Artes

Natalia Oreiro, el arte de empezar de cero

La actriz uruguaya protagoniza 'La mujer de la fila' y repasa una carrera guiada por la voluntad de no repetirse y explorar nuevos registros: «Cada personaje vuelve a ponerte en crisis».

La actriz uruguaya Natalia Oreiro cuenta con más de 35 años de trayectoria artística y una carrera desarrollada entre la interpretación y la música. CORTESÍA

Hay una escena de La mujer de la fila que sintetiza con precisión milimétrica lo que siente y vive su protagonista. Andrea llega por primera vez al penal de Ezeiza para visitar a su hijo, injustamente encarcelado, y descubre un mundo que hasta entonces había observado desde una distancia suficiente como para tener una idea apenas superficial sobre sus lógicas. Espera durante horas junto a otras mujeres, aprende códigos que desconocía y empieza a entender que detrás de cada persona privada de la libertad hay una familia que también carga con el peso de esa condena. 

La película de Benjamín Ávila, que se estrenó en cines de España hace unos días y ahora desembarca en la plataforma Movistar+, no busca la lección moral. Más bien cuenta con precisión y sutileza cómo una mujer común de clase media va desarmando, casi sin darse cuenta, un sistema de prejuicios con el que había vivido durante años. Y Natalia Oreiro acompaña esa transformación con una interpretación notable, construida con pequeños gestos, con cambios casi imperceptibles que, poco a poco, irán modificando sustancialmente al personaje.

Cuando habla de la película, sin embargo, no empieza por su trabajo como actriz. Prefiere detenerse en la historia de Andrea, la mujer real cuya experiencia la inspiró porque asegura que ella es el verdadero origen del proyecto. La conoció antes del rodaje, y esa relación terminó siendo decisiva para entender a quién debía interpretar: “Me impactó conocerla. Es una mujer con una fortaleza impresionante. Vivió una situación devastadora cuando su hijo terminó preso y, en lugar de encerrarse en ese dolor, decidió transformarlo en algo que pudiera servirles a otras personas. Creó una asociación, empezó a acompañar a familias que atravesaban la misma situación y convirtió una tragedia personal en una forma de compromiso. Eso me conmovió muchísimo porque habla de una capacidad enorme para resignificar el sufrimiento”.

La pretensión de La mujer de la fila no es explicar el funcionamiento del sistema penitenciario ni poner el foco en el asunto del mundo del delito. El objetivo manifiesto de este film en cuyo elenco también están Amparo Noguera, Alberto Ammann y Federico Heinrich es reflejar el cambio de una persona cuando la realidad la obliga a abandonar la base de certezas desde las que había juzgado a los demás. “Andrea empieza mirando ese mundo desde afuera. Como muchos de nosotros, cree que ciertas cosas nunca le van a pasar a ella. Y de repente le pasan. Entonces descubre que las mujeres con las que comparte esas filas, esas esperas y esa angustia son iguales que ella. Ahí entendés que los prejuicios empiezan a caerse solos. Me pareció muy potente porque la película no busca justificar nada. Simplemente muestra cómo una experiencia puede modificar completamente la manera en que miramos a los otros”.

Natalia Oreiro, en una escena de 'La mujer de la fila', de Benjamín Ávila. CORTESÍA

En abril de 2004, el hijo de Andrea Casamento fue detenido injustamente, acusado de robar cuatro empanadas armado con un cuchillo en un restaurante de Plaza Serrano, una zona muy concurrida de la ciudad de Buenos Aires. Tras pasar seis meses en prisión preventiva en Ezeiza, fue absuelto. El caso impulsó a Casamento a fundar la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (ACiFaD) en 2008 y a integrar el Subcomité de Prevención de la Tortura de la ONU, dos lugares desde los que ha impulsado la visibilización internacional de los derechos de las familias de los presos.

La película destaca ya desde el título que esa tarea admirable fue llevada a cabo por una mujer. Opera como una reivindicación de la fortaleza y la determinación femenina, como es palpable, pero también da una señal clara de cómo ciertos roles se han cristalizado de acuerdo al género. “Cuando empezás a investigar descubrís algo muy evidente: casi siempre son las mujeres las que hacen esas filas, las que llevan comida, ropa, remedios, las que sostienen el vínculo con la persona que está presa y también con el resto de la familia -sostiene Oreiro-. Lo ves ahí, pero también en muchísimos otros lugares. En los comedores, en los barrios, en las casas. Todavía seguimos asociando el cuidado exclusivamente a las mujeres, y eso dice mucho sobre cómo está organizada nuestra sociedad”.

La interpretación de Andrea Casamento es un eslabón importante de una cadena de papeles en cine que asumió la célebre actriz uruguaya en los últimos años y que tienen un factor común: pensar por un instante en la madre de Infancia clandestina, la cantante popular Gilda, la científica de Las rojas o la mismísima Eva Perón es darse cuenta de que se trata, en todos los casos, de mujeres que atraviesan procesos de transformación que las obligan a revisar la imagen que tenían de sí mismas. 

Aunque aclara que no hubo un plan específico detrás de esas elecciones, Oreiro sí que tiene preferencias: “No me interesan demasiado los personajes que ya vienen resueltos o que solamente representan una idea. Me gustan las mujeres que dudan, que se equivocan, que cambian -argumenta-. Creo que ahí aparece algo mucho más humano y también mucho más interesante para una actriz, para un actor. Cuando leés un guión y sentís que el personaje todavía tiene cosas por descubrir sobre sí mismo, de inmediato sabés que el trabajo también te va a transformar a vos”.

Una escena de 'La mujer de la fila', película inspirada en la historia real de Andrea Casamento. CORTESÍA

La transformación necesaria

Durante un buen tiempo, el público masivo identificó a Natalia Oreiro con la televisión y la música (grabó tres discos entre 1998 y 2002: Natalia Oreiro, Tu veneno y Turmalina). La extraordinaria popularidad de Muñeca Brava (se estrenó en más de 80 países y la transformó en estrella en mercados exóticos para una artista latina como Rusia, Polonia, República Checa e Israel) fue una bendición, claro, pero ese tipo de sucesos también pueden terminar convirtiéndose en un corsé. Vale la pena resaltar, de todos modos, que la Cholito era también un personaje con su dosis de heroísmo y templanza: huérfana, rebelde y empoderada, desafiaba a su manera los cánones sociales tradicionales. “Ese personaje me dio una carrera internacional, me permitió conocer lugares increíbles y todavía hoy me encuentro con personas que aprendieron español viendo esa telenovela. Le debo muchísimo… Lo que sí sentía era la necesidad de que esa historia no fuera la única posible -admite ahora-. Yo estudié actuación porque quería hacer muchas cosas distintas, no porque quisiera repetir el mismo personaje durante toda mi vida”.

La relación de Oreiro con la actuación es de toda la vida. Natalia nació en Villa del Cerro, un barrio popular de Montevideo, y tuvo una infancia marcada por los vaivenes económicos familiares y las repetidas mudanzas. Hoy recuerda con cariño la peluquería que su madre tenía en el living y las tardes en las que volvía del colegio apurada para mirar telenovelas mientras tomaba un café con leche. "Las telenovelas me encantaban. Yo crecí viendo eso y nunca me provocó ningún conflicto -confiesa-. El problema fue sentir en algún momento que los demás imaginaban que yo solamente podía hacer eso como actriz. Y yo quería equivocarme, probar, hacer una comedia, un drama, una película pequeña, lo que fuera… Nunca me interesó ser siempre la misma actriz”.

A los 30 años Natalia ya era una súper estrella. Para un mercado como el argentino, esa situación puede volverse una encrucijada: especialmente cuando son muy taquilleros, los artistas populares suelen tener muy a mano proyectos de espíritu primordialmente comercial, de esos que suman audiencia y fortalecen los vínculos con los fans, pero no necesariamente aumentan el prestigio. A menor escala de producción -Argentina produce bastante pero no tanto comparado con industrias audiovisuales realmente poderosas-, menos chance de experimentación. En 2009, decidida a incorporar nuevos matices a su carrera profesional, Oreiro empezó a redirigirla con un criterio que, visto ahora con perspectiva, parece acertado. 

Ese año protagonizó un éxito en cine, la comedia romántica Música en espera, de Hernán Goldfrid, una película ligera donde se hizo cargo de un rol significativo -el de una mujer que queda embarazada y es abandonada por su pareja-, y aceptó hacer Francia, un film pequeño en términos de producción con el sello autoral de Adrián Caetano. Empezaba a forjar un nuevo camino en relación a sus interpretaciones. Ese mismo año también presentó en Nueva York la colección Otoño-Invierno de Las Oreiro, la marca de ropa que creó con su hermana Adriana, una actividad que le sumó una nueva faceta, la de la emprendedora. Y pronto llegaron Miss Tacuarembó (2010), una comedia musical basada en una novela de Dani Umpi -un artista de indiscutible espíritu alternativo- en la que hizo gala de una gran versatilidad, e Infancia clandestina (2012), la ópera prima de Benjamín Ávila, el director de La mujer de la fila, donde Oreiro cosechó merecidos elogios por su solvencia para encarnar a una militante revolucionaria de los años 70. Fue una experiencia bisagra, un paso hacia la madurez. “Yo nunca pensé 'Bueno, ahora voy a hacer cine de autor' -aclara ella-. Eso sería ridículo. Empezaron a aparecer historias que me interesaban muchísimo y directores que me proponían ir a lugares donde nadie me había imaginado antes. Yo hacía los castings como cualquier actriz. Entraba, probaba y, cuando quedaba, sentía que alguien había logrado mirar un poco más allá de esa imagen pública mía que ya estaba instalada”.

Desaparecer en el personaje

Con Wakolda (2013), de Lucía Puenzo, y Gilda, no me arrepiento de este amor (2016), de Lorena Muñoz, Oreiro dio pruebas concretas de la importancia de tomar buenas decisiones y de su talento como actriz. Pudo resolver con la misma eficacia un rol que le exigía contención y poder sugestivo y otro mucho más expansivo, el de una cantante popular con destino de beatificación. En esa etapa ganó dos premios Cóndor en la categoría de Mejor Actriz (por Infancia clandestina y Gilda) y estuvo nominada para otro (por Wakolda). “Yo era fan de Gilda. Como muchísima gente, había crecido escuchando sus canciones y tenía una imagen muy idealizada de ella -puntualiza sobre aquel momento-. Lo primero que entendí fue que esa admiración no me servía para actuar. Tenía que dejar de mirar a Gilda desde el lugar de la fan y empezar a descubrir quién había sido realmente esa mujer. Ahí comenzó un proceso de investigación enorme que me cambió muchísimo la mirada”.

Todavía recuerda las conversaciones con familiares, músicos y amigos de la adorada artista porteña cuyo nombre real era Miriam Alejandra Bianchi y que perdió la vida trágicamente en un accidente automovilístico cuando tenía apenas 34 años. Y las horas de material audiovisual que revisó. Y las minuciosas lecturas que apoyaron esa investigación. Todo ese proceso terminó revelándole que la de Gilda era una personalidad con muchísimas aristas y ayudándola a entender mejor su estatus dentro de la mitología popular argentina. “Cuanto más la conocía, más me sorprendía. Descubrí a una mujer muy valiente, con una determinación impresionante. Ella tomó decisiones muy difíciles para la época en la que vivió y pagó un costo muy grande por sostenerlas. Todo eso no siempre aparece cuando uno mira solamente al personaje público. Ahí entendí que la película no podía limitarse a reproducir los gestos que todos conocíamos. Había que encontrar a la mujer que existía detrás de esa imagen”.

Con el bagaje del trabajo previo más el aporte de su propia experiencia vital -al fin y al cabo se trataba de una estrella popular interpretando a otra estrella popular-, Natalia consiguió salir airosa del desafío. Por la magnitud del fenómeno en el que se transformó Gilda después de su muerte -un vínculo emocional con sus seguidores que incluso excede la relación con su obra- y el reto de una vara que ella misma había subido, la expectativa era alta. También porque Lorena Muñoz es una directora inteligente que no iba a resignarse a una mirada superficial sobre el personaje. Y Oreiro lo resolvió con soltura y naturalidad. Como si el peso de todo ese trabajo precedente la hubiera dejado liviana, abierta para capturar la sensibilidad de esa mujer amada por tanta gente y muy segura de cada uno de sus gestos, sus movimientos y sus emociones en la película. Uno de los riesgos era que el público viera más a Natalia Oreiro que a Gilda, pero no pasó. "Siempre digo que lo más lindo que tiene este trabajo es desaparecer -reflexiona la actriz-. Nosotros vivimos en una época donde todo invita a construir una identidad cada vez más visible. Como actores pasa exactamente lo contrario. Yo necesito que el espectador se olvide de Natalia Oreiro. Si durante toda la película sigue pensando en mí, quiere decir que algo falló. Lo emocionante es prestar el cuerpo, la voz, la sensibilidad para que aparezca otra persona. Ese momento, cuando realmente sucede, es maravilloso."

Unos años más tarde, en 2022, apareció otro reto de grandes dimensiones. Ahora se trataba de un personaje también lleno de matices pero con menos consenso en Argentina. El arraigo popular de Eva Perón es indiscutible, pero muchas de las pasiones que despertó en su país fueron oscuras y negativas. Evita pertenece a un territorio donde la historia, la política y el mito conviven de una manera inseparable. Interpretarla implicaba aceptar que cualquier decisión iba a generar adhesiones y rechazos, incluso antes del estreno en la plataforma Star+. Y Santa Evita, serie de ocho capítulos que en España se puede ver en Disney+, también salió bien. En el diario argentino La Nación (uno de los dos más importantes del país) se dijo que era “la mejor actuación de su carrera”. Y aunque eso siempre depende en buena parte de los parámetros y los gustos, lo cierto es que -igual que Esther Goris cuando le tocó ponerse en la piel de María Eva Duarte de Perón a mediados de los años 90 para la película biográfica de Juan Carlos Desanzo- Oreiro mostró mucho aplomo para hacerse cargo de una tarea difícil por más de un motivo. “Nunca estudié tanto para un personaje. Nunca -asevera Natalia-. Fueron meses leyendo, investigando, trabajando con profesores de voz, con coaches, viendo documentales, tratando de entender cómo se movía, cómo respiraba, cuál era su energía. Sabía que era imposible conformar a todo el mundo porque cada persona tiene una Eva distinta en la cabeza. Entonces dejé de pensar en eso. Mi responsabilidad era construir una Eva honesta, profundamente trabajada. Y entregarme por completo, por supuesto”.

Las interpretaciones de personajes históricos son siempre un enigma. Se suele hacer demasiado hincapié en la caracterización, como si el mero parecido físico con el retratado garantizara su calidad, pero es evidente que hay otras cosas que importan mucho, cosas más difíciles de aprehender quizás, más evanescentes, pero definitorias. Entender al personaje cabalmente y sin prejuicios, por ejemplo. “Hay historias que pertenecen a la memoria colectiva, uno tiene que acercarse con muchísimo cuidado -razona Oreiro-. No significa tener miedo. Significa entender que detrás de ese personaje hay personas que todavía se emocionan, que todavía discuten, que todavía sienten que esa historia también les pertenece. Esa conciencia te obliga a trabajar mucho más”.

Natalia también siente que en la actuación siempre llega un momento en el que, más allá de toda preparación, más allá de todas las herramientas que proporcionan la formación y el entrenamiento, hay que aceptar lanzarse al vacío. “Hay un instante en el que tenés que soltar todo. Toda la información que reuniste ya está dentro tuyo y deja de servir pensarla intelectualmente. Si seguís preocupado por hacer exactamente el mismo gesto o decir una frase con la misma entonación, el personaje se endurece. Cuando uno confía en todo ese trabajo previo, en cambio, aparece algo mucho más vivo. Y ese momento nunca se puede planificar”.

Natalia Oreiro ha combinado durante más de tres décadas la interpretación y la música. CORTESÍA

Una vida fuera de cámara

Ya con más de 35 años de trayectoria exitosa, Oreiro puede darse el lujo de seleccionar cada trabajo que aborda. Y más allá del perfil de actriz que pretende construir, de la seriedad que siempre la ha caracterizado, hay una parte muy importante de su energía que está apuntada a otro lugar: sus amistades, su familia (está casada con el músico Ricardo Mollo y tienen un hijo que se llama Merlín Atahualpa), su vida personal, en suma. “Cuando sos muy joven, muchas veces confundís el trabajo con la vida -advierte-. Todo gira alrededor de lo que estás haciendo, del próximo proyecto, del estreno, de la gira, de la repercusión. Es lógico porque también estás construyendo tu identidad profesional. Con el tiempo entendés que ninguna carrera puede sostenerse solamente sobre esa intensidad. Necesitás volver a tu casa, tener una vida propia, compartir tiempo con la gente que querés. Si no, corrés el riesgo de empezar a creer que sos únicamente aquello que hacés delante de una cámara. La popularidad nunca puede convertirse en el motor de una carrera porque es algo que cambia todo el tiempo. Si tu felicidad depende exclusivamente de eso, terminás viviendo en función de algo que no controlás. A mí me emociona muchísimo el cariño de la gente, y sigo sintiendo un agradecimiento enorme cada vez que viajo y encuentro personas que crecieron conmigo. Pero eso no puede reemplazar la vida cotidiana ni convertirse en la medida de quién sos”.

En esta época de identidades multiplicadas por el flujo de información digital, hay planes y deseos que se volvieron inestables: tanto la intimidad como el contacto cara a cara han perdido terreno, por ejemplo. El exhibicionismo es una marca de época. Y los vínculos mediados también. “Vivimos en una época donde pareciera que todo tiene que ser compartido inmediatamente -opina Oreiro-. No juzgo a quien lo hace porque cada uno encuentra su manera de comunicarse. Yo también uso las redes sociales, y me parecen una herramienta maravillosa para mostrar un proyecto, agradecer el apoyo de la gente o contar algo que realmente quiero contar. Lo que trato de evitar es que mi vida empiece a organizarse alrededor de eso. Necesito conservar un espacio que no esté permanentemente expuesto porque siento que ahí también se alimenta mi trabajo como actriz. Si todo el tiempo estuviera representándome a mí misma, creo que me costaría mucho más representar a otros. Los personajes nacen de la observación, de la curiosidad, de la posibilidad de escuchar a los demás. Para eso también hace falta algo de silencio”.

Natalia Oreiro reivindica la importancia de no acomodarse. CORTESÍA

Empezar de cero

Justamente porque valora ese equilibrio entre recorrido profesional y dedicación al mundo afectivo, hoy selecciona con mucho cuidado cada proyecto con el que se compromete. Y los toma, cada vez, como una oportunidad de aprendizaje: “Lo más peligroso que le puede pasar a alguien que se dedica a la actuación es creer que ya sabe cómo hacer las cosas. Cada personaje vuelve a ponerte en crisis. Cada director trabaja de una manera distinta. Cada historia te obliga a encontrar un camino nuevo. Ojalá nunca pierda esa sensación de empezar de cero porque creo que ahí está la parte más linda de este trabajo", enfatiza. 

Insiste con esa idea de no repetirse, de no tocar una sola cuerda, de no aburrirse. “No tengo una lista de personajes soñados porque aprendí que las mejores experiencias muchas veces aparecen donde menos las esperabas -resume-. Lo que sí deseo es seguir encontrándome con directoras y directores que me obliguen a salir de mi lugar de comodidad, que me hagan preguntas distintas. Cuando un proyecto me da la sensación de que voy a repetir algo que ya hice, automáticamente pierdo el interés”. 

Así van, entonces, la vida y la carrera de Natalia Oreiro, que ha tenido mucha sagacidad para aprovechar el privilegio de poder elegir. Miles de buenos actores y actrices de Argentina no tienen esa chance ni siquiera cuando son notoriamente brillantes, mucho menos hoy, en medio del clima de hostilidad permanente que Javier Milei ha impuesto en Argentina como un precepto de su abyecta “batalla cultural”, que ha tenido en los últimos días un nuevo capítulo cuando el presidente de ultraderecha retuiteó mensajes agresivos contra ella por unas declaraciones en el programa televisivo La noche de Mirtha, conducido por la veterana Mirtha Legrand. Oreiro ya había hablado públicamente del maltrato del gobierno a artistas, docentes y jubilados, algunos de los sectores de la sociedad argentina que vienen sufriendo la violencia de un ajuste interminable y selectivo (los ricos no están incluidos en este gran sacrificio colectivo), y esta vez se animó a decir que ese ajuste económico “debería ir de la mano de la empatía”, algo que ofendió al insultador serial que hoy ocupa la Casa Rosada. 

Pero mejor volver a las circunstancias que motivaron esta entrevista. Al terreno al que Natalia Oreiro pertenece y donde mejor se mueve. El carisma, la voluntad y la disciplina son usualmente parte importante en cualquier narrativa referida a un artista popular. Pero también juega un papel el azar. Hay gente que pudo construir aquello que soñó ya desde la infancia, claro, pero aun cuando una convicción muy firme en pos de un objetivo tiene el resultado esperado, puede haber un imprevisto, un evento desafortunado. Lo único imprescindible es el deseo. Es algo que puede sonar trillado, pero también una regla de oro. Natalia sabe cómo expresarlo con mucha claridad: “A veces me preguntan si me imaginaba todo lo que pasó y la verdad es que no. Nunca. Sería mentir decir que alguna vez soñé con una carrera así porque no tenía manera de imaginarla. Lo único que quería era actuar. Después aparecieron la música, los viajes, el cariño de gente de lugares donde jamás había estado. Todo eso fue maravilloso, pero el deseo sigue siendo el mismo que cuando empecé. Todavía me emociona leer un guión y sentir que no tengo idea de cómo voy a hacer ese personaje. Cuando aparece esa mezcla de entusiasmo y de miedo, sé que estoy frente a algo que vale la pena”.

 

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Periodista. Redactor jefe de Ciclosfera y colaborador de la emisora de radio El Destape y de La Agenda de Buenos Aires, ha trabajado en medios como Agencia Télam, Clarín y Radio Nacional y publicado en revistas como Los Inrockuptibles, Rolling Stone y El amante. También ha codirigido la película Ocio (2010) y escrito diversas obras teatrales.