Ideas

Nosotros, los seguidores del maligno en la Tierra

Sacerdotes de los barrios populares de Buenos Aires confrontan al gobierno de Javier Milei desde la fe, la justicia social y la defensa de los más pobres.

En la villa 21-24, uno de los barrios populares más grandes de Buenos Aires, la vida cotidiana transcurre entre murales del papa Francisco. DANIELA “ELLA” FERNÁNDEZ

Es agosto de 2025, pleno invierno austral. Las fuerzas de la Gendarmería —casco, escudo y porra en mano—, junto a algunos cuerpos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, han cortado el paso en la intersección de la avenida Rivadavia y Paraná, a unos 150 metros del Congreso de la Nación, donde puertas adentro se discute, una vez más, el financiamiento para el Hospital de Pediatría Prof. Dr. Juan P. Garrahan y las universidades públicas.

Es miércoles y marchan por un aumento urgente de haberes que supere la línea de pobreza, el acceso a medicamentos sin cargo y la defensa irrestricta de las moratorias previsionales. La estrategia de “déficit cero” de Javier Milei los ha convertido en uno de los sectores más vulnerables de la Argentina, con un 30 % bajo la línea de pobreza en 2024.

Es miércoles. La Gendarmería acorrala a jubilados, acompañantes y periodistas. Hace frío. Una anciana, campera blanca, gorro negro y bastón, se acerca a los uniformados. Su aliento empaña uno de los cascos. Está sola frente a una docena de efectivos, hasta que uno de ellos levanta el gas pimienta y descarga sobre su rostro un líquido casi naranja que la desestabiliza.

Un hombre —con antiparras y máscara antigás— evita que el cuerpo de la mujer se estrelle contra el asfalto. La abraza con fuerza, como quien sostiene a un niño que grita asustado. Le cubre con las manos los ojos —le arden mucho—. Usa su propio cuerpo como escudo y la protege del camión hidrante que, minutos después, irrumpe en escena para destrozar equipos fotográficos y dispersar a los presentes.

—Es el padre Paco —grita alguien.

El padre Paco y la jubilada permanecen inmóviles sobre el asfalto hasta que culmina la represión.

El padre Paco Olveira forma parte del Grupo de Curas en Opción por los Pobres (COPP). DFF

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Es enero de 2026. A Paco Olveira le cuesta recordar aquella escena. La represión de los miércoles de jubilados se ha vuelto rutina. Especialmente, desde la aprobación del Protocolo Antipiquetes, promovido por Patricia Bullrich, exministra de Seguridad de la Nación y actual senadora por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

—Han sido muchas, tantas —me dice el sacerdote, con un acento argentino en el que todavía asoman vetas de sus orígenes malagueños. Paco ha sido detenido en múltiples ocasiones por las fuerzas de seguridad.

—Cuatro —me aclara el enfermero de formación. 

Paco forma parte del Grupo de Curas en Opción por los Pobres (COPP), un colectivo que, junto a Curas villeros, es heredero del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). 

El MSTM estuvo activo entre 1967 y 1976, vinculado con la llamada “teología de la liberación”. Un movimiento basado en análisis sociológicos y marxistas que entendía la pobreza como pecado estructural y abogaba por la liberación integral —espiritual y social— a través de una fuerte crítica al capitalismo. En Argentina, esta corriente estuvo asociada con facciones más zurdas del peronismo, pero se disolvió ante la llegada del Proceso de Reorganización Nacional, el golpe cívico-militar que derrocó a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. 

Varios de sus miembros fueron asesinados y/o desaparecidos. Algunos de sus retratos cuelgan hoy en la iglesia que aún se encuentra en construcción en el barrio Esperanza, Zona Oeste de la provincia de Buenos Aires, y cuyo progreso supervisa Paco. 

El eclesiástico llegó a Argentina a finales de la década del ochenta, tras el fin de la dictadura. Desde entonces ha vivido en otros países de la región: México, Colombia, Paraguay y Uruguay. También estuvo en Haití en 2010 después del terremoto que dejó más de 200 mil muertos y millones de desplazados. 

“Siempre quise venir. No quería solo trabajar, sino vivir con los más pobres (...) hinché tanto los quinotos que al final me mandaron”.

El padre Paco supervisa la construcción de una parroquia en el barrio Esperanza, Zona Oeste de la provincia de Buenos Aires. DF

Actualmente, el padre Paco dirige la Fundación Isla Maciel y el centro comunitario Padre Alfredo Ladean. El centro, que lleva el nombre de uno de los tres sacerdotes asesinados en 1976, en lo que se conoció como la Masacre de San Patricio, funciona a partir de un convenio con la provincia de Buenos Aires —el Convenio Socioeducativo y Comunitario en Barrios Populares— para acompañar la trayectoria educativa de chicos y chicas de primaria e intentar que quienes abandonaron la secundaria puedan retomarla.

“Muchos chicos terminan la primaria —y también la secundaria— prácticamente sin saber leer ni escribir”, explica Paco. “La idea es articular con las escuelas de la zona. Tenemos distintos espacios: apoyo escolar, taller de cerámica, una psicopedagoga y todo un equipo para acompañar a los chicos y a las familias”.

Barrio Esperanza surgió en la primera década de los años 2000, cuando dos mil familias ocuparon sesenta hectáreas y resistieron sucesivos operativos de desalojo. A diferencia de las llamadas “villas”, los asentamientos se caracterizan por ser tomas de tierra más organizadas. Hoy el barrio cuenta con mayor infraestructura habitacional y una escuela. Sin embargo, como ocurre en muchos asentamientos, el acceso regular a los servicios básicos sigue siendo una deuda pendiente. 

Allí vive, como uno más, el padre Paco, cuya llegada coincidió con los últimos momentos del gobierno kirchnerista de Alberto Fernández y con los dos primeros años del gobierno de Javier Milei. En ese tiempo, ha visto deteriorarse de manera sostenida las condiciones materiales y de vida de sus vecinos.

“Hoy el 90 % de los comedores están cerrados. El gobierno de la provincia de Buenos Aires hace lo que puede, pero está asfixiado porque el Estado nacional no transfiere recursos”, explica. 

El padre Paco dirige la Fundación Isla Maciel y el centro comunitario Padre Alfredo Ladean. DF

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A casi 40 kilómetros del barrio Esperanza, en la villa 21-24, uno de los barrios populares más grandes de la capital argentina, el padre Toto, próximo a cumplir 60 años, está a cargo de la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé. Lorenzo ‘Toto’ de Vedia es un cura villero y representante del movimiento homónimo.  

La Virgen de los Milagros de Caacupé —la virgen azul—, si bien es patrona del vecino Paraguay, aparece estampada una y otra vez en los muros de la villa de Barracas. Al lado de retratos pintados a mano del papa Francisco, quien siendo aún Arzobispo celebró misas y bautismo en la iglesia que marca la entrada del barrio. La virgen también aparece al lado de graffitis que leen “Milei estafador”. 

La imagen del fallecido pontífice cuelga en lo más alto de una pared de la parroquia. Adyacente, un cartel en homenaje al padre Carlos Mugica, el primer “cura villero” a pesar de no haber vivido dentro de una villa “por una cuestión de época”.

“En ese momento se pensaba que las villas eran algo transitorio, que iban a desaparecer. Existió un plan de erradicación durante la dictadura, pero no prosperó”, explica Lorenzo. 

Hoy las villas en Argentina son barrios consolidados; parte de la estructura urbana del país —más de 5.600 barrios contabilizados en Registro Nacional de Barrios Populares—. 

“Somos curas, sacerdotes como los que hay en cualquier sector de la sociedad. Pero somos un grupo que decidió dedicar su sacerdocio a las villas y barrios populares, a los lugares donde vive la gente más pobre. No fue una elección de nombre: la gente nos llamó así (...) Vimos con los vecinos, compartimos los mismos problemas, las mismas carencias”, agrega el párroco.

El padre Toto, a cargo de la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé, es un cura villero y representante del movimiento. DF

Las villas han estado históricamente atravesadas por la ausencia del Estado —con momentos de mayor o menor presencia según el gobierno de turno—. Sin embargo, el Plan Motosierra de Javier Milei profundizó ese abandono a fines de 2023 mediante una batería de medidas de ajuste. El resultado fue una erosión sostenida del poder adquisitivo, un aumento del desempleo —tanto en el sector público como en el privado—, y el desmantelamiento de programas sociales destinados a jóvenes y adultos.

En un país donde los salarios ya no alcanzan para cubrir las necesidades básicas, el narco se ha convertido en uno de los principales administradores de las economías locales. Allí donde las políticas neoliberales desgarraron el tejido social, ofrecen préstamos a vecinos sin acceso al crédito, distribuyen recursos escasos, se infiltran en comedores comunitarios y asignan trabajos precarios. La policía y la represión llegan después; el problema se gestó antes, con el abandono. 

Los curas villeros son testigos y actores de esa realidad: cada vez más vecinos llegan a las parroquias a pedir lo que antes no necesitaban —una garrafa de gas, ayuda tras un incendio, apoyo para pagar un alquiler—, incluso personas con trabajo formal que ya no logran llegar a fin de mes.

“La situación habitacional es dramática. Los subsidios no alcanzan. El costo lo pagan sobre todo los jubilados, la infancia y las familias. En las villas, alrededor del 50% de la población es menor de 18 años. El impacto en la niñez es enorme y eso rompe el tejido social”, comenta Toto.

“Cuando el padre o la madre se quedan sin trabajo, cuando la familia entra en crisis, el pibe queda sin contención. Y ahí aparecen la droga y el narco. Muchas organizaciones sociales cumplían un rol clave: apoyo escolar, grupos de pertenencia, salarios sociales comunitarios. Todo eso hoy se redujo o directamente desapareció”.

El papa Francisco celebró misas y bautismo en la iglesia de la Virgen de los Milagros de Caacupé, que marca la entrada del barrio. DF

Las parroquias “hacen lo que pueden”: sostienen y derivan. Gran parte de ese trabajo se canaliza a través del programa Hogar de Cristo, que acompaña a pibes atrapados por el consumo problemático de drogas, aunque con recursos limitados. Los curas villeros advierten, sin embargo, que la responsabilidad principal recae en el Estado, único actor con capacidad real para abordar la magnitud del problema. No reclaman un Estado mesiánico ni avasallante, sino uno activo y comprometido.

“La clave es una intervención inteligente, articulada con la comunidad organizada. Sin comunidad, el Estado no alcanza. Y sin Estado, la comunidad queda desamparada”, subraya. 

El padre Paco define al gobierno de Javier Milei como un gobierno narco-capitalista: “El 60 % de mis vecinos está endeudado. El usurero presta 20 mil pesos y al mes hay que devolver 45 mil”.

Antes del triunfo del anarcocapitalista, la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) otorgaba créditos y subsidios vinculados al Registro Nacional de Barrios Populares. Con sus respectivas limitaciones, esas herramientas permitían que un sector de la población —especialmente familias monoparentales— accediera a mejoras, refacciones o ampliaciones de sus viviendas. El programa Mi Pieza, por ejemplo, llegó a ofrecer montos de entre 100 mil y 240 mil pesos.

“Hoy nada de eso existe. Estamos hipotecando el futuro de miles de niños y adolescentes”, denuncia.

Paco es categórico al describir un país donde la justicia social está en riesgo. “Ser Curas en Opción por los Pobres implica una oposición frontal a Javier Milei. Él dice que la justicia social es una mierda. Nosotros decimos —y no lo digo yo, lo dice Jesús en el Evangelio— que no. Por eso estamos absolutamente enfrentados”.

Felices los que trabajan por la justicia, porque serán llamados hijos e hijas de Dios 

(Mateo 5:9).

Los Curas en Opción por los Pobres comparten con el movimiento de Curas Villeros un eje central: colocar a los pobres en el centro de su acción pastoral y política.

“Nosotros le ponemos ideología a lo que hacemos. No alcanza con la caridad individual: hay que intentar cambiar las estructuras, y eso es político”, explica. “El Evangelio pone a los pobres en el centro y Jesús dice: ‘He venido a traer buena noticia a los pobres’. La única buena noticia para un pobre es dejar de serlo”.

El barrio Esperanza es un asentamiento que surgió en la primera década de los años 2000. DF

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A ambas agrupaciones también las une su vínculo específico con el papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio. Considerado un líder “progresista” dentro de la Iglesia católica, el sumo pontífice —nacido en el barrio porteño de Flores— impulsó reformas en el Código de Derecho Canónico para incorporar disposiciones sobre la pedofilia y los delitos de abuso sexual contra menores.

Francisco llegó a pedir perdón a la comunidad LGBTI+ al afirmar que no era nadie para juzgar, aunque nunca abandonó un enfoque biologicista. Al mismo tiempo, sostuvo de manera consistente el precepto de que el aborto constituye, en todos los casos, un “homicidio”.

En abril de 2025, el pueblo argentino no solo perdió una figura de orgullo nacional —como lo fue Maradona, como lo es Messi—, sino también una figura de pueblo. Querida, o al menos aceptada, incluso, por agnósticos y ateos. 

Javier Milei nunca ocultó su desagrado hacia Bergoglio. Antes de abrazarse con Francisco en el Vaticano, en 2024, el presidente argentino lo calificó de “comunista” y llegó a decir que era el “representante del Maligno en la Tierra”. Dicen que luego se arrepintió. Tal vez no, especialmente después de que el Papa progresista condenara el uso de armas y gases contra estudiantes, jubilados y trabajadores.

Los Curas Villeros se definen por su compromiso con los pobres, al margen del gobierno de turno. Han sido críticos de Javier Milei, de Mauricio Macri y de Cristina Fernández de Kirchner. “Siempre hablamos desde el territorio, desde lo que pasa en los barrios”, señala Toto.

Incluso antes de que Milei asumiera la presidencia, manifestaron su repudio al líder de La Libertad Avanza, en particular frente a sus ataques al papa Francisco. No —aclaran— por una cuestión personal, sino por lo que el pontífice encarna: la justicia social.

El accionar de los llamados seguidores del “Maligno en la Tierra” entra en tensión con la imagen del evangelismo que, en los últimos años, ha ampliado su presencia tanto en la Casa Rosada como en el Congreso.

Las villas han estado atravesadas por la ausencia del Estado. El 'Plan Motosierra' de Javier Milei profundizó ese abandono. DF

El evangelismo es un movimiento amplio y en Argentina no existe una alineación automática entre las iglesias evangélicas y la derecha política. Existen, incluso, expresiones religiosas que han defendido históricamente la autonomía corporal de las mujeres frente a agendas conservadoras, como Católicas por el Derecho a Decidir. En ese escenario, Javier Milei ha desempeñado un papel decisivo en la consolidación de la asociación entre determinados sectores evangélicos y la derecha.

La religión, como terreno de disputa en la Argentina, tiene antecedentes durante la última dictadura cívico-militar, cuando sectores de la Iglesia legitimaron la tortura y el robo de bebés en nombre de la “civilización occidental y cristiana”. Paco Olveira reconoce tensiones entre su agrupación y los sectores más conservadores de la Iglesia: para él, el problema no es ser católico o evangélico, sino la teología que hay detrás.

Las contradicciones que se gestan, según el padre Toto, parten del entendimiento del evangelio como la construcción colectiva de un mundo mejor, el concepto de “la corresponsabilidad”. Y bajo esa premisa, los eclesiásticos tienen la responsabilidad de acompañar la vida concreta de las personas, aprender de ellas; siendo secundario quien trae el paquete de yerba y quién lo recibe. “Mi libertad incluye la libertad del otro. No somos individuos aislados: somos un pueblo”, agrega. 

“Hubo curas desaparecidos, asesinados —como el padre Carlos Mugica— y muchos entraron a la lucha revolucionaria desde su fe. Algunos incluso alentaron la lucha armada. Hoy seguimos viendo capellanes militares que defienden la teoría de los dos demonios [la violencia política fue producto del enfrentamiento entre dos bandos equivalentes]. Nosotros estamos claramente en contra”, señala Paco.

El centro comunitario Padre Alfredo Ladean acompaña la trayectoria educativa de chicos y chicas de primaria. DF

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Los conflictos con el actual gobierno trascienden la fe: son ideológicos y se expresan, luego, en la práctica.

“Cuando Milei dice que la justicia social es un robo y una aberración, está tocando el centro de mi fe. Para el cristianismo, la justicia es un mandato divino. El presidente plantea la propiedad privada como un absoluto. La doctrina social de la Iglesia dice que antes de la propiedad privada está el destino universal de los bienes”, explica Paco.

Los Curas en Opción por los Pobres se plantan contra el dogma de la meritocracia —una noción cada vez más presente en la retórica oficial— y contra la idea de que “el pobre es pobre porque quiere”, un argumento que ha servido para justificar el retiro del Estado de los territorios donde su presencia es más urgente.

“Yo no soy pobre: vivo con los pobres. Pero mis vecinos sí lo son. Muchos no tienen qué darle de comer a sus hijos, no tienen agua en sus casas”, señala.

El año 2026, tercer año del mandato de Milei, estará marcado por nuevos ajustes y, especialmente, por el debate de una reforma laboral que, bajo la excusa de la ‘modernización’, apunta a desmantelar el sistema de Seguridad Social, reducir los aportes patronales a las obras sociales, facilitar despidos sin indemnización y restringir el derecho a huelga y a la organización sindical. En un contexto económico, social y político sin señales de pronta mejoría, ambas agrupaciones anticipan meses de fuerte conflictividad.

Si bien el padre Toto reconoce el miedo social, el desencanto con la dirigencia política tradicional y una represión cada vez más visible en las calles, sostiene que la protesta no está derrotada.

“El problema es que la dirigencia se alejó del pueblo y dejó un vacío que hoy ocupa este modelo. Milei no cayó del cielo. Se impuso un discurso individualista y meritocrático que culpa a los pobres por su pobreza. En la villa vemos todos los días gente que se esfuerza y sigue siendo pobre. Eso no es falta de mérito: es una injusticia estructural”, afirma.

Para Paco, la fe cristiana no es neutral. “Es profundamente revolucionaria. Jesús fue un marginal. Su mensaje es subversivo, más aún en tiempos de fascismo. Si Jesús viniera hoy, seguramente estaría con los jubilados, en los barrios, poniendo el cuerpo. Mi tarea como cristiano es seguir bajando de la cruz a los nuevos crucificados de la historia. No tengo otra”.

Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

(Lucas 6:20)

Fotoperiodista y cineasta independiente. Su trabajo ha sido publicado en Europa Press, Deutsche Welle, The Guardian, Diario Red, Diario Público, ElDiario.es, Le Temps, Mediapart, The Times UK, ABC, L'Humanité y otros. Cubana radicada en Buenos Aires, explora temas relacionados con feminismos, migraciones y movimientos sociales en América Latina. Parte de la 8va Red LATAM de Jóvenes Periodistas.