Hay hoteles que tienen un algo y uno se pregunta si lo que le seduce es la situación, la elegancia, la sobriedad, el servicio, el trato personalizado, el querer estar en él porque es una gran experiencia y porque en ellos se sienten como propias las leyendas que se forjaron entre sus paredes y jardines.
¿Podría decirse que cuando uno está en el Hostal de La Gavina, de S’Agaró, en la Costa Brava de Girona, en España, uno está inmerso en un sueño?
En realidad, sí. Porque –y eso lo entenderán los románticos— estar en La Gavina y en sus alrededores es vivir dentro del sueño de otra persona, porque S’Agaró y La Gavina no es otra cosa que el anhelo, la pasión duradera de Josep Ensesa Gubert, la persona que lo ideó, en los años veinte del siglo pasado, lo construyó y lo cuidó durante toda su vida, y las generaciones que le han seguido han mantenido su ideal de forma ininterrumpida.
A principios del siglo XX, S’Agaró no era más que una colina junto al mar, rocosa, solitaria y olvidada del mundo, donde un pastor cuidaba su pequeño rebaño de cabras. En aquellos tiempos nadie iba a la playa y el concepto de las vacaciones en el mar era algo inédito. Si acaso solo se veían, en las pequeñas y desiertas playas, algunos pescadores de proximidad que extendían sus redes a secar en la arena entre los acantilados que han dado tanto renombre a esta parte del litoral catalán.

Pero Josep Ensesa Pujadas, un destacado industrial gerundense, descubrió el lugar y decidió comprarse un terreno. Años después, su hijo Josep Ensesa Gubert vio el potencial de aquel bello lugar y, con la ayuda del famoso arquitecto local Rafael Masó, desarrolló lo que acabó siendo una ciudad jardín de vacaciones con calles anchas, vegetación propia de la región, donde predomina el pino mediterráneo, chalets espaciados y una arquitectura respetuosa con el entorno natural e inspirada en las casas rurales típicas catalanas. Pero también en las tendencias internacionales del momento. En aquellos años del inicio del proyecto, Ensesa y Masó viajaron por Europa, sobre todo a la Costa Azul francesa, en busca de inspiración para que S’Agaró estuviera a la altura de los mejores complejos turísticos europeos.
Núcleo central en toda la ciudad jardín fue la construcción del Hostal de La Gavina (palabra catalana que significa gaviota) que fue inaugurado el 3 de enero de 1932, inicialmente con solo once habitaciones, pero que fue creciendo hasta llegar al medio centenar actual, además de una veintena de suites, y situado en lo que un periódico de Barcelona calificó el día de su inauguración de “el punto más bello de la Costa Brava”.

Ensesa Gubert sabía que su aspiración de lograr un resort de lujo solo podría convertirse en realidad si lograba atraer a un turismo exigente, de alto poder adquisitivo y, sí, elitista. Había que conectar S’Agaró con la red de transporte, había que darlo a conocer a los operadores turísticos europeos, había que organizar festivales de música, acontecimientos culturales y deportivos, como el tenis y las regatas, había que promocionar el hotel como centro de reunión de economistas, políticos o empresarios… siempre manteniendo un mismo enfoque estilístico y adaptando La Gavina a las necesidades modernas de un hotel de alto standing sin abandonar la tradición. Y decidió que era crucial dar a conocer el establecimiento, en el que él tanto creía y tanto había trabajado, en el mundo de las artes, los intelectuales y el espectáculo.
La apuesta funcionó. En 1958, Charles Graves, reputado periodista inglés, novelista y autor de libros de viajes, escribió en la prensa de su país: “acabo de instalarme en el hotel más fabuloso que haya conocido en mi larga vida de viajero”.

Y así fue como poco a poco La Gavina se convirtió en sinónimo de hospedaje de gente famosa atraída por la excelencia, la discreción, el aislamiento y un ambiente apacible.
¿Apacible? A ver, un momento. No siempre.
Sería una gran exageración decir que aún resuena en las paredes de la planta baja del hotel una pelea a gritos entre dos de las más destacadas estrellas de Hollywood en los años cincuenta: Ava Gardner y Frank Sinatra, y que aún se oye el eco de la solemne bofetada que este, consumido por los celos, le propinó a aquella, que vivía, en la Costa Brava, unos días de frenesí y aventuras amorosas durante el rodaje de una película. Pero la realidad es que, metafóricamente, sí se puede decir que el eco de aquella famosa bofetada aun resuena porque es parte de la historia del hotel y su anécdota más famosa.
En la primavera de 1950, Ava Gardner –que tenía entonces 28 años– estaba rodando en la Costa Brava Pandora y el holandés errante, protagonizada también por el galán James Mason y dirigida por Albert Lewin. La película estaba definida como una historia de amor inolvidable y deliciosamente romántica en la que una mujer muy sola buscaba ansiosamente el amor. En la vida real, Ava tuvo una aventura con el torero, poeta y actor barcelonés Mario Cabré, que también era parte del reparto de la película. El efímero romance, confirmado por la propia actriz, llegó a conocimiento de la prensa internacional y también de Frank Sinatra que mantenía una relación intensa y tempestuosa con la actriz desde dos años antes.

En un ataque de celos, Sinatra tomó un avión, cruzó el Atlántico, llegó a España, se trasladó al Hostal de La Gavina, buscó a Ava, la encontró en un pequeño bar llamado “El Barco”, dentro del hotel, donde la actriz estaba tomando su acostumbrado dry martini, empezó a gritarle y le dio la famosa bofetada en presencia de un empleado del local que no sabía si esconderse o disimular. Después de la pelea, porque Ava también le pegó a Frank, según el testigo de los hechos, el maître Diego Herranz, la pareja se trasladó a la suite de la actriz donde los constantes gritos, insultos y portazos siguieron resonando por todo el hotel.
Las aguas parecieron volver a su cauce y antes de que Frank Sinatra regresara a Estados Unidos, después de sus cuatro días escasos en la Costa Brava, le regaló a Ava un collar de esmeraldas con una advertencia que confirmó la propia actriz en sus memorias años después: “Si vuelvo a oír hablar de ese torero, te mato”. Frank Sinatra y Ava Gardner acabaron casándose dos años después, en 1951, aunque su matrimonio terminó en separación y divorcio en 1957.

Para dar a todo este episodio un toque aún más hollywoodesco, al otro lado de la cancha los empleados de la productora, la Metro Goldwyn Mayer, vigilaban a Mario Cabré y trataban de controlarlo porque también había proferido su propia amenaza contra Frank Sinatra: “Cuando le vea, le mataré”. Mientras tanto el torero/poeta seguía escribiendo sus poemas de amor dirigidos a Ava Gardner que se recopilaron en un libro manuscrito –Dietario poético a Ava Gardner– que se ha guardado en el hotel durante todos estos años. Cabré calificó públicamente a Ava Gardner de “la mujer más hermosa del mundo y a la que más quiero”. Para él fue un enamoramiento solemne. Para ella uno más de sus amoríos de temporada de los que parece que no faltaron durante su estancia en la Costa Brava, tal y como lo detalló sin demasiada pasión en su libro autobiográfico Ava. My Story (Batman, 1990), dando punto final al mito Cabré.
Como si fuera un icono más de esta historia de amor, celos y amenazas, el pequeño bar “El Barco”, con las paredes revestidas de madera noble, como la cabina de una embarcación de época, sigue estando en La Gavina prácticamente igual que estaba aquél once de mayo de 1950 cuando la famosa pareja se enzarzó en la legendaria discusión. En un lado del bar hay cuatro mesitas de madera y frente a ellas la barra donde estaba sentada Ava Gardner cuando llegó el amante desesperado. Los cuatro taburetes siguen estando en el mismo sitio (aunque se han tapizado de nuevo después del desgaste de años) y siguen ahí las elegantes copas cónicas para saborear un dry Martini, por si alguien quiere rememorar la escena.

Cerca del bar está el “pasadizo de la fama”, donde están colgadas las fotos de muchos de los personajes del mundo del arte, sobre todo el cine y de la música, que han pasado temporadas en el hotel: Elizabeth Taylor, Orson Welles, Sean Connery, Jack Nicholson, Peter Sellers, John Wayne, Britt Ekland, Tom Jones, Robert de Niro, Claudia Cardinale, Plácido Domingo, Josep Carreras, Montserrat Caballé, Ernest Hemingway, Josep Pla, Salvador Dalí, además de reyes, reinas, jefes de Estado y primeros ministros.
Por cierto, el padre de Salvador Dalí era notario y prestaba sus servicios profesionales a Josep Ensesa Gubert. En una ocasión, cuando el célebre pintor surrealista estaba en sus comienzos, le pidió al dueño del hotel que comprara algún cuadro de su hijo. “Tenemos que ayudar al niño”, le dijo. Fue el principio de una larga vinculación de Dalí con La Gavina.

Al recordar todas estas anécdotas cinematográficas en los casi cien años de vida del Hotel La Gavina, su director, Joan Carles Casanovas, asegura: “Para mí, lo más cinematográfico es la perspicacia de Josep Ensesa Gubert. Un hombre que tuvo la capacidad de decir: la manera de poner esto en el mapa es una relación de atención personal con los artistas del mundo del cine que venían a alojarse. Él se encargaba personalmente de recibirles, de atenderles como un verdadero anfitrión porque era muy consciente del impacto que ello podía suponer. Tenía muy claro que cultivando esta relación un famoso traería a otro y acabaría poniendo el hotel en el mapa. El resultado ha sido el hotel con la mayor concentración de artistas que yo conozco. Y estancias largas de personajes famosos que han venido expresamente para estar aquí, atraídos por todo lo que el hotel ofrece para un cliente exclusivo”.
Casanovas define así el ensueño de su fundador: “Ensesa tuvo la sagacidad de ver que en un terreno que no tenía ni un pino, que nadie quería y en el que había cuatro cabras, supo imaginarse una “ciudad” de vacaciones de lujo y le dio fama. Él tuvo esa intuición, la persistencia y los recursos para hacerlo. Le admiro porque lo planteó muy acertadamente: no llegan los turistas, pues les monto una estación de tren. No viene gente de Barcelona, pues les traigo una empresa de autobuses hasta aquí en línea directa desde la ciudad. No llegan los tour-operators, pues organizo el primer congreso internacional de turismo de la Costa Brava para que vengan empresarios de fuera y vean y se den cuenta de que a los turistas les va a gustar el lugar”.
El Hostal de La Gavina es un hotel familiar. Esta es la tercera generación de los Ensesa al frente del establecimiento y se nota un respeto para el creador de la idea. Los descendientes del “soñador” quieren ser fieles a la idea original y la filosofía del negocio que consiste en mantener el lugar como es, como siempre ha sido. Pero con una gestión moderna.
No es normal que un establecimiento de esta importancia siga en manos familiares después de casi cien años.

“No es normal y además tiene mérito”, asegura Casanovas. Es como el oso Panda, una especie en peligro de extinción. No hay muchas empresas así. Los hoteles ahora mismo están todos en manos de multinacionales o de fondos de inversión. Reconozco que el cariño, la filosofía, el espíritu que se le da a un hotel familiar no lo tiene una cadena. Este hotel es muy particular por la decoración, por la manera en la que se ha enfocado el negocio, por la implicación de la familia, aún ahora, no en la gestión día a día del hotel porque no intervienen para nada, pero sí en lo necesario para que no se pierda aquella esencia con la que se creó. La ornamentación del hotel desde Ensesa, abuelo y padre, era toda comprada en subastas de arte, anticuarios, o en viajes que se hacían para conocer el buen arte de los demás…
"Cuando reformamos las habitaciones lo hacemos sin que pierdan su naturaleza. Las cortinas de seda siguen siendo de seda, pero cuando hay que comprar dos mesitas, un sillón y tres lámparas las compramos en un anticuario. Una cadena hotelera no lo haría. Cualquier cadena hotelera de primera fila podría reformar el hotel con muchos millones de euros y lo haría de forma espectacular, pero ya no sería La Gavina”, explica su director.
Y a mi pregunta inicial de qué no sé qué tiene un hotel como este que seduce, Casanovas la responde así: “La Gavina es La Gavina y tiene esta atmósfera especial porque no se ha perdido nunca la esencia y el espíritu visionario con que se fundó”.
Al contemplar el bello atardecer entre los acantilados junto al hotel, desde el “camino de Ronda”, ideado también por Ensesa, uno acaba de entender por qué este pionero puso tanto empeño en hacer realidad su sueño hace casi un siglo. Y logró fundar un hotel de los que tienen alma.

Añadir Coolt como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
