Libros

Ilda Cádiz, la escritora escondida que conectó con sus lectores del futuro

Publicó su primer libro con el dinero de su jubilación. Fue ignorada por la historia literaria chilena. Y ahora su obra está de actualidad.

Santiago de Chile
Ilda Cádiz, la escritora chilena que conectó con sus lectores del futuro ELENA CANTÓN

<<La energía que consumen los diferentes seres, puestos bajo las mismas condiciones de actividad, dependen de su edad, rendimiento muscular y tamaño de su cuerpo. Desde el punto vista básico del peso, los enanos y las mujeres deberían ser los mejores astronautas>>. Esa opinión estaba estampada en las publicaciones hace ya muchos años y al no contar con enanos, los científicos chilenos eligieron a dos mujeres como tripulantes de la primera plataforma en el polo sur.

Así comienza el cuento ‘Misterio en el espacio’, escrito por la chilena Ilda Cádiz (Talcahuano, 1911-2000), incluido en el libro La Tierra Dormida y otros cuentos, de 1969. Este fue su debut literario, a sus 58 años, publicado con el dinero de su jubilación.

¿Qué hace que una mujer en esos años decidiera invertir su dinero de todo el trabajo de su vida en escribir y publicar?  Después de leer a Ilda en Ficciones de la Quinta Era Glacial y otros relatos insólitos, una reedición de sus cuentos a cargo de las editoriales Imbunche y Cathartes, y de, además, conversar con la investigadora Macarena Cortés, a cargo de esta novedad, se puede concluir que: antes no pudo hacerlo porque debía trabajar para vivir, pues provenía de una clase media incipiente y lejana a la capital. Pero, además, en su historia aparecen el deseo, el placer y la búsqueda y encuentro de su lugar en el mundo. ¿Dónde? En la escritura.

Ilda llegó a Santiago desde el sureño puerto de Talcahuano en 1936, después de estudiar Pedagogía en Inglés para comenzar a trabajar como secretaria bilingüe. Si bien publicó su primer libro a los 58 años, colaboró mucho tiempo con textos periodísticos y literarios en diarios y revistas firmando con el seudónimo de Dolores Espina.

La obra de Ilda se caracteriza por saltar de un género a otro: del terror a la ciencia ficción, del suspenso a la ficción climática y el misterio. También se caracteriza —y esto ya no es mérito suyo— por ser completamente invisibilizada y estar fuera de la historia de la literatura chilena más leída y comentada de la segunda mitad del siglo XX. Hasta ahora.

* * * *

En 2009, la investigadora Macarena Cortés se encontraba trabajando en la revisión de la obra de Elena Aldunate, escritora chilena perteneciente a la Generación del 50 que incursionó en la ciencia ficción y el costumbrismo. “Y cuando hablaba con los veteranos de la ciencia ficción, ellos inmediatamente mencionaban a Ilda Cádiz, pero los libros no se podían encontrar en ninguna parte”, dice Macarena, que se propuso como misión encontrarlos. Dio con La Tierra Dormida, aquel libro de 1969, y lo que más le sorprendió fue que no tenía nada que ver con Elena Aldunate: “Es decir, teníamos dos escritoras en Chile que escribían en la misma época, desde el género, pero desde lugares completamente diferentes. Y además, a Ilda no la conocía nadie. Yo tampoco. Sus libros no circularon prácticamente nada”.

Y Macarena siguió con su misión. Se enteró de que existía otro libro, La casa junto al mar, de 1984. Pudo conseguirlo gracias a un fanático de Ilda. Comenzó entonces la búsqueda de herederos para poder publicar el trabajo de la escritora: en Talcahuano, su ciudad de origen, sin éxito, hasta que encontraron a un sobrino residente en Estados Unidos. A partir de ese momento, todo fue más fácil.

Además de la sorpresa por encontrar a esta autora completamente desconocida, Macarena dice que se prendó de su voz: “Tiene una voz muy poco presente en nuestra tradición. Por una parte, trata todo el tema de la ficción climática, lo que me parece alucinante. O sea, que se le pasara por la cabeza en los setenta que podía haber un ecocidio​​​​​​​ porque los seres humanos hacían experimentos que luego se les venían en contra… Y luego está también la fluidez con la que trabaja diferentes géneros. Puedes leer un cuento policial, después otro misterioso, luego una autoficción, luego ciencia ficción...”, explica.

Macarena cree que Ilda se alimentó de mucha ciencia ficción de autores extranjeros, pero además menciona algo fuera de la escritura. Una decisión. “Creo que también, para la época, el tema de no haber estado casada, de no haber tenido que cumplir con los deberes patriarcales que nos acotan el tiempo, fue importante. Y también algo más que me llamó la atención y que tal vez desde ahí es de donde sale mi rabia: sentí que había mucha soledad transmitida en sus relatos, una soledad que me caló muy profundo”.

* * * *

En ‘Feminismo sin cuarto propio’, la escritora mexicana Dahlia de la Cerda dice: “Este texto lo escribí sin cuarto propio. Lo escribí en los tiempos muertos de mi trabajo de oficina y mientras se completaba el ciclo de la lavadora. Lo escribí en la cocina de mi casa y en las escaleras de mi patio. Lo escribí sentada en la taza del baño y lo escribí mientras las lágrimas no dejaban de salir y escribía porque el psiquiatra me dijo que golpear gente no era una buena forma de sacar mi rabia”.

Si ser mujer significó en algún momento una prohibición y más tarde una desventaja para escribir, ¿acaso no ha sido lo mismo con la clase? Sin duda, en la historia de Ilda Cádiz, aparecen ambos ingredientes a la hora de hablar de su nulo reconocimiento. Macarena tiene una teoría: “Yo la comparo un poco con la trayectoria de Elena Aldunate, que si bien era más joven, publicaron en la misma época. Elena es hija de Arturo Aldunate Phillips, Premio Nacional de Literatura. Viene de la alta aristocracia, aunque ya más en decadencia en su generación, pero su padre le financió sus libros. Ella podía publicar en el momento en el que escribía, y yo siento que el hecho de que Ilda Cádiz tuviera que esperar a jubilar para poder costear la impresión de sus libros marca una diferencia brutal”.

Por otra parte, apunta Macarena, mientras que a Elena Aldunate se la relaciona con la Generación del 50, a Ilda nadie la situó en la historiografía chilena. “Publicar antes en diarios y revistas con seudónimo tampoco ayudó mucho. Si hubiera publicado con su nombre los 20 años que estuvo en la revista Margarita, probablemente también hubiese estado más presente”, dice.

- En el prólogo de Ficciones de la Quinta Era Glacial y otros relatos insólitos mencionas, de hecho, que en algún momento una obra suya se le atribuye a Elena Aldunate en la revista Ercilla y que ella tiene que escribir al medio para corregirlo.

- Sí, yo eso lo encuentro humillante. De ahí parte de la rabia que te decía que yo tenía. Y después ya, con el plagio de otro escritor, es como que uno ya quiere llorar.

Sí, porque a Ilda Cádiz la plagió el ganador del Premio Nacional de Literatura de 1994 y también del Premio Cervantes de 1999: Jorge Edwards.

Macarena relata esta (otra) injusticia citando el artículo ‘El azar y la teoría’ de José Manuel Rodríguez, en donde explica la relación intertextual entre la novela La pequeña Quintrala de Joaquín Toesca (1993), de Ilda, y El sueño de la historia (2000), de Edwards. En esta investigación se cuenta que Edwards recibió de la mano de Ilda un ejemplar del libro de la novelista en 1994. Luego de un análisis de ambas obras, se da cuenta de que en la segunda parte de la novela de Edwards existe “una forma agresiva de intertextualidad”.

En 2000, el mismo año en que Tusquets publicó El sueño de la historia en España, Ilda murió de un paro respiratorio en el hospital de Talcahuano, a los 88 años de edad.

- Cuando leí esto en tu prólogo me tapaba la cara de rabia y pensaba: “Otra más, ¿cuántas veces más?, ¿cuántas más?, ¿cuántos son los hombres que han usado el trabajo de otras?”.

- Y de las esposas. Y en la ciencia ¿A cuántas científicas sus maridos patentaron sus descubrimientos? Es horrible. Si tú googleas “Ilda Cádiz” ese artículo está en los primeros resultados, pero ¡el artículo no dice nada de ella! Y eso también da rabia. Al final, son dos rabias. Una, porque le robaron la obra. Lees el artículo y piensas: “Acabo de leer todo esto para enterarme de cómo fue que le copiaron cada pasaje, pero no me cuentan nada de ella ni de sus obras”.

* * * *

En 1969, mientras Ursula K. Le Guin publicaba La mano izquierda de la oscuridad, Ilda Cádiz hacía su debut literario con sus relatos, a los que, por la variedad de géneros, en esta reedición se les llama “insólitos”. Inscribirla solo dentro de la ciencia ficción queda corto. “Cuesta imaginar que Ilda haya estado escribiendo esto en Chile, porque una siempre siente que Chile es una isla”, dice Macara. “No sé si estaba leyendo a Le Guin. Por lo que yo sé, ella leía a los clásicos como Asimov. Tenía una formación de ciencia ficción dura, por eso habla tanto quizás de los viajes interestelares y los tópicos recurrentes de la ciencia ficción, pero a los que busca darles una vuelta. No se queda en la imitación”.

- También escribe sobre ecocidio, algo que me parece completamente actual, ¿no?

- Sí, lo de la ficción climática lo encuentro fundamental. Por eso, de hecho, le pusimos ese título al libro. A nosotros —porque no fui solo yo, sino también Gonzalo, el editor de Imbunche, y los chicos de Cathartes— era algo que nos parecía fundamental transmitir: su actualidad. Su perspectiva tan irónica para decir: “A lo que nos llevaron los hombres”. O incluso una idea que trata en uno de sus cuentos y que yo no había leído mucho desde Chile: lo de ver la Tierra desde fuera de la Tierra, acercando la pregunta ¿qué extrañaríamos? Esa es una pregunta muy actual ¿Qué estamos perdiendo? Eso Ilda ya se lo estaba preguntando en los setenta. O quizás antes. No sabemos cuándo escribió sus cuentos, solo cuándo los publicó.

No se sabe cuándo los escribió. Pero ahora, gracias a Ficciones de la Quinta Era Glaciar y otros relatos insólitos, sabemos que escribió ficción climática, de lo distópico, de los adelantos del futuro, sobre cuerpos intervenidos por la tecnología, los problemas éticos ligados al transhumanismo, androides, tópicos como el Doppelgänger y los viajes en el tiempo, entre otros. También sabemos que La tierra dormida y La casa junto al mar y otro cuentos son dos libros que reúnen su escritura breve, mientras que con La pequeña Quintrala de Joaquín Toesca incursionó en la novela histórica y fue plagiada por Jorge Edwards, un hombre de la élite chilena, sin ninguna reparación histórica hasta la fecha. Y también sabemos que participó en la fundación del Club de Ciencia Ficción de Chile, en 1975.

En el prólogo de Macarena, casi al final, se lee: “A pesar de todas las omisiones a las que estuvo sometida, gracias a la escritura Ilda Cádiz encontró su lugar en el mundo. En su escritorio repleto de libros y notas creó textos con versatilidad y dominio”. Y la cita resuena como algo totalmente opuesto a un consuelo frente a la injusticia. Al contrario, hace pensar en que todas las decisiones que toma ella en su vida son para escribir: no casarse, estudiar, trabajar, usar su dinero para pagar la imprenta de sus libros. Peleó por su lugar en el mundo.  En un mundo que no la puso ni la pone fácil, Ilda escribió siempre.

“Escribió hasta los últimos días. Yo siento mucha admiración también por ella, por esa tenacidad. Y algo más. Ella de cierto modo se pudo conectar con sus lectores futuros gracias a la ciencia ficción. Creo que es hasta metafórico. Los fanáticos que andan de busquillas, recolectando libros antiguos, siempre están hablando de Ilda y han mantenido vivo su nombre”, concluye Macarena.

Ilda estuvo (y está) en el futuro.

Periodista especializada en música pop y feminismo. Directora de la revista digital POTQ Magazine y fundadora de la web Es Mi Fiesta. Organizadora del festival Santiago Popfest. En 2020 publicó Amigas de lo ajeno, libro que da voz a algunas de las artistas más representativas de la música chilena.