Alberto Fuguet, un melodrama en el fin del mundo

El escritor chileno transforma una tragedia real en 'Ushuaia', una novela sobre los silencios familiares, el deseo y la culpa: «Creo que la literatura tiene que meter ideas peligrosas».

El escritor chileno Alberto Fuguet con un ejemplar de su nueva novela, 'Ushuaia (un destino melodramático)', publicada por Tusquets. JOAQUÍN SALINAS
El escritor chileno Alberto Fuguet con un ejemplar de su nueva novela, 'Ushuaia (un destino melodramático)', publicada por Tusquets. JOAQUÍN SALINAS

En postes, en la vidriera de comercios, en la iglesia, en las ventanillas de colectivos que recorren el barrio Los Condes, de Santiago de Chile, apareció —durante la primera semana de noviembre de 2005— un cartel que agujereaba el paisaje: la imagen de un chico de 18 años, con su nombre y apellido, Santiago “Chango” Errázuriz. Debajo una leyenda: palabras más palabras menos, anunciaba su búsqueda y agradecía cualquier información que se pudiera aportar sobre su paradero. El escritor y realizador Alberto Fuguet se detuvo frente a uno de esos afiches pegado a pasos de su casa. Miró la frente sin arrugas, la boca tiesa no habituada a la sonrisa, los ojos negros descoloreados por la repetición de fotocopias sin tinta. Una víbora de hielo le recorrió el cuerpo. Y, en silencio, se preguntó por qué ese chico se habría ido de su casa, por qué su opción fue desaparecer, por qué el futuro no tenía un lugar para él.

“A mí siempre me ha interesado este tipo de chicos. Supongo que es como un caso de terapeuta, que veía cosas mías en ellos. Creo que si no hubiese estado con la creatividad a full desde tan chico, estaría bastante perdido”, dice Fuguet vía Meet desde su casa en Santiago de Chile, a días de subirse a un avión para viajar a la Feria de Frankfurt. Detrás suyo, colgado en una pared blanca, alterando la decoración de un ambiente presuntamente minimalista, se destaca el afiche de Invierno, la película más arriesgada de Fuguet; un tríptico que araña las cinco horas y cuenta la historia de Alejo Cortés, un escritor de culto que se suicida a los 34 años a pocos días de la publicación de su segunda novela Caída libre.

Al igual que el personaje de ficción Cortés y que el propio Fuguet en la adolescencia, Santiago “Chango” Errázuriz escribía literatura. Publicaba versos, dibujos y canciones de Radiohead en un blog que se llamaba Clonazepam. Una caverna a cielo abierto donde ponía a bailar sus sombras, miedos y demonios. “Cuando este chico desaparece, de inmediato me interesé como ser humano y, también, quizá como escritor. Como que me identifiqué”, dice Fuguet.

A los pocos días, Fuguet se encontró de casualidad con el hermano de Santiago, que estaba pegando carteles. Intercambiaron unas palabras y se enteró de que Santiago era “fan de su obra”, que había leído sus libros, que sus nombres se habían cruzado noches y días atrás en ese encuentro sagrado que tiene un escritor y un lector joven durante los años de formación. “Cuando uno firma libros me doy cuenta de que hay un público específico. Son gente muy sensible, por así decirlo, que ven el libro no sólo como un entretenimiento, sino como un lugar donde encontrar conexión. Y me habían dicho que Santiago había visto mi última película, o sea mi primera película, digamos, que era Se arrienda. Entonces el hermano me preguntó que si Santiago apareciera, le podía decir que yo me tomaría un café con él, y decirle que el día de mañana, si yo hacía otra película, él podría ser parte de los cadetes”.

'Ushuaia (un destino melodramático)', la nueva novela de Alberto Fuguet. TUSQUETS
'Ushuaia (un destino melodramático)', la nueva novela de Alberto Fuguet. TUSQUETS

Al día siguiente del encuentro, Santiago Errázuriz apareció muerto en el río Mapocho. Fuguet fue al funeral, acompañó a la familia y se marchó pensando que, además de una desgracia, lo sucedido era una buena historia. Tres o cuatro meses después, el hermano lo contactó y lo invitó a una charla a la Escuela de Derecho a la que asistía. Luego, mientras tomaban un café, le regaló el disco duro de Santiago con el material que había subido a su blog y que la familia había descolgado de la red.

“A mí me dio por un lado: no puedo creer el regalo que tengo, pero por otro me daba pudor y miedo abrirlo. Hice una copia. Y nada, con el tiempo yo siempre decía: 'Tengo una novela lista'. Hasta que finalmente, 10 años después, entré y me di cuenta de que no había novela lista. Y claro, si bien no era mi personaje exacto, yo podía usar ese material para ir construyendo eventualmente a Bruno Lucero”.

Bruno Lucero es el protagonista de Ushuaia (un destino melodramático) (Planeta), la última novela de Alberto Fuguet. Un libro trágico, talentoso y coral, compuesto por testimonios, poemas, posteos, crónicas, recuerdos de provincia, cuentos y voces donde resuenan lecturas de Manuel Puig. Un libro trasandino, con personajes argentinos que viven en Chile, con personajes chilenos que sueñan con paraísos argentinos. Una historia de amor y desamor familiar, de roces y abrazos, de palabras y silencios entre una madre y un hijo que se extravían buscando su forma.

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La otra voz que predomina en la novela es la de Leticia, la madre de Bruno. Al momento de la escritura, Fuguet se había propuesto alejarse de las coordenadas familiares de Santiago Errázuriz. En particular, quería que Bruno no tuviera papá, que el vínculo fuese entre madre e hijo. “Yo averigüé bastante, quizás me equivoqué, pero no había muchas novelas o películas en que el centro sea madre e hijo”, dice Fuguet.

Por esa conformación familiar, la figura de Leticia empezó a crecer a lo largo de la novela, ocupando el centro por momentos, llevando la voz y las acciones narrativas en la mayoría de las escenas y capítulos. Que el protagonismo sea de una mujer es un movimiento inusual en la obra de Fuguet. Quizá sus lectores recuerden “Pelando a Rocío”, incluido en su primer libro de cuentos Sobredosis publicado en 1990, como una de las pocas narraciones en las que las mujeres llevan el galope de lo que acontece.

Leticia es argentina, de la provincia de San Luis, en la región cuyana del país. Por las peripecias y golpes de la vida se instala aún joven y embarazada en Maipú, en Chile, donde desarrolla su vida y profesión como la farmacéutica de pueblo. Su expansión económica refleja el desarrollo económico chileno, las transformaciones de ciudades pequeñas en ambiciosos urbanismos capitalistas, con shoppings como ovnis donde antes había baldíos y casas bajas. A la vez, esa expansión económica, cuece una tristeza al interior de los hogares donde se van desintegrando los lazos familiares. Leticia es un estilo de mujer y de madre similar a Jenny Fields, la protagonista de la maravillosa novela El mundo según Garp de John Irving. Ambas reniegan de los hombres, se aíslan socialmente y ponen en el centro de sus vidas a sus hijos varones y sensibles en un mundo que observan —con paranoia perceptiva— como una amenaza.

“Leticia es una madre imperfecta”, dice Fuguet. “Habla de todo menos de sus traumas, lo cual es bastante esperable. Yo quería que Leticia, antes que nada, fuera primero mujer, compleja o no perfecta, antes de ser madre. Eso, que primero fueran mujeres, que tuvieran un pasado sexual, que también es como un tabú”.

Fuguet cuenta que entre sus faros literarios para crear una mujer parlanchina, con claroscuros y melodramática, tuvo presente a las mujeres que dominan la obra de Manuel Puig. “Sobre todo era una pregunta: ¿por qué con lo moderno que es Puig o con todo lo pop que es, nadie lo toma? ¿Por qué ha sido poco imitado? ¿Por qué ha sido poco usado? ¿Por qué imitan tanto a García Márquez, por qué imitan tanto a Isabel Allende, por qué imitan tanta novela histórica y nadie a Puig?”.

Puig es de esos autores que volvieron a ser leídos en las últimas décadas, que fueron reubicados en cierto canon por autores y críticos prestigiosos, pero que tuvieron pocos escritores que pudieran continuar su tradición sin caer en el intento de la copia sin potencia (Mario Bellatin y David Foster Wallace están entre las honrosas excepciones de lectores-escritores que tomaron sus procedimientos). Fuguet escribe en su estela. Sin embargo, hay una diferencia clave entre las madres de Puig y Leticia. Donde las primeras tienen la habilidad de la escucha y la confidencialidad para sus hijos, la madre creada por Fuguet pierde ese don en el camino, convirtiendo la vida de su hijo en un cuarto cerrado al que no puede acceder y que solo empieza a entrever luego de su desaparición, tras una fiesta de Halloween donde Bruno fue disfrazado como el conejo de Donnie Darko.

Ushuaia es la historia de esa búsqueda, de la desesperación de una madre amando a un hijo que apenas intuye más que conoce con certezas, de vidas que se apagan para que crezcan otras, de traumas implantados como semillas desde la gestación. Fuguet logra escribir este melodrama trágico con gracia, eroticidad y pena. En pleno boom de las narrativas apocalípticas, en años donde, como decía Mark Fisher, es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, Fuguet le toma el pulso a una vida que se apaga dejándonos solo con el resplandor de una pantalla donde titilan poemas sin lectores.

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El escritor y cineasta Alberto Fuguet reivindica una literatura capaz de abordar temas incómodos y arriesgados. JOAQUÍN SALINAS
El escritor y cineasta Alberto Fuguet reivindica una literatura capaz de abordar temas incómodos y arriesgados. JOAQUÍN SALINAS

Tras la publicación de la novela Sudor en 2016, Fuguet tuvo un encadenamiento de problemas con el star system literario, en particular en México. La parodia de una escritor estatua como Carlos Fuentes devino en una creciente hostilidad, que tuvo su pico más alto en amenazas de muerte reales. Si bien en Chile fue un libro elogiado, también tuvo que ir haciéndose un lugar entre el silencio y la incomodidad que generó su trama y estilo crudo y arriesgado. Luego le siguió Ciertos chicos (salió por Tusquets en 2024, tras romper con Random House), donde vuelve a poner en el centro una historia de amor queer en una Santiago de Chile que exuda pinochetismo. Y con Ushuaia Fuguet hace un movimiento de lado de la cordillera, apoyando un pie en Argentina sin dejar de pisar el otro en su Chile natal.

“Soy fan de Argentina, soy fan del idioma, soy fan de muchos escritores argentinos”, dice. “Después me di cuenta de que si Leticia era extranjera, yo podía conectar conmigo porque yo también me siento un poco extranjero acá (en Chile). Entonces parece que hablar mal de Chile o hablar mal de Argentina es menos fuerte si uno habla como un extranjero, no solo como el vecino que habla mal del barrio. Yo siempre he pensado que ser bilingüe o ser extranjero tiene muchas cosas positivas, pero también tiene algo malo, que uno se da cuenta de las usuras cotidianas”.

Leticia es oriunda de San Luis, una provincia de Argentina que la gran mayoría de los porteños nunca pisó en su vida. “Yo empecé a preguntar por ahí y ningún argentino de mi círculo conocía. Me decían '¿Por qué vas a ir a San Luis?'. Como: 'ten cuidado, anda a Uruguay que es mucho mejor'. Entonces, por eso, mientras más me decían que no, más quería y me parecía que era una ciudad que no estaba en el mapa literario”.

En San Luis, Fuguet encontró “Nebraska, el Midwest”, en sus palabras, donde hacer crecer una historia de amor, amistad, intimidad e iniciación entre Leticia y Facundo Visconti, su primer novio gay. Juntos experimentaron la sexualidad y las posibilidades de una vida por fuera de las convenciones tradicionales y religiosas de una idiosincrasia con horizonte recortado.

Ushuaia también es una novela bilingüe, donde los modismos, el lenguaje, las formas, los refranes del hablar cotidiano chileno y argentino se cruzan en los intercambios entre Bruno y Leticia. Fuguet logra recuperar los matices de cada lengua, incluso las burlas y menosprecios de un idioma a priori común pero cargado de singularidades.

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En Sudor y Ciertos chicos, el sexo, la sensualidad y el homoerotismo estaban expuestos al goce y al placer en la superficie y en la profundidad de cada novela. En cambio, en Ushuaia se bifurcan en dos dimensiones. Por un lado, la sensualidad y el despertar homosexual de Bruno —descubrimiento más que despertar— se atraviesa con culpa y temor. Por otro lado, Bruno encuentra el goce y el placer en los cuentos que escribe (y son parte fundamental del andamiaje de la novela), en la ficción dentro de la ficción.

“Me pareció que hace mucho tiempo no se hacía un libro que asociara a lo gay con miedo, con culpa, con terror”, dice Fuguet. “Quería que fuera lo contrario a Sudor, porque me parece que si se cuentan la historia de la homosexualidad o la historia de madre e hijo, hay que tratar de acercarse a una cierta realidad. O sea, no todo vínculo entre una madre y un hijo es perfecto, ni es un lazo inquebrantable o de 100% de complicidad o de fidelidad. A mí no me consta que en todos los lazos familiares un padre va a darlo todo por un hijo, o viceversa. Y tampoco me compro el cuento de que todo gay nació en Grindr o nació bailando con un jock, ¿no? Quería contar eso, que hubo una época, no hace tanto, en que sí había miedo a la idea de entrar a este mundo”.

A partir de diferentes voces, Fuguet va narrando la entrada de Bruno en la sexualidad y la literatura. Además de su madre, cuya historia explica en parte su devenir, aparecen testimonios de su tía Nélida, de su vecino León (el hombre de dos caras), de periodistas y de compañeros del taller de escritura, un escenario habitual en la obra de Fuguet y en la literatura chilena en general. Voces que van mostrando las diferentes dimensiones de Bruno, que espían su cuarto propio por un ventiluz, que supieron quererlo y despreciarlo, que lo desearon y lo abandonaron. Voces que le permiten a Fuguet generar tensión entre cosmovisiones enfrentadas y convierten a los personajes en seres ambiguos, imperfectos, abusivos. Voces que nos inquietan, que muestran que la literatura no es solo un espacio cómodo para el entretenimiento. En sus palabras: "Creo que la literatura tiene que meter ideas peligrosas".

Y en Ushuaia, un “thriller existencial o un policial emocional”, como Fuguet definió con sus palabras la búsqueda de un chico no tan lejano al que supo ser, con pericia y riesgo lo volvió a hacer.

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Escritor. Colaborador en medios como Página/12, Gatopardo, Revista Anfibia, Iowa Literaria y El malpensante, entre otros. Autor de las novelas Un verano (2015) y La ley primera (2022) y del libro de cuentos Biografía y Ficción (2017), que fue merecedor del primer premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina (FNA). Su último libro, coescrito con Fernando Krapp, es la crónica ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (2023), también premiado por el FNA.

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