Entre la vida y la muerte en alta mar

El Museu Marítim de Barcelona reconstruye las travesías de la Compañía Trasatlántica Española a partir de los registros civiles generados a bordo, convertidos hoy en memoria histórica.

El vapor 'Manuel Calvo', de la Compañía Trasatlántica Española, en una pintura de la primera mitad del siglo XX que evoca las rutas entre España y América. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA
El vapor 'Manuel Calvo', de la Compañía Trasatlántica Española, en una pintura de la primera mitad del siglo XX que evoca las rutas entre España y América. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA

En el imaginario mediterráneo, hablar de barcos es hablar de El meu avi, del Català, de las habaneras y de todo un ecosistema cultural, económico y social que durante más de un siglo se ha construido alrededor del mar. Porque el mar es sinónimo de vida, pero también de cambio y de la búsqueda de un futuro mejor.

Lo saben bien las miles de personas que, entre 1849 y 1973, se embarcaron en los buques de la Compañía Trasatlántica Española. Cuando el uso del avión aún no se había democratizado, eran los barcos los encargados de conectar España con América y Filipinas mediante travesías transoceánicas.

Los trayectos solían durar unos 23 días: 23 días aislados de cualquier indicio de tierra, con el rumor constante de las olas y el azul del cielo como única compañía. Pero ¿qué ocurría durante ese casi mes en el que los viajeros se desplazaban de un puerto a otro?

Para responder a esta pregunta, el Museu Marítim de Barcelona lleva años trabajando con el archivo de la Compañía Trasatlántica Española, un amplio conjunto documental que recoge nacimientos y defunciones en los distintos buques, para comprender cómo era el día a día de tripulantes, trabajadores y pasajeros de estas grandes embarcaciones. El archivo funciona como una gran colección clasificada cronológicamente y por modelo de barco, con registros de nacimientos, defunciones y matrimonios desde 1878 hasta 1936.

Pasajeros descansan en la cubierta del vapor 'Manuel Calvo', de la Compañía Trasatlántica Española, durante una travesía transoceánica en 1920. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA
Pasajeros descansan en la cubierta del vapor 'Manuel Calvo', de la Compañía Trasatlántica Española, durante una travesía transoceánica en 1920. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA

Un punto clave para entender el funcionamiento de la Compañía es el contexto histórico de España durante ese periodo. Con las guerras en los últimos territorios españoles de ultramar, los barcos de la Compañía se convirtieron en el principal medio de transporte de soldados que viajaban hacia y desde Cuba y Filipinas, jugándose la vida en cada batalla. Como explica la archivera Mireia Bertrana, “durante la repatriación de tropas eran muchos los soldados que morían a bordo”.

Pero no solo los soldados fallecían durante los 23 días de travesía. También miembros de la tripulación y del pasaje perdían la vida por enfermedades o incluso por peleas. Para documentar todo lo que sucedía, en el contexto de los viajes de repatriación de soldados, se publicaba cada año un libro con las defunciones ocurridas en cada buque, como una especie de gran recuento y registro. Asimismo, las actas de nacimiento y defunción no correspondían únicamente a soldados y tripulación, sino también a los pasajeros, cuya presencia y situación a menudo quedaban menos visibles en la documentación.

Además, para garantizar que los difuntos recibieran sepultura dentro del cristianismo, en cada viaje había siempre un cura y un médico que firmaban las actas de defunción y elaboraban una lista detallada de las pertenencias del fallecido, que posteriormente se entregaban a la familia. El cuerpo, sin embargo, se arrojaba al mar para evitar su descomposición y, tras una ceremonia previa, se registraban la latitud y la longitud del punto exacto para comunicarlo a los familiares.

La muerte siempre implica vida

En estos barcos no solo se perdían vidas: también nacían. Porque la muerte siempre implica vida. Como curiosidad, Bertrana explica que la referencia topográfica habitual en nacimientos y defunciones era simplemente “en la mar”, sin mayor precisión. En el caso de los nacimientos, una vez en tierra, el registro se modificaba y pasaba a figurar como Madrid, ironías del destino.

Si se observan los nacimientos y la lista de nombres de estos niños y niñas, aparece otra correlación llamativa: muchos de los nacidos en el mar recibían nombres vinculados a la monarquía de la época. Un flamante Reina Victoria Eugenia o un Santa Isabel daban lugar a nombres singulares que, además, solían ir acompañados del apadrinamiento simbólico por estos monarcas.

El caso del navío de Reina Victoria Eugenia es especialmente relevante. Como señala Bertrana, fue el vapor más grande de la marina mercante española, en servicio desde 1913 hasta 1936 y con capacidad para más de 1.300 personas. Se convirtió, así, en toda una institución de su tiempo y en el principal medio de transporte transoceánico español.

En realidad, los barcos de la Compañía no solo trasladaban personas: también actuaban como un registro civil flotante, contabilizando nacimientos, defunciones y, en menor medida, matrimonios. Todo debía quedar documentado y, al llegar a puerto, comunicado a las autoridades correspondientes.

Veintitrés días dan para mucho: se puede morir, nacer, renacer, sobrevivir o cambiar el rumbo de una vida para siempre. El interludio vital que se desarrollaba en estos barcos es una pieza clave para comprender una parte de nuestra historia y cómo el mar ha sido, y sigue siendo, sinónimo de cambio, oportunidades y del impulso de embarcarse hacia una vida mejor.

Acta de defunción de un pasajero de segunda clase fallecido a bordo del vapor Montserrat durante la travesía de La Habana a Nueva York, en 1920. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA
Acta de defunción de un pasajero de segunda clase fallecido a bordo del vapor Montserrat durante la travesía de La Habana a Nueva York, en 1920. MUSEU MARÍTIM DE BARCELONA

 

Periodista. Ha trabajado en medios como Núvol y El Nacional. 

 

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