Sobre la mesa hay un cuaderno. En la portada, un jugador de fútbol se sobreimprime ante una hilera de latas de gaseosa. En la primera página, se lee en una letra manuscrita muy prolija: “El amarrete. Una adaptación libre de la famosa comedia El avaro de Molière”. La autora de esa obra, escrita a los 10 años, agarra el cuaderno y se ríe. Ariadna Asturzzi está sentada en el living de su casa; a su espalda, una ventana da a un pulmón abierto, desde donde se alcanzan a ver una enredadera, varios tanques de agua y algunas fachadas de edificios en el barrio de San Telmo.
Abre las hojas. Llega a la parte con los nombres de los actores y las actrices que participaron en la adaptación. Hacia el final está el de ella: la encargada de interpretar a una mucama llamada Clara.
—Dijimos de hacer una obra con unos amigos de un taller. Como nunca había escrito, me pareció lógico tomar algo hecho y traerlo a la actualidad. Así que elegí El avaro de Molière — Ariadna se ríe ante la ocurrencia infantil: — me parecía fácil de adaptar, o así creía yo.
Pasa las hojas del cuaderno. Mueve las manos con elegancia mientras se acomoda en la silla. Cada tanto, se ríe ante los diálogos o las descripciones precisas de las didascalias. Habla con elocuencia y claridad. Y cuando recuerda sus orígenes como actriz y dramaturga en Rosario, provincia de Santa Fe, a mediados de los años noventa, se mueve con todo el cuerpo; es que son demasiadas las cosas que hacía de chica. Iba a clases de ballet todos los días para luego correr al teatro en El Círculo de Rosario, sobre la calle Laprida y Mendoza, y estudiar actuación. Incluso tomaba clases de declamación. Otra risa:
—¡Hacía declamación! Es una cosa muy antigua que nadie de mi edad ha hecho. Tenías que memorizar poemas. Las clases las daba una señora muy viejita en mi escuela. Sabía varios de memoria; el único que me acuerdo es “Setenta balcones y ninguna flor”, de Baldomero Fernández Moreno.
El amarrete no llegó a hacerse ni a estrenarse. En cambio, su maestro de danza la convocó para participar en una obra escrita por él: había fantasmas, una casa embrujada y unos perritos. La función era para los hijos de los afiliados al Sindicato de la Carne y algunos vecinos del barrio.
Ariadna armó el look con cables de cobre forrados en plástico de colores y dos colitas hacia arriba.
—No me acuerdo bien de la obra. Lo que sí me acuerdo es que fue un trabajo —Ariadna cierra el cuaderno, mira la portada. La palabra escrita es El amarrete. Se ríe—. Parece que estoy obsesionada con la plata. Está naturalizado actuar gratis; cuando ocurre lo contrario, parece un milagro.

A los quince años, Ariadna Asturzzi ganó una beca de teatro musical para estudiar durante una semana en la ciudad de Buenos Aires. No era la primera vez que viajaba a la capital; sus padres la habían llevado para ver la versión argentina del musical Chicago. Eran los últimos coletazos culturales antes de que la economía se derrumbara por completo en 2001. La calle Corrientes, una de las arterias principales de la ciudad, mantenía cierta mística. Si no había un teatro o un espacio comandado por estudiantes, había un videoclub o varias librerías, una al lado de la otra.
Ariadna se maravilló, aunque también la agobió tanta oferta cultural.
—Me gané esa beca y pasé cinco días acá. En esos días conocí a una chica que trabajaba en comerciales. Ahí entendí que se podía trabajar. No solo eran clases que yo tomaba; era una profesión. Y podía trabajar ya: tenía quince y, si quería, podía intentarlo. Así que esta chica me pasó una lista de agencias.
Del intensivo no recuerda mucho. Recuerda, en cambio, que al volver a Rosario armó algo que se conocía como book: se sacó fotos, armó un CV con algunas verdades y ciertas mentiras, puso el teléfono de una tía porteña como propio y lo mandó a las agencias. Las respuestas no tardaron en llegar. Ariadna tuvo que organizar su agenda adolescente junto con la de sus padres. Hasta que la decisión cayó de madura: si quería dedicarse al teatro, o al menos tener su chance, debía estar en Buenos Aires.
De tanto insistir, lo logró. A los 17 años, Ariadna se mudó a Buenos Aires. Completó de manera libre las materias que le quedaban del secundario. Durante la filmación de una publicidad, conoció a un chico llamado Victorio, que la llevó a la puerta de un representante. El padre de Victorio era actor; conocía los vericuetos: los castings, los representantes, qué se busca y qué no. Ariadna recuerda que ese representante los mandó a ella y a su amigo para que llevaran sus CV y fotos a un estudio de grabación: los de Canal 9, en el barrio de Palermo.
Era un lugar impresionante. Se entraba por una calle, había galpones y más galpones. Mientras ella avanzaba, aferrada a su CV, más grande se volvía el espacio. Ahí mismo entregó los materiales. Pensaba que volvería a su casa, pero la hicieron esperar a un costado. Al cabo de unos minutos, alguien salió, la señaló y le dijo: “Tengo un papel para vos, para un par de capítulos. Empezás mañana”. Era para un unitario llamado Femenino/Masculino, su primer trabajo en una ficción.
—Al toque salí en la televisión y me vieron en Rosario —dice Ariadna.
No sería la primera vez que la verían en su ciudad natal. Tiempo después volvió a obtener otro papel y luego otro. Hasta que le asignaron, finalmente, un papel más importante en una tira juvenil llamada El refugio. Grabó más de cien capítulos. Luego entró a otra tira, llamada Romeo y Julieta.
Cuando se le pregunta por esa experiencia, Ariadna medita por unos segundos:
—Las tiras juveniles son una puerta de entrada a un ámbito laboral. Te da oficio y es algo “real”. A una edad muy joven (yo tenía entre 19 y 20 años) manejás los tiempos de un rodaje, dónde pararte y cómo tener conciencia de la cámara. Y ganás plata. Pero al mismo tiempo hay algo raro. Porque lo actúan niños y adolescentes, pero la mirada es adulta. Y no es una mirada cuidadosa ni permeable; yo no creo que haya podido aportar alguna idea propia. Como actriz, hay algo peligroso en ese tipo de productos: una forma de actuar desde afuera, que te aleja de la emoción y de la verdad.
Ariadna sabía que podía quedarse ahí, en ese estereotipo, como les pasó a muchos chicos y chicas que tuvieron sus minutos de fama pero no lograron trascender ni profundizar en su profesión. Era una trampa. Pero había antecedentes contrarios: actores y actrices que habían estado en tiras juveniles pero habían podido cambiar el rumbo, como Dolores Fonzi con Verano del 98 o Leonardo Sbaraglia luego de Clave de Sol, entre muchos otros y otras.
—A los 22 años me junté con mi representante y le dije que no quería trabajar más en tiras juveniles —dice Ariadna y agrega, riendo—. Y ahí no trabajé por dos años.

Todos coinciden en algo: no hay otro lugar en el mundo como la ciudad de Buenos Aires cuando se habla de teatro independiente. La oferta es continua y variada. Abundan las escuelas, los laboratorios, los maestros, los grupos y las compañías. La UNA, la EMAD, las clases de Mauricio Kartún, la historia del psicodrama y el espectro de Alberto Ure. Pero detrás de ese submundo que se agita en cada rincón de la ciudad de Buenos Aires hay de todo. Y es fácil caer en manos de un docente equivocado o tener una experiencia poco gratificante.
Cuando Ariadna decidió instalarse en Buenos Aires, hizo un rastreo: quería absorber de todo y de los mejores. Mientras trabajaba en tiras juveniles, se formó paralelamente. Estuvo dos años con Rubén Schumacher, de quien aprendió texto clásico. Tres años en el famoso estudio de Nora Moseinco (“aprendí que hay una verdad propia, la que llevás con vos y que solamente vos le podés dar al personaje”). El tiempo que estuvo con Luciano Suardi fue suficiente para entender que era una buena actriz: “Me dio confianza escénica. Y eso a veces es mucho más de lo que te dan otros maestros”. Con Marcelo Savignone exploró el trabajo físico, la comedia del arte, las máscaras y el clown: “Fue como hacer la UNA, pero poniendo el cuerpo en toda la teoría”. Con Binetti retomó algo que había quedado en la infancia: la escritura dramática.
Quien se forma con directores del teatro independiente continúa con su paso lógico: las obras. Si se googlea el nombre de Ariadna Asturzzi en la página Alternativa Teatral, se van a encontrar más de 33 obras en las que participó. Transitó toda clase de escenarios: grandes, chicos, comerciales, independientes, improvisados, en exteriores, en casas, hasta en una pileta con Subacuática, dirigida por Fernanda Ribeiz y Luciano Cáceres. Desde formar parte del elenco de Los Kaplan, su primera obra comercial, dirigida por Eva Halac, con el Chino Darín, Jorge D’Elía y Claudio Rissi (“Fue la primera obra en la que me pagaron un sueldo”), hasta las experiencias del escritor Daniel Guebel como director en Pobre Cristo. Hizo obras clásicas del teatro argentino como En familia, de Florencio Sánchez, y obras de Shakespeare como Antonio y Cleopatra, Ricardo III y Cardeño, todas dirigidas por Patricio Orozco. Estuvo al lado del mítico Rodolfo Ranni en Los martes orquídea, dirigida por Lía Jelín, e integró el elenco de La liebre y la tortuga, dirigida por Ricardo Bartís para el Teatro Cervantes.
También hizo cine: interpretó a una adicta sin recuperación en Desmadre, el debut cinematográfico de Jazmín Stuart. Fue dirigida por Federico Sosa en Yo sé lo que envenena. Y trabajó en Estepa, junto a Agustín Sullivan, y en la serie Reinas, ambas de Mariano Benito. En esta última encarnó a una detective que persigue el rastro de chicas muertas que aparecen en Bariloche. Fue gracias a este papel, en una serie chica producida por el programa federal del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (hoy extinto), que llamó la atención del mítico productor Pablo Codevilla, gerente de contenido de Canal 13.
Codevilla estaba buscando de urgencia un reemplazo para Fernanda Metilli en la obra Inmaduros, que protagonizaban Adrián Suar y Diego Peretti. Ariadna recibió el llamado y se preparó para hacer el casting para el papel de Nuria, una feminista beligerante que les pone los puntos a dos tipos en vías de deconstrucción.
— Hice lo único que no hay que hacer en una audición teatral: equivocarse y en lugar de seguir, cortar. No conforme con eso ¡lo hice tres veces en la misma parte y me insulté a mí misma en voz alta. Parecía que hacía todo lo posible para que no me llamen y... me llamaron igual.
Ariadna quedó en la obra. Inmaduros fue un éxito de público y dio vueltas por todo el país. De jueves a domingo, en el teatro El Nacional, la obra llenaba más de mil butacas. En paralelo, Ariadna estrenó una obra de su autoría llamada Melincué en el Teatro del Pueblo, junto con Julia Tozzi y Maximiliano Meyer, sobre una profesora de literatura frustrada que se escapa con una alumna a la laguna de Melincué y pasan la noche en un camping. Su compañero de elenco de Inmaduros, Diego Peretti, fue a ver la obra y, en una cena posterior a una función, comentó en la mesa:
— Che, fui a ver la obra de Ariadna. La piba escribe bien.
No era una novedad que escribiera bien. Ariadna cursó la carrera de Artes de la Escritura en la UNA, publicó un libro de poemas llamado Mundito y estrenó el monólogo ¿Alicia?. Su obra Con el alma aferrada, dirigida por Tatiana Santana, se estrenó en La Comedia de la Provincia de Buenos Aires. Relata el regreso de un tanguero de la muerte con un secreto a cuestas.
Durante esa cena, Adrián Suar paró la oreja. Había tenido a una autora a su lado todo ese tiempo y no sabía. Se interesó.
—Y así me llamó para escribir — dice Ariadna.

Era una idea vaga, sencilla: tres hermanas, un living, el Alzheimer. A Suar le interesaba tratar el tema de la enfermedad y ver cómo una noticia puede cambiar, hasta incluso dinamitar, los vínculos familiares. Era casi un ejercicio de teatro, o de escritura. Ariadna empezó a tirar del hilito que de a poco se convirtió en una soga. No quería quedarse solamente en lo anecdótico; quería entender qué dinámicas nuevas o resistentes se generan cuando una noticia de este calibre sacude las estructuras.
—Me interesaba tomar la enfermedad como un puntapié —dice Ariadna—. Tratar de ver qué cosas ilumina u oscurece el vínculo entre las hermanas, sobre todo aquello que se tiene oculto o cristalizado.
A medida que avanzaba en la escritura, Ariadna encontró el núcleo del conflicto: que la madre de estas tres hermanas no estuviera aún diagnosticada. La sospecha, pensaba con criterio, le permitía abrir un abanico de puntos de vista. Cada hija tendría una mirada distinta, una fantasía diferente y hasta una madre distinta. Cuando Ariadna pudo determinar que el hecho de la enfermedad no estaba consumado, sino que era una especulación, empezó a indagar en las voces.
—La enfermedad no le sucede solamente al enfermo. Por otro lado, se la puede tomar con solemnidad y dramatismo, o se le puede sumar humor, con amor, sin agregarle una carga mayor de la que ya tiene.
El nombre de las tres actrices apareció mientras Ariadna avanzaba en la escritura y las correcciones con Suar. Él le preguntó a quién se imaginaba encarnando a estas tres hermanas, y los nombres coincidieron: Soledad Villamil sería la hermana mayor, Julieta Díaz la hermana profesional y atribulada, y Pilar Gamboa la menor, que reclama un lugar en el triángulo. Las tres se juntan para festejar un cumpleaños y para decidir qué van a hacer con su madre, una notable jueza que tuvo un episodio en el juzgado. Las tres actrices confirmaron que harían la obra en la primera lectura.

Las hijas tiene un plus más. Se trata de la primera obra dirigida por Adrián Suar. Productor argentino de larga trayectoria, actor de tiras televisivas y de películas populares como Un novio para mi mujer, Me casé con un boludo y Poliladron, entre muchas otras, Suar decidió que sería el director de la obra. La puesta escenográfica es sobria y detallista, pero lo que más destaca son los movimientos de las actrices en el escenario: la ductilidad para manejar los climas, las tensiones y los tiempos, para saber cuándo ajustar los momentos de comedia y cuándo darle espacio a la tensión dramática. Las hijas no se detiene nunca y la genialidad de Asturzzi está en dosificar la tensión y en orquestar los diálogos con un oído muy fino para el habla popular, pero que entiende también las modulaciones de una clase media porteña con formación profesional siempre en riesgo.
El mundo de estas tres hijas, a la deriva frente a una noticia que nunca se termina de aceptar, se vuelve universal. No siempre pasa ver en el teatro a quinientas personas riendo y llorando al mismo tiempo durante una hora y media, de jueves a domingo, en el Teatro la Plaza. Tampoco pasa ver que esas quinientas personas, cuando cae el telón, aplaudan sostenidamente de pie, al borde de la risa y el llanto. Tampoco le había pasado a Ariadna. Aquella niña que escribió en letra manuscrita una versión de El avaro de Molière ahora recibe, luego de cada una de las funciones, mensajes y mensajes en las redes de personas que asistieron a la sala. Los mensajes hablan de cómo se sienten identificados con alguna de estas tres hijas que, parafraseando un texto de Soledad Villamil en un pasaje de la obra, son el resultado de lo que cada una cree recordar sobre su madre. Porque madre hay una sola; recuerdos y ficciones, en cambio, hay muchas.
