En los últimos dos días Venezuela, para variar, ha vuelto a estar en el epicentro mundial de las noticias. Esta vez no por algo provocado directamente por la dictadura chavista, sino por las fuerzas de la naturaleza: dos terremotos de 7,5 y 7,2 puntos en la escala de Richter azotaron sus costas centrales, dejando un saldo de pérdidas materiales y humanas. Sucedió uno apenas terminó otro, debido a movimientos asociados a la falla de San Esteban, que abarca la zona central del país. Justo en el país que desde hace ya más de una década vive en perpetua crisis, con problemas de infraestructura hospitalaria severos, con telecomunicaciones que fallan, con problemas de servicios de agua y electricidad. A ese lugar del mundo llegó otra catástrofe. Los venezolanos han tenido que hacer lo que vienen años haciendo: ingeniárselas para sobrevivir.
Venezuela tiene tradición de terremotos, aunque no en la misma medida que países como Chile o México. En 1812, cuando la causa independentista daba sus primeros pasos, un sismo sacudió la capital. El clero aprovechó la ocasión para argumentar que se trataba de un castigo divino por haber tenido la osadía de rebelarse contra el rey. El resultado fue catastrófico: gran parte de la ciudad fue destruida. En 1967, Caracas volvió a temblar, y en esa ocasión, varios edificios colapsaron. Murieron 230 personas. Era un evento que quedó en la memoria colectiva. Sucede que en el subsuelo de esta nación hay tres fallas tectónicas: la de Boconó, la de San Esteban y la de El Pilar. Eso es porque en nuestro territorio chocan la Placa del Caribe con la Placa de América del sur. Hoy, estos dos nuevos terremotos han vuelto para instaurar otro trauma sobre nuestra memoria colectiva. Viendo la devastación, no cabe duda: este es de esos eventos que marcan épocas.
Hay daños en varias ciudades del país. Caracas, Guatire, Los Teques, Valencia, San Felipe, entre otras. Pero la ciudad que más sufrió fue, sin lugar a dudas, La Guaira. De nuevo. En 1999, año en el que Chávez se estrenaba como presidente, un deslave producido por las incesantes lluvias removió los sedimentos del Ávila, la montaña que divide esa ciudad de Caracas. El resultado fue un movimiento de agua, tierra y barro que descendió sin misericordia, arrastrando todo a su paso. Se llamó "La tragedia de Vargas". Veintisiete años después, allí se concentró la mayor cantidad de edificios colapsados. Pero no podemos dejar de lado a la capital, que en varias zonas se enfrentó a derrumbes de viviendas.
De nuevo, la catástrofe, nuestra vieja enemiga, nos ha sobrevenido.

Como ha venido sucediendo
Era el miércoles 24 de junio del 2026. Día de San Juan Bautista, festividad de importancia medular en el calendario folklórico venezolano, especialmente en pueblos costeros. Como todos los años durante el día de San Juan, la lluvia caía. La vida transcurría sin ninguna novedad: en ciertos sitios se celebraba, en otras las actividades regulares continuaban. Caracas estaba entrando en su habitual hora pico: el metro y los autobuses se llenaban de personas que regresaban a sus hogares. De repente, la normalidad se interrumpió. Y en 39 segundos, el suelo cambió su ánimo. Todo temblaba.
Unos presenciaron edificios doblándose sin romperse, otros vieron edificios agrietarse, otros los vieron colapsar. Y los menos afortunados, estuvieron dentro de esos edificios que conocieron su final. ¿Cuántas personas perecieron? Aún no se sabe. ¿Cuántas están desaparecidas? Aún no se sabe. ¿Cuál es la cantidad de daños materiales? Tampoco. El gobierno bolivariano, que todos sabemos que no es una fuente confiable, hace poco ofreció la cifra de 235 fallecidos 4.300 heridos y cientos de desaparecidos. ¿Le creemos? Es el mismo régimen que habló de un hackeo proveniente de Macedonia del Norte para no enseñar las actas de votación en 2024, tras realizar un descarado fraude electoral.
Algunos alcanzaron a llamar a sus familiares para reportarse. Pero la cobertura, que en Venezuela no destaca por su calidad, se fue en un abrir y cerrar de ojos. Las guacamayas que surcan los cielos caraqueños volaron sin mucho control; las personas las veían moverse sin dirección. Las personas empezaron a agruparse fuera de los edificios. Tomaban sus celulares y mandaban mensajes de texto, de WhatsApp, llamaban. La mayoría no lograba comunicarse. Intentaban encontrar noticias. Una que otra información aparecía, ninguna alentadora. Las fake news, como es costumbre, llegaron con disimulo: se difundió una imagen de CORPOELEC, la compañía encargada de la energía eléctrica de Venezuela, diciendo que habría un apagón de 24 horas por todo el país. Al final, eso fue desmentido. Los mercados, panaderías y establecimientos de comida y víveres se llenaron de personas desesperadas. Los venezolanos ya conocemos muy bien lo que son las colas. Las volvimos a vivir.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, declaró emergencia nacional. Los venezolanos nos fuimos enterando del alcance de esta tragedia de a poco. Hay desaparecidos, muertos y mucha incertidumbre. Los gobiernos de Estados Unidos, El Salvador, México, China, España y una infinidad de países han ido anunciando diversas ayudas humanitarias: personal que vendrá, medicinas e insumos que enviarán, ayudas económicas, etc.
Mientras tanto, muchos venezolanos van resolviendo mediante esfuerzos civiles e institucionales. Hay una sensación de que esto ha desbordado las capacidades de respuesta del régimen. Y sí, tienen fundamento: si se revisan las redes sociales, se verán miles de posts sobre desaparecidos tras los terremotos. Quizás la tragedia sería menor si Venezuela estuviera mejor equipada, si no ocupara un lugar tan deshonroso en el índice de corrupción que Transparencia Internacional realiza año tras año y nuestros recursos hubieran tenido un mejor uso que satisfacer los lujos de los enchufados. Pero es esta la situación.










