Hay un ojo pintado en la proa. Ya lo pintaban los fenicios en sus barcos, hace tres mil años, para que la embarcación viera el camino en la oscuridad. La barca de jábega malagueña lo sigue llevando, al menos en las pocas que aún se conservan. Es quizá el detalle más increíble de esta historia: que una tradición tan antigua como la escritura alfabética haya sobrevivido hasta el siglo XX en las playas de Málaga y haya terminado preservándose en lugares alejados de su origen.
Uno de esos refugios está en Barcelona. La Maria del Carmen, una auténtica barca de jábega construida en 1926, forma parte de la colección del Museu Marítim de Barcelona. Tras décadas de servicio en la costa malagueña, la embarcación encontró una segunda vida en el museo barcelonés, donde hoy conserva uno de los últimos testimonios materiales de una tradición que durante siglos definió la relación entre Málaga y el mar. Su presencia recuerda que la historia de las jábegas no pertenece únicamente a Andalucía, sino también a aquellos lugares que han contribuido a preservar su legado.
El arte más antiguo del litoral
La jábega es, según los expertos, la embarcación de pesca más antigua de España. Puede llegar a tener once remos, la proa levantada y ese ojo fenicio mirando siempre hacia delante. No tiene motor ni vela: es una barca de trabajo puro, de músculo y coordinación. Los hombres que la tripulaban se llamaban jabegotes —o marengos, en el habla del litoral malagueño— y durante siglos formaron una comunidad tan cerrada y particular que tenía su propio vocabulario, jerarquías, rituales y, como veremos, también sus propios cantes.
El arte de pesca de la jábega consistía en adentrarse en el mar y tender redes que luego se arrastraban desde la orilla. Requería entre ocho y quince hombres, una coordinación casi militar y un conocimiento profundo del fondo marino, las corrientes y las mareas. El patrón —el “mandaor”— coordinaba las faenas a voz en grito o mediante señas con los brazos. Los hombres tiraban de la tralla, una banda ancha de esparto cruzada sobre el pecho, en un ir y venir constante por la arena mojada. Los niños —los gardones— ayudaban a recoger las redes y cobraban su trabajo con un puñado de pescado.
Esta forma de vida persistió durante siglos en la costa malagueña, especialmente en El Palo, Pedregalejo y La Cala del Moral. Era una cultura pobre y dura, solidaria por necesidad. Cuando un jabegote enfermaba, el resto del barco le seguía dando su parte. Cuando uno moría ahogado, la tripulación sostenía a su familia. El mar daba y el mar quitaba, y los marengos lo sabían mejor que nadie.

La 'Isabel' en tierras americanas
En noviembre de 1933, un agente de viajes milanés llamado M. Tomassucci escribió una carta a Archer M. Huntington, millonario estadounidense y fundador del Mariners' Museum de Newport News, Virginia. Le ofrecía una embarcación de siete metros de eslora en perfectas condiciones, que describía como un típico barco de pesca del Lago Maggiore, en el norte de Italia. El precio era de 1.900 liras, más otras 1.200 por el envío en ferrocarril hasta Génova, donde embarcaría rumbo a Nueva York.
Era una mentira, o al menos una equivocación interesada. La barca no tenía nada que ver con el Lago Maggiore. Era una jábega malagueña, registrada en el puerto de Málaga. Su nombre era Isabel.
El 5 de enero de 1934, la Newport News Shipbuilding and Dry Dock Company comunicó al Mariners' Museum que en el muelle de Nueva York esperaban tres cajas con cuatro embarcaciones de pesca a nombre del Sr. Huntington. La Eastern Steamship Company y la Pennsylvania Railroad se negaron a transportarlas hasta Virginia por su peso y volumen, y durante semanas hubo un ir y venir de cartas y trámites aduaneros. Finalmente, a finales de aquel mes, las cuatro barcas llegaron a su destino. Una de ellas había sufrido daños durante la descarga.
La Isabel llevaba en su viga delantera la fecha tallada: AÑO 1925. En la proa, el ojo fenicio. En los costados, banderas, vides y flores pintadas. En la regala de babor, surcos profundos dejados por el roce de las cuerdas de pesca durante años de faena. Medía seis metros y medio de manga, tenía tres bancadas y pinzotes para los remos, y una especie de cuello de serpiente tallado en la proa a modo de espolón decorativo. Era, en cada detalle, una barca de jábega malagueña. Pero nadie lo sabía.

Cuarenta y cuatro años de confusión
Durante casi medio siglo, la Isabel estuvo expuesta en el Mariners' Museum con una identidad equivocada. Algunos la catalogaban como italiana; otros, como portuguesa o española, pero nadie podía asegurarlo. La carta de Tomassucci había sembrado una confusión que se mantuvo viva durante décadas.
Fue el 31 de agosto de 1977 cuando Joyce A. Royer, responsable de la colección de pequeñas embarcaciones del museo, decidió escribir al Museu Marítimo de Barcelona. La carta era meticulosa: describía las medidas exactas de la barca, su decoración, su construcción y sus peculiaridades. Adjuntaba doce fotografías. Preguntaba si tenía ascendencia medieval, si realmente era una barca de lago y si su origen era español, italiano o portugués.
La respuesta llegó el 20 de septiembre de 1977, firmada por José María Martínez-Hidalgo, director del museo marítimo barcelonés. Su veredicto era categórico: era una jábega, la embarcación de pesca más antigua de España, propia de la costa andaluza. Probablemente había sido introducida, añadía, por navegantes fenicios. En cuanto a la matrícula, sugería escribir a la Comandancia de Marina de Málaga, aunque advertía de que los archivos podrían haberse perdido durante la Guerra Civil.
Dos meses de travesía desde Málaga hasta Newport News, en 1933. Cuarenta y cuatro años de identidad perdida. Y al final, una carta de veinte líneas que lo resolvía todo con una sola palabra: jábega.
Hoy, según el artículo de Pablo Portillo Strempel publicado en los Cuadernos del Rebalaje, la Isabel ya no está expuesta al público. El paso del tiempo ha hecho mella en su madera y la barca permanece en un almacén del museo, esperando la restauración que le devuelva la dignidad que merece.

El cante que nació en la arena
Hay algo más que los jabegotes dejaron atrás, algo que estuvo a punto de perderse igual que la Isabel casi pierde su nombre. Mientras los hombres remendaban las redes sentados en la arena, alguien se arrancaba a cantar. No mientras remaban —eso era imposible, el esfuerzo no lo permitía— sino en los momentos de calma, bajo el sol o al atardecer, con la jábega varada y el mar en silencio.
Ese cante se llamaba cante de jabegotes, también conocido como cante de los marengos. Es, según los estudiosos del flamenco malagueño, posiblemente el más antiguo de los cantes abandolaos que se conocen: esa familia de palos flamencos que bebe del verdial malagueño e incluye rondeñas, jaberas y malagueñas. Una rama entera del árbol del flamenco que tiene sus raíces en una playa.
La cantaora Ana Sánchez, conocida en el mundo artístico como "La Naranjita” y nieta de Naranjito de Triana —uno de los grandes nombres del flamenco del siglo XX—, considera que conservar estos cantes significa conservar la memoria de quienes los crearon. “Las letras hablan del pueblo, son historia de lo que vivía la gente en Andalucía”, explica. Para ella, el flamenco es una herencia cultural en la que confluyen tradiciones judías, gitanas, africanas y latinoamericanas, y “es algo que no se puede perder”, asegura.
Su propia relación con el flamenco nació en el ámbito familiar. Tras la muerte de su abuelo comenzó a escuchar las grabaciones que habían conservado sus discípulos y, más tarde, participó en reuniones improvisadas de cante en las plazas y calles de Triana. Con el tiempo decidió formarse académicamente porque, sostiene, “también hay que estudiar el flamenco”. Conocer el origen de cada palo, comprender su contexto histórico y dominar su técnica, explica, resulta fundamental para transmitir unas letras que han sobrevivido durante generaciones gracias a la tradición oral.
El guitarrista Óscar Soriano coincide en la importancia de esa transmisión. Procedente de una familia gaditana aficionada al cante, considera que el entorno familiar ofrece un punto de partida privilegiado para acercarse a este patrimonio cultural. “El legado cultural está ahí”, explica. Aunque cualquiera puede aprender flamenco con dedicación y buenos maestros, crecer rodeado de reuniones informales donde se canta por afición facilita la comprensión de un arte transmitido durante siglos de boca en boca.
Una arqueología viva
El jabegote es una poesía de oficio, de vocabulario técnico y emoción contenida. Una arqueología hecha canción.
En sus letras aparece todo el mundo de los jabegotes: el trabajo extenuante antes del alba, el miedo al temporal, la solidaridad entre tripulantes o los niños que soñaban con ser toreros usando velas de barco como capotes. Y también la fe, invariablemente, en la Virgen del Carmen cuando la tormenta se ponía fea y la barca podía partirse en dos.
Las palabras de "Naranjita" y Soriano ayudan a entender por qué estos cantes han sobrevivido. Para ambos, el flamenco no es una reliquia ni un género condenado a desaparecer, sino una tradición viva. “Está más vivo que nunca”, aseguran. Soriano habla de la afición que ha encontrado en Francia, Alemania o Latinoamérica; "Naranjita" destaca el interés de nuevas generaciones que estudian a los viejos maestros con una pasión que parecía impensable hace apenas unas décadas. Lejos de extinguirse, el flamenco sigue encontrando nuevas voces para contar historias antiguas.
La Isabel lleva décadas en un almacén de Virginia. El ojo fenicio pintado en su proa no ve el Mediterráneo desde noviembre de 1933. Pero en Barcelona, la Maria del Carmen sigue recordando a los visitantes cómo eran aquellas embarcaciones que durante siglos poblaron las playas malagueñas. Y en Málaga, cuando se bota una nueva jábega y alguien se arranca por jabegotes, algo de lo que ambas representan vuelve a flotar sobre el agua. Tres mil años de tradición que se niegan a hundirse.
