En medio del patio del maestro Livio Girotto, Daniel observa la lección de garrote que se está desarrollando. Su compañero, Alfredo, está siendo instruido y, valiente, aguanta los golpes que recibe. Los muchachos están viendo clases del Juego del Garrote, un método de combate con bastones de madera tallados o con palos desnudos con tejidos a manera de empuñadura. Es propio del estado Lara, en Venezuela. Mientras uno observa, el otro practica. Es el año 1997.
Terminada la lección, Alfredo se le acercó a Daniel para enseñarle un diente que había perdido por un golpe. Procuró tener una actitud estoica durante la lección. Ahora le pide a su amigo que lo lleve al hospital para que le coloquen el diente en su sitio. Fue un aprendizaje duro, pero el dolor tiene una razón de ser. Y esa motivación será la que más adelante los llevará a crear la Fundación Jebe Negro, centrada en la enseñanza y difusión de artes marciales venezolanas y latinoamericanas.
Una investigación accidentada
Era el año 1993. Daniel y Alfredo practicaban kung-fu en la Universidad Central de Venezuela. En esa época, la capoeira, un deporte brasileño de contacto, empezaba a ser enseñada en la dirección de deportes de la institución. El saber de un método proveniente de un país vecino generó una pregunta en el par de amigos: ¿existe en este país algún estilo de combate autóctono?
Teniendo 19 años, ambos iniciaron la búsqueda. Fueron a todas las bibliotecas de Caracas. Lograron encontrar algunos libros en la Biblioteca Simón Rodríguez que hablaban sobre el garrote. El autor era Eduardo Sanoja, uno de sus principales cultores. A falta de maestros, iniciaron un aprendizaje empírico basándose en movimientos que aparecían en las ilustraciones de los materiales bibliográficos. Practicando en el Parque del Este, se les acercó Orlando Jiménez Yuri, maestro de kali filipino. Era el año 1995.
El maestro Orlando tenía conocimientos básicos del garrote, que enseñaba en sus clases de kali. Las primeras lecciones las recibieron con él, pero sabían que debían profundizar más. Meses después, él les presentó a Livio Girotto. Decidieron emprender un viaje al estado Lara para buscar a un auténtico cultor. El autobús desde Caracas a Barquisimeto recorría seis horas de camino. Llegaron en la tarde. Se bajaron y tomaron un segundo autobús hasta Cabudare.

En esa época no existían las redes sociales. No había instituciones para contactar. El plan era recorrer el pueblo preguntándole a toda persona que veían si sabía de alguien que practicara garrote. No funcionó. Esa noche durmieron en un hotel en Barquisimeto. No tenían dinero para cenar. Meses después repitieron el intento y, de nuevo, no lograron encontrar a nadie. En su segunda ida fueron un viernes 30 de septiembre, Día de la Secretaria, por lo que no había servicios de hotel. Tuvieron que pasar la noche en un establecimiento de bajísima categoría.
Ya en el año 1996, en el bulevar de Sabana Grande, justo en el centro de Caracas, encontraron a un hombre que llevaba en su mano un garrote. Se le acercaron a preguntarle si era un practicante. Él se colocó en una postura defensiva y preguntó: “Sí… ¿y ustedes?”. Al enterarse de que eran alumnos de Livio, se presentó: era el maestro Ramón Sarmiento. Les dio instrucciones para su próximo viaje a Lara. Allí finalmente lograron encontrar al maestro Mercedes Pérez, en una localidad llamada Pueblo La Piedad.
Las clases se dieron en el patio de Mercedes. Él escogía a uno y, durante dos o tres horas, le iba enseñando los aspectos técnicos del garrote. Su compañero tenía que quedarse observando. No había ningún tipo de estrategia pedagógica, como en cualquier gimnasio de hoy en día. Los golpes eran constantes. En una ocasión, el maestro se rompió la mano en medio de la clase e igualmente esperó a terminar para buscar atención médica.
—Cuando el dolor está asociado a un valor, tú aprendes. No es dolor indiscriminado, pues conjuga el dolor con la técnica. No hay morbo. De modo que esto sirve a modo de aprendizaje —afirma Alfredo.
Ellos solo podían recibir clases cuando viajaban a Lara. Después conocieron a Eduardo Sanoja, quien gustoso los aceptó como pupilos. En promedio, pasaban un fin de semana allí cada tres meses. Las prácticas las hacían con Livio en Caracas. Al cabo de cinco años, su formación estaba más o menos completa.

Un estilo de combate de Lara
El Juego del Garrote no encaja del todo en la definición de “arte marcial” ni de “deporte”. Comprende un conjunto de técnicas de defensa y ataque, pero también tiene una dimensión lúdica. Dado que la cultura oral se diferencia mucho de la académica, sus métodos de enseñanza no están sistematizados. Sí tiene cierto orden de temas a aprender, pero no de forma estandarizada. Daniel asegura que es un juego que a su vez se compone de diferentes juegos.
Los garrotes se hacen con diferentes maderas: jebe, araguaney, limón de montaña o pardillo. Los más resistentes son los elaborados con jebe.
Primero se aprende el Juego de Educación de la Mano, que consiste en reconocer los movimientos de las articulaciones, además de los aspectos de seguridad básica para poder jugar al garrote de manera segura; luego viene La Carretilla, que se trata de ataques y defensas dirigidas a las cuatro zonas del cuerpo; después vendría el Juego de las Figuras, que se fundamenta en técnicas ofensivas y defensivas básicas dirigidas a la izquierda y a la derecha; después viene el Juego de las Líneas, que complementa las partes anteriormente descritas.
Quien desee instruirse en el Juego del Garrote pasa por cuatro niveles:
Principiante: se aprende todo lo dicho en el párrafo anterior, incluyendo pisada, mirada y cambio de mano, así como las formas que debe seguir el cuerpo y las líneas de ataque.
Aprendiz: se reciben conocimientos sobre técnicas refinadas relacionadas con el duelo, como los bloqueos, desarmes y caídas.
Jugador: se profundizan y perfeccionan los aspectos ya conocidos.
Maestro: además de dominar la técnica a la perfección, también enseña.
Ya dominados esos aspectos, se pueden pasar a algunas variaciones del garrote: sentado, de rodillas o acostado. O incluso se pueden utilizar otras armas que también están inscritas en la tradición, como machetes y cuchillos. Por supuesto, lo expuesto aquí no corresponde a un método exacto: puede darse con ciertas diferencias entre cultores de Lara. Inclusive existen diferentes estilos.
Eduardo Sanoja tenía una academia de artes marciales orientales en Barquisimeto, que fundó en los años setenta. Teniendo ya más de cuarenta años, apareció en su dojo una persona que preguntó si incluía lecciones de garrote. Él no tenía la más mínima idea de qué era eso. Tal y como lo hicieron Daniel y Alfredo, también inició una investigación con cultores de los pueblos y, pese a la zona en la que vivía, el proceso fue tan engorroso como lo fue para el par de amigos.
En los años ochenta, ya teniendo el conocimiento suficiente, fundó una asociación civil dedicada al rescate y difusión del Juego del Garrote. Realizó charlas y publicó libros. Dio clases en varias instituciones públicas y privadas. Su investigación fue pionera en el contexto nacional: no existía bibliografía al respecto en ese momento y hoy en día es casi la única.

El Juego del Garrote, al igual que muchas tradiciones latinoamericanas, tiene un origen difuso. La Fundación Jebe Negro cuenta con una copia de un documento de 1810 en el que se le prohíbe a los criollos y mestizos llevar garrotes. Dado que en ese año estaba iniciándose la Guerra de Independencia, era obvio que esa medida era para mantener a la población desarmada, en desventaja respecto a los españoles peninsulares.
El Juego del Garrote fue fundamental durante la Guerra de Independencia. El general José Antonio Páez lo menciona en sus memorias. Según parece, muchos de los soldados del ejército patriota eran maestros garroteros. Varios españoles fueron derrotados a palazos y, a finales del siglo XIX, el estilo de combate logró su época de gloria, cuando alcanzó su mayor difusión en Lara.
El Juego del Garrote, a diferencia de la mayoría de las tradiciones, no se transmite de padres a hijos. Los cultores piensan que eso es inadmisible, porque al padre no se le levanta la mano. O al menos así ha sido durante bastante tiempo. Por lo general, los garroteros tienden a ocultar o disimular la actividad que practican. Muchos se niegan a hablar del tema. Si bien no hay una reglamentación, existen códigos de conducta. Similar a la masonería, los garroteros tienen ciertos saludos y palabras que usan para comunicarse entre ellos. Con el tiempo se han vuelto menos secretistas, y ya muchos maestros garroteros pueden hablar de su arte en público.
Cuando un maestro acepta transmitirle sus enseñanzas a un interesado, desarrolla las clases en un patio. Anteriormente era en una montaña o en alguna locación alejada de cualquier centro urbano. Se dibuja un cuadrado en el suelo, y ese será el centro de operaciones. Tal y como le ocurrió a Daniel y a Alfredo, los golpes son parte de la formación.
Durante cinco años, Alfredo y Daniel apenas pudieron seguir practicando. Gracias al maestro Livio, consiguieron un puesto como gerentes de McDonald’s en La Guaira, una ciudad costera cercana a Caracas. Muchas veces trabajaban de diez a diez. Dedicarse al garrote era todo un reto, hasta que llegó el momento en el que optaron por fundar Jebe Negro.
—Hay gente que le quiere atribuir la invención del garrote a un grupo étnico en específico. Eso es por ideología. Dicen que nació a partir del Palo Chico Canario. Pero es muy diferente, aunque tenga algún punto en el que coincida. No hay una fecha ni fundador. Sus orígenes son mestizos y populares —dice Daniel.
Poco conocimiento, poca difusión
Para el siglo XXI, el Juego del Garrote sufre peligro de desaparición. Sanoja le atribuye tres motivos a su declive: en primer lugar, su doloroso método de enseñanza, que lo hace poco accesible; también su forma de transmisión, que dificulta su reconocimiento a nivel nacional; y, además, la transculturización que sufrió Venezuela, aunado a la falta de políticas públicas al respecto. Hoy son pocos los maestros que se encuentran en Lara.
Institucionalizar el Juego del Garrote es una labor imposible. Comprende códigos, pero no reglas. Hay movimientos defensivos y ofensivos, pero no se aprenden en un orden específico ni tienen formas fijas. Sumado a esto, muchos cultores de Lara, por carecer de formación académica, no disponen de las herramientas necesarias para elaborar un plan de enseñanza.
—Cuando se institucionaliza una práctica, puede ser el principio de su muerte. Puede empezar su banalización. La masificación ayuda a que no se pierda, pero hay un precio. El yoga tiene un significado espiritual y, al final, ahora tienes que comprar artículos especiales para hacerlo; entonces no eres un practicante, sino un consumidor —dice Daniel.
Alfredo y Daniel tuvieron dificultades para ser reconocidos dentro de la comunidad de garroteros de Lara. En sus viajes se encontraron con muchos cultores, practicaron junto a ellos y recibieron sus enseñanzas, pero siempre sintieron de su parte un trato paternalista. Al cabo de cinco años, Sanoja les permitió enfrentarse en auténticos combates con garroteros de la zona. Sin embargo, tomó tiempo para que la comunidad dejara de percibirlos como un par de niños caraqueños.
El Juego del Garrote es desconocido para los venezolanos, inclusive en Lara. Al igual que otras manifestaciones del país, ha sido poco investigado. Mientras tanto, el Estado brasileño ha apoyado a la capoeira durante décadas, ha hecho políticas para su difusión y conservación, lo cual se traduce en beneficios económicos: todos los años Brasil recibe a miles de turistas que quieren conocer ese estilo de combate. No hay ninguna razón para que eso no ocurra también en Venezuela.
El maestro Sanoja aprendió el estilo curarigueño, proveniente del pueblo Curarigua. Sus practicantes lo aprendieron de Clarencio Flores, un campesino que trabajaba en una hacienda local. Era analfabeto. No se sabe quién le enseñó ni cuántas técnicas fueron desarrolladas por su persona. Todo lo relativo a su vida ha quedado en el misterio. En su libro Juego de Garrote larense: el método de defensa personal venezolano, Eduardo le dedica unas palabras:
“A Clarencio Flores, maestro de mi maestro; cuya leyenda de su destreza quedó flotando como la bruma por los cañaberales de Palavecino”.
