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El camino del héroe

Tras atravesar todas las colinas de la adversidad con Argentina, Messi puede coronar su carrera en Qatar ganando el Mundial.

Buenos Aires
Leo Messi celebra un gol en la semifinal de Argentina contra Croacia del Mundial de Qatar, el 13 de diciembre. EFE/JUANJO MARTÍN

Nueve meses de calor y tres de infierno. Así definen los habitantes de Doha el clima anual de su ciudad, una bahía de recorte informe bañada —aplastada— por el sol canicular y viscoso del golfo Pérsico. En esta aldea que flota sobre oro negro está terminando uno de los mejores Mundiales del siglo XXI.

Pocas ciudades encierran las paradojas de la modernidad posindustrial como Doha, con su elocuencia ultracapitalista, sus ecos medievales, su escasa tensión callejera, su hipocresía social —intramuros, todo está permitido— y sus limitaciones para exhibir una narrativa histórica atractiva, ausencia de épica que Messi, Mbappé y compañía vinieron a llenar con goles, emoción y gambetas.

Casi sin hinchas europeos en sus calles, el de Qatar, en el fútbol pero mucho más en la atmósfera, es el Mundial del patio trasero del sistema: Africa arábiga (Marruecos), Asia bengalí (trabajadores pakistaníes adictos a Messi), Sudamérica (Argentina).

Conducida por un Messi crepuscular en modo caudillo, categoría que de ninguna manera mitiga su excepcional y vigente capacidad para jugar y marcar, Argentina llegó hasta aquí con una misión. ¿Podrá el genio criado en la Masía coronar al fin su largo reinado sofocando las largas zancadas de Mbappé y el juego pragmático, de colmillo, de la Francia campeona de Deschamps?

Entre sus trastos, Argentina trajo 500 kilos de yerba, casi tres toneladas de carne para asado y, como ya se señaló, una catedral de ilusiones agónicas. El mejor Messi, un sistema nervioso alterado y una abstinencia de 36 años sin títulos produjeron el fenómeno, una ola que conforme pasa el tiempo y las rondas, se agiganta y se eleva. Una ola que, en la cúspide de su efímera consagración, emana un sonido ahogado y urgente. En Doha y en Buenos Aires la tensión crece, algo está por detonar. La Tierra lo sabe. Es la quietud previa al sacudón, cuando las aves regresan a los árboles y los roedores trepan a sus cuevas. Falta poco para la conmoción.

¿Qué es lo que ha mostrado hasta aquí el Mundial del desierto rosa? ¿Qué novedad trajo el torneo en esta ciudad plagada de gatos callejeros, zigzagueantes y taciturnos como el lamento que se oye emanar de las mezquitas? Ese llamado al rezo, que ocurre durante el ocaso diario del sol, tiñe de melancolía el lugar y se cuela entre los rascacielos espejados de la capital. Son “edificios de autor” cuyo diseño, entre vanguardista y distópico, intenta dotar de personalidad a esta aldea, atributo que, como sabemos, es difícil de incorporar o transmitir, aun cuando se cuente con una chequera ilimitada.

En lo que al fútbol respecta, Qatar ha entregado de todo. Grandes partidos, bonitos goles, sorpresas, densas decepciones y dosis ingestas de emoción. Inevitable no volver a referirnos al “Tercer Mundo” en ese aspecto. A Marruecos, en primer lugar. Antes de sucumbir ante el campeón, el equipo africano dejó connotadas muestras de ser eso, un equipo, con iguales dosis de estrategia y de pasión. Luego la Argentina, claro, que, a diferencia de Marruecos, sí pertenece a la oligarquía del fútbol. Desde su fallido debut y la zozobra atravesada ante México en el segundo partido, hasta la explosión de endorfinas de la semifinal ante la Croacia del infatigable Modric. Antes, durante y después, Messi, el omnipresente Messi, imposible no rendirse ante su encanto y su abnegación. Como ya se ha dicho, sus anhelos son los anhelos del mundo: la enorme audiencia futbolera sabe que el astro del PSG ha atravesado una larga noche de frustración y dolor en los Mundiales. Todos quieren su felicidad.

Messi, celebrando con sus compañeros el pase de Argentina a la final del Mundial de Qatar. EFE/FRIEDERMANN VOGEL

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Hace unos años, invitado a un programa de televisión, Charly García, el John Lennon argentino, se refirió, entre otros asuntos, al largo y sinuoso camino hacia la cumbre, paraíso terrenal cuyos vericuetos de acceso son siempre engañosos. Para graficar el proceso hacia la cima, el autor de ‘Yo no quiero volverme tan loco’ relató una fábula casi absurda pero no por eso poco efectiva. “Un tipo va caminando y se encuentra con un gurú. Le pregunta dónde queda el éxito y este le señala un camino. El tipo empieza a caminar, y camina, y camina. En un momento del camino, salen cinco tipos y lo muelen a palos. El tipo piensa: debo haber entendido mal. Lo vuelve a ver al gurú. Le pregunta de nuevo y el gurú vuelve a señalarle el camino. El tipo retoma el camino y en el mismo lugar, otra vez, lo muelen a palos. Muy enojado, lo encara al gurú y le dice: me engañaste, ¿¡dónde es que queda el éxito!? El gurú lo mira y le repite: ahí, un poco después de las trompadas…”.

Por más genio que seas, nos indicaba García con su relato, si deseás y te proponés ser un dios contemporáneo, el mundo va a darte antes una buena paliza. 

Lo curioso es que la anécdota, en García, no solo pareciera haber tenido su correlato simbólico o metafórico, sino también real.

En Infancia & juventud (Planeta, 2022), su reciente y notable autobiografía, Fito Paéz cuenta un episodio vivido a los 21 años junto a Charly, justamente, de cuya banda era el tecladista. Es el año 1984, un momento de gracia absoluta de García: acaba de editar Clics modernos, que será considerado como el mejor, o uno de los mejores, discos de la historia del rock argentino. Pero para eso falta. Por entonces, como toda obra maestra, todavía no es reconocida como tal. Es más, por razones hoy inentendibles, una noche, después de un show en las afueras de Buenos Aires, cuatro fans duros del metal persiguen a la banda con sus motos para hostigarla. Los músicos, que van en una camioneta, aceleran, no les responden, se alejan. Charly, Fito y compañía creen que los perdieron para siempre, pero no. Además de imbéciles, los cuatro heavies también son pacientes y, tres horas después, los emboscan en un callejón a ellos dos solos, que habían salido por unos tragos. Cuatro contra dos, y de los dos, ninguno pasaría un apto médico o una prueba de dificultades físicas. Sin embargo, García saca una fuerza y un coraje insospechados, como si además de por el genio de un Mozart moderno también estuviera habitado por el espíritu y la furia de Cassius Clay. Recibe golpes, sí, pero se planta, les pega a los cuatro. La pelea dura varios minutos. Páez, lo cuenta él mismo, no puede hacer nada, ni siquiera pedir auxilio. Todavía aturdido, cuando vuelven al hotel le escucha decir a García, invencible como un guasón infinito: “¿Viste cómo les di? Ja, ja…”. Perplejo, se da cuenta de que en el tanque vital de su ídolo hay un cilindro de talento y otro de agallas. Es una lección inolvidable. 

El camino del héroe, al menos el del héroe argentino, es el camino del héroe romántico, aquel que debe atravesar todas las colinas de la adversidad, incluso el descrédito, antes de cabalgar, exhausto pero victorioso, por las praderas de la consagración.

¿Será ese el camino de Messi en Qatar? Huelga decir que el 10 lejos está de pelearse en un callejón oscuro con cuatro tipos, pero es cierto que, en lo concerniente a la Argentina, el astro de Rosario ha cruzado un Rubicón. Otro más. Ya había demostrado grandeza tras la muerte de Maradona. Ya había ganado la Copa América, esquivo trofeo que el país esperó 30 años. Ahora se animó a probarse la ropa del guapo, materia de ambiguos atributos éticos para los sommeliers de buenos modales, pero dotada de un componente anímico crucial en cualquier aventura futbolística argentina. Después de largas e invernales temporadas de escollos, de varias finales perdidas que lejos de ser aceptadas como subcampeonatos fueron tomadas como tragedias nacionales, de sentirse asfixiado por un ambiente tan demandante como hostil, Messi ya no parece oponerle a la adversidad silencios impenetrables y cabeza gacha, sino que se ha animado a plantarle cara al destino no solo con sus fabulosos pies, sino también con su actitud, sus dientes. Ya no es el joven Fito Paéz, resignado y huidizo. Ahora también es Charly García, que se amotina, que defiende su arte a los trompazos, de ser necesario. Su diatriba de compadrito al rival holandés (“¿Qué mirá bobo? Andá pallá, bobo”), su interpelación directa a Louis Van Gaal, su festejo en modo Topo Gigio, lo colocaron en un sitial de cacique mayor, “Maradoneano”, como han repetido las redes sociales y parte de la prensa argentina. “Es nuestro capitán, nuestro líder y da la cara por nosotros”, explicó Nicolás Tagliafico, de su gran actuación en el 3-0 ante Croacia.

Messi, perseguido por el defensa Josko Gvardiol, en la semifinal contra Croacia. EFE/JUAN IGNACIO RONCORONI

¿Podrá el duende rosarino hacer magia con su chistera frente a la temible Francia de Mbappé, la actual campeona? Será, sin duda alguna, una batalla sideral, contienda para la que seguramente Lionel Scaloni, el entrenador argentino, estará preparado. Esa es otra faceta destacable del equipo sudamericano: la sorprendente capacidad de su coach y de su equipo —Aimar, Samuel y Ayala: todos ex figuras de la albiceleste— para preparar cada partido o para declarar sin que le falte o le sobre nada, sin alardes en la victoria ni excusas en la derrota. Una discreción discursiva atípica en un deporte poblado de narcisismos que se inflan con el triunfo o que son proclives a la victimización exagerada. Pero tal vez lo más importante de Scaloni, de nulos antecedentes como entrenador, es que pareciera conocer cómo armar un “equipo de Mundial”, es decir, un equipo que, como ha dicho él, “puede que no sea el mejor, sino el que sabe cómo disputar este tipo de torneos”.

Quien no sabe, o al menos parece haberse olvidado cómo disputar este tipo de torneos es Brasil, que llegó como favorito y practicando un fútbol de buen nivel, y que se fue otra vez eliminado antes de una semifinal. Como ocurre desde el Mundial de Alemania 2006 —cuando perdió 1 a 0 con la Francia de Zidane en cuartos de final—, el equipo verde amarillo, experto en el arte de entusiasmar, volvió a exhibir instantes de alto vuelo, para luego decepcionar a sus seguidores y al mundo. “Brasil fue superior a Croacia, sí, pero también es cierto que se cometieron varios errores”, cuenta a COOLT Juka Kfouri, leyenda del periodismo brasileño. Sentado en un bar de la zona sur de Doha, Kfouri opina que Tité, el entrenador, “estaba convencido de su idea, y no transigió ante nada. Se equivocó en convocar a Dani Alves, fue un acto de demagogia. El equipo, además, en el único partido que brilló fue contra Corea del Sur (4-1), que no es un rival de elite. El resto de los partidos no jugó un fútbol de alto vuelo”. Más radical, el exjugador de la selección Walter Casagrande cree que el equipo no representó al corazón de su pueblo. Casagrande, que jugó para Brasil el Mundial de México 86, es todo un personaje en su país. Acérrimo opositor a Bolsonaro, trabaja en la red UOL y en la Folha de S.Paulo. Vestido con jean, remera y zapatillas negras, el pelo largo y los anillos plateados le aportan un aire de exbajista de una banda de metal. Como los que pelearon con García. Pero del lado del bien. “Yo miro a los exjugadores argentinos que están acá, como [Hernán] Crespo y [Juan Pablo] Sorín, y los veo que cantan con su torcida. Son hinchas, son fans. En cambio, los exjugadores brasileños están sentados en el palco con el emir. Este equipo no contagia nada”.

Como sea, son las últimas postales de un Mundial único y paradojal cuya final parece haber sido guionada por Hollywood. El campeón reinante contra el equipo del mayor ídolo universal. ¿Quién prevalecerá? ¿Marcará Qatar el final apoteósico de la carrera memorable de un crack inigualable (Messi) o consolidará al nuevo rey del fútbol (Mbappé), cuyo fútbol explosivo dominará este juego maravilloso durante la próxima década? El domingo a las seis de la tarde de aquí, cuando el sol comience a caer sobre el golfo y el aullido de las mezquitas se confunda con el rugido de la multitud, comenzará a develarse el misterio.

Periodista y escritor. Editor jefe de la revista digital La Agenda y colaborador de medios como La Nación, Rolling Stone y Gatopardo. Coautor de Fuimos reyes (2021), una historia del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y autor de la novela Teoría del derrape (2018) y de la recopilación de artículos Nada sucede dos veces (2023).