Paulina Flores: “Ser escritora es profesionalizar la obsesión”

La autora chilena viaja a la Patagonia en 'Isla Decepción', un debut novelístico sobre amor, identidad y calamares que saben a esclavitud.

La escritora chilena Paulina Flores, autora de 'Isla Decepción'. IVAN GIMÉNEZ/SEIX BARRAL
La escritora chilena Paulina Flores, autora de 'Isla Decepción'. IVAN GIMÉNEZ/SEIX BARRAL

El indomable viento que arrecía en Punta Arenas, en el extremo sur de la Patagonia chilena, traspasa las páginas de Isla Decepción (Seix Barral, 2021), castigando y acariciando simultáneamente al lector, arrastrando los aromas a amor y desamor que Paulina Flores plasma en su primera novela. Este debut muestra múltiples enfrentamientos de voluntades naturales y humanas, pero todos esos conflictos, muchos de ellos en el mar, tienen más ecos temáticos en la crudeza desengañada del rap de Tyler, The Creator que en Joseph Conrad o Jack London. Pero luego la escritura no es en absoluto la de un rapero: las precisas y trabajadas descripciones parecen trabajadas en viejos puertos.

La realidad mancha los textos, de modo que la selección por parte de la revista Granta de Paulina Flores (Santiago de Chile, 1988) como una de las 25 jóvenes promesas de la literatura en español y el éxito de crítica de su libro de relatos Qué vergüenza (Seix Barral, 2016) cargaban la novela de expectativas mediáticas. La autora chilena no anda hacia el foco, se desplaza hacia este veloz como una gimnasta y, tras múltiples ejercicios contundentes, se aleja airosa.

En la primera apariencia, lo que desborda al lector de Isla Decepción es el amor y el desamor entre los tres personajes principales, los cuales parecen las partículas de un gas que, pese a la tendencia a la dispersión, mantienen elementos que siempre les permitirán reconocerse. Hay afecto y desafecto sexoafectivo, pero también parental y familiar: el amor como potencia de conexión. Pero la novela tampoco olvida los aspectos más económicos de las propias relaciones, ni deja de describir minuciosamente las réplicas que todavía emite el terremoto de un divorcio décadas más tarde. Además, a través de su personaje principal femenino, Flores regala pequeñas hipótesis de trabajo: la infidelidad como libertad e huida, el amor como delito contra nosotros mismos, la división por dos del tiempo de duración de una relación para saber cuándo tardaran en olvidar su pareja…

Esa aparente ternura y desengaño se disuelven como la sal en el océano del mundo crudo en el que la escritora sitúa la historia. El olor del mar envuelve las peleas, las llamadas de viejas parejas cargan revelaciones dolorosas, la masculinidad y, por ende, la paternidad parecen ir a pata coja como alguien recientemente derribado por un auto, los secretos fundacionales de las familias solo se cuentan cuando ya es muy tarde, la familiaridad se convierte en atadura y la confusión separa a los amantes.

Pero, en su novela, Flores no habla solo de amor. Tiene dos vectores sumamente contemporáneos que son el gesto de emplazar la identidad como duda o máscara y la lente sobre las temibles situaciones laborales de muchos individuos. La identidad es tan mascarada que como un disfraz puede pasar de unas manos a las otras, cargando entre sus símbolos incluso sueños y deseos. La crítica a las situaciones laborales de esclavitud en muchos lugares del mundo funciona como conciencia global y protesta de clase que, en la última parte de la novela, se mezclan con la crítica cultural más local a ciertas actitudes de la historia de los chilenos y sus fuerzas policiales. La autoconciencia de las lagunas y crímenes de la propia tradición cultural frente a los mapuches señala una importante relación con otras obras latinoamericanas.

Portada de 'Isla decepción', de Paulina Flores. SEIX BARRAL

Los tres personajes principales de este triángulo en la Patagonia son Miguel, Marcela y Lee. Miguel es el padre divorciado de Marcela y otros dos chicos que en muchos aspectos, pese a su avanzada madurez externa, siguen siendo inexpertos. Su oscurantismo emocional refleja muchos de los defectos de la masculinidad. Lee es un joven coreano que es rescatado del mar tras caer de un chimao, barco chino dedicado a la pesca de calamares que, por sus condiciones laborales, muchos confunden con una prisión. La condición de persona migrada en cualquiera de las dos líneas de narración de la novela lo obligan a estar ligeramente desplazado y construir uno de los tipos más complejos de interacción que parece interesa a la autora: el diálogo por ausencia. Por su parte, Marcela es una poderosa protagonista que, en una primera fase, nos enfrenta a la traición laboral de renunciar a los sueños para encadenarla, sin pausa, con el miedo cuando das el salto persiguiendo los sueños. Marcela también nos muestra con detalle parte de la arquitectura del deseo y, en general, no se puede dejar de sentir cariño por este personaje que recuerda tanto a esa clase de personas que, en un clima de afecto, acaricia al resto con una leve verborrea. Los que “hablan como un río torrentoso”, citando a la autora chilena.

Recién llegada del Hay Festival de Querétaro, Flores, que actualmente cursa un máster de creación literaria en Barcelona, nos atiende por videollamada.

- Citas como génesis de la idea para tu libro el reportaje ‘Misterio en el estrecho de Magallanes’, del periodista Rodrigo Fluxá, publicado en 2013 en la revista Sábado y centrado en los tripulantes de barcos-factoría asiáticos que cruzan las aguas heladas de la Patagonia. ¿Cómo crece a partir de ahí la novela y cuál fue el proceso de documentación?

- En el principio fui a Punta Arenas a preguntar: fui a la Gobernación Marítima y vi a gente que trabaja en el ejército. Uno de los únicos tipos de personas que se suben a los chimaos son los prácticos [capitanes de barco con dilatada experiencia], ya que el estrecho de Magallanes es una ruta de navegación muy difícil. Por ley, tiene que subir un práctico a guiar cualquier barco que pase por ahí, y logré entrevistar a algunos. Por otro lado, investigué también entre la gente de Punta Arenas, fui a hemerotecas y vi lo que se había publicado en los diarios. Ya después investigué sobre la industria pesquera esclavista: para eso hay un escritor que es Benjamin Skinner, que estudia sobre todo los tipos de trabajo esclavistas, ya sea en la industria de la moda o la digital. También encontré muchos testimonios en un instituto asiático de Nueva Zelanda donde se han intentado hacer varias cosas para restringir este tipo de trabajo. Y vi muchos videos de pesca de calamares, que por suerte hay bastantes.

- En La mano invisible (Seix Barral, 2011), el escritor español Isaac Rosa explica que es difícil y raro escribir sobre el trabajo porque se trata de una labor muy mecanizada y porque lo que se suele contar en las novelas es lo que sucede antes o después de trabajar. ¿Compartes esa impresión?

- Yo hablo mucho del trabajo en mi literatura y de lo que pasa alrededor. En Qué vergüenza aparece mucho personaje que está sin trabajo cesante y lo que implica eso: ese espacio mental y temporal anímico o problemático en cuanto a cuestiones económicas. Me sale de forma natural, no me lo cuestiono. No me gusta lo contrario: cuando veo una película de un personaje deprimido y sin trabajar me parece… poco realista. Trabajar ocupa bastante tiempo, energía y conciencia de una vida.

- En una entrevista reciente titulaban que solo hablas del amor. Sin embargo, en la novela hay mucho desamor. ¿Fuiste escribiendo sobre las dos cosas a medida que construías la novela o ya querías de entrada que fuese algo equilibrado?

- Me gusta la idea de hablar sobre amor. Es algo que hago mucho, ayer mismo estuvimos con unos amigos por la tarde y teorizábamos hablando de parejas abiertas o parejas cerradas. Es un tema en construcción, y se me hizo natural que [los personajes del libro] hablaran de eso. La verdad que la novela la construí día a día, lo único que tenía planeado es que no quería saber el final. Lo que va pasando en cada diálogo fui averiguándolo yo misma, sintiendo un poco lo que sentiría si pasaban ciertas cosas.

- Me has adelantado parte de la respuesta a la próxima pregunta. En la primera parte del libro hablas del trabajo en condiciones de esclavitud, pero luego hay un redoble político final en el que encaras los problemas del pueblo mapuche y la violencia policial. Entiendo que no era premeditado...

- No lo pensé al inicio. La violencia policial en [el territorio mapuche] Wallmapu incluye asesinatos gravísimos como el de Camilo Catrillanca, que lo mataron por la espalda mientras iba a buscar cilantro en un tractor. Esas cosas me sobrevinieron en términos emocionales y me dio mucha rabia comprender que eso estaba pasando y no lo había sabido hasta cinco minutos atrás. Necesitaba hablarlo, y con el estallido social por ahí dije “al fin”. Era un poco duro estar leyendo sobre abusos policiales, así que lo más entretenido fue investigar sobre religión mapuche y su rituales. Leí un libro de Mircea Elíade que hablaba sobre los chamanes y el éxtasis, era muy entretenido. Ser escritora es profundizar y profesionalizar la obsesión. Incluso me obligué a tomar clases de mapudungun [idioma mapuche].

La escritora chilena Paulina Flores. IVAN GIMÉNEZ/SEIX BARRAL
La escritora chilena Paulina Flores. IVAN GIMÉNEZ/SEIX BARRAL

- La relación entre Miguel y Marcela es la de una paternidad torpe. ¿Tienes la impresión de haber escrito algo arquetípico sobre la relación padre e hija, o es algo más individual?

- Creo que una mezcla de ambas. Los dos personajes son muy especiales. Miguel en algunos puntos es muy tierno, dulzón, muy chileno. Expresa la imposibilidad que un padre puede sentir en estas relaciones que son tan importantes pero que en algún punto no puedes comunicar o transmitirlo todo. Ellos se quieren mucho y se admiran, pero no pueden resolver nada. Queda esa especie de vacío. Lo que les pasa es que se aman pero no pueden estar juntos más de un par de meses. Luego está el componente lírico que hace la relación más particular.

- Da la sensación que la música es muy importante en tu obra, por el lirismo y porque revelas que has ido incluyendo frases de canciones en el texto.

- Total. Yo no puedo estar sin música casi en ninguna situación de mi vida, y mientras escribo escucho música que creo que puede inspirarme en algún punto. También me gustan mucho las letras de las canciones, las leo como si fueran poesía y me pongo así muy sublime. Me gusta que las cosas se contaminen. La mía es una escritura contaminada por las canciones o la música. Siempre voy nombrando películas o sus tramas. Mucho anime. No me interesa hablar solamente de literatura, también de cultura y arte, cosas que emergen naturalmente mientras escribo.

- ¿Y has sentido algún tipo de presión con el salto del cuento a la novela y por figurar en la lista de Granta?

- Presión no. En realidad estoy muy agradecida por dedicarme a lo que hago. Ahora con Instagram me llegan comentarios de lectores y lectoras muy lindos, con agradecimientos. En ese sentido, me siento súper alagada. Me da más felicidad que presión. Quizás sentí presión por lo mucho que me demoré. Me preguntaba a mí misma si estaba escribiendo como Madame Bovary. Creo que fueron ciertas expectativas y también porque fue un proceso largo y estaba cansada. Fue muy difícil, nunca la terminaba. Me decía “este año sí que la saco” en 2018, y luego no. Llegó 2020 y tampoco. Luego 2021, y pensé que si no la publicaba este año me iba a suicidar.

Periodista, traductor y guionista. Autor del ensayo Panero y la antipsiquiatría (2017) y de la novela Samskara (2019).

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