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La lenta agonía del dios alado de Sudamérica

El cóndor, el ave sagrada de los Andes, está desde 2020 en la lista roja de las especies vulnerables. Su futuro corre peligro.

Buenos Aires
El cóndor, ave de gran simbolismo en los Andes que ahora se encuentra en peligro. ARCHIVO

“Estaba acampando en una zona de Ayacucho, justo frente a una pared rocosa donde había un dormidero de cóndores. Una mañana vi que un ejemplar inició el vuelo y se me ocurrió que podría seguirlo bajando por un camino que pasaba cerca de donde me encontraba. En un momento me crucé con dos mujeres que subían ese camino. Fue en ese instante que el cóndor nos sobrevoló. Las mujeres detuvieron la marcha, se quitaron los sombreros y con enorme respeto lo saludaron. '¡Apu kunturi!', dijeron a la vez. Solo entonces volvieron a ponerse los sombreros y prosiguieron su camino. Apu kunturi quiere decir dios cóndor”.

Fernando Angulo es un científico. Como investigador principal del Corbidi, Centro de Ornitología y Biodiversidad del Perú, estudia la vida y actividad del cóndor, analiza sus conflictos y amenazas, participa de los trabajos por asegurar su supervivencia. Pero al mismo tiempo comprende todo el simbolismo que encierra el Vultur gryphus para los descendientes de los originarios colonizadores de las alturas de los Andes, los que llevan domesticando desde hace miles de años la escasez de oxígeno, el frío, el viento y las dificultades que plantea un terreno escarpado y duro.

“El cóndor cambió mi visión de las cosas. Hizo que me reencontrara con la naturaleza. Se convirtió en un maestro que me enseña a vivir en armonía con el entorno”.

Vanesa Astore, doctora en Biología, es directora ejecutiva del Programa de Conservación del Cóndor Andino que tiene su centro en el Ecoparque de la ciudad de Buenos Aires, y no tiene reparos en contar la transformación que provocó en su interior el estudio del mallku kunturi que veneran mapuches, aymaras, kollas, quechuas y demás etnias de la cordillera. Por el contrario, su rostro se ilumina y cada palabra transmite la energía que, asegura, impregna el corazón de quien asiste a la liberación de un ejemplar que es devuelto a la vida silvestre.

Liberación de un cóndor andino en la provincia argentina de Salta. YOUTUBE

El cóndor, mallku kunturi o Vultur gryphus, es un ave especial, distinta a todas, un semidiós. Por su porte, su envergadura, su impresionante capacidad de vuelo; pero fundamentalmente, porque está grabada a fuego en la cultura y el alma de los pueblos que se reparten a través de los 8.500 kilómetros de largo y los más de 2.870.000 kilómetros cuadrados que ocupa la espina dorsal de Sudamérica.

“Es el guía espiritual de los hombres sabios, la energía necesaria para que la cultura se mantenga viva, porque vuela a más de 5.000 metros de altura, capta toda la energía de las estrellas, de los astros y los cometas, la baja en sus plumas hacia la Tierra y el hombre ha sabido recogerla. El cóndor conduce a su pueblo, nos señala el rumbo, nos aconseja. Por eso es sagrado”.

Carmelo Sardinas Ullpu, taita de la nación wisijsa de Potosí (Bolivia), miembro del Consejo de Ancianos de la Confederación del Cóndor del Sur y profesor de quechua y cosmogonía de los pueblos originarios en varias universidades de Buenos Aires, donde vivió hasta su fallecimiento en 2020, resumía mejor que nadie la trascendencia de la especie más emblemática del continente.

Un cóndor sobrevuela el Cañón de Colca, en Perú, en 2020. UNSPLASH/ADELE BEAUSOLEIL

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Presente en los escudos de Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador, símbolo nacional del Perú y Monumento Natural en la Argentina, no existe un animal más adorado en toda la prolífica fauna latinoamericana.

Su distribución, aunque despareja, comienza en la isla de los Estados, confín meridional del mundo habitado, hasta Venezuela, más allá de la línea del ecuador; y su imagen y nombre sirven de icono y denominación para múltiples marcas comerciales, desde líneas aéreas a tiendas de muy diversos rubros. Incluso es la inspiración de uno de los personajes más populares de la historia del cómic latinoamericano. Pero aun así, no está a salvo de las mismas calamidades que afectan a congéneres menos adorados. En diciembre de 2020, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza recategorizó a la especie como vulnerable en la Lista Roja de las que se encuentran en peligro, aunque los especialistas afirman que debería ocupar un peldaño más alto en la penosa ruta hacia la extinción.

Escudos de Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador, en los que aparece el cóndor. ARCHIVO

Maestros del vuelo y expertos ahorradores de energía, capaces de atravesar hasta 170 kilómetros en el aire sin aletear ni una sola vez, los cóndores pueden recorrer por encima de los 300 kilómetros diarios. Esto y las enormes dificultades de acceso a los dormideros añaden un factor limitante que resulta clave en el estudio de la especie: es muy difícil realizar censos de población que sean fiables a escala sudamericana.

“Hay toda una serie de motivos que convierten el cóndor en una especie extremadamente sensible a cualquier tipo de impacto”, dice Sergio Lambertucci, director del Grupo de Investigaciones en Biología de la Conservación del INIBIOMA, Instituto de la Universidad Nacional del Comahue y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, en la Patagonia argentina. Los problemas reconocen dos orígenes diferentes: las amenazas provenientes de actividades humanas y los que devienen de la propia naturaleza del mallku kunturi: “Son muy grandes, muy longevos, tienen una tasa reproductiva muy baja, y si bien son expertos voladores, si tienen un problema y caen a tierra les cuesta volver a despegar de ciertos sitios”, enumera Lambertucci.

Aunque frías, las cifras explican con precisión los inconvenientes característicos de la especie. Hablamos de un ave que supera el metro de altura cuando está de pie en el suelo, que puede alcanzar los 15 kilos de peso y los tres metros de envergadura, lo cual explica sus dificultades para remontar el vuelo desde un terreno llano; que llega a vivir más de 70 años en cautiverio (nadie arriesga una edad de vida media en estado silvestre, dadas las dificultades de controlar por mucho tiempo a los ejemplares) y que apenas pone un huevo cada dos años. Más aún, el proceso de crecimiento hasta alcanzar la edad de reproducción es de 6 ó 7 años y durante los primeros meses ambos integrantes de la pareja se ocupan de la crianza y la alimentación, por lo cual la desaparición de uno de ellos en ese período implica la pérdida del pichón.

Grabado de F. Lehnert de la caza del cóndor publicado en el 'Atlas de la historia física y política de Chile' (1854). ARCHIVO

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Podría decirse que así ha sido la vida de los cóndores desde siempre y nunca habían estado en riesgo de convertirse en memoria, en un ser mitológico perteneciente a un tiempo pasado. Es allí donde aparece la larga lista de razones que aportan los humanos al lento declive en el número de individuos. El envenenamiento por ingestión de sustancias químicas está, sin dudas, a la cabeza de los padecimientos.

“Entre muchas otras cosas, el cóndor me ayudó a entender que cuando ellos mueren envenenados por lo que comen nos están diciendo que si nosotros seguimos alimentándonos con productos fumigados con agroquímicos y pesticidas nos acabará pasando lo mismo”.

Vanesa Astore está imbuida del espíritu del mallku kunturi, y ha convertido su lugar de trabajo en un puesto de lucha en defensa de la especie. “El uso descontrolado de cebos tóxicos está alcanzando niveles de locura en la Argentina. Están al alcance de cualquiera, incluso en las ciudades”, denuncia de manera enfática. La tarea del equipo de la Fundación Bioandina y el Ecoparque ha logrado que el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible comience a desarrollar una Estrategia Nacional contra su uso, y pese a las dificultades creadas durante la pandemia, se han repartido kits de intervención urgente en casos de envenenamiento en las 14 provincias del país donde habita el cóndor.

Un ejemplar de cóndor macho, con su característica cresta. MICHAEL GABLER

Los expertos que trabajan en la conservación de la especie en Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador apuntan situaciones semejantes. En mayo de este año, tres ejemplares adultos murieron envenenados en Santander (Colombia). Poco antes, en febrero, 34 cóndores aparecieron muertos en una quebrada de Tarija (Bolivia), idéntica cifra a la que se descubrió en Los Molles, Mendoza (Argentina), en enero de 2018. “En Bariloche, donde vivo, hay alrededor de 300 cóndores. Si ocurriera un accidente de ese tipo perderíamos en un día el 10% de la población”, razona Sergio Lambertucci.

El objetivo de los cebos, por lo general, no es el cóndor sino la eliminación de algún depredador que ataca el ganado, ya sean perros, zorros o pumas. El mecanismo es el mismo en todas las latitudes: uno de estos animales mata algunas ovejas o terneros, y como el ganadero sabe que volverá para comer las presas cazadas las riega con veneno. Ya sea si el depredador regresa y muere intoxicado o si no lo hace, las aves carroñeras como el cóndor acaban llegando atraídas por el alimento y son ellas las que padecen el efecto del agente tóxico. Algo parecido ocurre con el plomo de las balas. Si bien hay quienes persiguen al cóndor disparándole, la fuente de toxicidad es generalmente el consumo de carroñas cazadas con proyectiles de dicho metal. El plomo que deja la bala en los animales abatidos altera el metabolismo del cóndor. En los últimos días de junio, este fue el agente mortal para un individuo descubierto en Jujuy, al norte de Argentina.

Ejemplar de cóndor hallado muerto por ingesta de plomo en Jujuy, Argentina. PROGRAMA DE CONSERVACIÓN DEL CÓNDOR ANDINO

En ese sentido, en Chile sobresalen cuestiones que en el resto de los países ocupan un sitio menos preocupante. “En el centro, donde están las ciudades más pobladas, existe gran cantidad de zonas en las que se depositan rellenos sanitarios, es decir, basura urbana tratada y compactada”, señala Eduardo Pavez, veterinario, presidente de la Unión de Ornitólogos de Chile y codirector del Programa Binacional del Cóndor Andino Chile-Argentina. “En invierno, cuando la nieve cubre la cordillera y la ganadería extensiva tiende a bajar a los valles, a los cóndores les resultan más accesibles estas áreas para encontrar comida y es allí donde hemos visto frecuentes casos de intoxicación”, agrega.

El choque con el entramado de cables de alta tensión y, más recientemente se agrega el potencial riesgo de la instalación de molinos eólicos en las faldas de la cordillera; y la pérdida de hábitat y de oferta alimenticia completan el mix de conflictos externos que debe enfrentar el Señor de los Cielos. “Hace poco, en la provincia de San Juan hubo una mortandad masiva de vicuñas y guanacos por sarna. De pronto, donde hasta ese momento había comida muy abundante deja de haberla y la situación cambia de manera brusca para el cóndor”, subraya Lambertucci.

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“Mis abuelos vivieron y crecieron en el campo. Pero como todos aquellos que migran a la ciudad, se llevaron su estructura vital y sus creencias. Ellos me transmitieron su percepción sobre el cóndor. Me decían que hacerle daño era casi un pecado, y creo que sigue siendo un sentimiento compartido por buena parte de la población boliviana”. 

Diego Méndez es biólogo e investigador asociado al Museo de Historia Natural de su país, además de coordinar el Programa de Investigación de Aves Rapaces en Bolivia. Relata que el año pasado, durante la liberación Palca, un ejemplar que había sido rescatado en mal estado, la comunidad quechua del lugar insistía en ponerle una escarapela o una bandera nacional, o colgarle un cetro de los que suelen usar los caciques locales. Méndez logró que desistieran de la idea. A cambio, el cóndor se llevó incorporado un GPS para estudiar sus movimientos, el primero instalado en el país. “Cuando ocurrió el caso del envenenamiento masivo en Tarija la movilización de la gente fue increíble. Ni el jaguar ni ningún otro animal provoca ese grado de respuesta”, remarca el científico paceño.

En Bolivia se sancionó en octubre pasado un plan concreto de acción para la conservación de la especie con vigencia de 10 años. En el Perú acaba de aprobarse un proyecto de inversión pública con el mismo fin. “En 2015 se había publicado un Plan Nacional para la Conservación del Cóndor Andino que iba a durar cinco años”, rememora Fernando Angulo, “pero el año pasado venció sin que se haya avanzado nada”. La mirada, por fortuna, parece haber cambiado: “Se desembolsarán 8.134.955 soles [unos 2,26 millones de dólares]. Será un buen punto de inicio para poner en práctica todas las acciones que se habían propuesto en el Plan original”, se ilusiona el investigador principal del Corbidi.

La realización de censos nacionales hechos a conciencia aparece como prioridad número uno en ambos países. “Antes que nada y para trazar cualquier otra medida necesitamos saber cuántos cóndores hay. Pensamos que en el Perú habría unos 300 y tantos, pero podrían ser más”, dice Angulo. La cantidad se extendería por encima del millar en Bolivia, “pero nuestros datos se han quedado ya viejitos”, se resigna Méndez.

Un cóndor, en parque natural de Puracé, en Perú. FLICKR/SERGEY PISAREVSKIY CON LICENCIA CC BY-NC-SA 2.0

Las cifras que se manejan son estimativas en toda la extensión de los Andes. Se sabe que las mayores poblaciones (¿unos 5.000 individuos tal vez?) anidan en el tramo montañoso que comparten Argentina y Chile, algo lógico, si se tiene en cuenta que son los que cuentan con más territorio cordillerano. Pero a partir de ese punto y a medida que se asciende hacia el norte la disminución es dramática. 

En Ecuador, un censo realizado en 2018 llegó a contar 150 cóndores, y el primer trabajo en ese sentido efectuado en febrero de este año en Colombia arrojó el resultado de apenas 63 ejemplares. En Venezuela la situación es distinta, tal como lo explica Adrián Naveda-Rodríguez, técnico superior en Recursos Naturales Renovables por la Universidad Central de Venezuela y en la actualidad investigador asociado en la Universidad de Mississippi: “Nunca ha habido evidencia histórica ni anecdótica de que el cóndor fuese un ave residente en mi país. No hay registros fósiles ni expresiones indígenas. Sí avistamientos de que los cóndores de Colombia utilizan áreas de los Andes venezolanos como zonas de forrajeo y alimentación e incluso pueden quedarse a dormir, pero no que aniden allí”.

En la Argentina, el Programa de Conservación del Cóndor Andino puso en práctica hace algunos años un sofisticado mecanismo como intento de compensar la bajísima tasa de natalidad de la especie. Se trata de retirar el único huevo que pone una pareja que se encuentre en cautiverio en algún zoológico o reserva. “Nosotros lo retiramos y lo incubamos en el laboratorio del Ecoparque”, cuenta la doctora Astore, “y los padres en ese caso producen un segundo huevo que ellos se encargarán de criar. Así duplicamos el número de nacimientos de esas parejas”.

Karút, una cría de cóndor nacida en el Ecoparque de Buenos Aires. PCCA/FUNDACIÓN BIOANDINA/ECOPARQUE BUENOS AIRES

El procedimiento de crianza no es para nada sencillo. “La clave para poder devolverlos a la vida silvestre es evitar que se mascoticen, que no busquen la cercanía del humano para buscar el alimento. Por eso usamos títeres que semejan el macho y la hembra para darles el alimento cuando son pichones y evitamos cualquier contacto visual o auditivo cuando crecen y son trasladados a la intemperie”, agrega la especialista del recinto situado en Buenos Aires. El siguiente paso es formar bandadas de 4 o 5 ejemplares para fomentar el carácter gregario característico de la especie; tiempo después son trasladados a un centro en la meseta de Pailemán, en la Patagonia Norte, donde durante casi medio año van mejorando sus experiencias de vuelo hasta que finalmente llega el momento de ganar la libertad. Más de 50 individuos ya han sido liberados con éxito merced a este proceso.

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“La ambición del hombre occidental, que se cree dueño de la tierra, ha intentado extinguir al cóndor como parte de la imposición de su cultura. Pero aun así estamos bien colonizados. Todos nos ha sido impuesto: la música, la comida, la medicina, las creencias, la lengua. Nunca se nos ha respetado ni se nos respetará. Para ellos no sirve nada de lo nuestro”.

El lamento del taita Carmelo Sardinas Ullpu resulta sencillo de ratificar al recorrer cualquier país de Latinoamérica y apreciar el trato que todavía siguen recibiendo los descendientes de los pueblos originarios. Que el mayor y más siniestro plan de imposición de ideas y exterminio de opositores políticos perpetrado en el continente en los años setenta y ochenta del siglo pasado recibiera el nombre de Cóndor es, en ese sentido, la más cruel de las metáforas.

Un cóndor, en una Yawar Fiesta en Cotabambas, Perú. FLICKR/GENUINNO CON LICENCIA CC BY-NC-SA 2.0

Una de las revanchas simbólicas consistió durante siglos en la celebración de la Yawar Fiesta (o Fiesta de la Sangre), rito anual que tenía lugar en muchas ciudades y pueblos peruanos de los distritos de Cusco y Apurimac. El “festejo” ejemplifica el significado del mallku kunturi en la cultura andina: un cóndor era atado a lomos de un buey o un toro, ícono de la dominación colonial, para que sus garras y su pico fueran despedazando la carne de la res durante varias horas. Mientras tanto, los jóvenes del pueblo lanzaban mechas encendidas a las patas del toro. El final inevitable era la muerte del “invasor”, tras lo cual el ave era liberada entre el regocijo general.

“El problema”, señala Fernando Angulo, “era que muchísimas veces el cóndor salía herido en las patas o en las alas y acababa muriendo un tiempo más tarde”. Hoy, una ley contra el maltrato animal ha prohibido la Yawar Fiesta, aunque no es descartable pensar que de algún modo menos cruel continúe llevándose a cabo en algunos pueblos remotos en las profundidades de la cordillera.

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Un ejemplar de cóndor, en la cordillera andina de Chile. FLICKR/ANDRES BERTENS BAJO LICENCIA CC BY-NC-SA 2.0

Nada es sencillo para el Señor de los Cielos sudamericanos. Ni el presente ni el porvenir. Su estatus de deidad para nada se corresponde con una realidad empeñada en plantearle una creciente cadena de obstáculos. “Me cuesta ser optimista respecto al futuro del cóndor. La combinación de venenos en los valles bajos, plomo en los lugares de cacería y tendidos eléctricos junto con parques eólicos en las montañas harán muy difícil su supervivencia”, estima Sergio Lambertucci.

Incrementar los esfuerzos en educación ambiental —sobre todo destinados a los ganaderos, para que no utilicen métodos letales como los cebos tóxicos para cubrir su necesidad de reducir los daños provocados por la fauna—, profundizar la investigación científica y llevar soluciones en el ámbito del desarrollo humano parecen las herramientas a mano para luchar contra un destino preocupante. Dar a conocer la situación actual y reforzar el rol cultural y espiritual que el cóndor continúa ejerciendo en los pueblos de los Andes constituye la otra ala a extender para ayudar a que su vuelo no se extinga. 

“Hay que pelear por nuestras aves sagradas, porque si ellas desaparecen, nosotros también desapareceremos”.

En los oídos de quien quiera escucharlas, las palabras del taita Carmelo todavía siguen resonando... 

Periodista especializado en medioambiente. Ha colaborado en publicaciones como Clarín, El País, La Nación, GEO y Mongabay, entre otras.