La novela geológica de Carlos Fonseca

El escritor costarricense habla de ‘Austral’, un libro que funciona por estratos.

El escritor costarricense Carlos Fonseca, autor de la novela 'Austral'. DAVID MYERS
El escritor costarricense Carlos Fonseca, autor de la novela 'Austral'. DAVID MYERS

Suele decirse que una novela imita a la vida en su linealidad, en su fragmentación o, incluso, en sus recorridos circulares. Pero, ¿puede una novela imitar el océano? ¿Y el aire? ¿Tal vez la tierra?

Carlos Fonseca (San José, 1987) se hizo un hueco en el catálogo de Anagrama con Coronel Lágrimas (2015) y Museo animal (2017), dos novelas avaladas por la crítica que suponían cierta vanguardia estructural, con la aplicación de una tradición posmoderna casi museística sobre una voz propia de orígenes latinos. Ahora, en el mismo sello aparece Austral (2022), con la que el escritor costarricense sentencia su propuesta ofreciendo un metarrelato que funciona por estratos, buscando imitar la geología.

La historia sigue la pista de Julio, que acaba de recibir una carta de una amiga escritora recién fallecida, Alicia, quien le pide que termine el cuarto libro de su tetralogía dedicado al elemento tierra. A partir de ahí, empiezan las duplicidades con los acompañantes indígenas, la ausencia de voz y los diccionarios, la escala diminuta de lo humano frente a los siglos y los proyectos colosales del land art que se convierten en metáforas.

Al terminar el viaje de 200 páginas, el lector probablemente se sentirá fascinado por el modo en que el autor es capaz de hablarnos de tantas cosas y tan grandes, como la historia de una nación, a través de otras cosas tan minúsculas que están a punto de desaparecer.

En Austral, Fonseca juega con la tradición de W.G. Sebald heredera de los flaneurs franceses, quienes a su vez se vieron muy influenciados por esa Internacional Situacionista que jugueteaba con conceptos como la línea ley, la especie de línea telúrica de poder que une dos monumentos. Queda la sensación pues de que Fonseca es capaz de trazar las líneas ley de sus personajes por el territorio, convirtiendo en el camino el paisaje en dispositivo de pensamientos literarios, que a su vez, al entrelazarse, forman un modelo escultural en el que la cultura es contagio.

Nos sentamos para hablar de todo ello con Fonseca poco antes de su rueda de prensa en Barcelona. Se trata de la primera entrevista sobre este libro, así que puede palparse el hecho de que el escritor todavía desconoce en qué van a centrarse los lectores. Sin embargo, sus respuestas son sumamente precisas.

- Austral habla de una segunda novela cuya temática es la tierra, pero sucede que la propia Austral funciona por estratos.

- Cuando pensaba en las estructuras y posibles formas de la novela, que es lo que más me interesa, evocaba la arqueología. Cuando haces un corte transversal de la roca, tienes ahí todos los estratos. Capas de eventos, de tiempos que encapsulan una historia mucho más larga.

Efectivamente, quise hacer una novela geológica que funcionara por capas y a través de ellas llegar a historias de más larga duración, del siglo XIX al XXI, aunque si lo piensas en términos estrictos la novela sólo transcurre en dos o tres semanas, desde que el protagonista recibe la carta hasta que llega a Guatemala.

La idea de los estratos funciona también muy bien en el otro gran tema de la novela, que es el lenguaje. Los lingüistas se refieren al lenguaje como algo estratificado, con sedimentos que poco a poco construyen la lengua. En ese sentido, Austral es también una novela ecológica.

- Aunque la novela transcurra en dos semanas, temáticamente abarca tres siglos. Esa ambición se junta con un comentario de la contracubierta sobre la gran novela americana. Horacio Castellanos Moya me hablaba de la libertad de la novela latina, que ha renunciado a esos grandes proyectos. Aquí, sin embargo, tomas bastante esa ambiciosa dirección…

- Precisamente, Castellanos Maya es uno de mis escritores favoritos por El Asco o Insensatez. Con respecto a la gran novela americana, sí y no. Sería muy pretencioso decir que me siento a escribir algo así. Creo que en mi caso tiene que ver con la forma en la que miro las cosas: trabajo con imágenes que forman constelaciones. Aquí tenía varias historias, la de la hermana de Nietzsche, la del último hablante indígena, la historia de Guatemala… La pregunta es: ¿cómo unifico narrativamente todo esto? A partir de ahí, nacen ciertos artefactos narrativos medio locos que la gente llama caleidoscopios o muñecas rusas.

Portada del libro 'Austral', de Carlos Fonseca. ANAGRAMA

- Vives en Inglaterra y das clases en Cambridge. ¿Crees que esa obsesión por el lenguaje perdido tiene que ver con la pérdida o lejanía del lenguaje materno?

- Sí, de hecho, hay un momento en el que el narrador dice cometer errores en la lengua y que le tiembla el castellano, algo que evidentemente me ha ocurrido a mí, esos momentos de ansiedad con el castellano hablado. Mi esposa me habla en inglés y casi todo mi día a día transcurre en ese idioma. El momento de la escritura y la lectura es para mí en castellano. En el fondo, es una novela sobre cuando estamos en el silencio y queremos volver a hablar.

- ¿Cuáles fueron las condiciones materiales de la escritura?

- Creo que fue año y medio de escritura hasta llegar al manuscrito final. Con la pandemia tuve tiempo de editar y cortar, es la novela que más he pulido. Contando eso, serían dos años y medio. No escribo demasiado rápido porque tengo trabajo en la universidad e hijos. Esta es la que siento más mía de mis novelas por el tiempo dedicado, y también por el trabajo con Ignacio Costa con las fotografías… 

- ¿Había presión vistas las reseñas positivas de las anteriores novelas?

- Sí y no. Sobre todo por Museo animal, que es más extensa. Había algo en mí que pensaba que con esta novela más cortita se preguntarían dónde fue mi ambición. Las reseñas que salgan, salen, y siempre hay malas, pero uno debe creer en su poética y seguir hacia adelante. Si todo el mundo estuviera de acuerdo con las novelas que hay que escribir, nos vamos todos pa’ casa.

- La influencia del land art me ha recordado mucho a Don DeLillo y Agustín Fernández Mallo.

- DeLillo siempre ha sido un escritor que tengo muy a mano. Cuando empezaba a trabajar en la novela venía de leer Submundo, que trata sobre el desierto, un espacio al que él regresa a través de los land artists. Estas nociones de lo ecológico para tratar narraciones de larga duración funcionan bien.

Sé que Agustín Fernández Mallo ha trabajado en eso, pero no lo tenía presente, más bien la obra de Robert Smithson y sus Ruinas del revés, o el documental Troublemakers: The Story of Land Art.

- Hay dos frases que me parecen los pilares de la narración. La primera dice que “toda cultura es contagio y la pureza es una ilusión destinada al fracaso”. La segunda, que “en el pasaje de una cultura a otra siempre queda algo aunque no haya nadie para recordarlo”.

- Son las dos frases bajo las cuales el antropólogo alemán de la novela intenta pensar la cultura más allá de las nociones de pureza. Ambas frases surgen de un cuento que escribí hace cinco años titulado ‘El último’, en el que por primera vez aparece el antropólogo y la noción de un último hablante. Cuando en algún momento me siento a escribir después de Museo animal, regreso a esas frases, especialmente a la de que siempre queda algo, un vestigio con el que reconstruir el idioma, la memoria o la voz. 

- ¿Crees que esta noción de contagio cultural tiene que ver con tu genealogía?

- Definitivamente hay algo en mi biografía que marca esta noción de la cultura como hibridez, de contacto y mezcla. Yo nací en Costa Rica y allí viví hasta los siete años. Después me mudé a Puerto Rico, pues mi madre es puertorriqueña. Luego fui a Estados Unidos e Inglaterra, y mi esposa es de Israel. Eso causa muchos problemas en términos de identidad. La gente todavía piensa en términos nacionalistas y lo fuerzan a uno a encajar en un lado u otro.

Periodista, traductor y guionista. Autor del ensayo Panero y la antipsiquiatría (2017) y de la novela Samskara (2019).

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