El retorno de las diosas

Varios libros recientes ahondan en el culto a las deidades femeninas en el pasado lejano. ¿Es hora de reformular nuestra evolución cultural?

ELENA CANTÓN
ELENA CANTÓN

En su célebre ensayo ‘La teoría de la bolsa transportadora de ficción’  (publicado en Cíborgs, zombis y quimerasHolobionte, 2020), la consagrada escritora de fantasía y ciencia ficción estadounidense Ursula K. Le Guin, se inspira en las investigaciones de la antropóloga Elizabeth Fisher para proponer una curiosa teoría acerca del origen del mito.

Fisher había sugerido que la primera herramienta creada por nuestros ancestros no habría sido un hueso con una punta afilada instrumentalizado como una lanza, sino una bolsa. Es decir, un objeto contenedor, tal vez un sencillo morral trenzado con fibras naturales. Un recipiente para recolectar frutos, bayas, semillas y raíces. Sin embargo, como la actividad de la recolección probablemente no ocupaba mucho tiempo entre nuestros antepasados, es probable que algunos integrantes de la tribu se aburrieran. Y por eso, alguien, probablemente un macho liberado del trabajo de la crianza, un día volvió arrastrando de manera heroica el cadáver de un mamut. Y, lo más importante, también trajo una historia con él, el relato épico de esa aventura.

A este relato del origen del mito y la épica, Le Guin le contrapone con astucia la hipótesis de otro origen: no el de la lucha contra otra especie sino el de los relatos y narraciones que serían acarreados en esa bolsa transportadora, el morral, “la bolsa transportadora de ficción” como la primera tecnología transformadora de la especie humana. De tal manera, la escritora reemplaza la importancia del arma por la herramienta contenedora de otras ficciones, cuestionando las teorías del origen del héroe y la épica individualistas.

Ilustración del siglo XIX de Emile Bayard de hombres prehistóricos fabricando herramientas. ARCHIVO
Ilustración del siglo XIX de Emile Bayard de hombres prehistóricos fabricando herramientas ARCHIVO

En esta línea de pensamiento divergente de las bases de las teorías de la evolución biológica y social, la historiadora cultural Riane Eisler devela en El cáliz y la espada (Capitán Swing, 2021) una tesis que presenta el pasado prehistórico de una manera que alumbra nuevas posibilidades para nuestro futuro. Con un enfoque holístico que ilumina conocimientos de diferentes disciplinas, la investigadora austríaca propone una teoría sobre la evolución cultural de nuestra especie diferente a la que se enseña desde la escuela:

“Si miramos la historia desde una perspectiva holística que tome en consideración las dos mitades (femenina y masculina) de la humanidad y todo el desarrollo de nuestra evolución cultural, vemos cómo estos patrones cíclicos se relacionan con las transformación fundamental que hemos examinado: el cambio de sistemas en nuestra prehistoria que nos colocó en un curso radicalmente diferente de la evolución cultural. Si observamos lo que sucedió tras ese paso de un modelo de organización social de colaboración a otro de dominación con la perspectiva de los principios modernos de estabilidad y cambio de los sistemas que se están descubriendo en las ciencias naturales, la historia registrada adquiere una claridad y una complejidad renovadas”.

Documentándose con un amplio repetorio temático que va desde la antropología, la arqueología y la mitología hasta la crítica literaria y las teorías recientes del campo de la biología, Eisler reúne descubrimientos de estas disciplinas aisladas que indican lecturas novedosas de los antiguos paradigmas y que confluyen en tesis parecidas. Basándose principalmente en el trabajo de la mitoarqueóloga lituana Marija Gimbutas, elogiada por Mircea Eliade y Joseph Campbell por su contribución con los estudios sobre mitología y estudio de las religiones, Eisler propone su teoría de la transformación de la evolución cultural para entender la sucesión de una civilización basada en un modelo de colaboración a una fundamentada en un modelo de dominación.

El caliz y la espada Riane Eisler Capitan Swing

Según Eisler, las sociedades del Alto Paleolítico cuya representaciones divinas eran de signo femenino (y cuyo principal rastro serían las Venus paleolíticas), eran matrilineales, pacíficas, carentes de pronunciadas jerarquías, sedentarias y agrícolas, en las cuales la diferencia de género no implicaban inferioridad o superioridad. Y estas sociedades que acunarían las civilizaciones protoindoeuropeas fueron sometidas, a lo largo de diferentes invasiones por pueblos invasores de las estepas euroasiáticas.

De esta manera, los símbolos del cáliz y la espada del título del libro representan dos paradigmas que se sucedieron en la transición del Alto Paleolítico y el Neolítico en lo que ahora conocemos como mundo occidental. El primero, el cáliz, remite a las sociedades de lo que Gimbutas llamó “La Vieja Europa” en su famoso libro Diosas y dioses de la Vieja Europa (Siruela, 2014) que se extendieron sobre todo por el sudeste del actual continente europeo y los Balcanes entre 7.000 y 3.500 antes de Cristo. Estas sociedades —las raíces de la civilización griega que se desarrolló en la isla de Creta— eran sedentarias, pacíficas y dedicadas a la agricultura. En esta dirección, los hallazgos de miles de estatuillas y ajuares mortuorios verificaron un extendido culto a la Diosa Madre antes de las sucesivas invasiones de los pueblos indoeuropeos. Estos últimos, adoradores del poder de la espada, eran nómadas, se dedicaban a la ganadería y respondían a una estructura social androcéntrica y militar-jerárquica. Con ellos trajeron a nuevos dioses, masculinos, aguerridos y vengativos, como los Zeus y Ares del panteón grecorromano y el Jehová del Antiguo Testamento.

Las venus paleolíticas de Hohle Fels, de Dolní Věstonice y de Willendorf. ARCHIVO
Las venus paleolíticas de Hohle Fels, de Dolní Věstonice y de Willendorf. ARCHIVO

La investigación de Gimbutas y su teoría de los kurganes (el nombre de los túmulos a modo de tumbas creadas para los líderes de estos pueblos invasores) aparece apoyada aquí con otros sugestivas investigaciones transdisciplinares. Estas ponen en relación las teorías acerca de un antiguo régimen de derecho matrilineal que se habría desarrollado en las culturas prehelénicas de acuerdo con el jurista Johan Jakob Bachofen con el mito de la Edad de Oro y la Atlántida como ficciones apuntaladas por hechos reales (como el terremoto que hundio la mayor parte de la isla de Santorini) y que apuntarían a la desaparecida sociedad matriarcal e igualitaria. Esta habría prosperado en la isla de Creta antes del 3.000 a.C. y se demostraría además de los sugestivos hallazgos arqueológicos en las primeras tragedias clásicas como las de Esquilo.

De acuerdo con Eisler, en Las Euménides (458 a.C.) el dramaturgo griego representó el juicio de Orestes por asesinar a su madre, Clitemnestra, y los roles asignados a sus diferentes personajes femeninos simbolizarían la transición del caliz matriarcal a la espada patriarcal. Minerva, nacida de la mente de Zeus sin concepción maternal, exime de todo castigo al matricida Orestes, lo que significaría la justicia (y la concesión de un orden matrilineal a uno patriarcal). Mientras que las Furias, las Euménides, son las diosas de la venganza, entidades ctónicas, asociadas a los poderes subterráneos, que persiguen al acusado, que representan los vestigios del antiguo orden matriarcal. Considerando que la tragedia cumplía una marcada función didáctica a través de la catarsis, es evidente el carácter moralizante de la pieza clásica, como síntoma de la superposición de un régimen sobre otro, que sobrevivía a pesar del paso del tiempo.

'Orestes perseguido por las Furias', John Singer Sargent (1921). ARCHIVO
'Orestes perseguido por las Furias', John Singer Sargent (1921). ARCHIVO

En esa misma clave de lectura, Eisler analiza la representación de la serpiente en estas civilizaciones protoindoeuropeas, como atributo de la Diosa Madre relacionado con la transformación y la regeneración debido a su frecuente cambio de piel. Un símbolo que sería resignificado a través del mito de Adán y Eva y el pecado original con consecuencias que se siguen expresando hasta la actualidad.

De esta manera, El cáliz y la espada también propone un análisis de los innumerables prejuicios que acarrea la proyección de la ideología del presente sobre los hallazgos científicos. Por ejemplo, se hace eco del entusiasmo y la pasión por la mitología que alentó a los aficionados millonarios prusianos Heinrich y Sophia Schliemann a invertir en excavar y descubrir los restos arqueológicos de Troya en las costas de Anatolia, Turquía, a pesar del escepticismo de sus contemporáneos, que pensaban que solo era un mito. O relata cómo Charles Darwin silenció la evidencia de que existieron faraones de ascendencia africana para no contradecir los principios positivas y racistas dominantes en su época. O se detiene en las primeras hipótesis sobre las Venus paleolíticas, a las que se les atribuyó la mera función de diosas de la fertilidad y, hasta principios del siglo XX, se las consideró como estatuillas producto de la imaginación erótica-sexual de hombres prehistóricos.

Además de ahondar en estos malentendidos y prejuicios que condicionan las interpretaciones de hallazgos científicos y hasta la lectura del arte y la literatura clásicas en el presente, El cáliz y la espada retoma una de las principales proyecciones de la titánica tarea de Marija Gimbutas. La importancia de su contribución no fue solo  encontrar las pruebas arqueológicas y formular una clave transdisciplinar para entenderlas, sino especular con  las consecuencias sociales y políticas de esas conclusiones: “¿Cuáles son las consecuencias de estos hallazgos para nuestro presente y nuestro futuro? ¿Por´qué deberíamos creer en este nuevo punto de vista sobre nuestro desarrollo cultural en lugar de la vieja ciencia androcéntrica santificada en tantos libros de arqueología de edición de lujo bellamente ilustrados?”.

Diosas de Joseph Campbell y El mito de la diosa de Anne Baring y Jules Chasford

En continuación con esta línea de lectura, El mito de la diosa (Siruela, 2019), de Anne Baring y Jules Cashford,  presenta una teoría similar desde la historia del arte: desde las Venus paleolíticas y el culto a Ishtar en la Mesopotamia, a Isis en Egipto o las diosas del mundo grecoromano, hasta Medio Oriente, donde a través del cristianismo primitivo lo divino femenino transmuta en María, la gran diosa del cristianismo. Y por supuesto, una obra clásica, reeditada recientemente, Diosas, de Joseph Campbell (Atalanta, 2019), donde se expone el trabajo de la investigadora Safron Rossi que compiló y editó las conferencias impartidas por Campbell entre 1972 y 1986 sobre el simbolismo de lo divino femenino desde la Edad de Bronce hasta el florecimiento del paganismo durante el Renacimiento italiano.

En conclusión, del mito a la ciencia, de la literatura a la historia, en toda esta constelación de títulos se acumulan nuevas lecturas del pasado que, ojalá, iluminen de otra forma el futuro porque ¿Cómo cambiaría nuestra percepción del mundo y, sobre todo, de nuestro lugar en él si la historia de la civilización fuera contada atendiendo a estos nuevos hallazgos e interpretaciones? ¿Qué podemos aprender para el presente y el futuro sobre nuestra prehistoria?

Escritora. Colaboradora de medios como El País, Letras Libres y El Mundo, entre otros. Autora del libro de poemas Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr (2015), la novela La puerta del cielo (2018) y el libro de relatos Constelaciones familiares (2020). Acaba de publicar el ensayo Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos (2021).

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