Pablo Maurette y el mito de la autoría

El ganador del Premio Herralde aborda el plagio, la amistad y la imposibilidad de escribir la gran novela argentina: "Hay algo vulgar en esa obsesión por ser dueño de tus ideas".

Pablo Maurette, escritor argentino y ganador del Premio Herralde de Novela 2025 por 'El contrabando ejemplar'.  JOHANNA MARGHELLA
Pablo Maurette, escritor argentino y ganador del Premio Herralde de Novela 2025 por 'El contrabando ejemplar'. JOHANNA MARGHELLA

La novela con la que el escritor Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979) ganó el Premio Herralde de Novela 2025, no es un artefacto solemne ni un tratado nacionalista, aunque dialoga con ambas cosas. El contrabando ejemplar, título del libro, es, más bien, una pieza narrativa que ensambla viajes, traiciones, supersticiones y plagios en torno a un manuscrito robado, a una amistad descompuesta y a una obsesión: la de escribir, de una vez por todas, la gran novela argentina.

Ambientada entre la actualidad y un siglo XVII ficcionalizado, la novela está atravesada por la figura del monstruo —un pequeño Frankenstein real, simbólico, literario— y por una pregunta persistente: ¿de qué está hecha una nación cuando ni la historia ni la ficción logran fijarla del todo?

A medio camino entre la sátira borgiana, el ensayo literario y el folclore rioplatense, Pablo Maurette propone un relato mestizo, escurridizo, que contrapone géneros así como las nociones de autoría, propiedad y verdad.

Conversamos con el autor en COOLT, unas semanas después de recibir el premio de la famosa editorial condal.

¿Por qué hacer un guiño al plagio como estructura para esta novela? ¿Dónde empieza para ti ese juego?

Creo que la literatura es imposible sin plagio. No existe la originalidad en la literatura: es un continuo de apropiaciones, citas cruzadas, mal citadas, bien citadas, herencias que se entrelazan desde hace siglos. La idea de autor como propietario intelectual tiene apenas doscientos años; es un invento reciente, producto de una mentalidad mercantilista. Mi novela se burla de esa idea ingenua de que uno inventa algo. La literatura es como una forma de paramecia: se alimenta de recuerdos ajenos. El contrabando ejemplar es, de hecho, un pastiche absoluto. Quería romper con ese mito romántico del escritor tocado por una divinidad. Aquí todo está robado, más o menos abiertamente, como una confesión de método y de época.

El título alude a eso, pero también a lo otro: al robo emocional. ¿Qué historia querías contar?

En el fondo, esta es una novela sobre la amistad y sus límites. Me interesaba explorar qué pasa cuando una relación se basa también en el saqueo, en el uso del otro. Pablo, el narrador, se roba el manuscrito de su amigo muerto. No porque no lo quiera, sino porque necesita apoderarse de esa historia. Quería narrar cómo incluso las amistades más intensas, en este caso, entre hombres de distintas generaciones, pueden estar atravesadas por deseos ocultos, recelos, traiciones. Eso también es muy argentino y no por un esencialismo cultural, sino por una idiosincrasia: el culto a la amistad que hay allá. El 20 de julio se celebra el Día del Amigo y no hay mesa libre en ningún restaurante. Es una pasión nacional, por eso me cuajaba que fuera una novela de amigos. Aunque en el amor, como en toda buena literatura, tiene zonas oscuras.

'El contrabando ejemplar' (Anagrama, 2025), la novela con la que Pablo Maurette ganó el Premio Herralde de Novela 2025.
'El contrabando ejemplar' (Anagrama, 2025), la novela con la que Pablo Maurette ganó el Premio Herralde de Novela 2025.

Uno de los personajes quiere escribir “la gran novela argentina”. ¿Lo intentaste tú también?

No, para nada. Ese delirio le pertenece a Eduardo, uno de los protagonistas. Él quiere escribirla y fracasa, pero no es mi ambición. Sí quise dialogar con esa obsesión nacional por tener una novela que lo explique todo. Colombia tiene Cien años de soledad, México tiene Pedro Páramo, Estados Unidos tiene Moby Dick. Argentina no tiene esa novela hegemónica y eso genera ansiedad. En El contrabando ejemplar lo que se muestra es que es una utopía. La novela nacional es una ballena blanca, así como en Moby Dick, inasible. Se deshace en el intento.

Y sin embargo, narras el país aunque desde fuera. ¿Por qué?

Porque yo también me fui. Vivo fuera y, como digo siempre, escribir es una forma de volver. Mientras que leer es irse, escribir es regresar. No podría escribir una novela sobre Florencia, donde vivo ahora. Mi literatura vuelve a Buenos Aires. Como muchos de mis personajes, narro desde la distancia tanto geográfica como temporal. No hay una sola voz que narre desde el centro de los hechos. Eso también me parece argentino: los relatos de los exiliados, de los migrantes, de los que se fueron y extrañan.

La novela está ambientada, en parte, en el siglo XVII. ¿Cómo decidiste trabajar esa dimensión histórica?

Leí bastante sobre el periodo, sobre todo en la zona del Río de la Plata, aunque hay muy poco material. Es una especie de agujero negro en la historia argentina y eso me dio libertad para inventar. No es una novela histórica. La historia cumple una función decorativa: elijo lo que sirve para generar efecto narrativo. Uso descripciones arcaizantes, comidas, ropas, pero no hay ningún intento de reconstrucción fidedigna. Me interesaba ese terreno baldío como espacio para el juego narrativo.

¿Por eso también aludes al monstruo querandí? ¿Por qué recurrir a lo sobrenatural?

El acto de narrar nace del misterio. El primer cuento que alguien contó probablemente fue una explicación supersticiosa de un fenómeno inexplicable o fue un relato de viaje. El contrabando ejemplar se apoya en esas dos raíces: lo sobrenatural y el viaje. Ambos activan el lenguaje, la necesidad de contar. La transmisión oral, la mitología, los miedos, todo eso está en la base de cualquier narración. Y también, claro, en el monstruo de querandí en esta novela.

En cierta parte del libro uno de los personajes comenta que la autobiografía es una forma de pornografía. ¿Es ese el destino de la literatura?

Sí, una especie de striptease interminable. Cada vez mostramos más, ocultamos menos. La literatura del yo es el género dominante de nuestro tiempo. No sé si eso es bueno o malo, pero es así. Hay una progresiva pérdida de vergüenza. Se escribe como se exhibe y tal vez eso cambie, tal vez venga otro ciclo, pero ahora mismo el yo está en el centro.

Esa fijación en el yo lleva a otras búsquedas. ¿Hay una nostalgia por las formas de narrar? Por la oralidad perdida.

Sí. En un momento, uno de los personajes dice que la ficción no puede competir con la realidad, porque la realidad siempre se impone: hay que pagar el alquiler, comprar comida. La literatura es linda, pero no es urgente. Esa es otra tensión: queremos que la ficción importe, pero el mundo afuera nos recuerda que no. Por eso tal vez estamos regresando a la oralidad. Como los músicos, que volvieron a tocar en vivo para sobrevivir. Como Homero. Tal vez la inteligencia artificial precipite ese regreso. Cuando todo pueda ser imitado, falsificado, plagiado… solo quedará lo presencial.

Y el concepto de autor, ¿sigue existiendo? ¿Qué pasa con los derechos en tiempos de inteligencia artificial?

Estamos entrando en una era en la que va a ser imposible preservar los derechos de autor. Yo mismo soy parte de una demanda colectiva contra una empresa de inteligencia artificial (Anthropic/Claude) que usó uno de mis libros como corpus de entrenamiento. No tengo esperanza de ganar, pero es sintomático. La inteligencia artificial convierte todo en un gran cerebro colectivo, donde las ideas ya no son de nadie y eso tampoco me parece mal. Hay algo vulgar en esa obsesión por ser dueño de tus ideas. El lenguaje es de todos. No es regulable y por eso también la inteligencia artificial es una forma de contrabando supremo.

Periodista cultural y especialista en marketing digital. Creadora y editora de la web feminista Culturetas. Jefe de producto de The Objective. Colaboradora de medios como Letras libres, Altaïr MagazineLetra global y Be latina.

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