Libros

La Barcelona que nunca existió

Carlos Ruiz Zafón creó un decorado literario en 'La sombra del viento' que proyectó la ciudad por todo el mundo. Un cuarto de siglo después, ficción y realidad todavía comparten sus calles.

Las calles del Raval inspiraron algunos de los escenarios con los que Carlos Ruiz Zafón construyó el universo literario de 'La sombra del viento'. JESÚS VISAUTA

En el número 27 de la calle Santa Anna no hay ninguna librería llamada Sempere e Hijos. En el Raval tampoco existe el Cementerio de los Libros Olvidados ni una puerta de madera que conduzca a un laberinto de estanterías infinitas.

El Ateneu Barcelonès sí está allí, con su patio, sus escaleras de mármol y una biblioteca donde el siglo XIX parece haber conseguido una prórroga. Nadie ha visto entrar a Julián Carax. Julián Carax nunca existió. Aun así, durante veinticinco años, lectores alemanes, coreanos, brasileños, polacos o turcos han recorrido esas calles con un plano en la mano buscando lugares inventados.

En el Raval, donde la noche altera las distancias y dibuja pequeños triángulos de las Bermudas para beodos, el visitante encuentra una ciudad menos dócil que la ficción. La ruta de Carlos Ruiz Zafón promete un itinerario; el barrio impone sus desvíos. Persianas cerradas, hoteles recientes, vecinos que atraviesan la escena sin participar en ella.

A veces aparece un matrimonio entusiasta, libro o teléfono en mano, señalando el portal exacto donde nunca ocurrió nada. Ha llegado para reconocer una ciudad que ya traía leída. Cuando levanta la vista, Barcelona lleva un rato contradiciéndolo.

Carlos Ruiz Zafón, autor de 'La sombra del viento' (Editorial Planeta). DAVID RAMOS

Ese quizá sea el desplazamiento más profundo provocado por La sombra del viento (Editorial Planeta). Barcelona dejó de pertenecer por completo a sus habitantes, a sus urbanistas o a sus cronistas y pasó a ser también propiedad de quienes la habían conocido en una novela. Cuando una obra de alcance internacional convierte una ciudad en parte esencial de su imaginario, acaba superponiendo una geografía propia a la existente. Zafón consiguió que millones de lectores conocieran la suya antes de pisarla.

El visitante ya no desembarca a ciegas. Transporta escenas, nombres, colores y expectativas. Caminar por esa ciudad supone leer dos mapas al mismo tiempo: el trazado por la novela y el que permanece inscrito en las fachadas, los cambios de uso, los comercios desaparecidos y los cruces que ninguna ruta literaria consigue ordenar.

Espera encontrar la niebla de Zafón en una ciudad donde la niebla es rara. Persigue la oscuridad de la posguerra bajo los escaparates de las franquicias. Camina por calles saturadas de maletas con la esperanza de escuchar los pasos de un personaje muerto. La arquitectura confirma algunas de sus imágenes y desmiente otras. Desde entonces, la ciudad real mantiene una disputa con su doble de papel.

Las ciudades invisibles

No es la primera vez que una ciudad pierde ante su propia idea de ficción. Dublín perdió contra el Dublín de un solo día de Joyce: aceptó hace tiempo que cada 16 de junio su geografía quedara subordinada al recorrido de Leopold Bloom.

Macondo, creado por Gabriel García Márquez, nunca existió en ningún mapa de Colombia y aun así sigue apareciendo en itinerarios turísticos por el Caribe. En Aracataca se discutió incluso la posibilidad de cambiar el nombre del municipio por el del pueblo ficticio. Lisboa, por su parte, convirtió a Pessoa en una estatua disponible para las fotografías de los viajeros.

Barcelona posee desde 2001 otra capa arqueológica, aunque esta no se encuentre bajo el pavimento. Está hecha de papel, traducciones, cubiertas, rutas guiadas y recuerdos de lectura.

Tiene, desde hace veinticinco años, su propio fantasma: una ciudad de posguerra, gótica, cubierta de una niebla que en Barcelona casi nunca cae, inventada por un hombre que, cuando la escribía, ni siquiera vivía en Barcelona.

La calle del Carme, en el Raval, uno de los barrios que recorren las páginas de 'La sombra del viento'. JESÚS VISAUTA

Ingeniería narrativa a distancia

Esa capa nació a casi diez mil kilómetros de distancia. Carlos Ruiz Zafón se había instalado en Los Ángeles en 1993 atraído por la industria cinematográfica: "Me atraían muchas ciudades, pero pensé en Los Ángeles por el mundo del cine. Nos fuimos a lo loco, sin conocer a nadie", recordaba sobre aquel viaje.

Los Ángeles le ofrecía el reverso perfecto de la densidad europea. Una extensión horizontal dominada por el automóvil, la luz cegadora, la industria del entretenimiento y una relación mucho más frágil con la memoria urbana; una urbe gigante y desprovista de mitología propia que solo el cine de género o autores como James Ellroy habían logrado poblar de sombras. A diferencia de la densidad histórica y los fantasmas góticos de la vieja Europa, se le presentaba como un espacio colosal e ilusorio donde encontró el vacío necesario para proyectar su propia nostalgia.

Sin embargo, bregar entre guiones terminó reafirmando su vocación literaria al constatar las limitaciones del medio audiovisual frente a la libertad narrativa del libro. Esa vivencia en la industria fue la razón por la que rechazó adaptar su obra al cine: "Es un mundo que conozco, sé cómo funciona, sé lo que pasaría, y por tanto lo quiero evitar. Está muy bien que sea una novela. Me puedo permitir el lujo de decir que no".

La paradoja resulta demasiado lógica como para reducirla a una simple curiosidad biográfica: el novelista necesitó alejarse de Barcelona para conseguir que la ciudad adquiriera el relieve y la precisión de una obsesión. Desde esa distancia de diez mil kilómetros, que actuaba como un filtro indispensable, Barcelona podía reconstruirse del mismo modo en que se reconstruyen las ciudades perdidas: seleccionando ciertos edificios y borrando otros, modificando el clima, alargando las sombras. La lejanía limpiaba el recuerdo de sus inconvenientes cotidianos y permitía exagerarlo. Aunque regresaba a menudo para reconectar con su memoria sensorial, la distancia californiana le permitía evocar Barcelona no como la urbe real contemporánea, sino como una arquitectura gótica, brumosa e intemporal.

Zafón comprendía la ciudad mediante procedimientos cercanos a los del cine: entradas, pasillos, contraluces, apariciones y revelaciones escalonadas. Había llegado a Hollywood buscando una industria que no terminó de abrirle sus puertas y acabó fabricando desde allí una de las imágenes internacionales más poderosas de Barcelona. El fracaso relativo como guionista adquiere, visto desde hoy, un carácter irónico. El cine no hizo de Zafón una figura mundial. Lo consiguió una novela concebida con una formidable conciencia del espectáculo.

Esa ambición importa. Conviene apartar la estampa del escritor melancólico que recuerda su ciudad desde el exilio voluntario. Zafón era un narrador profesional con un conocimiento exacto de los mecanismos de la intriga. Sabía cómo retrasar una información, cuándo introducir una amenaza y de qué manera hacer que un escenario pareciera contener un secreto. Su Barcelona no aspira a la fidelidad topográfica; está construida para producir efectos precisos sobre el lector. Cada calle conduce hacia una revelación. Cada edificio parece guardar una historia anterior. La ciudad funciona, en el sentido más estricto, como una máquina narrativa.

La plaza del Pedró, en el Raval, una de las estampas de la Barcelona que Zafón evocó desde la distancia. JESÚS VISAUTA

La metrópoli intervenida por la ficción

El lector extranjero aprendió pronto a moverse dentro de ella. Algunas ediciones incorporaron mapas que permitían localizar la librería de los Sempere, la casa de Nuria Monfort o los lugares atravesados por Daniel y Fermín. El mapa literario organizaba la ciudad real según las necesidades del argumento: las calles que no participaban en la novela perdían importancia, mientras que los espacios ficticios adquirían una autoridad que ningún plano municipal podía discutir.

Esta superposición evoca la psicogeografía de Iain Sinclair, quien en sus caminatas por Londres demostró cómo la literatura, la paranoia y el mito personal pueden rediseñar la cartografía de una metrópoli. Del mismo modo que Sinclair trazaba líneas invisibles sobre el asfalto londinense, la ruta de Zafón impone hoy un mapa fantasma sobre el callejero barcelonés.

El visitante actual camina con la mirada filtrada por esa lente: busca la penumbra de una posguerra mitológica, pero tropieza con las terrazas abarrotadas, el zumbido de los repartidores en bicicleta y los candados de los apartamentos turísticos. En su empeño por localizar un portal que solo existió en la imprenta, el paseante ignora los comercios tradicionales que bajan la persiana y a los vecinos que se abren paso entre turistas. La ficción ha logrado domesticar el espacio; el lector recorre un decorado imaginado mientras la ciudad real, en su desorden cotidiano, sucede a sus espaldas.

Las rutas de La sombra del viento forman parte de un fenómeno más amplio. La literatura se ha convertido en una infraestructura turística capaz de modificar la circulación urbana. El lector visita escenarios para comprobarlos, aunque en el fondo sabe que el intento está condenado al fracaso. El portal verdadero nunca coincide con el imaginado, pero esa diferencia alimenta la experiencia. Se fotografía la fachada para conservar la prueba de algo que solo ocurrió en la ficción.

Aquí aparece una tensión que el aniversario debería afrontar. La Barcelona de Zafón nació como reconstrucción de una ciudad herida por la Guerra Civil y la dictadura. Su explotación turística se produce hoy bajo otras presiones: hoteles, alquileres temporales, tiendas repetidas, cruceros y calles convertidas en corredores internacionales. El visitante busca las huellas de una librería familiar mientras camina junto a comercios expulsados por el precio del suelo. La nostalgia cultural adquiere así un impacto económico muy concreto.

El libro, sin embargo, conserva una ventaja sobre otras formas de promoción urbana: su ciudad nunca queda completamente disponible. El Cementerio de los Libros Olvidados continúa escondido porque no existe. La imaginación protege el lugar de su conversión en atracción. Se puede comercializar una ruta, editar una guía o señalar una puerta, pero siempre quedará una distancia insalvable entre el itinerario vendido y el espacio leído.

La expansión internacional de la novela convirtió esa Barcelona imposible en una de las grandes exportaciones culturales españolas del siglo XXI. Según cifras difundidas por Planeta en el aniversario, La sombra del viento ha superado los cincuenta millones de ejemplares y se ha traducido a 53 idiomas. La editorial calcula que, sumando préstamos y lecturas compartidas, la cifra potencial supera los cien millones de lectores. Aunque sean estimaciones promocionales, la escala del fenómeno es indiscutible: Alemania, Italia, Estados Unidos, Polonia y los países nórdicos lideraron la recepción.

El Ateneu Barcelonès es uno de los escenarios reales que aparecen en la novela. JESÚS VISAUTA

La prescripción antes de la viralidad

La historia alemana merece detenerse porque muestra cómo se fabricaba un éxito internacional antes de que los algoritmos midieran cada recomendación. En junio de 2003, el ministro de Asuntos Exteriores Joschka Fischer apareció en el principal programa literario de la televisión alemana. Fischer -dirigente de Los Verdes, antiguo librero y lector voraz- explicó que había leído las cerca de ochocientas páginas en un día y medio, sin poder abandonar la lectura. Cuando le preguntaron por la extensión, recordó que Guerra y paz tampoco era precisamente breve. Especialistas calcularon que aquella sola intervención se tradujo en unos cincuenta mil ejemplares vendidos. La novela había encontrado su gran altavoz.

La primera edición española había sido modesta. La novela quedó finalista del Premio Fernando Lara y Terenci Moix llamó la atención de Planeta sobre el manuscrito. Meses después de su publicación, la editorial se planteó enviarla a bolsillo. Antonia Kerrigan, agente de Zafón, insistió en concederle otra campaña navideña. Libreros y periodistas ya habían empezado a recomendarla. La Feria de Fráncfort abrió el camino de las traducciones.

El fenómeno no surgió mediante una gran campaña perfectamente coordinada. Tampoco brotó de manera milagrosa entre lectores anónimos. Intervinieron editores, críticos, agentes, libreros, ferias y figuras públicas: una cadena profesional completa trabajó antes de que el éxito pareciera inevitable.

La lengua prestada y el juicio del canon

Traducir el libro no era solo trasladar una trama. Lucia Graves, su traductora al inglés -hija del poeta Robert Graves, otro británico desterrado, en su caso en Mallorca-, tuvo que trasladar el habla: el humor castizo de Fermín Romero de Torres, casi imposible de trasplantar sin perder el hueso.

Zafón dominaba el inglés y participó en la revisión de algunos pasajes. Estaba dispuesto a alterar una formulación si el traslado exigía otra solución. Esa flexibilidad revela una concepción poco fetichista del original. El texto podía transformarse para conservar su eficacia. Pocos autores aceptan que su libro mute para sobrevivir fuera de casa; él lo hizo, quizás porque entendía que un texto no es un objeto fijo, sino un mecanismo que se ajusta a la maquinaria donde va a funcionar.

El título viajó casi intacto por el mundo: Der Schatten des Windes, L’Ombre du vent, A Sombra do Vento, Cień wiatru, Rüzgârın Gölgesi. La sombra y el viento cruzan las lenguas con una facilidad inusual. Son palabras elementales que poseen una indeterminación útil. Prometen atmósfera, misterio y melancolía sin explicar demasiado. Antes de abrir el volumen, el lector ya ha recibido una temperatura.

La crítica angloamericana, cuando el libro llegó en 2004, no supo bien dónde colocarlo. The New York Times Book Review lo describió como una mezcla imposible entre García Márquez, Umberto Eco y Borges puestos a hacer un espectáculo de magia. La prensa alemana encontró otra fórmula, quizás más honesta en su torpeza: "Hacía mucho tiempo que no leíamos una novela tan apasionante y tan llena de vida", escribió el Frankfurter Allgemeine Zeitung, que resolvió la papeleta comparándolo con Dickens cruzado con Dumas y un toque de misterio gótico. Stephen King, por su parte, se sumó al entusiasmo recomendándolo abiertamente en Estados Unidos.

La recepción crítica necesitó genealogías ilustres para domesticar aquel artefacto. Las comparaciones eran comprensibles, pero insuficientes: permitían ubicar el libro en una estantería cultural, aunque dejaban fuera su verdadera naturaleza. Faltaba nombrar lo que el libro hacía con el espacio -no ambientar una historia en una ciudad, sino construir una ciudad para que una historia pudiera habitar en ella para siempre- y su capacidad para mezclar tradición folletinesca, velocidad cinematográfica y una sentimentalidad calculada para circular entre públicos muy alejados entre sí.

Esa misma eficacia provocó una inmediata condescendencia. El éxito masivo suele despertar sospechas en una cultura que todavía utiliza la dificultad como certificado de valor. La sombra del viento tenía intriga, villanos memorables, amores imposibles, humor, revelaciones familiares y un decorado gótico reconocible; en definitiva, se leía con rapidez. Para ciertos sectores de la alta crítica, esas virtudes de la carpintería narrativa funcionaron como pruebas de culpabilidad. Mientras la academia torcía el gesto, el lector común compraba el libro, lo recomendaba a sus conocidos y buscaba el siguiente volumen.

Hay en esa tirantez un síntoma de época. Zafón no pertenecía al centro del canon intelectual ni venía avalado por las capillitas suplementarias: su trayectoria previa se había forjado en la literatura juvenil con El príncipe de la niebla y en los despachos de los estudios californianos. Sin pedir permiso a la ortodoxia literaria, se saltó los rigores del filtro académico, demostrando que la ambición popular no es el reverso de la calidad, sino una de sus formas más exigentes. Su novela anticipó una mirada muy propia del siglo XXI: una en la que la alta carpintería narrativa, el dominio absoluto del ritmo y el respeto por el placer del lector dejan de considerarse concesiones comerciales para reivindicarse como auténtica maestría literaria.

La Barcelona de hoy convive con la que Zafón dejó en la imaginación de sus lectores. JESÚS VISAUTA

La resistencia analógica (y su propia trampa)

La historia del lanzamiento original tiene un contrapunto casi místico. La sombra del viento se publicó en España en 2001 sin un gran despliegue publicitario y tardó meses en encontrar a sus lectores. Fueron libreros recomendándolo a otros libreros y lectores prestándoselo entre sí hasta que las imprentas no dieron abasto.

La editora holandesa Nelleke Geel lo recuerda como una fiesta retrasada: al principio no ocurrió nada porque el autor era un desconocido, y seis o siete meses después el libro explotó. Fue uno de los últimos grandes fenómenos editoriales construidos a través del boca a boca tradicional, antes de que esa dinámica se automatizara.

Esa es la tesis idílica. La incómoda es esta: veinticinco años después, el libro vuelve a circular con fuerza entre lectores jóvenes gracias a las mismas redes sociales que sustituyeron al librero que susurraba una recomendación. Hoy triunfan los vídeos de treinta segundos en BookTok que venden una atmósfera antes que una trama, acompañados por un catálogo renovado de ediciones con los cantos pintados, versiones ilustradas con desplegables y guías urbanas ampliadas.

El propio aparato editorial lo sabe y lo explota sin disimulo. Planeta reeditó la guía La Barcelona de Carlos Ruiz Zafón, de Sergi Doria, para coser el territorio literario al real. Además, se lanzará una edición especial ilustrada por Pedro Oyarbide, con desplegables y elementos tridimensionales, publicada simultáneamente en diez países. Un libro que empezó como un rumor entre libreros se convirtió, un cuarto de siglo después, en un objeto de diseño coordinado a escala planetaria. Es difícil imaginar una demostración más nítida de cómo el fenómeno artesanal original fue absorbido por la maquinaria industrial que al principio lo ignoró.

Del boca a boca al fetiche digital

En una librería del centro de Barcelona, una joven sostiene frente a la cámara de su teléfono la versión con cantos tintados de la novela. Ajusta la luz de la pantalla, inclina el volumen para mostrar las páginas sombreadas y graba un vídeo de diez segundos con el texto: "El libro que te hará amar Barcelona antes de visitarla". No menciona el argumento ni la estructura; vende un objeto y un estado de ánimo a miles de seguidores en cuestión de minutos.

La transformación encaja con un mercado que ha vuelto a descubrir el valor visual del papel. Cuanto más se digitaliza la conversación sobre literatura, más se embellece el objeto que aparece ante la cámara. BookTok no ha eliminado el fetiche bibliográfico, sino que lo ha intensificado. Los cantos pintados y las ediciones limitadas permiten que la lectura deje una imagen reconocible en la pantalla, adquiriendo la lógica del diseño y del coleccionismo.

Sería fácil presentar esta mutación como una traición al espíritu original, pero también sería falso. Las recomendaciones nunca han sido inocentes ni completamente horizontales: en 2003, un ministro alemán multiplicó las ventas desde un plató de televisión; hoy, una lectora puede hacerlo desde su dormitorio con un vídeo corto. Han cambiado la escala, el lenguaje y los intermediarios, pero la circulación sigue dependiendo de que alguien preste al libro una voz, un rostro y un contexto.

La diferencia más relevante se encuentra en la materia recomendada. El boca a boca inicial transmitía una experiencia narrativa: "empieza a leerlo y no podrás dejarlo". Las redes venden con frecuencia una atmósfera y una estética: la cubierta, el grosor, el mapa, la promesa de una Barcelona oscura y el fetiche del objeto. El libro se compra también para incorporarlo a una identidad visible, una operación que no impide la lectura, aunque modifica el camino que conduce hasta ella.

Queda la duda de si nos encontramos ante la misma alma del fenómeno disfrazada de nueva tecnología o ante la sustitución de la recomendación humana por la curaduría algorítmica. Es una pregunta que merece quedar abierta. Las obras que perduran no siempre lo hacen por los mismos motivos por los que nacieron.

Las calles estrechas del Raval aún conservan la atmósfera de la Barcelona que fascinó a Zafón. JESÚS VISAUTA

Coda: lo que queda cuando el autor ya no está

Carlos Ruiz Zafón murió en Los Ángeles en junio de 2020, a los 55 años. Este aniversario se celebra sin su presencia y con una industria entregada a administrar su legado. Se preparan nuevas ediciones, una actualización de la guía de su Barcelona y la primera semblanza literaria y biográfica, a cargo de Sergio Vila-Sanjuán.

Su ausencia es la prueba final de la tesis de su propia obra: las historias sobreviven a quien las contó. Un texto no le pertenece del todo a su autor ni a la ciudad donde transcurre, sino al lector que lo rescata cada vez que abre sus páginas.

Queda el retrato de un hombre que entendía la literatura como un acto de generosidad casi física. Su editor alemán, Hans Jürgen Balmes, recordaba una lectura en Múnich a la que llegaron demasiado temprano. Durante la espera en el teatro a oscuras, Zafón descubrió un piano de cola detrás del telón cerrado y comenzó a tocar sin anunciar nada, improvisando música vinculada a la novela.

Cuando el telón se levantó, el público se encontró al autor sonriendo al piano, tocando para ellos como si el acto hubiera empezado sin que nadie lo notara. Es tentador leer esa imagen -el escritor tocando en la penumbra, antes de ser visto- como una metáfora de su trayectoria: un hombre construyendo desde la distancia algo que el público solo descubriría después, ya hecho y completamente iluminado.

Sus libros continúan produciendo lectores y productos. También siguen enviando visitantes hacia una ciudad que nunca encontrarán por completo.

En la biblioteca del Ateneu Barcelonès, las traducciones expuestas durante la conmemoración forman una geografía plegada con ejemplares procedentes de medio mundo. Cambian los alfabetos y las cubiertas, pero el título regresa una y otra vez con la misma obstinación.

Fuera, en el carrer Canuda, entre el ruido de los paseantes apresurados en busca de compras prescindibles, alguien consulta un mapa en la pantalla de su teléfono. Levanta la vista, busca una fachada y vuelve a mirar la pantalla. Barcelona continúa allí, aunque durante unos segundos parece la copia.

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Periodista y consultor. Colaborador de medios como La Vanguardia y Cultura/s, Rockdelux, El Mundo, Rolling Stone, La Maleta de Portbou, GQ y eldiario.es, entre otros. Ha programado actividades en el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona, ha sido responsable de la edición digital de los diarios ADN y Metro, director de comunicación digital y responsable de los contenidos internacionales del FC Barcelona, con una trayectoria que combina el periodismo cultural con el desarrollo de marca, posicionamiento estratégico y visión de futuro para medios, agencias, empresas e instituciones.