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Rodrigo Fresán: “La idea de que la ficción es mentira es ridícula”

El escritor argentino detalla las claves de ‘El estilo de los elementos’, novela sobre un lector clandestino que tiene mucho de autobiografía.

El escritor Rodrigo Fresán. ALFREDO GARÓFANO

El estilo de los elementos es la nueva novela de Rodrigo Fresán. Random House la publicó a principios de año y en menos de tres meses miles de personas la leyeron. En esta entrevista con el autor argentino (¿o español?, ¿extraterrestre?, ¿tralfamadoriano?) nos metemos de lleno en su escritura, su vida —una infatigable—, y entendemos por qué es una figura sustancial para concebir la literatura argentina contemporánea.

“El libro también es una especie de apología y de defensa —nada encubierta— de la lectura”, dirá Fresán en esta charla. El estilo de los elementos es la historia de un lector, Land, que abarca tanto como su propio nombre. Y como siempre, nadie como Leila Guerriero para dar luz: “[Es una] novela tristísima que da felicidad, novela feliz que da tristeza”. En una trama personal de las letras hispanas, este texto se expande en cada una de sus más de 700 páginas: todo es una bocanada de aire más para respirar. Con un ritmo propiamente fresaneano, se funden los personajes con el mismo autor, verdaderos artefactos narrativos capaces de desestabilizar al lector desprevenido. Hay amor por los libros, hay política, exilios, la avenida Corrientes y sus librerías una al lado de la otra en Buenos Aires, hay análisis psicoanalítico, hay miseria existencial: es un libro argentino.

- …Lo sentía como una cosa tan propia, tan mía y personal, que dije: “Bueno, esto es como una especie de capricho que me doy y después pagaré las consecuencias”. Pero, sorprendentemente, incluso en España, que es el lugar donde desde más lejos se puede llegar a leer el libro, está teniendo una impresión bastante buena. Se reimprimió a los tres días que salió. Lo que no significa que se haya agotado, se reimprime cuando están todos los libros puestos en librería y no hay más en el depósito y entonces se piden más. Pero la primera edición fue de 3.500 ejemplares, que es mucho para acá, sobre todo para un libro de este porte que, está bien presupuesto, no va a ser un superventas. Pero la gente lo siente como muy cercano y muy propio, lo cual es un poco raro. Yo tengo varias teorías al respecto de por qué.

- A ver…

- Una no es necesariamente una buena noticia, pero me parece que es un signo de los tiempos: la gente, cuando se entera de que hay algo de verdad en el libro —quiero decir de historia real, porque la historia más imaginaria para mí esconde verdades, la idea de que la ficción es mentira es ridícula—, se da como un enganche más inmediato y tal vez mejor predispuesto. Eso puede tener que ver con las redes sociales. Varios amigos míos que lo leyeron me dijeron que se divirtieron mucho, que les pareció todo genial, pero que el libro fallaba de manera muy notoria en algo que se les hacía completamente inverosímil de la trama, que es que el personaje esté dos años sin ir al colegio y que los padres no se dieran cuenta… ¡Y es lo más verídico de todo el libro! Entonces, causa bastante gracia. Después, me parece que venimos de bastantes años de autoficción, y a mí me gusta más decir que lo mío es camión-ficción o tren-ficción.

- ¿Cómo es eso?

- Claro, que hay una cosa más contundente.

- Que te arrolla, directamente.

- Sí, un poco de eso. Y también hay una reivindicación de que la autoficción no tiene nada de novedoso y de que a mí la autoficción que me interesa es la de Dickens con David Copperfield o Jack London con Martin Eden o, más cerca, Los destrozos de Bret Easton Ellis. O Edward St. Aubyn, que tiene estas novelas de Patrick Melrose. Hay una miniserie con Benedict Cumberbatch, muy buena. Patrick Melrose es el nombre del personaje, y también es como una vida alternativa del autor de las novelas... Pero eso es viejo como el mundo, no hay nada nuevo.

- ¡Proust!

- Proust es el grado extremo de la autoficción. Pienso que entonces tal vez tenga un poco que ver con eso, pero estoy contento y gratamente sorprendido.

- Has trabajado un personaje de ficción, Land, que, como destacas, arrastra elementos de lo real. Sin embargo, Land no quiere ser escritor: es lector.

- No se puede ser escritor sin ser lector antes. De todas maneras, hay un misterio primigenio original en plan qué fue primero: el huevo o la gallina. Y no sabemos qué fue primero, porque si alguien escribió algo para que otro lo leyera después, esa persona tiene que haber leído algo antes para saber cómo se escribe. Pero sí, el libro también es una especie de apología y de defensa —nada encubierta— de la lectura, casi como último recurso y como algo que nos puede salvar a todos en determinado momento de la vida. Mucho más que la escritura, incluso.

Y [la novela] también es una defensa de una lectura juvenil. Cuando era chico, los libros infantiles y juveniles que leía no eran necesariamente infantiles o juveniles. Había una especie de consenso en pensar que El conde de Montecristo o La isla del tesoro eran libros para niños, y no eran libros eminentemente para niños en ningún caso. Y lo curioso para mí era que esos libros que yo leía de chico eran más o menos los mismos que leyeron mis abuelos de chicos, y por supuesto mis padres. Y de un tiempo a esta parte, hay algo que me perturba un poquito en tanto lector, y es el boom de la nueva literatura infantil. Lo dije en varios reportajes: me parece que hay un cierto... no peligro, no nos pongamos dramáticos, pero sí cierta reducción o pobreza en el hecho de que los chicos que leyeron Harry Potter en su momento ahora solo están leyendo a Sally Green, y que dentro de 20 años van a leer al autor que las editoriales determinen que es el que les corresponde para su edad. Ya no hay eso que de chico te hacía saltar de un autor a otro. Quiero decir, yo leí a Borges por primera vez a los 12 años, como leí a Lovecraft o a Cortázar, y de ahí saltabas a otros lados. Ahora me parece que está todo como mucho más dirigido. Por cada Mariana Enriquez, que es una gran escritora, salen veinticinco pseudo Marianas Enriquez a la sombra de ella tratando de captar algo que genere un efecto vampírico. Se pierde un poco el libre albedrío de lo que yo entiendo que es la lectura.

- Este es un libro sobre la infancia.

- Sí, todos mis libros tratan de eso en verdad. No lo veo tan lejano a Melvill, porque todos mis libros son sobre la infancia, los padres, leer y escribir, acordarse y olvidar. No hay mucho más que eso.

- Land en un momento dice: “Releer es recordar”.

- Sí, estamos todo el tiempo releyéndonos y reescribiéndonos y corrigiéndonos y editándonos. Por eso los padres de Land son editores y por eso también están los lápices, rojo y azul, como una especie de Excálibur.

- En el libro, Land empieza teniendo 10 años y recorremos su vida con él. Hay melancolía y clandestinidad, mucha clandestinidad.

- Sí, son dos años de un lector clandestino. De hecho, hay una especie de paradoja en el libro: finalmente, Land llega a tener una vida más clandestina que la de sus padres en el exilio. Y eso me lo comentó el otro día alguien por la calle, un argentino de mi edad que yo no conocía. Se acercó y me dijo una cosa que a mí me causó gracia y un escalofrío al mismo tiempo. Me dijo: “Muchas gracias, por fin alguien escribió la novela de los padres desaparecidos a quienes no secuestraron”. Me quedé helado. Creo que también eso está escrito: la trilogía de Alan Pauls es un libro que yo me cuidé muchísimo de no releer mientras escribía esto; me daba terror, hay como un perfume de puntos en común. De hecho, el personaje del chico de Alan en Historia del llanto aparece en un momento: es este que no puede llorar cuando ve el golpe de Estado de Chile. Pero volví a leer el libro de Alan porque lo tuve que presentar en Barcelona y me di cuenta de que nuestros libros son como hermanos siameses separados. Quiero decir, la novela de los padres no demasiado paternales se escribió muchas veces. No me siento pionero ni que haya descubierto nada.

- Mientras lo leía me preguntaba todo el tiempo cuántas referencias se me debían estar escapando.  

- Sí, de todas maneras, uno no puede controlar nunca dónde pegan en sus lectores los libros que uno escribe. Me parece una lectura lícita, pero [la novela] tampoco es un ajuste de cuentas con la generación de esos padres. No me interesaba que fuera un libro con sed de venganza ni hambre de revancha. En ese sentido, la generación de mis padres tuvo una losa bastante pesada. Primero, porque rompieron por completo con la de sus propios padres, incluso con muchísimas cosas buenas; y después, porque tenían una especie de mandato sociocultural de tener que cambiar el mundo y realizar la utopía y los Beatles y all you need is love, etcétera, etcétera. Y debe de ser bastante duro tener ese mandato como una obligación cuasi universal. A nosotros no nos pasó. Hay una cierta comprensión de eso: se los padece pero se los compadece, también.

- No lo leí como una revancha ni un ajuste de cuentas, es sobre los hijos.

- Totalmente, no es un libro en contra de los padres sino a favor de los hijos. Incluso a favor de los hijos que tendrá Land eventualmente, si alguna vez los tiene, y a favor de los hijos que fueron sus padres.

- Traes a Wittgenstein a la novela. Es interesante la intención de Land de escribir como ghostwriter, desde las sombras, para luego irse quizás al mayor tratado sobre la lengua.

- Sí, lo que hace Land es transcribir, más que escribir. Escribe vidas ajenas profesionalmente, y después la suya propia, a partir de las grabaciones que le llegan. Lo de Wittgenstein, me da un poco de vergüenza contar cómo llegué a eso. Yo no tenía ningún interés real en Wittgenstein, pero en la segunda parte necesitaba un libro talismán o amuleto que funcionara como la balsa que Land se armaba para no naufragar. Entonces se me ocurrió que como Land era fanático de las aventuras de Hijitus, cuando vio Tractatus dijo: “¡Es como de Hijitus!” (risas). Pero llegué al libro, finalmente, y todo encajaba, la idea del mundo escaso a la palabra. La verdad es que fue genial.

- ¡Me encanta que sea por Hijitus!

- Sí, es la verdad. Yo sabía más o menos de Wittgenstein, nunca estudié ni leí seriamente filosofía, pero Wittgenstein es a la filosofía lo que Glenn Gould es a la música clásica o lo que Bob Dylan al rock o Sallinger a la literatura. Son personajes que siempre me interesaron, el ermitaño famosísimo.

 - Llama la atención el nombre Land.

 - Hace poco trataba de recordar por qué se me ocurrió ese nombre y no tengo la menor idea...

- ¿No fue en esta intención de relacionarlo con la tierra, con la patria?

- Sí, y evidentemente en el libro están puestos todos los significados de la palabra land. Pero no me acuerdo el momento en el que dije: “Ah, debería ser Land por esto, por esto y por lo otro”.

- Es un libro importante, son más de 700 páginas. Es una novela que, a la hora de la escritura, te tuvo que haber llevado a esquemas, a estructuras de trabajo.

- La idea original fue a partir de que mi pareja y mi hijo se fueron un mes de vacaciones a México, hace dos agostos. Me quedé solo y dije: “Voy a escribir una novela en un mes”. La otra opción era convertirme en un idiota de Netflix. La idea original fue escribir nada más que esos dos años en la lectura clandestina, yendo a ese centro comercial, todo rigurosamente cierto. Yo iba a escribir eso nada más, con comentarios más desarrollados de los libros que había leído por ese entonces: El resplandor de Stephen King, El largo adiós de Chandler, El otoño del patriarca y Cien años de soledad de García Márquez, Lovecraft... Pero cuando empecé a escribir, me di cuenta de que al personaje le faltaba ir atrás. Entonces, pensé que tenía que explicar de dónde venía y cómo llegaba a esto. Y también tenía una idea suelta de hace muchos años, prepandemia incluso, de esta especie de epidemia de la amnesia selectiva donde uno se olvidaba de todo lo de uno pero se acordaba de todo lo de los demás. Esto generaba una nueva sociedad de olvidadizos y memoriosos, y encajó todo así.

Yo siempre trabajo en estructuras de tríos, de tres partes, y me sentí muy cómodo. Escribí la primera versión de las tres partes, unas 550 páginas, en un mes. Muy rápido. De todas maneras, el libro más rápido que escribí fue Esperanto, lo hice en una semana. O sea que tampoco me sentí particularmente orgulloso. Pero sí, lo escribí muy rápido. Por eso el libro tiene tantas fechas al final: tiene unas que son un mes y después sucesivos pasajes y repasajes de la novela, que es cuando yo más me divierto. De hecho, tengo un archivo con siete u ocho páginas con cosas que no entraron en la novela.

 - ¿Hay más cosas que no entraron?

 - Sí, después de que salió el libro incluso, sigo escribiéndolo. Cuando se me ocurre algo, lo anoto en el lugar donde entraría. En las traducciones eso va a estar. Por ejemplo, La parte recordada en la versión americana tiene 90 páginas más que la española. Y no son 90 páginas a continuación, son párrafos distribuidos en todos lados.

- Habías dicho que Melvill era un cuento de vampiros...

 - Sí, y este de fantasmas.

- Claro, y este de fantasmas. Pero este tiene algo de quijotesco, ¡es Drácula!

- Sí, Drácula aparece en varios libros: en Vidas de santos, en Las partes... Para mí, Drácula, como lectura y como libro, ocupa el lugar que ocupa en las novelas. Fue el primer libro que yo leí, todavía tengo esa edición viejísima, la conservo. Es un libro muy totémico.

- Veo un longseller: este es un libro para volver a revisar, hay tantas referencias, tantas lecturas a las que vuelves, etcétera. Es muy interesante lo que haces con las citas, son muy claras y le dan una ayuda al lector para entrar al mundo del escritor.

- Eso yo lo sentí con muchos escritores cuando, leyendo, decidí que quería ser escritor. Pero sin llegar al extremo de que un escritor te haga querer ser escritor, sino que te haga querer ser lector. Estoy muy convencido de que tiene que haber una vocación o aptitud cuasi evangélica en quien escribe. Es decir, predicar la buena nueva, el Evangelio. Me parece que además es una religión que nos puede comprender y comprehender a todos.

Rodrigo Fresán, con su vieja edición de 'Drácula'. ALFREDO GARÓFANO

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Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires en 1963 y vive en Barcelona desde 1999. Y ya se había exiliado con sus padres en Venezuela cuando era apenas un crío. A Land, el protagonista de El estilo de los elementos, lo seguimos por tres ciudades sin nombre pero claramente identificables: la Gran Ciudad I (Buenos Aires), el exilio con sus padres editores en la Gran Ciudad II (Caracas) y su nueva vida en la Gran Ciudad III (Barcelona).

- Pasaste ya la mitad de tu vida afuera, y más también...

- Sí, tengo muchos más años y muchos más libros escritos en España que en Argentina. No sé si soy un escritor argentino, español o extraterrestre. Creo que extraterrestre. Por eso siempre digo que me gustaría ser un escritor tralfamadoriano, por Matadero cinco. En un momento [de la novela de Kurt Vonnegut] se describen los libros de ellos y dicen que son libros donde suceden todas las cosas al mismo tiempo, y que es una sucesión de momentos maravillosos que no tienen moraleja, principio ni final. Ese es mi estilo, finalmente, me parece. Y el párrafo ese de Matadero cinco está en todos mis libros. Ahí está también dicho, en un momento el personaje de César X Drill dice: “Tenés que leer a Vonnegut, tenés que leer este libro”.

- ¿Quién es César X Drill? No me digas que no es alguien.

- En la novela ningún personaje es nadie, pero todos son compuestos. César X Drill tiene partes de Rodolfo Walsh, a quien conocí durante toda mi infancia porque frecuentaba mucho mi casa. Tiene partes de Quino también, a quien también conocí muchísimo y fue una especie de padrino para mí. Tiene partes de Paco Porrúa, el editor, que fue marido de mi madre. Y después tiene partes de Oesterheld, a quien no conocí, pero considero que El Eternauta es una de las grandes novelas argentinas. Y tiene la voz, cuando habla, de Claudio López Lamadrid, el editor que murió. Pero también, en términos de lector-escritor, es una especie de arquetipo que me gusta mucho de las novelas del siglo XIX, particularmente las de Dickens, que es la idea esta del benefactor adulto que mueve un poco los hilos de la vida.

- El deambular del personaje por las librerías de la avenida… ¿Ese deambular lo has vivido?

- Sí, lo viví no sólo en la adolescencia cuando volvimos de Caracas, en el 79, sino también en la infancia. La última casa antes de irnos —casi de un día para el otro— estaba en Callao y Arenales y la librería Fausto quedaba a la vuelta, en Santa Fe y Callao. Era mi segundo hogar. Me conocían todos los libreros. Iba a leer ahí y a comprar libros.

- Y esos referentes, los de verdad, como los camiones Duravit...

- Eso es uno de los motivos por los cuales lo sigo escribiendo. A veces, a las tres de la mañana me despierto y digo: “¿Cómo no mencioné esto?”. Esa parte más enciclopédica, o como de catálogo, es un homenaje a Melville, a los capítulos de Moby Dick que son como enciclopédicos.

- Si trasladamos a día de hoy lo que decías sobre los chicos que leen Harry Potter y alguien escribiera algo por el estilo, ¿a qué podría hacer referencia? ¿A Netflix, a Spotify?

- Yo soy optimista en ese sentido. Pienso que toda época, por más siniestra u oscura que parezca, termina generando algo bueno. El arte se suele nutrir bastante de la oscuridad para iluminar. La idea de que el buen arte puede surgir a partir de una buena época no me cierra. Está el Renacimiento, pero también el Renacimiento tenía un montón de lados oscuros. En ese sentido, creo que va a haber cosas buenas y buenos referentes.

Es cierto que nunca se leyó y escribió más que ahora, pero se escriben estos mensajes con emojis y cositas. Yo me acuerdo que se esperaba con gran ansiedad la primera novela generada por las redes sociales. No llegó nunca, me parece. Están estos que escribían novelas en tuits, en 140 caracteres, y eso no generó nada más que una especie de ruido. Lo que sí me parece un poco raro o alarmante, pero que tampoco me quita el sueño, es que los jóvenes ahora escriben sobre el presente o sobre el futuro, y el pasado no les parece un material tan interesante. Es comprensible, también.

- Tienen un pasado muy cortito los jóvenes.

- Sí, es un pasado muy cortito, pero está todo el pasado de la humanidad también. Otro de los libros claves dentro de la novela es ¡Absalón, Absalón! de Faulkner, que es un libro sobre el pasado y sobre cómo el pasado te devora. Esto lo hablé alguna vez con Martin Amis, que está presente en el libro y que es un escritor que me interesa mucho. Él me decía que a los 40 años se dio cuenta de que se iba a morir, a los 50 la pasó muy mal, y a los 60 sintió que se habían abierto las puertas de un palacio y que ese palacio era el pasado. Hay un momento en tu vida donde, si tenés una mínima inteligencia y responsabilidad con los demás y con vos mismo, alcanzás la plena conciencia de que tu pasado es más grande que tu futuro, y tu pasado se vuelve algo muy interesante. De repente, tu presente se nutre más del pasado que del futuro. Te van a pasar cosas en el futuro, pero tal vez las cosas realmente determinantes están atrás, la mayoría de ellas. Negarse a mirar atrás me parece un poco necio.

- Podríamos pensar al libro como un libro melancólico, que es un término que tiene distintas interpretaciones.

- Sí, me sorprende mucho la gente que le da un cierto perfume negativo a la melancolía. A mí me parece que es una cosa totalmente diferente. La nostalgia, también. Quiero decir, todo en su justo término y armoniosamente. Valga la paradoja, me daría mucha pena una persona que me dijera que no es melancólica o nostálgica, por entender esos conceptos como sinónimo de estar triste. Yo entiendo que la melancolía o la nostalgia tienen que ser cosas movilizantes, no algo que te achate.

- Ahora que nombraste a Faulkner, pensé también en Nabokov con Habla, memoria.

- ¡Sí! Todo el mundo piensa que es una biografía pero es una autoficción que está llena de imprecisiones. Tengo un libro sobre Habla, memoria que escribió un crítico que me gusta mucho. Hace un análisis y al final el tipo va a la biografía de Nabokov y coteja lo que es cierto y lo que no. Y hay un montón cosas que no son ciertas. Quiero decir, no son ciertas o verídicas pero sí pasan a serlo cuando el libro está escrito. Es su versión y por lo tanto es respetable. Si él entiende que esa es la verdad suya, es su verdad. ¡Además, es Nabokov! ¡Gracias por mentirme!

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Autor de los libros Historia argentina, Vidas de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra (Premio Nuevo Talento Fnac 2002), Jardines de Kensington (Premio Lateral de Narrativa 2004, finalista Premio Fundación José Manuel Lara), El fondo del cielo y de la trilogía La parte contada, el escritor, periodista y también traductor ocupa un espacio singular en la literatura de su país. Muchos de sus textos, sino todos, conjugan su propia vida con una narrativa ficcional que da luz a la historia negra de Argentina.

- Yendo a la literatura argentina, nombrabas a Borges, a Cortázar...

- Cortázar para mí es... No dejo de salir de mi asombro, ahora que se cumplieron 40 años [de su muerte] y salieron un montón de notas, con esa lectura que insiste en encajonarlo como una especie de lector para adolescentes. Con esta especie de boom de escritoras de lo extraño y del cuento… las comparaciones son odiosas, pero son pertinentes. No me parece que Cortázar esté superado.

- El estilo de los elementos también me llevó al Adán Buenosayres. ¿Hay algo ahí?

- Sí, son estos libros torrenciales, catalogadores, de movimiento constante, de entrada y de salida. También todos son de algún modo roman à clef. Adán Buenosayres está lleno de personajes inventados “basados en”. Hay una tradición ahí, seguramente. Cualquier tradición donde me pongan, yo la acepto orgulloso. No tengo ningún problema.

- ¿Y en qué tradición te ubicas?

- Es raro, depende del día. A veces me veo a mí mismo y pienso que debo ser un problema o una aberración del sistema para la elaboración de cierto mapa o árbol genealógico de la literatura argentina, porque no deben saber muy bien dónde ponerme. Al mismo tiempo, pienso que esa rareza es intrínseca a la literatura argentina, como un rasgo muy argentino.

- Sí, o esta necesidad de etiquetar.

- Sí, a veces pienso que todavía soy, para muchos, el autor de Historia argentina. Fue un libro de cuentos que se vendió muchísimo cuando no se vendían muchos libros de cuentos, y menos de autor desconocido. Tuvo muy buena crítica, y además tuvo un cierto abrazo de parte de una generación de jóvenes. Yo era consciente en ese momento de que eso molestó a mucha gente, y me parece que en algún lugar sigue produciendo ese mismo efecto. Además, también era una época en la que estaba ese duelo entre babélicos y planetarios... Los babélicos eran los estilistas metaficcionales y los planetarios eran los narradores puros. Se supone que yo era planetario porque estaba en Planeta, pero si vos agarrás Historia argentina es un libro más babélico que planetario. El presentador del libro fue [el escritor y editor Luis] Chitarroni, éramos todos muy amigos. Uno que trabajó en suplementos culturales sabe que a veces hay que llenar páginas y entonces queda muy bien inventar generaciones y capillas. Y eso se termina asumiendo y después tal vez es un poco absorbido por la academia, que lo promueve un poco. Pero en mi caso no era tan así. El duelo era Chitarroni versus [Juan] Forn porque eran editores. Los escritores éramos un poco los que estábamos como en esas anécdotas de la Primera Guerra Mundial, en las trincheras opuestas, que pelean y también salen todos a abrazarse, para después volver a sus trincheras.

- ¿Hay un tipo de lector? No por géneros, sino por dinámica. ¿Dejas libros sin leer, los lees hasta el final, lees muchos al mismo tiempo?

- Leo muchos libros juntos, y generalmente ya no me equivoco. Es muy difícil que empiece a leer un libro que no me vaya a gustar.

Ahora estoy en un momento medio complicado porque desde hace un año y unos meses tengo un covid persistente y uno de los síntomas es que me cuesta leer; no escribir, pero sí leer. Pierdo la concentración rápido. Entonces, la sensación que tengo cuando estoy leyendo es que tengo que apurarme antes de que se me vaya la cabeza. De todas maneras, hay libros que se las arreglan para vencer eso. Por ejemplo, cuando leí Holly de Stephen King no tuve ese problema. Con Los destrozos de Bret Easton Ellis tampoco. El de Leila [Guerriero] también lo leí muy rápido; los cuentos de Mariana [Enriquez], también. Volví a leer La zona de interés de Martin Amis y me pareció genial, cada vez mejor. La película es como la cáscara de la novela, la novela no existe en la película, es como la circunstancia.

Soy el tipo de lector que ya no tiene conciencia de lo que está leyendo porque es una parte muy importante de mi vida. Quiero decir, es como preguntar acerca de cómo comer, cómo mirar o cómo respirar. Es una de mis actividades esenciales, un signo vital. Si me hacen un análisis médico, en el monitor donde aparecen las ondas cerebrales, los latidos del corazón, tendría que haber una línea agregada que fuera la de la lectura. Si me dicen, “tengo una mala noticia para darte: no vas a poder leer más”, tendría que pensar seriamente en cómo seguir. Es como que me digan: “No vas a poder respirar, no te vas a morir, pero no vas a poder respirar”.

Periodista, editora y crítica cultural. Especializada en entrevistas públicas en el mundo literario y musical, además ha publicado crónicas y ensayos en antologías y publicaciones de habla hispana. También colabora escribiendo en diferentes medios como Le Monde Diplomatique, Diario Armenia y los suplementos de cultura de Perfil, Clarín e Infobae, entre otros.