La librería Naesqui está ubicada en una esquina de Villa Ortuzar frente a una plaza de árboles añosos. Es angosta y tiene dos pisos; la fachada es blanca. Abajo, un café y unos pocos estantes de gran altura cargados de libros. La librería se instaló en el barrio como una propuesta híbrida que ofrece talleres a la comunidad. Entre ellos, Javier Sinay tiene el propio, sobre escritura de perfiles y crónicas periodísticas. Un género que ha perfeccionado a lo largo de cinco libros.
Javier Sinay parecía tener la decisión tomada desde siempre: quería ser periodista. Veinte años después, está sentado en una silla frente a una mesa larga y angosta, en el segundo piso de la librería: un espacio amplio y vacío, con ventanales que dan a la calle y por donde entra una luz grisácea, en esta primavera fría que, por el cambio climático, se hace desear. Delante de él está su quinto libro, El secreto de los sobrevivientes (Tusquets), editado por Leila Guerriero. Tiene el pelo revuelto y lleva anteojos de marco grueso; no ha perdido su aire juvenil. Se acomoda y se balancea sobre la silla varias veces. Terminó hace unos minutos de dar el taller y tiene un par de horas para hablar de su libro nuevo y de su recorrido.
¿Qué busca Sinay en la selva espesa de lo real? Crímenes jóvenes, historias familiares, archivos públicos, un viaje por dos continentes: son varias las zonas grises que Sinay exploró desde que empezó como pasante de un suplemento de cultura joven hasta convertirse en uno de los cronistas más importantes de su generación, tratando de responder a la pregunta, ¿cuándo un relato merece ser contado?
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Hay una película que romantiza la vida de un periodista cachorro y sus aventuras junto a una banda de rock. Se llama Casi famosos y la dirigió Cameron Crowe, que tomó varios aspectos de su adolescencia como colaborador de Rolling Stone. Javier Sinay se emociona cada vez que la ve: le recuerda su propia formación. Sus andanzas en la redacción de Clarín como pasante del suplemento juvenil Sí!, el diario Perfil y la revista TXT, dirigida por Adolfo Castelo y los hermanos O'Donnell. El desembarco en Rolling Stone, donde encontró a otros periodistas jóvenes que también habían idealizado la película de Crowe, como Juan Ortelli, Fernanda Nicolini, Juan Morris y Pablo Plotkin.
Nacido en 1980, Javier Sinay pertenece a una generación de periodistas que vivió la transición del papel al mundo digital; arañó los últimos coletazos de las redacciones de revistas y diarios. Parece mentira: hacia fines de los años noventa y comienzos de los dos mil, la gente todavía leía diarios y revistas que compraba en las esquinas de la ciudad. A pesar de los cambios drásticos que vivió el oficio, recuerda aquella época con cierta alegría en la voz, sin tanta nostalgia. Todo era noche, salas de ensayo, recitales. Y Sinay hizo todo y de todo. Asistió al velorio de Walter Olmos en Lomas de Zamora. Cubrió recitales. Siguió a las bandas del momento: El Otro Yo, Carajo, Intoxicados, Mal Momento y Jóvenes Pordioseros. Se desveló mucho en Cemento. A pesar de no tomar, no fumar y no ser un “destroy”, pasaba tiempo entre rockeros y cumbieros. Mientras las redacciones se achicaban o cerraban, luego de su paso por Sí!, logró ganar un espacio en Rolling Stone, la revista de rock más prestigiosa de Argentina. Para un chico de departamento con hambre de mundo y de experiencias, criado en Marcelo T. de Alvear y Ayacucho, pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires, era el lugar donde había que estar.
Se interesó por la cumbia, un género musical que aún le gusta. Recuerda especialmente una noche en la que compartió la combi y la gira de una banda llamada Pibes Chorros. Viajó desde su casa hasta Berazategui, en el conurbano bonaerense, hasta la puerta de Ariel El Traidor, y los acompañó en una gira durante toda la noche. Descubrió lo mucho que le gustaba escuchar a los otros. “Así empecé a conocer a la gente que me rodea, de nuestra sociedad”, dice. ¿Qué le interesa de los otros? “Primero, trato de no prejuzgar a nadie, porque la gente siempre tiene historias que son diferentes de lo que uno imagina. Segundo, trato de encontrar las ambigüedades, las contradicciones y las paradojas. Todos tenemos algo de eso. Y es lo que me interesa cuando conozco a una persona y luego la retrato en una nota. Tercero, trato de no ser ingenuo”.
Sinay es tajante: cuando empezó, no tenía intenciones de convertirse en cronista y tampoco era lector de este subgénero del periodismo. Pero todo cambió cuando dio con el número 50 de la mítica revista colombiana (luego mexicana) Gatopardo, un espacio que nuclea lo mejor del periodismo latinoamericano, por donde circularon —y circulan— firmas como las de Leila Guerriero, Cristina Rivera Garza y Martín Caparrós. Sinay compró la revista en un quiosco y le cambió para siempre la mirada sobre el periodismo. Después de leerla, dijo: “Wow, yo quiero hacer esto”. Y lo hizo.
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En 2003, entró a trabajar como productor periodístico del programa Ser Urbano, que conducía Gastón Pauls por Canal 11. “En la tele encontré algo que no había en el periódico escrito, que es lo colectivo: un grupo de amigos muy unido, muy fuerte, porque nadie firma una nota, salvo el conductor. Al no firmar, aparece algo horizontal”. Estuvo unos cuatro meses, hasta que pasó a Forenses, cuerpos que hablan, una serie de documental periodística producida por Ideas del Sur, la compañía de Marcelo Tinelli, que se estrenó el 30 de septiembre de 2005 por Canal 9. La propuesta era reconstruir crímenes reales desde la medicina forense y la policía científica. Cada episodio seguía la investigación de un caso: el análisis de la escena del crimen, las autopsias, las pistas en los cuerpos y las hipótesis que permitían identificar a los responsables.
De pronto, Javier Sinay se había convertido en un personaje de las novelas policiales que leía de chico. Caminaba por las morgues y las comisarías, recorría las escenas de los crímenes y buscaba historias para el programa. Aprendió a leer los expedientes, a ensayar hipótesis. “Era apasionante. Había detectives hábiles para la deducción y detectives sucios. Teníamos que conseguir los expedientes y los videos de las autopsias”. A raíz de esa experiencia, pensó: ¿por qué no cruzar la cultura joven con el mundo del crimen?
Sinay quería contar la historia de su generación. Era una máxima que resonaba en la redacción de Rolling Stones. Propuso para el programa el caso de Federico Medina, un joven de 20 años asesinado a puñaladas en diciembre de 2003, durante una pelea en la discoteca El Teatro, en el barrio porteño de Colegiales. El agresor fue Cala, de 17 años, novio de una chica que también estaba vinculada sentimentalmente con Federico. “Me parecían muy fuertes las historias de los crímenes en los jóvenes. Había en ellos una verdad indiscutible. Ahí estaba la esencia del ser humano: el dolor, la justicia, la maldad, el coraje”. No le tomaron la idea para el programa, pero él la siguió. Decidió investigarla por su cuenta. Había algo ahí para escribir.
Un día, Sinay entrevistó al escritor Sergio Olguín para el portal online de Clarín. Se conocían de la revista Con V de Vian. Después de almorzar, el escritor le comentó que estaba dirigiendo una colección para la editorial Tusquets, de un género literario, un poco bastardeado en aquellos tiempos, llamado crónica. En la colección Mirada Crónica, Olguín había publicado a una periodista de Página/30, llamada Leila Guerreiro, con su primer libro titulado Los suicidas del fin del mundo, y a Josefina Licitra, en un libro de crónicas sobre juventudes queer. Olguín le preguntó, al pasar, si tenía una idea para algo. Y Sinay dio un salto en la silla: “¡Sí! ¡Yo quiero hacer un libro de crímenes de jóvenes!”.
Sangre joven se publicó en 2009. Allí, Javier Sinay narra en seis crónicas las historias de adolescentes que matan y mueren en la Argentina. A través de entrevistas, expedientes judiciales y una minuciosa investigación, explora las vidas de víctimas y victimarios sin reducirlos a estereotipos y busca comprender cómo la violencia irrumpe en sus historias antes de que lleguen a la adultez. Sinay dice que el libro fue para él una pequeña escuela y que le permitió “afinar la pluma”. “Si leés la primera crónica, la de Federico Medina, bueno, es un buen trabajo, pero la última crónica, la de Mauricio Ponce de León: es mucho mejor como texto de género negro”. Tiempo después, el libro fue reeditado en 2022. Sinay corrigió algunos textos y actualizó la mirada, sobre todo en relación con la violencia de género. También agregó la historia de Axel Lucero, un chico de 16 años de la periferia de La Plata que murió baleado por un policía de civil al que intentó robarle la moto. Sinay propuso la historia en Rolling Stone y estuvo varios meses entrevistando a la familia, a los amigos y a distintas personas del barrio de Lucero. La crónica se publicó bajo el título “Rápido. Furioso. Muerto.” en 2014 y ganó el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo en 2015.
En 2010, Sangre joven obtuvo el Premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción sobre tema criminal, otorgado durante la Semana Negra de Gijón, España. Cuando tuvo el premio en las manos, pensó: ahora sí voy a ser periodista para siempre.
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Mientras ojeaba títulos en la librería de la Facultad de Ciencias Sociales, Sinay dio con uno que le llamó la atención. Se llamaba Correrías de un infiel. Su autor era Osvaldo Baigorria, a quien nunca había leído. Lo compró. Le maravilló la forma en que el libro entrelazaba la historia política de un país con el entramado de un vínculo familiar. Se dijo: “Yo quiero hacer algo así”. “Pero una cosa es querer y otra es que la realidad te ofrezca materia. Eso me fascina de la no ficción: la realidad te da o no te da, y vos podés mirarla o no con distintos ojos”.
En la familia de Sinay hay psicoanalistas, sociólogos y un tío periodista y escritor. Una familia de “bochos”. En su genealogía, alguien había iniciado el linaje. En 2009, su padre le envió por mail un artículo publicado en 1947 por su bisabuelo, Mijl Hacohen Sinay, periodista y fundador de Der Viderkol, el primer periódico judío de la Argentina. El texto enumeraba los asesinatos que habían marcado los primeros años de la colonia de Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe. Sinay dijo: “quizás hay algo acá”. A partir de ahí, Sinay emprendió una investigación periodística que lo llevó a viajar varias veces a Moisés Ville, consultar archivos en el Instituto IWO, en el barrio del Abasto, rastrear publicaciones antiguas y aprender idish para leer documentos originales.
Los crímenes de Moisés Ville, publicado en 2013, supuso un cambio en su escritura: pasar del trabajo con materia viva y urgente a revisar archivos públicos y familiares. Y lo hizo con la misma pasión y adrenalina con la que habitaba la calle para buscar sus historias. El libro entreteje la historia familiar con la investigación que ocurre en dos tiempos: la de su bisabuelo y la de Javier Sinay, en el presente del relato. Los crímenes son también una puerta de entrada a una historia mucho más extensa. Le permiten indagar en el encuentro conflictivo entre los gauchos y los inmigrantes judíos, en las tensiones de la Argentina de la época y en la manera en que una comunidad construye su identidad, a veces olvidando o silenciando partes de su pasado. Fue el primer libro de Javier Sinay editado por Leila Guerriero, cuando ella tomó la dirección de Mirada Crónica. Ya habían trabajado juntos en una nota que Sinay había escrito para Gatopardo, en 2008, pero esta vez el vínculo fue de largo aliento.
Seis años después, en 2019, Sinay publicó su cuarto libro titulado Camino al Este. Crónicas de amor y de desamor. Supuso un nuevo giro en su forma de concebir el oficio: de los archivos familiares y los relatos de un pueblo chico, Sinay extendió un mapa sobre la mesa y marcó dos puntos y una línea que los unía, desde Buenos Aires, en Argentina, y Kioto, en Japón. Porque luego de terminar un trabajo como corresponsal para un diario mexicano, Sinay se encontró sin trabajo, con mucho tiempo y con plata. Había conocido a una chica de familia japonesa y se enamoraron. Malena Higashi era egresada de Letras y también hacía periodismo. Al poco tiempo de conocerse, a ella le salió una beca para estudiar en Japón durante un año el arte de la ceremonia del té. Sinay dijo: “Voy a visitarla. Pero no la voy a visitar en avión: no. Voy a hacer el viaje un poco más largo”.
Le propuso la idea a Nacho Iraola, director de Planeta: hacer un libro de viaje que atravesara gran parte de Europa, la estepa rusa y China hasta Japón. “No sabía cuál era el tema. Podía ser Javier viajando, pero no me convencía. Empecé a leer las historias de los lugares por donde iba a ir. Me había hecho un itinerario. Hay diarios en inglés en todos lados. Está el China Daily, el Mongolian Times, el Siberian Times. Junté 65 historias que me interesaban. Las vi y en algún momento dije, ‘Eureka’. En muchas había asuntos de vínculos, parejas, sexualidad, y dije, ‘Yo estoy yendo a visitar a mi novia. Claro, tengo que hacer historias de amor, o de desamor’”.
Como Paul Theroux o Bruce Chatwin, maestros de este subgénero de la no ficción, Javier Sinay convierte el arte de viajar en una investigación sobre los lugares, las personas y las historias que encuentra en el camino. El itinerario se transforma en una sucesión de crónicas donde conviven la experiencia personal, la investigación periodística y el interés por los crímenes, las obsesiones y las vidas ajenas. El viaje funciona así menos como una guía geográfica que como un mapa cargado de afectos y afecciones. Una forma de descubrir que detrás de cada lugar hay un movimiento mucho más poderoso que el desplazamiento: la forma que tenemos de enamorarnos.
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Como los grandes editores de la historia de la literatura, y en paralelo a su trabajo como periodista, Leila Guerriero viene desarrollando una importante carrera editorial en América Latina, para Tusquets, Gatopardo y la Universidad Diego Portales. Trabajó con escritores y periodistas como Rafael Gumucio, Mauro Libertella y Victoria Di Masi, entre otros y otras. El secreto de los sobrevivientes es la tercera colaboración entre Sinay y Guerriero. En la portada de marco negro oscuro, de la colección Andanzas de Tusquets, un avión aparece oculto detrás de un velo. Se acomoda los anteojos y vuelve a dejarlo sobre la mesa. Pasaron diez años desde que empezó a investigar la tragedia del Chapecoense hasta que esa investigación se convirtió en un libro. En el medio hubo interrupciones por el trabajo, la paternidad y las complicaciones que la misma historia supone. También hubo una pregunta que tardó en encontrar su forma.
El libro reconstruye la caída del avión que llevaba al equipo de fútbol Chapecoense, del sur de Brasil, hasta Medellín para jugar la final de la Copa Sudamericana, el 28 de noviembre de 2016. No es el primer trabajo que publica Sinay vinculado a una tragedia. Su libro anterior es una investigación sobre la causa AMIA, el atentado terrorista contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina, en el barrio de Once, ocurrido el 18 de julio de 1994. Allí murieron 85 personas y más de 150 resultaron heridas. A más de treinta años del atentado, todavía no hay una condena definitiva por su autoría.
El punto de partida para el libro sobre la tragedia del Chapecoense es otro. Sinay arranca de una pregunta que se hizo Marcos Angeleri, uno de los jugadores de San Lorenzo que disputó el partido de semifinales contra Chapecoense: ¿qué hubiera pasado si hacía un gol y ganábamos el partido? Es una pregunta contrafáctica, que muchas veces suele ser un disparador para la ficción. Hacer una pregunta condicional es preguntarse por la forma del azar y el destino. “Me impactó porque, bueno, no hiciste el gol, ¿pero por qué? ¿Fue el azar? ¿Fue el destino? Y si sobrevivieron seis, ¿por qué esos seis y no más u otros? Si hubieran sobrevivido todos, ¿habría alguna fuerza misteriosa del universo que requiriera en algún lugar del mundo 71 personas muertas? Son preguntas de incertidumbre total que no se responden desde el periodismo, pero me parecían cautivantes. Quería escribir algo sobre eso…”, dice, y agrega: “Y me demoré mucho, mucho, porque no sabía qué es lo que tenía que escribir”.
Eran demasiadas capas. El avión se estrelló el 28 de noviembre de 2016, cerca de Medellín, Colombia, por falta de combustible. Murieron 71 personas y seis sobrevivieron. La investigación colombiana atribuyó el accidente a graves fallas en la planificación del vuelo por parte de la compañía y de la tripulación. Pero la investigación que hace Sinay va más allá de la crónica del accidente: reconstruye los hechos a partir de documentos, expedientes y testimonios de los sobrevivientes y los responsables, y viaja a los lugares vinculados a la tragedia. Vuelve a repasar una y otra vez, de manera obsesiva, el partido entre Chapecoense y San Lorenzo para lanzar preguntas a futuro que se intercalan con su propio viaje a Colombia, con el accidente, el juicio posterior, y el rumbo que tomaron las vidas de los seis sobrevivientes.
También arroja luz sobre algunos temas, como las negligencias de la empresa y el maltrato a los empleados. Por ejemplo, el caso de Celia Castedo Monasterio, empleada del aeropuerto de Viru Viru, en Santa Cruz. Ella advirtió sobre muchos errores en el plan de vuelo, pero no la escucharon o decidieron callarla. “Hasta el año pasado, ella estaba siendo acusada, en un juicio que nunca llega, de tener responsabilidad en esto y uno dice: ‘¿Por qué, si ella advirtió?’. La imputan porque dicen que su advertencia fue vaga”. A la pregunta contrafáctica inicial por el azar, Sinay responde con una verdad fáctica: las probabilidades y el azar no absuelven a quienes tuvieron una responsabilidad directa en una tragedia.
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¿Hay un método Javier Sinay? La pregunta le hace un poco de gracia, sonríe. Pero al mirar hacia atrás, en su corta vida, la pregunta parece caer de maduro: ¿dónde encuentra sus historias o qué le llama la atención para dedicarle años de trabajo a un libro? Sinay dice: “Siempre hay algo que nos ayuda a entender que las cosas son complejas. Por eso me gusta decir que una crónica tiene que ser más grande que sí misma. Tiene que contar una historia, tiene que mostrar significado cultural, tiene que abrir algún tipo de debate político, tiene que funcionar con varios niveles que se entrecruzan. Esa es mi manera de ver el mundo y eso es lo que trato de ofrecer desde mi trabajo periodístico. No es que me lo propongo como una declamación, no quiero darle lecciones a nadie, sino que simplemente creo que las historias interesantes del mundo y las que nos ayudan a entender las cosas que pasan no son blancas y tampoco son negras: creo que son grises”.
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