importante que esas dos generaciones se escuchen. El personaje de Denís va muy rápido, no se para a pensar, pero a veces no está siendo capaz de tomar decisiones conscientes precisamente por eso. Ella, en cambio, está paralizada quizás por lo que dices ya que, cuando eres mayor, puedes sentir que lo que decidas va a tener más peso, porque es irrevocable, como si fuera la última oportunidad. Los dos personajes se traspasan la energía que necesitan en ese momento de sus vidas: ella necesita activarse y él necesita pausar.
¿La diferencia de edad entre los dos era algo que tenías claro desde el principio?
Sí, porque creo que, si hacer una película es tan duro y cuesta tanto, hay una responsabilidad de transformar un mínimo la realidad a pequeña escala. Es decir, dar espacio a personajes que echo en falta en la pantalla, que me apetece que existan y que sean referentes para todos. Por eso decidí que fuese una mujer mayor y un chaval trans.
Y a partir de ahí, construir un suspense, mostrar cómo se van acercando...
… sin caer en lo obvio. No generar una expectativa de qué va a pasar, sino que la peli te vaya llevando poco a poco y que te vayas introduciendo con ellos en su relación. Creo que es fácil empatizar con él, mientras que ella toma decisiones un poco más raras porque está paralizada. Empieza a tomar decisiones gracias a él.
Todo empezó con una noticia leída en un diario, ¿no es así?
Exacto, sí, todo parte de esta noticia real, que me dio el principio de la película. Una persona entabla una relación con otra que ha entrado a robar a su casa. A partir de ahí empecé a hacerme preguntas.

La película consigue hacer verosímil que una persona se interese por otra que, al final, ha entrado en su casa a romperlo todo. Está muy bien contado, porque él se va y vuelve a reaparecer varias veces, para devolverle el dinero, o la televisión que ha quedado tirada en el jardín…
Hacían falta esos vaivenes para ir rebajando la desconfianza e ir construyendo un personaje al que le das acceso a tu casa, porque obviamente si simplemente es un ladrón que está ahí, que no te ayuda... Era muy importante que el personaje de él se presentase pronto como alguien inocente. Alguien con corazón. También era importante que el espectador llegase a la casa con él, para que sepa ya de entrada que ha sido todo un lío, una noche loca a la que se ha visto arrastrado. Crear esa empatía del espectador con él desde el inicio y luego ir a ella fue una decisión de guión importante. Luego es ella la que lleva más el peso en la película.
Ella es productora musical, y en general la música vuelve a estar muy presente. De hecho, ¿tú tocabas en un grupo, no?
Sí, tocaba la guitarra, aunque es un decir, porque no tenía ni idea y lo que hacía era subirme a un escenario, cantar y rascar la guitarra. Era un grupo muy punk. Contenedor de mierda nos llamábamos… (risas). Los grupos que aparecen en la película vuelven a ser grupos de verdad, como en la anterior, porque tengo muchos amigos que se dedican a la música. Me interesa la escena musical de Galicia. Pero también me parece un elemento narrativo muy potente que me ayuda mucho a contar las películas. La música es casi parte estructural de la película y de los personajes, porque ambos tienen una relación fuerte con la música. Aunque pertenecen a universos musicales muy distintos. Él viene de la electrónica, es decir lo de ahora, y ella del mundo del rock y del punk...
Transición electrónica versus menopausia rockera.
Exacto, aunque al final los dos universos musicales acaban tocándose y fusionándose, permitiéndose el encuentro también, cosa que creo que es importante.
Como señor mayor, me llegó bastante que la chispa entre ellos saltase con el Gold, de Spandau Ballet.
Es un temazo (risas transgeneracionales). Es la única canción no gallega que suena. Bueno, también hay una de Surfin’ bichos. Hay una cultura musical underground muy potente en Galicia que creo que hay que reivindicar.
Ángel Santos colaboró en tu película anterior, y él, en su película, Las altas presiones, también metió bastante de la escena musical gallega.
Sí, yo creo que es porque al final, en el mundo cultural de Galicia, nos conocemos todos.
