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¿Quién narrará el fin del mundo? Una entrevista con Fernanda Trías

La autora de ‘Mugre rosa’ charla sobre el apocalipsis, los vacíos insaciables y el Nobel a Bob Dylan.

Santiago de Chile
La escritora uruguaya Fernanda Trías, autora de la novela 'Mugre rosa'. FERNANDA MONTORO

Beber agua aunque no tengas sed. Cerrar las ventanas de día y abrirlas de noche. Comer alimentos que no supongan un gran gasto energético a la hora de procesarlos, ya que, en condiciones extremas, el cuerpo necesita pelear otras batallas. Esas son algunas de las recomendaciones que se dan en los noticieros cuando se vive una ola de calor, tal como la que vivimos en Madrid hace unas semanas con Fernanda Trías (Montevideo, 1976). Nos encontramos para realizar esta entrevista en un día a 40 grados y lo primero que se me ocurre decirle es que tanto Mugre rosa —la novela que la tiene viajando en una gira de promoción y por la cual se le otorgó el prestigioso Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2021— como las condiciones actuales de la ciudad en la que nos encontramos me confirman que seguimos haciendo la vida en medio de las crisis.

“Exacto”, responde riendo. “Cuando pensaba en cuál era el tiempo de Mugre rosa, desde dónde narraba esta protagonista, cuál era su distancia de los hechos, me di cuenta de que lo que me interesaba era pensar ese durante la crisis, en el que aún no termina de asentarse la conciencia de que se está en algo tremendo. Me parecía que ese era un espacio más interesante para abordar varios temas que yo quería tratar, y uno de ellos es este, la cotidianeidad”.

Mugre rosa narra la historia de una mujer que sobrevive en una ciudad portuaria azotada por una misteriosa bruma. Un relato que, inevitablemente, recuerda a la llegada del coronavirus, aunque Fernanda empezó a escribir la novela en 2018, sin la pandemia en el horizonte. La autora cuenta que para preparar el libro se documentó sobre experiencias que tenían que ver con otras crisis tremendas, como las guerras. “Las personas que están en ciudades bombardeadas, en los momentos de tregua, buscan instaurar algún tipo de normalidad; buscan momentos de bienestar, goce y disfrute. Eso era lo que quería trabajar”, dice la novelista, quien remarca que la búsqueda de normalidad en los contextos más adversos “es algo que está en la naturaleza humana”.

“Yo ahora estaba en Italia haciendo la gira de Mugre rosa y cuando me iba a venir para acá me avisan que había una ola de calor de 42 grados tremenda”, cuenta. “Pensé que iba a encontrar una ciudad vacía, que todo el mundo iba a estar esperando que pasara el calor y saliendo de noche, y me encuentro con una ciudad que sigue como si esto no estuviese pasando: las terrazas llenas, la gente caminando, me impresionó mucho. Y sí, evidentemente, sí veo una especie de tendencia a normalizar lo anormal y a hacer la vista gorda a estos fenómenos, yo creo que como autopreservación de la cordura. Pero, evidentemente, llegará el punto en que tendremos que enfrentar estos problemas”.

- ¿No pasamos ya ese punto?

- Ese es exactamente uno de los temas de Mugre rosa. Justo hoy miraba Twitter y alguien había tuiteado una imagen de una presentadora del clima de la televisión francesa de hace muchos años, donde presentaba el mapa del país con las temperaturas de junio de 2050 para traer conciencia sobre el cambio climático, y entonces aparecía París a 40 grados, que son las temperaturas de hoy. Se ha adelantado la crisis climática, y creo que vamos a ir viendo más narraciones que tienen que hablar sobre esta crisis, porque es un tema que nos está interpelando.

El apocalipsis generacional

Le recuerdo a Fernanda una frase que dijo en una entrevista hace unos meses y que se hizo un poco viral en el nicho literario de Twitter. La parafraseo: “Cada generación tiene su propio apocalipsis”. Y le pregunto cuál cree ella que fue el de nuestros padres, los miedos que se terminaron cruzando con nuestras crianzas.

“Creo que la generación de nuestros padres estuvo marcada por las dictaduras latinoamericanas y la violencia estatal, que hicieron que hubiese una utopía de un mundo más justo que permitía seguir adelante”, contesta. “Posteriormente, nos ha tocado una crisis de los modelos que pensábamos que podrían transformar nuestras sociedades. A eso se le suma la crisis ambiental, que genera una sensación de fin de mundo incluso para los que no quieren pensar en el asunto, y que te hace sentir aún más que no hay futuro. Entonces, si no hay futuro, por qué luchar”.

Para la generación de los padres de Fernanda, también existía otro apocalipsis: el nuclear. “Yo volví a sentir ese terror cuando comenzó el conflicto Rusia-Ucrania, con las amenazas de que Putin nos podría destruir a todos con la bomba atómica. Y pensaba en lo increíble que era volver a sentir lo que sintieron nuestros padres, porque el fin del mundo que imaginamos nosotros es por la crisis ecológica. De hecho, hay estudios y encuestas de cuántos jóvenes sienten ansiedad por el cambio climático al punto de generarles parálisis, estados de frustración y ataques de pánico”, dice la escritora.

Al interés por la crisis climática, la industria depredadora de la alimentación y el consumismo desaforado, en Mugre rosa Fernanda une otros temas como las relaciones humanas y familiares, que considera parte de un todo: “Sentimos que estas grandes crisis —la ecológica, económica, de valores, la destrucción del tejido social— están acá, y los conflictos íntimos y afectivos, allá. Como si no estuviera todo interrelacionado. Nuestros vínculos también están regidos por el capitalismo tardío y todas estas maneras de consumismo”.

La memoria íntima y colectiva

Otro tema presente en la novela es la memoria, una cuestión que a Fernanda le interesa muchísimo y en la que decidió ahondar cuando entendió que la protagonista atraviesa por dos duelos: “Uno es por la pérdida de un matrimonio con una pareja que era su amigo desde la infancia; con esa pérdida de la relación, también se pierde una buena parte del pasado. Y el otro es por la pérdida de un mundo que ya fue y que ya no es más”.

Fernanda explica que la memoria juega un “papel fundamental” en los procesos de duelo:  “Existe una obsesión por recordar y por entender lo que pasó, aunque no haya nada por entender. Intentamos ir hacia atrás, buscar el origen de las cosas, ver si se podría haber evitado”. La protagonista de la novela realiza ese recorrido casi obsesivo por la memoria con el fin de tratar de entender lo que ha sucedido y, a su vez, aferrarse “a unas determinadas vivencias, personas y partes de su vida que están desvaneciéndose”.

Pero en Mugre rosa la cartografía íntima se mezcla con la memoria colectiva, “que también es histórica”, como recalca Fernanda, “y que tiene que ver con las catástrofes”, con los grandes hechos que van a transformarnos como sociedad: “Hay una necesidad, mediante la memoria, de dejar testimonio de cómo era, de cómo fue; entonces ¿quién va a narrar el fin del mundo? ¿Tiene acaso sentido narrarlo? Es una pregunta que yo me hago como escritora. Antes, cuando todavía no vivíamos esta emergencia climática tan cercana, en los noventa, los autores hablaban de escribir para la posteridad. Esos escritores, ¿para qué escriben hoy? Ahora tenemos que escribir pensando que no existe la posteridad: ya no escribís para el futuro, para las próximas generaciones. Y eso te pone en crisis. Yo me lo cuestioné: ¿escribir para qué? Y concluí —y no sé si es la misma conclusión a la que llega la protagonista— que se escribe para dejar testimonio, aunque no haya nadie a quién contárselo. Ser testigo de. Y esa es una posición privilegiada, así sea del fin de mundo”.

Enfermedad y maternidad

La enfermedad como un ente dentro y fuera de casa. Mauro es el niño que cuida la protagonista de Mugre rosa. Sufre el síndrome de Prader-Willi, una enfermedad rara que Fernanda conoció hace muchos años, cuando vivía de hacer traducciones médicas. “Esta es una enfermedad huérfana, de esas que no se investiga ninguna cura porque no es rentable para la industria farmacéutica. Un caso en un millón”, dice.

Una de los síntomas de este síndrome es la sensación de hambre constante. Las personas que padecen esa enfermedad necesitan un cuidador siempre a su lado, que les vigile para que no coman hasta morir. Fernanda explica que no puedo sacarse de la cabeza ese aspecto:  “El cuidador o cuidadora tiene que vigilar, no solo cuidar. El cuidar se confunde con vigilancia y eso ya es un conflicto. Y luego, siempre son seres queridos, familiares —mayormente femeninos— quienes tienen que cuidar a esta persona, y eso significa infringir el dolor de privar de alimento. Eso es muy fuerte. Veía allí un potencial literario para explorar ese conflicto humano y sabía que en algún punto quería escribir sobre esto”.

Fernanda también apunta a otros significados de la enfermedad dentro del contexto de la novela. El síndrome se convierte así en una manera de hablar “sobre la voracidad con la que consumimos”, y también en un modo de abordar “los vacíos insaciables” de la sociedad. Ideas que surgieron a medida que la autora construía la historia: “En parte, por eso escribo, para que el propio material me vaya revelando su potencial”, dice.

Mugre rosa se publicó durante la pandemia y la conversación alrededor de su salida se dirigía a, prácticamente, la novela que predijo la crisis. Aun cuando ese telón de fondo existe, la historia está dentro del hogar, en donde vemos algo que se desarrolla en paralelo a la sensación de fin de mundo. Ese algo es la humanidad y, por ejemplo, una intención maternal que va surgiendo progresivamente.

“Durante todo el proceso de escritura, para mí lo importante era la historia humana, íntima, de ella. Y sí me interesaba hacer un comentario sobre lo otro, pero como contexto. Luego, como justo la novela sale en pandemia, el contexto pasó a estar en el primer plano de la conversación. Eso fue algo que se salió de mi control, porque yo trataba de llevar la conversación hacia lo que creía que era el centro, pero la mayor parte de la prensa se enfocaba en el contexto. No hubo más que hacer que aceptarlo”, dice la autora.

Fernanda Trías mezcla la cartografía íntima con la memoria colectiva en 'Mugre rosa'. FERNANDA MONTORO

Y el centro era esta mujer, este niño. “Quizás por mi propia condición de que no tengo hijos, me identifiqué más con esta mujer, porque además quería pensar en otro tipo de cuidados, en otra manera de maternar que no fuera la biológica”, explica Fernanda sobre la protagonista del libro, que pasa de mantener un vínculo transaccional con el menor que cuida a generar lazos de tipo afectivo: “Lo que yo quería a lo largo de la novela era ir trabajando la transformación del vínculo y cómo y cuándo el vínculo deviene una manera de maternidad por elección mutua. Cuándo ella va a aceptar que no es el dinero lo que la une a este niño y a encargarse de él, y también cuándo el niño la elige como madre”.

Fernanda quería pensar en las fronteras que se van moviendo cuando una relación como esa se transforma: “Incluso ella en la novela habla sobre la diferencia de obligación y responsabilidad. Parecen palabritas, pero hay cosas muy interesantes ahí. Y también entre cuidar y vigilar. Porque el cuidado de ella se confunde todo el tiempo con la vigilancia, por la condición del síndrome. Entonces, en algún punto ella siente que se cansa de controlarlo y empieza a soltar ese control y dejarlo un poco hacer esas cosas que se supone no hay que dejarle hacer, porque entiende que cuidar es más complejo que controlar”.

- Todo eso me hace pensar, por ejemplo, en las cuidadoras de esos ancianos que, por enfermedades, no pueden comer o hacer determinadas cosas. Llega un momento en que la cuidadora dice: ‘Ya déjalo, cuánto tiempo queda. Le encanta la carne con ají, dale ají, qué vamos a hacer, déjale que sea feliz’.

- ¡Exactamente! Ese es un poco el proceso de la narradora. Y otra cosa que me pareció interesante es que se me acercaron lectores que eran cuidadores de alguna manera y me decían ‘me sentí identificada con el agotamiento, con las contradicciones internas que se generan, esas emociones complejas’. Y eso me pareció muy bueno. El rol de la cuidadora siempre recae sobre la mujer y ella es también la cuidadora del exesposo, del esposo cuando era esposo, del niño, de la madre. En una entrevista anterior me preguntaban por qué no cae el patriarcado ¡ja,ja,ja! Y bueno, cómo harían con todos los cuidados y las necesidades de servidumbre…

- En una entrevista hablaste de la autora chilena Diamela Eltit y la citaste diciendo que estabas de acuerdo con ella cuando decía que las traducciones son bienvenidas, pero que, en definitiva, ella escribe para los que hablamos español. ¿Qué significó eso para ti como traductora además de autora?

- A mí me impresionó cuando la escuché decir eso, su lucidez siempre me sacude. Me encanta escucharla y leerla porque te hace pensar. Desde que ella lo dijo, ya no pude volver a mirar el tema de la traducción de la misma manera. Y ahora que vengo de hacer la gira por Italia… la traducción tiene algo mágico, que me permitió tener conversaciones muy interesantes con lectores italianos que únicamente leyeron la traducción, y estábamos hablando del mismo libro, pero es otro libro, porque la literatura es fundamentalmente el lenguaje, no es el tema. Entonces, si hay una transmutación del lenguaje a otro idioma, con otras palabras, con otra sonoridad, es otro libro. El lenguaje es materialidad, no es utilitario, no es solamente un vehículo para transmitir un mensaje. La literatura es o debería ser un fin en sí mismo del trabajo del lenguaje. Por otra parte, todos crecimos leyendo traducciones, y gracias a eso descubrimos a autores que incluso nos pueden haber influido en nuestra escritura. Que sí, que la traducción es esencial, pero siempre recordando que es un libro escrito a cuatro manos.

El impacto de Mugre rosa no solo se calibra en su traducción a otros idiomas como el italiano: la cuarta novela de la autora también ha sido reconocida con el Premio Bartolomé Hidalgo, el Premio Nacional de Literatura de Uruguay y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, concedido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Cuando le pregunto a Fernanda por este último galardón, lo primero que responde es que “hay premios y premios, porque evidentemente hay algunos que tienen más prestigio que otros que son más comerciales”. Y luego de hacer esa distinción, dice: “Los premios siempre cumplen con la función de dar visibilidad a una autora y a su obra o a un libro en particular, pero después, quieras o no, llega la visibilidad a toda la obra anterior, y eso es lo más emocionante que trae. A mí me generó un acercamiento a muchas lectoras que nunca habían leído un libro mío”.

Esa necesidad de dar visibilidad a trabajos que de otra forma quedarían ocultos lleva a Fernanda a estar en contra de otro tipo de premios más bien simbólicos, como, pone de ejemplo, el Premio Nobel a Bob Dylan. “Yo no juzgo que las letras de Bob Dylan sean o no literatura. Sus letras son influencia literaria, pero no lo necesitaba. Mientras que una autora como Olga Tokarczuk, maravillosa, de la que nunca había oído nombrar, sus libros fueron para mí un sacudón. ¡Eso es lo que quiero que haga el Premio Nobel!”.

Periodista especializada en música pop y feminismo. Directora de la revista digital POTQ Magazine y fundadora de la web Es Mi Fiesta. Organizadora del festival Santiago Popfest. En 2020 publicó Amigas de lo ajeno, libro que da voz a algunas de las artistas más representativas de la música chilena.