La felicidad es una pregunta que vuelve una y otra vez. Quizás porque nunca se termina de responder o porque, incluso cuando creemos encontrar una respuesta, nunca termina de convencernos. Buscamos entonces instrucciones, fórmulas, métodos, pequeñas certezas que prometen acercarnos a ese estado que parece tan sencillo de nombrar y, al mismo tiempo, tan difícil de sostener.
“La felicidad es como la paz. La felicidad no se tiene sino por momentos. Y no se sabe que se tuvo sino después, cuando ya pasó”, se escucha en la voz de Gabriel García Márquez en uno de los interludios que atraviesan el último álbum de Monsieur Periné: Instrucciones para ser feliz.
Desde esa premisa nació el último disco de la banda colombiana formada por Catalina García y Santiago Prieto. Un trabajo que no intenta ofrecer una respuesta definitiva, sino abrir un espacio de búsqueda a través de la música. Una exploración donde conviven los ritmos latinoamericanos, el jazz, la electrónica, el bossa nova y las tradiciones caribeñas con letras que hablan sobre la existencia, la libertad, la migración y el amor.
Este disco fue lanzado en abril de este año. Después de casi dos décadas de trayectoria, Monsieur Periné continúa moviéndose entre fronteras sonoras y geográficas. Su música nació en Colombia, pero desde el comienzo entendió que las raíces no son un lugar fijo, sino algo que se transforma con cada viaje. Quizás por eso este álbum reúne colaboraciones con artistas como Rawayana, Carlos Vives, Juliana, PJ Sin Suela, Piso 21, Luísa Sonza y Bebo Dumont, distintas voces que dialogan alrededor de una misma búsqueda, un territorio común donde la celebración y la reflexión conviven.
Antes de subir al escenario del festival Pirineos Sur, después de haber cruzado el océano y llegar desde Cartagena de Indias, Catalina García habla de la música como un privilegio, pero también como un trabajo colectivo sostenido por muchas personas que permanecen invisibles. “En un mundo tan complicado, tan difícil y tan violento, poder hacer música ya es un regalo gigantesco”, dice.
La escena parece resumir la esencia de Monsieur Periné: detrás, las montañas del Pirineo; delante, un público que baila mientras canta el estribillo de “Natural”, la canción que compusieron junto a la banda venezolana Rawayana, que provoca que la energía suba y el público no deje de moverse. “No hay derecho a tanta belleza”, dice Catalina en medio del concierto, cuando el paisaje parece detener el tiempo.
Un minuto más tarde, la banda canta: “¿Y qué voy a hacer si la vida se va? ¿Y qué vas a hacer si la vida es un flash?”, en una canción compuesta junto al cantautor colombiano Carlos Vives. Una pregunta que vuelve sobre la fugacidad de la vida y sobre esa necesidad de estar presentes antes de que el instante desaparezca.
Pero la belleza también convive con el esfuerzo. Frente a la imagen romántica de los artistas en movimiento, Catalina recuerda que las giras implican cansancio, disciplina y una maquinaria humana enorme detrás de cada presentación. “Hay una romantización alrededor de este oficio. A veces se piensa solamente en la parte bonita, pero es un trabajo muy exigente”, explica.
En ese equilibrio entre la celebración y la dificultad aparece una de las ideas centrales de Instrucciones para ser feliz. En el disco, el discurso sostiene que la felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de atravesar la vida con todas sus contradicciones.
A lo largo de su carrera hay una búsqueda constante por mezclar sonidos y tradiciones. En Instrucciones para ser feliz esa exploración parece estar muy presente. ¿Cómo definiríais el universo musical de este disco?
Desde el principio entendimos la música como un espacio de experimentación. De hecho, cuando éramos muy jóvenes, antes de tener siquiera un disco, llamábamos a nuestro proyecto Laboratorio Experimental de Música.
Éramos unos chicos investigando, explorando, buscando nuestras raíces; siendo colombianos, pero también queriendo abrir la mirada hacia otros lugares.
Siempre nos ha llamado mucho la atención el Caribe, que hace parte de nuestra identidad, pero también todas las músicas que se cruzan con ese territorio.
Instrucciones para ser feliz tiene muchas influencias, como otros álbumes nuestros. Somos muy eclécticos: aparece la salsa, el bossa nova, la guaracha, la electrónica, el house, sonidos más contemporáneos y a la vez todo ello pasado por nuestro propio lenguaje.
Al final son canciones, y las canciones son el centro de todo. Lo que hacemos es poner esos sonidos a conversar.
También hay algo muy ligado al espíritu gitano, porque todo empezó inspirado en el jazz manouche. Ese universo nos enseñó mucho sobre la improvisación, sobre transgredir fronteras, sobre no quedarse en un solo lugar.
Quizás nuestra trayectoria también tiene algo de eso, con viajar, conocer, escuchar a otros artistas y dejar que cada experiencia nos transforme. Cada disco tiene una investigación detrás, una pregunta y una dirección hacia dónde queremos ir.
Y específicamente en este último disco, ¿qué investigación hay detrás?
Yo creo que, en mi caso, veo la música como un espacio de resistencia. Hacer música es un camino de conciencia, una forma de recordar qué es lo que realmente me importa.
En este caso, con Instrucciones para ser feliz, fui en búsqueda del gozo y la libertad de existir. Es decir, de estar presente, de estar viva, de sentirme suficiente.
También fui en búsqueda de entender que las personas con las que me siento a crear son mi comunidad; que ese momento es una oportunidad para desnudar aquello que somos, eso que nos hace tan vulnerables y tan humanos, y ponerlo al servicio de algo que está por encima de nosotros, algo mucho más grande.
¿Esa sería tu instrucción para ser feliz?
¡Exacto! Mi instrucción máxima es entender que la felicidad no es un estado al que llegas, sino una búsqueda, una perspectiva desde la cual atraviesas la vida con su dureza, su complejidad, sus miedos y su fragilidad.
Si tenemos la oportunidad de existir y de hacer algo que nos gusta, hay que honrar esa posibilidad y no convertirla en una jaula, en un espacio de restricciones o de miedo. Todo lo contrario, tiene que ser un lugar de expansión.
Creo que la música no solo invita a encontrarte, sino también a mostrar tu verdad, tu lugar más íntimo, más vulnerable: ese lugar donde sientes que nadie más te entiende.
Hacer música es estar al servicio de eso. Y para llegar ahí se necesita mucha conciencia, porque alrededor hay muchas voces que constantemente te dicen: “no es así”, “no está bien”, “lo que haces no es suficiente”. La industria es dura, es compleja. Entonces hay que tener una intención muy clara.
Y en esa claridad mencionas a la música como un espacio de resistencia, ¿cómo se sienten tocando música latina en Europa?
Es hermoso. Siento que cada show es un ritual en el que nos encontramos con personas que seguramente tienen historias muy difíciles, que no conocemos, pero que, si las sacáramos a flote, serían muy similares a muchas que ya hemos escuchado alguna vez. Eso me emociona.
¿Te referís a historias de migración?
Historias de migración, de desarraigo, de dejar a sus familias, de no saber hacia dónde va la vida, de llegar con una mano adelante y otra atrás, como decimos en Colombia; de soñar con tener oportunidades, con ser escuchados, vistos y aceptados.
Esa es una lucha diaria. Ser migrante ya trae una carga muy pesada, muy difícil.
Nosotros, como sudamericanos, sabemos muy bien lo que significa. Aunque nuestra música y nuestra cultura abran tantas puertas, sigue siendo doloroso venir desde allá. Muchas veces te siguen mirando desde el racismo, el clasismo y unas diferencias que son muy dolorosas.
Y no todas las personas tienen las mismas posibilidades. Nosotros somos unos privilegiados, pero hay personas que llegan aquí siendo mayores, sin conocer el idioma, sin saber qué va a pasar, y aun así apuestan su vida a esto.
Entonces poder pararse en un escenario y traer toda esa energía, traer un pedacito de casa, saber que hay personas del otro lado esperando sentirse un poco más cerca de casa, es algo muy poderoso.
¡Y qué escenario! Hoy traen su música a uno de los más privilegiados. ¿Cómo se sintieron al llegar y encontrarse con este lugar?
Ayer tocamos en Cartagena, en La Mar de Músicas, y después, a las dos de la mañana, nos subimos al bus y al avión. Ha sido un esfuerzo colectivo de todo el equipo. Creo que mucha gente no se imagina lo que significa estar de gira, atravesar distancias y sostener toda esta maquinaria.
En un mundo tan complicado, tan difícil y tan violento, poder hacer música ya es un regalo gigantesco. Y viajar con tu música por el mundo es un privilegio enorme.
Llevamos 19 años tocando y hemos tenido la oportunidad de venir varias veces a Europa, pero nunca habíamos estado en los Pirineos. Este lugar tiene una magia única.
Cuando hablas del esfuerzo de la gira, ¿cómo llevan ustedes esa parte menos visible del oficio?
Hay una romantización alrededor de este oficio. A veces se piensa solamente en la parte bonita, pero es un trabajo muy exigente. Requiere una enorme capacidad de mantenernos conectados, de poner energía, de sacar la milla extra para que finalmente suceda ese momento hermoso que ocurre cuando nos encontramos con el público.
Y hoy tuvimos un regalo enorme. Nos subimos al escenario justo cuando comenzaba el atardecer. Yo no veía la puesta del sol porque estaba detrás de mí, pero veía las montañas y pensaba: “¿Qué es esto?”. En mi cabeza no paraba de pensar: “qué momento para estar vivo”.
Además, es la segunda vez que compartimos este escenario con el maestro Rubén Blades.
Hablar de Rubén Blades es hablar de una figura fundamental para la música latinoamericana. ¿Qué significa compartir escenario con alguien que forma parte de la memoria musical de tantas generaciones?
Para cualquier latino, y especialmente para nosotros en Colombia, es algo muy emocionante. En mi caso, que soy de Cali, una ciudad profundamente salsera, su música me ha acompañado desde siempre.
Crecí escuchando su obra. Su manera de narrar nuestra identidad, nuestras historias más escondidas y también las más comunes, es impresionante. Tiene esa capacidad de contar quiénes somos, de poner en palabras experiencias que muchas veces no se nombran. Entonces poder compartir un escenario con él es algo muy hermoso.
También estuvo Melanie Santiler, que es una artista cubana increíble y que está construyendo un camino muy interesante para su generación. Nos habíamos conocido en Cuba hace un tiempo, cuando hicimos una colaboración con Cimafunk, una experiencia que nos llevó a la isla y que fue muy especial.
¿Priorizas armar las colaboraciones con artistas de diferentes países?
Claro, porque nuestra música es migrante. Entonces, qué mejor que conocer gente con diferentes acentos, inquietudes, sonidos. Estamos aquí porque nuestra música migra; si no, no existiría esta posibilidad, no estaríamos acá.
Y eso es muy grande, muy poderoso. Creo que llena de sentido y de amor ese lugar en el que a veces no nos sentimos reconocidos ni vistos. Ahí, cuando sucede la música, sí pertenecemos.
Creo que es una manera de crear identidad, territorio. De traer el territorio también a casa. La música es territorio.
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